Año IV
La Habana

17
- 23 de DICIEMBRE
de
2005

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Mirando al sur
Todo se asoma
Joel del Río
La Habana


Aparte de que los premios le hagan justicia, o no, a ese carácter ecuménico e inabarcable del evento como un todo, este ha sido un Festival marcado por la altísima calidad y tremenda variedad de la mayoría de las obras insertadas en las competencias oficiales ―largometrajes de ficción, óperas primas, documentales, animados―, que se parangonaron en la preferencia del público cubano con las mejores películas del cine mundial. Intentaremos dar una ligera idea de la enormidad de calidades disfrutadas durante los diez días de Festival, en cuanto a las facetas que le dan mayor sentido al evento, es decir, el cine latinoamericano.

La primera recomendación fue zafarse de prejuicios y no retroceder ante un filme porque se desconociera los nombres de quienes integraban el elenco técnico o artístico. Algunas de las películas más hermosas, disfrutables y premiables de este año fueron primeras obras, y ya se sabe que no siempre las grandes estrellas están dispuestas a regalar su brillo al debut de ilustres desconocidos. La mexicana Sangre, de Amat Escalante; las argentinas Hermanas, de Julia Solomonoff; Las mantenidas sin sueño, de Martín Desalvo y Vera Fogwill; y las brasileñas Ciudad baja, de Sergio Machado; Contra todos, de Roberto Moreira, y Olga, de Jayme Monjardim, se contaron entre las óperas primas ―absolutamente distintas en cuanto a género, tono, tema y pretensiones― que resultaron fuertes impactos en las agendas de todo cinéfilo con fuerte vocación abarcadora.

Da gusto reconocer que las señales de animación más certeras, en las cinematografías latinoamericanas, provienen en mayoría de realizadores jóvenes o neófitos. Entre las películas brasileñas más descollantes en los últimos doce meses se encuentra la antes mencionada Ciudad baja, producida por la Videofilmes, de Walter Salles, el director de Diarios de Motocicleta y Estación Central. Han sido elogiados, y premiados, a todos los niveles, el trío protagónico que integran Alice Braga, Wagner Moura y Lázaro Ramos, este último recordado por su descomunal Madame Satá. Ciudad baja recrea, con hondo dramatismo, un triángulo amoroso entre dos hombres, amigos de la infancia, y una prostituta que encarna la sobrina de Sonia Braga, tal vez el mayor sex symbol que haya producido Latinoamérica desde los tiempos de María Félix a partir de películas como Doña Flor y sus dos maridos, Gabriela y Tietá de Agreste

También debutante es el director Marcelo Gomes, quien realizó otro de los títulos brasileños más destacados de las recientes temporadas: Cinema, Aspirina e Urubus, en la cual destaca particularmente la interpretación de João Miguel como un nordestino que, en los años 40, trata de eludir la miseria ambiente migrando de pueblo en pueblo, llevándoles a muchos los dos mayores milagros que están a su alcance: el cine móvil y la aspirina. Apenas hace falta aclarar que el filme clasifica dentro de las abultadas nóminas de la road movie.

Tanto Ciudad baja como Cine, aspirinas y buitres han sido dos de las mejores embajadoras del cine brasileño en el exterior a lo largo de 2005 y despertaron positivos comentarios en La Habana, junto con el regreso del director Roberto Gervitz con Juego subterráneo, inspirada en un cuento de Julio Cortázar, y que cuenta la historia de un hombre que se inventa un extraño juego, en el metro de Sao Paulo, para encontrar a la mujer de su vida. Desde la perspectiva sicologista, que no descuenta la mirada documental, y el sólido empaque visual, el filme nos regresa también a algunos descollantes profesionales del cine brasileño: Jorge Durán ―director de la memorable El color de su destino― es coguionista; el productor es Francisco Ramalho Jr; de la fotografía se encargó el prestigioso Lauro Escorel, y entre las actrices se encuentran las muy reconocidas Maria Luisa Mendonça, Julia Lemmertz y Maitê Proença.

