Año IV
La Habana

12-18 NOVIEMBRE
de
2005

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ENCUENTRO CON ALFREDO GUEVARA
“El cineasta es un descubridor”
Magda Resik Aguirre La Habana
Fotos:
Liborio Noval


Su naturaleza transgresora le ha costado no pocos contratiempos y le ha ganado un sinnúmero de adeptos.  Hombre controversial y nunca ignorado, cultor refinado de las artes y las letras, decidió anteponer a sus prístinos anhelos de creación, el concierto fundacional de las obras de sus contemporáneos, a quienes estimuló y protegió cual sabio Mecenas de conciencia. Para él, fundar constituye una misión en la vida y ser hereje es el único modo de ser revolucionario.

En la ronda de sus 80 años, Alfredo Guevara goza de la lucidez necesaria como para no entregar ni deponer sus sueños. Aún le acompaña el ímpetu que, junto al brasileño Glauber Rocha, animó el surgimiento y desarrollo del Nuevo Cine Latinoamericano. Y todavía trabaja sin sosiego por la permanencia renovada de la cita cinematográfica habanera, de carácter anual. Cada diciembre las personalidades que nos visitan, los debates que se propician y los filmes que pasan por las pantallas de nuestros cines, atraen a multitudes. En buena medida, debemos a su tenacidad ese regusto y conocimiento hondo de la filmografía universal.

La suya no ha sido una vida ajena a sobresaltos y enconadas batallas, donde arriesgó sin dudarlo su propia existencia. Primero, en el escenario estudiantil universitario y luego, en las muy diversas responsabilidades que sigue asumiendo con la pasión intacta. El secreto de su recio compromiso político y de su irreverente mirada lo develamos en su propia confesión: “Mi padre era un hombre de izquierda, un trabajador de los ferrocarriles, fundador de los sindicatos ferroviarios y tenía una divisa en su vida que supo transmitirla a sus dos hijos: a mi hermano y a mí; para él lo más importante era la autenticidad, pero en un sentido muy especial. No negarse nunca a sí mismo y afrontar lo que fuere con tal  de no falsificar la personalidad propia. Fui muy rebelde desde muy temprano, pero solo después fui comprendiendo lo que aquello significaba, porque entonces éramos simplemente unos adolescentes estudiando y formándonos.” 

Casi todos reconocen su notoria fidelidad a Fidel, pero hay quienes aseguran que es mayor su fidelidad a Fidel que a la Revolución misma ¿Qué opinión le merece ese criterio? 

Que no es verdad. Si soy como soy, orgánicamente fiel a mis ideas, soy orgánicamente fiel a Fidel, porque es que son la misma cosa. Empezamos nuestras vidas separados, pero desde los 19 años comenzamos a descubrirnos como amigos y un día se entrelazaron ya nuestras vidas para siempre; nuestras vidas que son nuestras ideas.

Una persona no es persona  hasta que no alcanza a delinearse una cierta concepción de la vida, del mundo, de sus obligaciones, deberes, derechos…

Creo que de jóvenes ―después naturalmente,  cada quien adquirió su propia dimensión―, descubrimos cómo llevar a la práctica lo que pensábamos al mismo tiempo. 

De algún modo cuando usted afirma que Revolución es lucidez, ¿se refiere a que esa lucidez tiene mucho que ver con Fidel? 

Para Fidel también la Revolución es lucidez y su lucidez es la Revolución. 

Usted ha dicho que no le satisface sentirse al margen. Ahora que no participa directamente de la concepción y la creación del cine cubano, ¿cómo se las arregla?  

Muy normalmente. Creo que no en el instante en que pedí salir del cine, sino mucho antes, me había desbordado.  Uno debe proponerse, en todo, batallas  al alcance de sus fuerzas. Si uno las desborda, las debilita.

En el mundo del cine encontré, muy joven todavía, aliados que pensaban como pensaba y pienso. A todos los simbolizo en Glauber Rocha, precisamente de lengua portuguesa. Hicimos una alianza que está reflejada en el libro que he publicado sobre nuestra  amistad y nuestro trabajo en común que tiene un título que lo refleja todo: Un sueño compartido. Así nació, no por obra de dos personas, sino por obra de un conjunto de creadores que se descubrieron a sí mismos, el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, del cual el festival cubano es una representación, pudiéramos decir. Pero es mucho más que eso, pues es tan vivo que se renueva año tras año. En realidad, lo que hacemos en el festival no es otra cosa que vernos a nosotros mismos, todos juntos, una vez al año y decirnos sí, no, tal vez… como pasa en cada instante de la vida, en una familia o en una sociedad. Nada es perfecto, todo es irse acercando a lo que uno quisiera, lográndolo o no, pero esa es la vida. 

