Año IV
La Habana
2006

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Víctor Fowler Calzada
(Ciudad de La Habana, 1960)


LA MIRADA DEL BAILARÍN

La mirada del bailarín que pudo ser la mía cuando
salgo al balcón a contemplar la lluvia. El ambiente
(me hubieras visto tomar esa foto del patio vecino
y escribir al pie: Beirut, a las 3 de la tarde). La ciudad,
por ejemplo: evidente y descarnada, sin gracia, todavía
más pobre. El olor de madera húmeda, de argamasa
podrida o cables requemados. El crujido de cosas,
cual si cayeran o pasaran arrastrándose, cual si el
final del agua -como en otros lugares cuando termina
la nevada- fuera una invitación a la chiquillería para
que salte entre los escombros, se bañe en los charcos,
haga muñecos con el desperdicio. En ése instante no
pienso, sino que me dejo invadir por el mensaje
fluyendo desde los sentidos: la promesa de un cambio,
esa electricidad que flota detrás del aguacero.
La sensación de que algo todavía no terminó.


EL GOZADOR DE LA CALLE OBISPO

La desaparición de un mundo brilla en los ojos
del mensajero de la ruina, bailarín de la calle
Obispo, gozador. En él, igual a un océano, viejos
y nuevos sones confluyen: la tradición y el futuro.
Lo ves moverse a diario: demencia1 y, a la vez,
típico y reconocible. Cada vaivén del cuerpo un
nuevo acto de escritura bajo el sol de la media tarde.
El oscuro rostro de la locura: el esclavo de la música,
frente a las dos bocinas que han puesto afuera de la
tienda de discos. En la miseria del anciano de vestidos
rotos que sonríe sin descanso y marca el ritmo.
Tanta felicidad confunde. Parece impúdica en la
suciedad del lugar súbitamente alumbrado y mejorado.
Tal vez extrae su fuerza de algo recóndito. Alcantarillas
o tuberías del gas o -más abajo aún, metros- de donde
la humedad de mil pequeños ríos se une. La Habana,
dicen, ya no lo puedes ver, pero es una ciudad
encima del agua.


EL DESLIZAMIENTO DE LA MONTAÑA

Cansancio sobre la colina habanera desde donde
observa la ciudad. Haya su lado una silla cubierta
de polvo y un poco más allá pequeños montones de
basura, duros ya como piedra. De repente lo gana el
deseo, bien sabe que absurdo, de numerar la silla lo
mismo que una casa, de asegurarse un lugar hasta
la muerte para gozar los acontecimientos. No siendo
parte, desde lejos, como si estar allí encima concediera
cierta inmunidad, cierta frialdad de juicio al juzgar
lo que ocurre. En días de solo lluvia dormiría bajo
la silla. En días de frío haría fuego con los desechos.
Mientras no llega el instante, simplemente descansa.
Cansado de esperar a que los hijos crezcan. Del pico
que golpea entre las olas. De las tormentas. De los
azares de la autobiografía. De la madrugada de 1994
en la cual lloramos mi esposa y yo porque el mundo
había cambiado al parecer para siempre. De escribir
estas líneas, incluso.

El maquinista de Auschwitz. Premio UNEAC de Poesía 2003. “Julián del Casal”.
Ediciones Unión. 2004.


Nació el 24 de febrero de 1960 en la Ciudad de La Habana. En 1987 se graduó como Licenciado en Pedagogía (especialidad Lengua y Literatura Españolas) en el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” de La Habana. Ha publicado los poemarios El próximo que venga (1986, Editorial Extramuros), Estudios de cerámica griega (1991, Editorial Letras Cubanas), Confesionario (1993, Editorial Abril), Descensional (1994, autoedición), Visitas (1996, Editorial Extramuros), Malecón Tao (Ediciones UNIÓN, 2001), Caminos de piedra (Centro Provincial del Libro de Ciudad de la Habana, 2001) y El maquinista de Auschwitz (Unión, 2004). Mereció el Premio de Poesía en el Concurso “Luis Rogelio Nogueras” (1999) y el Premio Nacional de la Crítica por sus libros Historias del cuerpo (2001) y El maquinista de Auschwitz (2004). Actualmente trabaja como Jefe de Publicaciones de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, lugar donde dirige la revista electrónica Miradas.

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