Año IV
La Habana

4
- 10 FEBRERO de 2006

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Las campanas doblan por ti, Chávez
Paquita Armas Fonseca La Habana


Cuando en 1994 vi y escuché por primera vez al entonces simple militar Hugo Rafael Chávez Frías, no fui de las personas que apostó por él. No solo como futuro jefe de Estado y un líder indiscutible, sino que ni siquiera vislumbré qué clase de revolucionario era. Si lo escuché en su alocución en la Universidad de La Habana, o me acerqué a lo que dijo en distintos momentos, se debió a deberes profesionales: entonces, yo trabajaba en la redacción internacional de la emisora Radio Reloj, y debía informarme minuciosamente de lo que sucedía en Cuba y el mundo.

Y lo que sucedía era sencillamente desesperanzador: en Cuba una cabeza de ajo valía siete pesos; una caja de cigarros, 30 y una libra de carne de cerdo, 120. El dólar se cotizó a ese precio, los apagones eran de ocho horas con luz por ocho a oscuras, las colas para conseguir un cupón de luz brillante, para cocinar, comenzaban a las tres de la mañana y para comprarlo podía demorar una tarde completa, porque no había gas embotellado; ¿y el transporte? Una buena parte de las veces hice el recorrido a pie desde Playa hasta El Vedado, unos siete kilómetros, para ir a trabajar.

El mundo de aquellos días era dramático: a Moscú el rojo se le había caído totalmente. Europa del este ya no existía, algunos teóricos aplaudían a rabiar el fin de las ideologías y de la historia, mientras los marxistas definían el momento como la más aguda crisis vivida por el marxismo. Los mafiosos del Norte se apuraron a escribir los libros que reseñaban el fin de la hora de Fidel Castro, porque la caída de La Habana era cuestión de días para los enemigos, e incluso para los amigos ganados por el pesimismo. Que conste, no era para menos. Caídas la URSS y Europa del Este, Cuba perdía sus mercados de más de treinta años y, en el caso del petróleo, un suministro a precios racionales.

Ese era, en apretada síntesis, el paisaje nacional e internacional de la primera visita de Chávez a Cuba. No creo que para el militar de academia fuera muy esperanzador el contexto cubano de entonces, pero el bolivariano, martiano y también fidelista, como sabríamos después, estaba dispuesto a echar una lucha contra los molinos y no precisamente de viento. Tal convicción la apreció Fidel, y apostó por aquel mestizo que se inflamaba al hablar de Bolívar, Sucre, Martí, San Martín. Por suerte, pienso, tampoco la CIA y la Casa Blanca apreciaron en toda su magnitud qué podría suceder solo siete años después de aquel 4 de febrero en el que Chávez encabezó un golpe militar para sacar del poder a quienes empobrecían a Venezuela, el país más rico por naturaleza de América Latina gracias a sus monumentales reservas de petróleo. Si los del Norte lo hubieran intuido, seguro que no estuviera vivo. Entonces era fácil matarlo. Pero, como diría Carlos Marx, “los enemigos son necios per secula seculorom” (*).

Si para Cuba los años siguientes, los 90, fueron tremendos, por las carencias de todo tipo —menos de la moral—, Chávez en su país, con el Movimiento Quinta República, fue sumando a sus adeptos lógicos: las inmensas y desesperadas clases pobres venezolanas que veían cómo las riquezas de su país volaban para engrosar los bolsillos de unos pocos ricos criollos, pero en su mayoría de los poderosos de afuera. Y Chávez triunfó contra todos los pronósticos, con mayoría absoluta en las elecciones a finales de 1998.

Entonces comenzaron a tratar de comprarlo. Recuerdo un día que narró una de esas reuniones entre magnates petroleros en la que él se preguntaba: “¿seré yo un pendejo?” Como la compra no resultó le han hecho de todo: intento de golpe de Estado, sabotaje a la producción petrolera, guerra mediática que lo ha obligado a someterse a referéndum como ningún otro mandatario, dos elecciones presidenciales, una votación constitutiva y una consulta revocatoria, y en todas ha ganado.

Si durante lustros en las cumbres de presidentes se oyó en solitario la voz de Fidel enfrentándose al amo yanqui, desde 1999 para acá el escenario ha cambiado. Chávez no le tiene miedo y con razonamientos tan encendidos y apasionados como los del Presidente cubano, ha criticado las políticas del Norte y sus propulsores.

Desde hace un tiempo enarbola su bandera de lucha por el socialismo del siglo XXI y lo demuestra en la práctica. En la Alianza Bolivariana para las Américas, ALBA, el líder venezolano hace con el petróleo lo que nunca antes sucedió: venderlo o cambiarlo de forma razonable a los vecinos del Sur. Petrocaribe es una muestra de que una alianza entre pobres es posible. Y demuestra las mezquindades del gobierno estadounidense al enviarles petróleo de bajo costo a los norteamericanos más pobres para que no mueran de frío.