¿A estas alturas volvería a afirmar que en nuestra cinematografía el público cubano reencuentra su propia imagen? 

Quisiera que siempre fuese así. Tal vez, a veces no. Tal vez, a veces sí. Tal vez, a veces para bien o para mal.

Desde muy temprano, cuando empezaron a sentirse las primeras burbujas de nuestro cine, comprendí que no se trataba solo del cine cubano, sino del cine latinoamericano. Y sería más cómodo y más martiano, además, decir del cine como expresión de humanidad.

En general, después del momento en que salí de la dirección del ICAIC, no doy opiniones sobre las películas. En general digo que no las veo, pero esto es falso desde luego. A lo mejor las veo antes que los demás. Sin embargo, creo que mi obligación moral es no dar opiniones.

Cuando echamos a andar el proyecto del cine cubano, una de las primeras tareas que nos impusimos fue crear  la enciclopedia  popular, con la cual perseguíamos recoger imágenes, situaciones por todo el país, ambientes, formas de comportamiento… Lo logramos hasta cierto punto, pero no exhaustivamente,  no como lo soñamos para que los realizadores sintieran en imagen  a su pueblo.

Anoche por accidente,  porque leo de un modo organizado, pero con un porcentaje de caos que yo mismo me permito, tomé el libro Pasiones heréticas, de  Paolo Pasolini ―una figura que admiro mucho  y cuyos textos he leído mucho―  y dice algo que viene muy bien ahora: un escritor tiene un repertorio, no hay que prepararle una enciclopedia popular de imágenes de Cuba, porque tiene un repertorio literario en un libro de historia, de geografía, de narraciones... Van encontrando y viendo así, como otros artistas e intelectuales, su país y el mundo. El escritor, cuando trabaja, puede acudir al diccionario y sentir la etimología de una palabra, su evolución en el tiempo, sus diversos sentidos en el curso de los siglos.

Pero el cineasta es un descubridor, posee un sistema de signos que no está establecido; debe inventarlo, aunque ya el cine tiene unos cuantos años y, desde luego, el tiempo va depurando. De toda la basura que se produce, queda al fin lo mejor.  

Entonces, ¿un escritor no es un descubridor y un cineasta sí? 

Un escritor es un descubridor en otro sentido, porque tiene un trabajo prehecho. El cineasta no. Aún más, los primeros cineastas tuvieron que inventar el sistema de signos que iban a emplear y una gramática cinematográfica que es el montaje. Y el montaje tiene sus leyes, su sintaxis y otros elementos contextuales. Es el único arte que hemos visto nacer en nuestros ojos.

Nosotros no sabemos cómo empezó el teatro. Existe una historia del teatro que es la de Occidente, es la del teatro griego, pero si ahondamos y buscamos, encontramos formas que pueden identificarse como teatrales en los pueblos llamados primitivos, es decir, en pueblos que no continuaron porque sus culturas quedaron truncas en un período debido a la presión colonial. En el caso del cine, vimos cómo nacía y tiene la particularidad, además, de ser un arte que surge con la revolución tecnológica que ha permitido al hombre apoderarse de territorios más allá. Los cineastas han debido inventar y los respeto por eso.

Los primeros cineastas se confundieron un tanto y se sintieron en mimesis con el teatro del que tuvieron que irse liberando, y algunos se han liberado tanto que ya no se sabe lo que hacen. Por ejemplo, estoy bien desconcertado con la revolución digital, el concepto de Arte Digital me turba bastante, no establezco juicios muy radicales, pero me turba porque pese a la complejidad que tiene la técnica, a veces ella misma conduce al facilismo. 

¿Pero eso no quiere decir que reniegue de la evolución en el tiempo que le está reservada al cine?   

No reniego de nada. Empecé diciendo que ayer estaba disfrutando de un libro que comienza por llamarse Pasiones heréticas y la herejía… 

Le encanta… 

No solo me encanta. Creo que es hermana gemela de la inteligencia. 

Usted habla de los cineastas. ¿Es que no se siente como tal?

Ya yo miro desde una nube. 

A lo mejor usted soñó alguna vez y se concibió como un prolífico director de cine… 

No sufro de frustraciones de ninguna clase. Creo que lo que hice es lo que tenía que hacer, lo que hago es lo que tengo que hacer, y lo único que sueño ahora es que me alcance el tiempo para algunas cosas más. 

