Año IV
La Habana

18 - 24 FEBRERO de 2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
LA BUTACA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

En el “Trasmundo” de José Adrián Vitier
Abel Prieto La Habana
Fotos:
Claudia Alvariño y cortesía del artista

Galería de obras de la exposición


“Prepara la sopa, que voy a pintar un ángel más.”
(El Perugino, según Lezama)

Encuentro las pinturas de José Adrián en una pequeña galería que da a un patio interior, en los bajos de las oficinas de Eusebio, unos pasos antes de llegar a la Plaza de la Catedral. Son las dos y media de la tarde y, sin embargo, resulta muy obvio que allí, en ese espacio, es otra la hora: podríamos decir que siempre está anocheciendo entre aquellas criaturas iluminadas a medias desde dentro, sobre todo, y algo también desde fuera.

Me aborda, primero, un arcángel muy altivo y pálido, provisto de una corona chispeante, turbulenta, como de pavo real, y un escudo que parece caer diagonalmente como una cascada de hierro o agua o viento, o de todo eso junto, y sólo más tarde descubro, en primer plano, el ojo de un leviatán que acompaña a la figura protagónica desde otra dimensión: ni dialoga con ella ni se le opone; no es, sin dudas, el-dragón-que-hay-que matar. (La  espada del arcángel está ahí pero resulta incierta, remota, casi imperceptible, y es que en los cuadros de José Adrián, aunque hay huellas de “literatura”, los conflictos han sido afortunadamente pospuestos: predomina en estas piezas un pacto, una tregua, un insólito equilibrio.)

Después me detengo ante una Ligeia, limpia en este caso de todo efectismo, que atraviesa la penumbra con una lámpara, calladamente (reina siempre el silencio en los cuadros de José Adrián), y vuelvo a ver al “otro”, al hipotético antagonista que no llega nunca a serlo: es ahora un fantasma muy débil, muy suavizado, doliente, sí, pero del modo más sobrio que pueda imaginarse, y absolutamente inofensivo: no va a aterrorizar a la mujer de la lámpara, ni a ella ni a nadie, ni provocaría jamás los chillidos de la-película-del-sábado ni los melodramáticos finales de Poe.

Del mismo modo, los dos personajes que conviven en la pieza “Insomnio”, en ese pedazo mínimo de noche, no pueden tropezarse: aquel que avanza, erguido, condenado a la vigilia eterna y a la verticalidad, parece ligado además, por una maldición, a su siniestro ramo de flores, mientras que “el otro” habita una fluyente y blanquecina horizontalidad durmiendo o fingiendo dormir su sueño-muerte. En otras piezas, los retratados sólo se aproximan entre sí muy relativamente, sin comunicarse: se dedican más bien a posar para el artista: una niña sostiene lo que podría ser un perrito, o un perrito-foca quizás, con una ternura sutilísima, apenas sugerida (no hay sentimentalismo en la pintura de José Adrián, no hay lágrimas ni “gestos” ni el menor vestigio de teatralidad), y en un trío oscuro, incomprensible, nos sobresalta un animal jiráfico, o unicórnico, quién sabe, salido de la mitología privada del artista o de aquella visión (bellamente recogida también en una de las piezas) que tuvo su tatarabuelo en medio de la feijoosiana campiña del centro de Cuba.

No hay dudas de que José Adrián ha creado un mundo, un trasmundo, personalísimo: hablo de esto con él, con Silvita y José María, rodeados por la atmósfera prematuramente anochecida y por aquellos personajes siempre un poco borrosos, como abocetados. Hablo, hablamos, del peculiar colorido de estos cuadros, de los tonos apagados, muy parcos, que le son propios, del velo que amortigua sabiamente cada una de las escenas, y de la relación entre pintura y poesía, y recordamos a algunos pintores-escritores nuestros, a Fayad, a Carlos Enríquez, y además a Antonia Eiriz, a William Blake, y, de pronto,  José María señala un rostro redondo en el cielo de una curiosísima pieza galáctica o planetaria y dice que se le parece a alguno de los increíbles dibujos de Rapi, y tiene razón. Luego salgo a la calle, a la hora real (son casi las cuatro); pero en medio de la luz quemante, el bullicio, el gentío, me escoltan durante el resto de la tarde los personajes de José Adrián y sigo escuchando sus mensajes susurrados, susurrantes, y recordando (cómo evitarlo) el consejo que nos legó Lezama a través del Perugino. Felicidades, José Adrián, no pierdas ni un minuto: sigue pintando ángeles y arcángeles y ligeias y valdemares y ushers y fantasmas insomnes y también leviatanes, dragones, unicornios, perros-focas y otros animales villareños o medievales.

15 de febrero de 2006

SUBIR

 
 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600