Año V
La Habana

10 al 16 de JUNIO
 de 2006

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Canto en defensa de la República Española
Waldo Leyva Anzoátegui


Cierta mañana, finalizando 1982, me encontré con Nicolás Guillén en la Unión de Escritores y el poeta, particularmente comunicativo ese día, me pidió que le acompañara a su oficina para mostrarme la edición de una de aquellas crónicas publicadas, por entonces, en varios periódicos del mundo. Aún tengo fresco en la memoria su entusiasmo al referirse a la libertad que sentía al escribir sobre las cosas, en apariencia, menos trascendentes de la vida. Las reflexiones acerca de lo trascendental o no de las cosas y los hechos nos llevaron, en aquella conversación casual, al tema de la Guerra Civil Española y de la visión diversa que de ella dieron en su momento los poetas. Los nombres de Alberti, Vallejo, Neruda, Machado, Miguel Hernández, unidos al de Pablo de la Torriente Brau, animaron los recuerdos de Nicolás. En algún momento me confesó, y cito de memoria:

Habría que hacer una antología en Cuba de los poemas que se escribieron al calor de esa lucha, a veces en la misma trinchera, por poetas de reconocida obra y también por anónimos juglares miliciano s que nos dejaron canciones y romances inolvidables. Es algo que tendremos que hacer algún día como homenaje a los combatientes de la República.
 

Han pasado los años y llegada es la ocasión de cumplir ese mandato. Puesto a la obra, descubrí que la decisión de compilar y comentar una antología poética de la Guerra Civil Española no era tarea simple. Reconozco no haber estado totalmente consciente de la magnitud del reto. Según fui avanzando en la consulta de los diversos textos, imprescindibles a evaluar, me di cuenta de la enorme multiplicidad de enfoques que ha generado y sigue generando ese hecho histórico, tanto en España como en otras latitudes. Para los españoles está claro: es un asunto no resuelto todavía. Las lecturas realizadas sobre ese período por los historiadores, sociólogos, poetas, novelistas y, aún, el común de los ciudadanos de la Península son muy disímiles. Hay una marcada intención de unos por señalarlo como un evento superado ya por la España de hoy; otros insisten en demostrar la culpabilidad de ambos bandos en la contienda y, por tanto, se impone «superar esa memoria» para poder construir una sociedad distinta, no urgida por los «odios» que hicieron posible el enfrentamiento «incivil» de unos españoles contra otros; existe también la lectura de los vencidos y de sus descendientes naturales e ideológicos, insatisfechos con el rumbo que marcó el proceso de transición a la muerte de Franco. Para estos últimos, «la sombra del general» sigue tendida sobre la actual realidad española.

Hace poco más de una década, en uno de mis viajes a España, pude confirmar ese sentimiento de frustración y miedo generado por la derrota en aquellos que vivieron y padecieron la defensa del ideal republicano. Permítaseme la anécdota: Una noche de agosto de 1994, en una velada inolvidable, varios poetas y músicos cubanos nos reunimos con un grupo de amigos y vecinos de un pequeño pueblo de la Alpujarra granadina para compartir poemas y canciones convenientemente aderezados con buen vino y carnes de la tierra y la mar. Entre los presentes, esa noche, estaba una anciana silenciosa, sentada en un rincón, vestida de negro. Las infinitas arrugas de su cara eran el testimonio de una vida intensa y sus ojos, pequeños y distantes, aparentemente inexpresivos, daban la sensación de que miraban como si el horizonte no existiera. Yo me sentí atraído por la densidad de su silencio en medio de aquella fiesta, le ofrecí una copa de vino y aceptó gustosa; me atreví a tocar su cabeza menuda en un arranque justificado de ternura. La «descarga», como calificamos los cubanos a esos encuentros jubilosos, llegó a su clímax; entonces, José, el dueño de la casa, el maestro de la escuela del pueblo, le pidió a la anciana nos can tara algunas canciones de la guerra. Su reacción me resultó inesperada: Primero miró hacia todas partes con recelo y algo de temor; después, dirigiéndose inexplicablemente a mí preguntó: « ¿Se puede?». Cuando asentimos para darle confianza, comenzó a cantar, tímidamente primero, y luego, con toda la fuerza que le permitía su pecho breve. En aquella voz se podía reconocer la lozanía de otros tiempos, y a través de ella empezaron a tomar cuerpo las coplas y melodías de las canciones que acompañaron las esperanzas y los sueños de tantos hombres y mujeres a los cuales, aquella antigua combatiente, iba poniendo frente a nosotros.

