Año V
La Habana
2006

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¿DÓNDE QUIERES QUE TE PONGA EL PLATO?
Jugo de mango y otras tentaciones golosas en las novelas de Padura
El Guajiro de El Crucero


Como nací en pleno campo, hecho que le agradezco infinitamente a Dios –o a lo que exista-, y me crié entre lomas, maniguales y bestias de todo tipo; tengo una manera muy rural de asimilar y de explicarme las cosas. Por eso me disculpo de antemano, si pudieran resultar torpes o ingenuos mis comentarios acerca de las incursiones gastronómicas con que Leonardo Padura suele aderezar y sofreír, desde pequeñas oraciones, hasta párrafos completos, en cada una de sus sabrosas y muy digestivas novelas.

Ya que no soy crítico literario (esto no me tomará trabajo alguno dejarlo demostrado), ni tengo conocimiento de metodología investigativa alguna; para esta empresa me di a la tarea de buscar en tres libros,  leídos hace algún tiempo atrás, ciertas recetas de cocina que vagamente recordaba. Como no tenía referencias de donde pudieran encontrarse ocultas dichas menciones culinarias, comencé a leer vertiginosamente cada página, procurando ensartar al vuelo, del revoltijo incoherente en que la velocidad de mi lectura convertía a aquella prosa, alguna palabra que resultara sospechosa, como por ejemplo: caliente, frío, sabroso, frito, etcétera. Al toparme con ellas frenaba bruscamente y pegaba a leer con más detenimiento el asunto, para  mi sorpresa, tales adjetivos describían desde un roletazo por primera base, hasta un estado de ánimo de Mario Conde. Arrancaba nuevamente a leer a velocidad crucero, y así, al cabo de las primeras cien páginas, producto de tanta desaceleración y tanta arrancada en falso, tenía ya el güiro como un volador de a peso. Fue entonces que me di cuenta de la clase de “berracá” que estaba cometiendo y opté saludablemente por leerme aquellos libros como Dios manda y merece un escritor de tal calibre. 

Empecé con La Puerta de Alcalá, rebosante de pizzas, pulpo con vino blanco, filetes y churrascos importados de Argentina, arepas en almíbar y café. Le siguió Adiós  Heminway donde aparecen unos ancestrales helados de mamey -de pastoso sabor-, receta del chino Casimiro Chon, un viejo sorbetero de Cojímar. Páginas más tarde, unas ruedas de emperador a la plancha cubiertas con rodajas de cebolla y acompañadas por un plato de verduras aliñadas únicamente con jugo de limas, todo esto bajado por la garganta con un excelente vino Valdepeñas leve y perfumado, luego el recurrente café y tras un par de horas “una botella de vino Chianti, cuyo gusto seco y viril ya le comenzaba a reclamar el experto paladar”. Con el libro Fiebre de Caballos llegó Manuela empeñada en un sólido potaje de chícharos, donde un trozo de falda hubo de dejar sus bondades, un pescado frito de dudosa procedencia, arroz blanco, una natilla de chocolate polvoreada con canela y café, siempre café. Descubrí entonces una fascinante escena; un sencillo “jugo de mango como lo hacía Gabriel”: dos mangos machos de buen tamaño, dos cucharaditas de azúcar por cada uno, por cada cucharadita dos gotas de vainilla, una pizca de sal y luego a revolver triturando la pulpa, que cruje en el contacto arenoso con el azúcar mientras el personaje se va chupando las semillas con una fruición erotizante, hasta que le incorpora el agua fría. Este episodio del jugo me parece soberanamente bueno. Padura unas líneas antes te va sugiriendo tal grado de temperatura ambiental, que uno prácticamente se sofoca en la lectura, para luego regalarte ese juguito de la manera más abusiva, porque no te lo sirve de sopetón, si no que mientras lo prepara con una torturante parsimonia, se deleita recordando el frescor de las arboledas olorosas, cosa que hace con la socarrona intención de ir espesándonos la saliva en la boca. 

Resultará tonto que yo lo diga, pero este hombre conoce muy bien su oficio de escritor. De manera apenas perceptible nos va insertando en una atmósfera donde se nos dificulta mucho el no ser cogidos literalmente pa`las cosas. Lo mismo juega con nuestras narices apoyándose en un café que cuela eternamente, que nos hace segregar las papilas gustativas con los efluvios de un sofrito, o ya cuando con total desparpajo toca el sensible punto de las bebidas alcohólicas, ahí entre wiskasos en las rocas, aguardientes, y daiquirís “Papá Hemingway”, es capaz de desequilibrar emocionalmente a aquellos que como yo, se erigen como fieles y orgullosos cultivadores del folclore etílico nacional.

En mi opinión, a Leonardo Padura le llegan de muy cerca los encantos de la cocina, por eso me atrevo a asegurar que es un excelente gourmet, de otra manera no podría recrearse en esos menesteres con tal propiedad y soltura.           

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