¿Cuáles son esos pendientes?  

No permitir que la historia de nuestra generación sea escrita por otros, porque nos juzgarán más tarde. 

¿Quiere escribirla usted mismo? 

Ojalá que muchos de mis contemporáneos la escribieran, pero en lo que a mí respecta, quiero dejar el testimonio de un protagonista activo. 

¿Su sentido o pasión de escritor le acompañó siempre? 

Siempre escribí como parte de mi trabajo y de mi vida. Desde que era estudiante de Filosofía, consideré  que mi personalidad era la de un escritor y la de un alguien que debía permanentemente reflexionar en el campo de la filosofía y de la estética. 

En unos de sus escritos usted dice: “A estas alturas de la vida, ya iniciado el final, sé muy bien lo que anda hondo de veras y lo que es circunstancial”. ¿Qué es eso que anda hondo de veras y qué es lo que es circunstancial? 

No va a ser la primera vez que lo diga ―lo he reflejado como una reflexión de la política, pero es aplicable a todo―,  que con sus actos el hombre no debe perder jamás la corriente principal: la de sus convicciones, sus ideas, sus objetivos éticos. En mi opinión, ética y estética andan muy cerca, se entrelazan, y en política coinciden con los objetivos principales de la Revolución. Pero en ese camino hay tantas incidencias, pequeñeces, gentuza, arribismo, vacuidad... ¡Tantas cosas que hay que soportar!, que nos van rodeando como un bosque.

La clave es no perder nunca la corriente principal y no dejar que la hojarasca nos penetre en la piel. Pese a mucho sufrimiento en la vida y a punto de perderla, siempre he llevado dentro un profundo sentimiento de felicidad. Es lo que me mantiene a la edad  que tengo… 

… “a estas alturas de la vida…” 

…no solo vivo, vivísimo, porque no dejo que me penetre el vacío. El mundo está lleno de muertos que caminan, hablan, conversan… pero en realidad no existen. Cambian con las modas, pero en realidad no existen y uno se los encuentra por la calle, en la oficina. Pero hay que no dejar que nada de eso lo turbe a uno, ni siquiera cuando se nos clava un puñal en el costado; sacas el puñal y sigues tan campante. 

¿Por qué Alfredo Guevara insiste tanto en que necesitamos un pueblo culto y no solo instruido? 

Somos un país, una cultura, una identidad cercados militarmente, cercados económicamente, pero cercados intelectualmente también, por una cultura: la norteamericana. No me refiero a la cultura-cultura norteamericana, nada despreciable, sino a la que nos envían para tratar de influirnos, penetrarnos... Con la cultura norteamericana auténtica no puede haber sino puentes. Pero lo que el estado norteamericano exporta mayormente y trata de imponer en el mundo, es lo más superficial, lo más banal, lo más uniformador de la cultura  de masas.

El único modo de resistir de verdad, a fondo y para siempre, es la cultura, la defensa de la identidad. Pero una cultura que vaya más allá de la instrucción. Quisiera yo que alcanzáramos a lograr que el ciudadano tuviese una formación intelectual mínima que lo llevase a apreciar lo auténtico y despreciar lo banal. Desgraciadamente, La Habana que yo amo ―es lo que más amo― está sumergida en la chusmería, en la vacuidad. Pese a la generalización de la instrucción hay una ola de basura surgiendo, que se está imponiendo y de la que tenemos que cobrar conciencia para defendernos.

Nos defendemos de muchas cosas, pero por todas partes nos penetran y no solo es el trabajo del enemigo, hay otros factores que no es el caso analizar ahora aquí. Pero creo que valdría la pena que se produjera una reflexión para producir actos de autodefensa. La ignorancia y la vulgaridad son enemigas juradas de la Revolución. 

Usted ha dicho que en el campo de la batalla de ideas la cultura es garante de la identidad nacional… 

Y, por lo tanto, de la independencia y la soberanía.  

¿Y qué le respondería a quienes asocian su anhelo cultural con cierto sentido elitista y sofisticado de la cultura? 

Sé que cuando se usa el lenguaje que voy a utilizar se produce un rechazo en determinadas gentes y en ciertas autoridades. Pero yo lo uso de un modo tan natural, tan orgánico, tan ligado a mis convicciones que no quiero renunciar a ello. Las formas culturales mientras más complejas y sofisticadas ―creo que esta es la palabra que odian― tendrán más poder de rechazo para la pacotilla intelectual. La gente bien formada intelectualmente puede ver un culebrón y puede, como hago yo a veces, estudiar ese lenguaje que los atrapa. Solo cuando uno está muy bien formado puede de buenas a primeras, antes que venga el desenlace, levantarse y decir ―me da lo mismo el desenlace, porque todo esto es pura mentira y bobería. Debemos propiciarles una formación que les permita a las personas no ser invadidas por ese conjunto de tonterías bien elaboradas.  