« ¿Se puede?»

La pregunta de aquella anciana sigue en mi memoria, porque brotaba, no de sus labios, sino de una herida no cicatrizada todavía o que cerró mal.

  En 1936 comenzó una guerra como resultado de muchas circunstancias históricas; implicaba no solo a la convulsa España de entonces sino al mundo todo. Ese conflicto bélico fue, al mismo tiempo, una guerra civil y un intento de revolución social incentivada por una aguda confrontación de carácter clasista. Se enfrentaban fuerzas que pugnaban por conquistar para la Península Ibérica un puesto en el ámbito de las libertades democráticas de carácter socialista y las que defendían, con saña explicable, el derecho a mantener a los españoles al margen de tales aspiraciones. Pero también en los campos y ciudades de España se combatió por el mundo. Fue el primer enfrentamiento contra el fascismo alemán, que aprovechó esa guerra como campo de entrenamiento para sus unidades aéreas y terrestres, las mismas que, años después, multiplicarían el horror de Guernica a lo largo y ancho de la geografía europea. Esa guerra no fue solo, para de cirio con Vallejo, «cosa de españoles». Y el indudable carácter internacional del conflicto no está dado, solamente, por la participación de las tropas ítalo-alemanas a favor de Franco, o por la presencia de las brigadas internacionales que combatieron en defensa de la República; «España -como señala Víctor Currea-Lugo-1- significó para el mundo un desgarramiento entre posturas irreconciliables: la democracia o la dictadura, el fascismo o el antifascismo». Alrededor de estas disyuntivas se generó un enorme movimiento internacional. Por un lado promovía la solidaridad con la República a través de organizaciones de izquierda y lo mejor de la intelectualidad mundial, a la que se sumaron, además, algunos gobiernos, como el caso emblemático de México y, por el otro, el abierto apoyo de Hitler y Mussolini a Franco, así como el practicado, de manera encubierta por algunos países que se sumaron al acuerdo de no intervención, mientras comerciaban combustible y otros avituallamientos de guerra con las tropas nacionalistas. La no intervención y la llamada búsqueda de «una salida consensuada» favoreció, sin duda alguna, a los que terminaron por derrotar la República e imponerle a España una larga y feroz dictadura cuyas consecuencias aún son palpables.

No podemos pasar por alto otras consideraciones. En muchos de los gobiernos, especialmente europeos, aunque también de otras latitudes, existía el temor de que la guerra española se transformara en una revolución comunista cuyo posible triunfo establecería en la Península una punta de lanza soviética. El miedo a Stalin y la no adecuada valoración de los alcances de Hitler estuvieron presentes en todas las mesas de negociaciones europeas, no solo en las que llevaron a la creación del Comité de Londres. En este sentido resultan estremecedoramente profético s los versos del poema «La insignia» de León Felipe, referidos a la posición de la Inglaterra de entonces. Dice allí el poeta:

. . . tienes desde hace mucho tiempo las llaves de todos los postigos de Europa

y puedes dejar entrar y salir a quien se te antoje.

Y ahora, por cobardía,

por cobardía nada más,

porque quieres guardar tu despensa hasta el último día de la Historia,

has dejado meterse en mi solar

a los raposos y a los lobos confabulados del mundo

para que se sacien en mi sangre

y no pidan enseguida la tuya.

Pero ya la pedirán...

El pacto de no intervención, cuyo fracaso práctico reconoce, en octubre de 1937, la Sociedad de Naciones, contribuyó no solo a dilatar y prohibir cualquier apoyo real a los luchadores republicanos, sino que, en uno de los momentos más críticos de la guerra, noviembre del 38, consigue concretar la retirada de las Brigadas Internacionales, debilitando con ello, aún más, las defensas republicanas en un momento donde estas se encontraban librando la histórica Batalla del Ebro. 

El reclamo de apoyo a los defensores de la República era unánime en los sectores más progresistas del mundo. La advertencia sobre el peligro fascista era constante. No intervenir para evitado constituía un crimen. Tal vez nadie mejor que Miguel Hernández supo expresar ese dramático reclamo:

Hombres, mundos, naciones,

atended, escuchad mi sangrante sonido,

recoged mis latidos de quebranto

en vuestros espaciosos corazones,

porque yo empuño el alma cuando canto.