No solo los nuevos directores brasileños se mancomunan en diferentes papeles (un director hace de productor, el antes guionista se vuelve ahora realizador, y otras combinaciones) que les permitan echar adelante los proyectos. La conscientemente impúdica Géminis, significa nuevo tanto a favor de la muy joven y hasta ahora experimental realizadora argentina Albertina Carri, apoyada en la producción nada menos que por Pablo Trapero, aquel a quien conociéramos, y aplaudiéramos, como director de Mundo grúa, El bonaerense y Familia rodante. Incesto, doble moral, falsas apariencias, malditismo viscontiniano, se dan cita en esta Géminis que provocó todo tipo de comentarios, y algún que otro sonrojo en la sala oscura.

En la órbita de la familia, pero dentro de un estilo muy distinto, mucho más ligero, clasifica Las mantenidas sin sueños, codirigida por Vera Fogwill y Martin Desalvo, que se propone evadir los caminos trillados en un tema recurrente ―las relaciones madre-hija―, y para lograrlo se refugia en el tono aparentemente menor. Debe tenerse en cuenta, por lo menos, la indiscutible sutileza de los realizadores a la hora de mostrar complejas y femeninas interrelaciones, además del particular tono desdramatizado en que se desenvuelve la trama, bien distinto del habitual modo en que Hollywood resuelve este tipo de filmes familiares. Si la comedia familiar se versiona desde el punto de vista argentino en Las mantenidas sin sueño, algo similar ocurre en el thriller psicológico, con matices de tremendismo sobrenatural, llamado El aura, de Fabián Bielinsky, cuya Nueve reinas impactó nacional e internacionalmente. Ricardo Darín repite con el director, pero cambia de registro interpretativo hasta el punto de convertirse en una de las mayores sorpresas del filme.

Hablando de actores, un festival donde no esté, en alguna película, la presencia de Federico Luppi pierde algo de sabor y de impacto. Así ha sido desde 1982, con aquella imprescindible Tiempo de revancha. Esta vez regresó con El viento, de Eduardo Mignogna, una película hecha a la medida de quienes adoraron el cine argentino de los años 80 en sus vertientes sentimentales, trascendentalistas, donde la gente no paraba de decir grandes frases, y uno se moría de envidia en su luneta, queriendo expresarse en la vida cotidiana con esa gracia y fluidez con que lo hacen los (guionistas) argentinos.     

México aportó algunos de sus más seguros valores, jóvenes y no tan bisoños, en una representación contundente. Una sólida investigación respecto a las costumbres mexicanas en el período del llamado porfiriato, a principios del siglo XX, transparenta Las vueltas del citrillo, del consagrado Felipe Cazals (Canoa, Bajo la metralla, El Apando), cuyo guión se estuvo elaborando a lo largo de unos cinco años, y que curiosamente también toca el “accidente” dramático de dos hombres enamorados de la misma mujer, además de rescatar esa variante tan latinoamericana del cine fantástico, a la que ha dado en llamarse realismo mágico, y que estuviera tan en boga en los años 70 y 80. Pero la película mexicana imprescindible del 2005, aunque este cronista no se cuente entre sus fanáticos, se llama Batalla en el cielo, de la cual estoy seguro que abominarán los espíritus sensibleros y mojigatos. La dirige el mexicano Carlos Reygadas, quien por suerte no tiene nada que ver con los lugares comunes y genéricos del cine contemporáneo. Así lo demostró desde su anticonvencional debut, titulado enigmáticamente Japón. En esta Batalla... el erotismo se retrata en sus más telúricas pulsiones, recargando la mano de crudeza, sabiduría y de un sentido de la belleza un tanto terrible, grotesco, visceral. Evidentemente no hablo del México lindo y bonito, me refiero a otro tipo de hermosura. Lo comprendieron cabalmente solo quienes vieron el filme. Batalla en el cielo se cuenta entre lo más desmesurado y fuera de códigos habituales que ha producido el cine latinoamericano en los últimos veinte años. Es una película con muchos momentos de impacto, pero demasiado preconcebida para suscitar desconcierto, estupor, fastidio.

