Año IV
La Habana

4
- 10 FEBRERO de 2006

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Cuchuflí arriba
Daniel Chavarría La Habana


Según recordaban los más ancianos, hubo por lo menos cuatro casos de tiesura que terminaron con gangrena y en paz descansen. Claro, todo eso antes de la Revolución, cuando para dar con un cirujano había que cargar los enfermos hasta Levisa o Nicaro. Y los montunos del Cristal atribuían tanto rabo tieso en su comarca a alguna secreta brujería.

¿De quién?

A saber...

En todo caso, de alguien que no daba la cara, pero que seguro, seguro, vivía entre ellos. 

De regreso a La Habana en octubre del 91, el Bebo frecuentó durante varias tardes la biblioteca del Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas, para documentarse sobre priapismo. Lo primero que le llamó la atención fue el origen del término, procedente de un tal Príapo —en griego Príapos—, hijo de Dionisio y Afrodita. En el panteón de la Grecia clásica era un dios de la fecundidad y un canalla impenitente con cuyo miembro en eterna erección, violaba a cuanta incauta se le pusiera a tiro.

Averiguó también que en toda Cuba, entre 1970 y 1990, solo se tenía noticia de 15 amputaciones y 248 penes drenados por priapismo, lo cual arrojaba un total de 263 casos agudos en 20 años.

Él, de su reciente estancia en Cuchuflí —3 al 30 de septiembre— tras hablar con sus más viejos y memoriosos habitantes, estableció un aproximado de 18 casos en 30 años para el poblado y zonas aledañas. De modo que, al promediar los datos, durante el mismo período de 20 años que registraba INFOMED en sus estadísticas, los 18 casos de Cuchuflí equivalían a 12. Pero en toda Cuba vivían 11 millones de personas; y en Cuchuflí y laderas inmediatas al Pico del Cristal, apenas llegaban a 300. Por simple regla de tres, el Bebo calculó que, al ritmo de Cuchuflí, el territorio nacional debería haber producido en ese lapso 440 000 casos de priapismo agudo; pero solo produjo 263. Ergo: toda Cuba se enfermaba de priapismo 1 673 veces menos que el caserío de Cuchuflí; y eso no podía ser casual.

En INFOMED, su primer contacto con la literatura especializada lo sacudió. Comprendió hasta qué punto había metido la pata entre los montunos. El priapismo no se parecía ni en su variante veno-oclusiva ni en la arterial —low flow y high flow priapism—, a  lo que él viera por allá. Según Rolle et aliter, 1987, en un artículo sobre la actividad fibrinolítica en la sangre del pene, se decía que las posibilidades de coagulación alcanzaban a solo un tercio de la media en el circuito periférico. Por tanto, debía descartarse toda posibilidad de trombosis, incluso en las erecciones más prolongadas; y en las bibliografías consultadas durante esos dos días, no halló referencias a casos de gangrena con sucesiva amputación.      

Durante sus estudios médicos y prácticas de hospital, el Bebo tuvo contacto con un solo caso de priapismo, por cierto benigno; pero sí, desde luego, estaba familiarizado con trombosis y gangrenas. En el caso de Jacinto, por la dureza del cuerpo esponjoso y la coloración muy oscura de la epidermis, no cabían dudas del trombo. ¿Y a qué otra terapéutica habría recurrido entonces, en la dura emergencia, un médico recién graduado, solitario entre lomas, sin conocimientos de tan rara patología y sin más literatura de consulta que el par de manualitos disponibles en su consultorio? Drenarlo resultaba imposible por la avanzada trombosis; y ante una erección de tantas horas, dejar pasar más tiempo significaba exponerlo a una gangrena. Eso pensó el Bebo en medio del apurón y de su propio susto; pero ahora reconocía haber practicado una mutilación innecesaria y, tras haberse documentado, sabía que el paciente habría hecho una gangrena seca, sin corrupción ni necesidad de amputar; y en el peor de los casos, el pene se le habría caído solo, poco a poco y sin dolor. Pero, coño, se trataba de un paciente de 73 años; y aquel miembro de tan dudosa utilidad se le veía horrible. El Bebo, que nunca viera algo similar ni era cirujano ni la cabeza ‘e un guanajo, desconocía las técnicas para incisiones menores, desvíos y otros procedimientos depurativos descritos en la literatura urológica. ¿A qué recurso echar mano entonces, en ayuda de un anciano como Jacinto, fuera de amputarle el pene?

No se trataba de que ahora lo abrumasen cargos de conciencia. Resolvió como pudo, coño

Otro error suyo, tras hablar con los montunos de Cuchuflí, fue el dar por sentado que la coagulación de la sangre peniana se presentaba como trastorno habitual en el priapismo; y ahora el Dr. Rolle y compañía, un team de eminentes urólogos, negaba esa posibilidad.

Inquietante fue también enterarse, por Sharpsteen et al., 1988, que el glande y el cuerpo esponjoso no se afectaban; de modo que la incidencia del llamado «priapismo tricorpóreo» resultaba mínima, casi nula. Pero lo que él viera y palpara en La Zanja, sí era tricorpóreo, sin duda posible. ¿Qué rayos pasaba entonces con los pitos de Cuchuflí?

Cualquiera fuese la respuesta, el Bebo agradeció a su buena estrella el haberlo enfrentado con el enigma. Aunque, por temperamento y habilidad manual, él aspiraba a ser admitido en una especialidad quirúrgica, habría sido pusilánime y tonto de su parte no zambullirse de cabeza en una investigación que se le ofrecía en bandeja y pintaba apasionante. El minúsculo y apartado poblado de Cuchuflí Arriba atesoraba un secreto científico que, develado, quizá contribuyera al mejor conocimiento de las patologías penianas y de la hemodinámica en general. Tan persuadido estaba que tomó la decisión de volver al poblado en pos de su secreto. No descansaría hasta develarlo. 

Mucho se sorprendieron los funcionarios del Ministerio de Salud Pública, de que el Dr. Mario Luján y Torralba solicitase cumplir un año más de servicio en la Sierra del Cristal. Algo nunca visto. La medicina revolucionaria no registraba antecedentes de un médico habanero dispuesto a enterrarse durante un año adicional en aquellas lomas del recontracarajo, por meterse a investigar lo que un humorista del Departamento de Personal llamara «la parapingosis de un puñao de guajiros».  

Fragmento del capítulo 4 de la novela Príapos, ganadora, en enero del 2005, del Premio Internacional «Camilo José Cela», otorgado por el Ayuntamiento de Palma de Mallorca.

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