 

Cantando me defiendo

y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen

su herradura de pólvora y estruendo los bárbaros del crimen. . .

Me gustaría señalar también, sin pretender ser exhaustivo, que la República se caracterizó por una pluralidad de tendencias ideológicas y políticas, una falta de unidad para establecer estrategias únicas frente al movimiento nacionalista, y todo ello contribuyó decisivamente a su derrota. Mientras Franco consolidaba su poder decretando, en abril de 1937, la unión de carlistas y falangistas en un partido único, el bando republicano se desangraba en conflictos internos entre socialistas, anarquistas, partidarios del sindicalismo radical, comunistas y otras tendencias.

Como no es el propósito de estas líneas hacer una detallada valoración del hecho histórico, sino el de comentar y organizar una antología poética de la obra escrita alrededor del tema de la Guerra Civil Española,  pasaré de inmediato a cumplir ese propósito, no sin antes indicar que en las insuficientes reflexiones históricas antes expuestas solo intento subrayar las consecuencias de aquel conflicto y cómo muchas de las I heridas de la guerra siguen sin cicatrizar.

La Guerra Civil Española generó una enorme producción artística y literaria, no solo en los propios campos de batalla o su retaguardia, sino a todo lo largo y ancho del planeta. Pintores, músicos, dramaturgos, cineastas y poetas dejaron testimonio en sus obras de tan significativo acontecimiento. Obras maestras, cuyo mayor emblema es el Guernica de Pablo Picasso, y otras, marcadas por la impronta de lo circunstancial, forman parte hoy del copioso patrimonio artístico que motivó esa gesta. Apoyaron a la República y nos dejaron su particular visión del hecho histórico, nombres tan significativos como los de los alemanes exiliados Albert Einstein, Thomas Mann, Bertolt Brecht; los franceses André Breton, Paul Éluard, André Malraux, Antoine de Saint-Exupéry, Jacques Prévert, Jean-Paul Sartre y Albert Camus; los norteamericanos Ernest Hemingway y John Dos Passos y los latinoamericanos Pablo Neruda, César Vallejo, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Pablo de la Torriente Brau (muerto en combate), Juan Marinello, Félix Pita Rodríguez, Vicente Huidobro, Raúl González Tuñón y Octavio Paz. La lista podría ser más extensa, pero basten estos para simbolizar el apoyo de lo mejor de la intelectualidad del mundo.

En España, la República contó con la simpatía y entrega leal de la mayoría de los creadores, simbólicamente representados por Federico García Lorca (fusilado por los partidarios de Franco), Antonio Machado (muerto camino del exilio) y Miguel Hernández, cuya vida terminó entre las rejas de las cárceles franquistas, y nos dejó como despedida este dramático ruego:

¡Adiós hermanos, camaradas, amigos:

Despedidme del sol y de los trigos!

La poesía generada por este conflicto resulta muy diversa. La mayoría de los temas y problemas tratados y otros, no tomados en cuenta en nuestras reflexiones, se hallan, con mayor o menor acierto, en los poemas escritos entre 1936 y 1939 y los años inmediatamente posteriores.

Como nuestro interés, ya expreso en las primeras líneas de estas notas, es cumplir con el deseo de Nicolás Guillén, en el sentido de homenajear a los defensores de la República en el 70 aniversario del inicio de la Guerra Civil Española, las páginas siguientes solo recogen una selección de la obra en verso de los poetas españoles y latinoamericanos partidarios de ese ideal republicano.

Lo anterior no presupone desconocer la producción poética de creadores españoles que formaron parte, o dieron su apoyo, en un momento determinado, al movimiento nacionalista. En esa nómina hay nombres que permanecen en la literatura por derecho propio como son: Manuel Machado, Luis Rosales, Álvaro Cunqueiro y Gerardo Diego, y otros que el implacable y a veces justiciero devenir ha ido borrando.

Se impone una primera consideración cuando tenemos delante la poesía escrita durante la guerra por los poetas que combatieron como soldados o apoyaron con su obra la causa republicana, esta es, su voluntad de acomodar la voz a la circunstancia.