Pero si por el uso del petróleo, no lo dudo un instante, Chávez es peligrosísimo para el águila imperial, no lo es menos en su empuje de sembrar ideas en esta América nuestra. Si con la ayuda cubana, como él reconoce, en Venezuela se erradicó el analfabetismo y la salud es un derecho gratuito para millones de personas, junto a Fidel impulsa ahora la ayuda para alfabetizar en Bolivia, a la vez que la Operación Milagro, en una labor conjunta de los dos países, le devuelve la visión a miles de latinoamericanos.

Ahora, con la firma de otro acuerdo entre Fidel y Chávez, se acaba de constituir Ediciones ALBA, que reproducirá y divulgará las obras de intelectuales latinoamericanos y publicará títulos infantiles. Habrá también un sello discográfico ALBA, que realizará documentales y colaborará en medios de comunicación como la radio y la televisión de ambos países.

No digo yo. ¡¡¡Los perros tienen que ladrar!!! por la audaz y firme cabalgata de Chávez. Así lo hizo hace pocos días Donald Rumsfeld: “Uno tiene a Chávez en Venezuela con un montón de dinero del petróleo. Es una persona que ha sido elegida legalmente como Adolfo Hitler ha sido elegido legalmente. Luego consolidó el poder", afirmó. Y agregó: “Ahora, por supuesto, está trabajando estrechamente con Fidel Castro y Evo Morales”.

No sé qué serán Fidel y Evo para Rumsfeld. Es cierto que Hitler fue electo, como también Bush o Truman. Este último fue también el autor del asesinato masivo más espeluznante del mundo: la bomba atómica de 1945 en Hiroshima y Nagazaki; el otro, el actual jefe de Estado, atacante de Bagdad, es culpable, por despreocupación, del desastre de Nueva Orleans con el huracán Katrina, de los muertos inmigrantes en la frontera de México, de los cubanos ahogados en el mar impulsados por la Ley de ajuste cubano y de más de dos mil jóvenes norteamericanos muertos en Iraq y Afganistán, en una guerra por el petróleo que no les pertenece.

Chávez no ha atacado a ningún país: ha invadido con petróleo a bajo precio, y quiere seguir invadiendo con operaciones médicas gratuitas, con libros, con imágenes verdaderamente nuestras en Telesur. Quiere que nuestro norte sea el Sur, cree en los jóvenes y por eso fabrica miles de escuelas.

Si estas son verdades evidentes, ¿por qué la comparación de Chávez con Hitler? Y a propósito creo que si una molécula de Hitler vive, se debe sentir muy mal cuando la comparan con Bush. El Fürer quisiera, no lo dudo, tener el poderío militar y económico del amo de la Casa Blanca, pero nunca ser un analfabeto, pésimo orador, cobarde escondido cuando el atentado a las Torres Gemelas, porque Hitler, un hombre maléfico, sin duda, ni era un inculto ni un imbécil, todo lo contrario; de ahí lo terrible de lo que hizo, porque abrazó de manera consciente la filosofía del hombre superior, que también envuelve a Bush, pero no por lecturas o estudios, sino por el peor cine y los peores cómics de los súper héroes yanquis.

Vuelvo a Chávez. En la plaza de la Revolución, cuando recibió el Premio José Martí de la UNESCO, precisamente por esa labor suya dirigida a la verdadera emancipación americana, afirmó: “…Fidel, recordabas al señor Rumsfeld, al señor Negroponte y al otro señor y a la otra señora, los que ladran cual perros preocupados, y tienen razón para preocuparse, porque ellos saben lo que está ocurriendo, como nosotros también lo sabemos”.

En las apuestas de los enemigos de Cuba no ha faltado aquella que aseguraba que con la desaparición física de Fidel, la Revolución Cubana se iría a bolina. Hace unos días Carlos Alberto Montaner, en uno de sus vitriólicos textos, aseguraba que el líder de la Revolución Cubana ya estaba resignado a una transición burguesa cuando “Hugo Chávez emergía como el candidato ideal para recoger el testigo de las fantasías revolucionarias (…) trasformándose en el gran mecenas del radicalismo revolucionario internacional dentro de un mapa político latinoamericano que se escoraba a babor notablemente”.

Hasta ahí llegan los ladridos y preocupaciones. Chávez recoge para amplificar la bandera emancipadora que hondea en Cuba desde enero de 1959, y en eso tienen razón, no los pobrecitos perros, sino los detestables especímenes humanos a los que no les queda más remedio que ladrar cuando no pueden resolver un problema.

“Todo ha valido la pena, me voy más comprometido con nuestra Revolución, que es una sola”, dijo el líder bolivariano antes de partir hacia Caracas, en la madrugada de este 4 de febrero, a catorce años justos de que tuviera su Asalto al Moncada. Y sí, Chávez, tus enemigos, los nuestros, gruñen, ladran, tratan de morder, porque en Cuba, en Venezuela, en toda América y dondequiera que haya un hombre o una mujer dignos, las campanas doblan por ti.

(*) por los siglos de los siglos

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