Entre los puntos más atractivos, y por tanto controvertibles, de este Festival ha estado la representación chilena, tanto en la competencia oficial (En la cama, de Matías Bize ha enfrentado verticalmente a detractores y admiradores con el minimalismo de su reparto y de su trama; La última luna, del consagrado Miguel Littín, representa el rescate minucioso de un tiempo pasado-presente en latitudes geográficas y temáticas bien distantes, en este caso, el Oriente Medio, y el problema judío-palestino) como en el apartado de las óperas primas, donde fue presentada, entre aplausos y exclamaciones de entusiasmo, Play, el debut en el largo de Alicia Scherson, egresada de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, de San Antonio de los Baños. Play se beneficia del raro encanto de la sencillez expositiva, la ternura y la comprensión de los personajes; de este modo conforma una bien diseñada historia que se va como agua ante los ojos, destilando emoción, confianza en la utilidad del amor persistente que todo lo espera, todo lo comprende, todo lo perdona. En fin, Play es una película de esas que puede llenarle el pecho, y los ojos, y la inteligencia a cualquier espectador, e incluso a los jurados que estén buscando algo fresco, sincero y emocionante.

A propósito de sinceridad y emoción: Luego llegará el momento de poner sobre el tapete otras aristas, y tal vez de tratar de definir ―inútilmente― el sentimiento desde la razón, porque jamás había visto, a la salida de un cine, semejante eclosión de ojos aguados, narices enrojecidas y rostros trasmutados por la emoción. Estoy escribiendo sobre Barrio Cuba, el más reciente filme de Humberto Solás, en competencia por los Corales junto con la también muy aplaudida y comentada ¡Viva Cuba!, de Juan Carlos Cremata, y con Bailando chachachá, de Manuel Herrera.

Por ahora solo quiero dejar sentado, en blanco y negro, que pocas veces, en muy escasos momentos y países, se puede encontrar una película latinoamericana con un reparto tan amplio y tan parejamente extraordinario, tan ajustado al tono de la película, a sus propósitos y finalidades, tan entregado en cuerpo y alma a la dura tarea de darle vida a los personajes. Marcarán pautas en la historia del cine cubano, por lo menos en el acápite interpretativo, Luisa María Jiménez, Mario Limonta y Enrique Molina, Isabel Santos y Jorge Perugorría, Rafael Lahera y Broselianda Hernández, entre muchos otros artistas, consagrados a conferirle relieve histriónico a Barrio Cuba, cuya apreciación estuvo marcada, en los primeros días, por las comparaciones con obras en algún punto similares (Suite Habana, Miel para Oshún, Habana Blues) lo cual impidió a veces, desgastándose en cotejos inútiles, que no todo el público apreciara la verdadera dimensión de este melodrama operístico y neorrealista con todos sus defectos y virtudes, franquezas y excesos, catarsis y perturbadoras conmociones.

Además de los filmes cubanos en competencia, se presentaron con entusiasta acogida de la prensa y el público, otros dos largometrajes realizados en la Isla, y muy atentos a la realidad contemporánea: Frutas en el café, de Humberto Padrón, y Habana Blues, del realizador español Benito Zambrano, también egresado de San Antonio de los Baños. Para no hacer demasiada extensa esta relación crítico-descriptiva, debo al menos hacer mención de los filmes que despertaron el interés de la mayor cantidad de público, como las argentinas Iluminados por el fuego, El viento y El aura, la ecuatoriana Crónicas, la venezolana El Caracazo, las brasileñas Olga y La mala hora, cuyos aportes, aunados a los valores presentados por los filmes antes mencionados, conformaron un mural impresionante y complejo, espejo audiovisual de nuestras realidades, aspiraciones, culturas y talentos.

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