¿Qué tendrán esas “tonterías” que atrapan a millones?   

Primero un público nada preparado, y después, muchas insatisfacciones en la vida. Es como la lotería, se juega un numerito para ver si uno se vuelve millonario, se mira un destino para ver.

Respeto a las personas de las que voy a hablar, pero ¿por qué millones de personas en el mundo vibraron cuando el príncipe de Asturias, heredero de la corona española, se casó con una periodista? Porque todas las muchachas de esa edad se vieron reflejadas en una posibilidad de vida: casarse con un príncipe, entrar en la realeza lo cual es una tontería, nada más que ceremonia; y son ganchos. Se da en un caso y puede ser que hasta auténticamente, pero se da en un caso.

Todos los culebrones pueden reducirse a una misma estructura dramatúrgica, muchacha o muchacho pobre se encuentra a muchacha o muchacho rico… Cuando de joven estudiaba cine, analizábamos los recursos de la cinematografía en serie de Hollywood, y no lo descubrimos nosotros, está en los libros. En la dramaturgia norteamericana cada cinco o seis minutos tiene que pasar algo terrible o estar alguien en peligro, crearse una situación de expectativa y los culebrones hacen lo mismo.

Sin embargo, en Bergman pude haber diez minutos en que no pasa nada y hasta quince y esto puede pasar en Antonioni y en Resnais, para mencionar algunos clásicos. Pueden haber situaciones, incluso, en que ya supones lo que va a pasar, pero lo importante es cómo está pasando y por qué.  

¿Cómo ha de ser un artista? 

En arte no hay apuesta lograda, pero es siempre un acercamiento a la realidad más honda. No hablo de realismo, sino de la esencia de las cosas; esencia casi metafísica. Me acerco a la idea del arquetipo platónico, que en Platón es previo pero es como el alma. Alma es una palabra que no gusta tampoco, pero yo la he ido construyendo.

No soy ya el niño por el que tú preguntabas. La historia de mi vida, esa novela que yo quise que fuese mi vida y que lo es, es mi alma. Yo soy el que he construido, con mi actitud ante la vida, con mis actos, sentimientos, vivencias, secretos, con lo que digo y hago; toda esa suma.

Cuando se tiene una larga vida, tal vez se pueden comprender mejor las tendencias de la propia personalidad, pero cuando se logra la mayor lucidez, ya está acabándose todo. 

¿Está usted entonces en el período vital de la mayor lucidez?

A lo mejor dentro de tres días, tres meses o tres años la alcance. Pero de todas maneras, y para regresar a la definición del artista creo que es un Dios. 

¿Un Dios? 

Dios fue creando la naturaleza, el hombre, los elementos… en una serie de días. El artista enriquece la realidad, puede descubrir las esencias del ser humano y, por lo tanto, permitir al gozador de sus obras apresar mejor o entregarle un aspecto de la realidad que se le había olvidado crear a Dios. 

En una carta a Gabriel García Márquez usted escribió: “Esto de encontrar argumentos para convencerte de viajar a Cuba parece tan increíble como alguna de tus historias, y puesto que lo debo hacer desde posiciones políticas y estas en el socialismo se caracterizan por inmaculadas, quedaré al menos redimido de toda referencia putañera”. ¿Qué significa “el socialismo inmaculado” y cuál es el socialismo que usted sueña para nosotros? 

La esencia del socialismo es el espíritu solidario de un ser hacia otro. Cuando el ser humano desborda su piel y mata el egoísmo, que no creo innato sino impuesto por la naturaleza y la sociedad, ese es un momento de lo esencial socialista. Después viene el cómo porque vivimos en sociedad, tenemos que sobrevivir, educarnos… y ahí entra todo el juego de las estructuras económicas, del cómo lograrlo. Pero tú me pediste la semilla. Si el socialismo no tiene como objetivo orgánicamente al otro, al prójimo, no florece. 

Pero, en ocasiones, bajo el argumento de la ayuda al prójimo se cometen errores... 

Claro… 

Y, ¿qué hacemos con ellos?  

Rectificarlos, odiarlos… y a veces no saber qué hacer. 

¿Y no debemos aprender de ellos?   

Si somos capaces, porque no siempre somos capaces de aprender.

 

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