Muchos venían de los predios ya superados de la vanguardia y eran poseedores de las innegables ganancias formales con las que este movimiento fundacional y de ruptura dotó a la creación artística y literaria de las primeras décadas del siglo XX; otros se mantenían fieles a las escuelas o movimientos donde se formaron, e incluso hubo quienes llegaron a la poesía impulsados por la guerra, pero todos sintieron el apremio de ponerse a disposición de una causa que los implicaba, sumándose a ella desde sus múltiples perspectivas estéticas e ideológicas. La selección que ofrecemos al lector es un ejemplo de esa diversidad.

La búsqueda de una comunicación inmediata con los soldados en las trincheras o con las poblaciones del campo o la ciudad, el imperativo de un mensaje directo, la urgencia de una convocatoria en defensa de los ideales republicanos y otras exigencias propias de la guerra, explican la preferencia por algunas de las estrofas tradicionales, demostrada por la mayoría de estos poetas, especialmente los españoles. Entre esas formas estróficas es el romance es el mas prestigiado, aunque también abundan los sonetos y, en menor medida, coplas, cuartetas, ciertas letrillas y algunas décimas.

Hay un romancero de la Guerra Civil española. Sin embargo, afirmar que su corpus es bastante diverso, porque uno es el anónimo, más cercano al romancero tradicional, a la canción de gesta y el otro es el de autor donde podemos encontrar tanto una voluntad de acercamiento a la tradición (ver el texto de Félix Paredes) como la de mantener las ganancias ya conquistadas por la modernidad y, en particular, por los poetas de la generación del 27, incluidos mayoritariamente en esta antología.

Además del romancero, que constituye, como sabemos, una de las expresiones más sólidas de la tradición tanto oral como escrita de la literatura española, existe un abundante cancionero donde se encuentra, sin lugar a dudas, la más acabada expresión poética de carácter popular generada por este conflicto bélico.

Como ya indiqué anteriormente, esa preferencia por la estrofa tradicional, por el verso métrico y la rima, la encontramos, de manera muy explícita, en los poetas españoles de las distintas generaciones que se sumaron a la lucha por la defensa de la República. No es frecuente en la poesía de Neruda, González Tuñón y, sobre todo, de César Vallejo. Estos últimos asumieron esos ideales con el mismo desvelo de sus contemporáneos peninsulares, pero respondieron a ellos sin buscar acomodo en la tradición popular, sino arriesgando la misma voz que ya habían conquistado en su paso por la vanguardia, y nos dejaron una poesía de la guerra donde la vocación social, e incluso la política, está expresada con el más alto rigor literario.

Insisto, la urgencia de la guerra, la conciencia de un ideal de lucha, exigían sumar todos los esfuerzos en aras del triunfo y reclamaban de los poetas una poesía que se convirtiera en un «arma cargada de futuro». No olvidar: el primer destino de los versos durante la contienda eran la trinchera, la radio, el altoparlante o la voz múltiple del pueblo que los iba repitiendo hasta conferirles la permanente eternidad de lo anónimo.

Lo dicho hasta ahora, puede dar la impresión de que estamos justificando a priori, con la nobleza de los ideales republicanos, una poesía cuyo único mérito sea el de dar testimonio de las circunstancias en que fue escrita. Nada más lejos de la realidad. En la antología hemos procurado incluir, de cada poeta, aquellos textos donde se conjugan tanto la voluntad expresa de responder a una circunstancia específica, como la responsabilidad de entregar una obra de verdaderos valores poéticos.

No hemos hecho concesiones y el tiempo nos ha favorecido, porque muchos de estos poemas realizaron ese tránsito difícil que les permite permanecer, cuando ya los acontecimientos que le dieron vida, son historia.

Seguramente no están aquí todos los poetas que arriesgaron su vida y su canto en defensa de la república española, pero los que hemos incluido nos dan la medida de los afanes, las esperanzas, la entrega heroica, los conflictos ideológicos y el grito desesperado de los que advertían, y no fueron escuchados, que la derrota de España era la derrota de todos.

1- Médico por la Universidad Nacional de Colombia, Máster en temas de América Latina por la Universidad de Salamanca y Doctor en temas de América Latina por la Universidad Complutense de Madrid. El trabajo suyo que citamos: AmmcaLatinay la Guerra Civil Española. Puede consultarse en las páginas de Internet.

Prólogo.

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