Año IV
La Habana
2005

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Ni la menor idea
Daniel Chavarría


La señorita María de los Ángeles Saura, maestra del quinto grado de primaria en San Juan de Abril, encomendó a Rafaelito, alumno de 11 años, la tarea de ir a la Biblioteca Provincial, pedir los Comentarios a la guerra de las Galias y elaborar un dossier sobre Cayo Julio César. Cada uno de sus educandos recibió un encargo similar, con diferentes personajes históricos. Partidaria de una osada pedagogía experimental, la maestra se proponía familiarizar a sus alumnos con las bibliotecas y los libros.

Como primera medida, la señorita Saura se había asegurado de que todos aprendieran el alfabeto en ambos sentidos y fueran capaces de encontrar rápidamente cualquier artículo en un diccionario. Luego les hizo practicar las búsquedas en tarjeteros, y todo ello como un juego, con premios para los más rápidos y diversos estímulos que entusiasmaron a los niños. Por último, llevó a clase boletas de solicitud, de las que se empleaban en la Biblioteca Provincial, y los niños aprendieron a llenarlas con los datos requeridos.    

Esa misma tarde, Rafaelito llenó la suya en la sala de lectura, anotó el título de la obra, el nombre del autor, su propio nombre y en la casilla de profesión, puso “escolar”, tal como la maestra indicara.

Diez minutos después hojeaba La guerra de las Galias sin descubrir, por supuesto, nada que le permitiera saber quién era Cayo Julio César. Por fin, en una de las solapas se encontró una brevísima biografía del autor, donde se exaltaba su genio militar, político y literario, y al pie, una nota manuscrita, en caracteres de imprenta, donde decía: ESTE RESUMEN OMITE QUE CAYO JULIO CÉSAR FUE EL PRINCIPAL CAUSANTE DEL INCENDIO QUE DESTRUYERA LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA; Y CESÁREO FERNÁNDEZ, OPORTUNISTA IGNARO Y HOMÓNIMO DEL VÁSTAGO DE CÉSAR Y CLEOPATRA, BIEN PODRÍA SERLO DE VERDAD POR SU NEFASTA GESTIÓN COMO DELEGADO PROVINCIAL DE CULTURA.

Rafaelito, que nada sabía de oportunistas ignaros ni de nefastas gestiones, y los supuso términos muy positivos, copió para su tarea no solo el texto de la solapa, sino también la diatriba manuscrita.

Cuando la maestra tuvo en sus manos el trabajo de Rafaelito, estalló en carcajadas y se lo leyó a Tito Negro, su marido, un periodista virulento, enemigo político de Cesáreo, a quien se le ocurrió una virulenta idea. Localizó a Rafaelito, averiguó cuál era el ejemplar que había consultado, fue a la Biblioteca Provincial y comprobó la existencia de la coletilla manuscrita. Luego buscó un Larousse ilustrado y en Cayo Julio César detectó, al borde de la página, otro agregado en idénticos caracteres donde decía: AL QUEMAR LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA, CÉSAR MATÓ SIETE SIGLOS DE SABER ANTIGUO; Y CESÁREO FERNÁNDEZ, EN SIETE MESES DE GESTIÓN AL FRENTE DE LA DELEGACION DE CULTURA, YA HA LOGRADO QUE LA BIBLIOTECA PROVINCIAL MEREZCA OTRO INCENDIO, PORQUE LA HA CONVERTIDO EN UNA RUINA INOPERANTE, HUÉRFANA DE RECURSOS.

En la Encyclopaedia Britannica, al texto en inglés se sumaba otra nota en español: ESTA ENCICLOPEDIA, POR LA LIGEREZA CON QUE TRATA EL INCENDIO DE LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA, ES CÓMPLICE DEL SILENCIO QUE HACE YA DOS MIL AÑOS IMPUSIERA AL MUNDO LA RALEA PIRÓMANA DE LA DINASTÍA JULIO-CLAUDIA. Y CESÁREO FERNÁNDEZ, QUE AHORA SE CANDIDATEA PARA DIPUTADO A LA ASAMBLEA NACIONAL, NO LE VA EN ZAGA COMO INCENDIARIO, POR SER EL PRINCIPAL RESPONSABLE DE LA QUEMA DE LOS LIBROS RAROS, EL ÚNICO FONDO VALIOSO EN LA BIBLIOTECA DE SAN JUAN DE ABRIL, QUE ÉL HABÍA ORDENADO TRASLADAR AL MUSEO, SO PRETEXTO DE COBRAR LAS CONSULTAS Y ASÍ HACERLOS RENTABLES.   

En la Enciclopedia Italiana, el anónimo escriba había insertado un vehemente alegato: Y YO, EN NOMBRE DE SOTER I, DE TOLOMEO FILADELFO, DE LOS 70 SABIOS JUDÍOS, DE DEMETRIO FALÉREO, DE ZENÓDOTO, DE APOLONIO DE RODAS, DE ERATÓSTENES, DE ARISTÓFANES DE BIZANCIO, DE CALÍMACO, DE ARISTARCO, Y DE TODOS LOS SABIOS E INSIGNES BIBLIOTECARIOS QUE TRABAJARON EN ALEJANDRÍA, TE MALDIGO Y HAGO VOTOS POR QUE TU ALMA, LLEVADA POR EL VIENTO PESTÍFERO DE LOS INFIERNOS PASADOS Y FUTUROS, VAGUE ERRANTE HASTA EL FIN DE LOS SIGLOS, Y QUE JUNTO CON LA TUYA VAGUE TAMBIÉN, SIN TREGUA, LA DE CESÁREO FERNÁNDEZ, TU ÉMULO, EL MISERABLE SEMENTAL QUE HA HECHO SU CARRERA POLÍTICA DE VAGINA EN VAGINA, Y QUE POR SATISFACER SU CODICIA DE PODER Y LOS CAPRICHOS DE SUS TESTÍCULOS, SE HA CONVERTIDO EN EL PRINCIPAL ENEMIGO DE LOS LIBROS EN SAN JUAN DE ABRIL, DE CUYA BIBLIOTECA ORDENÓ TRASLADAR A SU DESPACHO, LAS TRES COMPUTADORAS ASIGNADAS A LA SALA DE REFERENCIAS, PARA PONERLAS A DISPOSICION EXCLUSIVA DE SUS SECRETARIAS Y CONCUBINAS. 

En dos días de búsquedas, Tito Negro detectó en la Biblioteca Provincial, 69 invectivas contra César y Cesáreo, de las que sacó numerosas fotocopias.

Su artículo, publicado una semana después en LA VOZ DE SAN JUAN DE ABRIL, exactamente un mes antes de la primera ronda electoral para la renovación de las cámaras, reproducía las más venenosas de las diatribas. Arteramente, Tito había utilizado el pretexto de lamentar aquel acto de barbarie, y alertaba al director de la Biblioteca Provincial, con la sugerencia de establecer una más cuidadosa vigilancia para que semejantes actos, sin duda perpetrados por algún maníaco, no volvieran a repetirse; pero tuvo buen cuidado de reproducir en el artículo, las notas más infamantes contra Cesáreo.

II

El Rengo Alberto había sido la indiscutida estrella de la Biblioteca Nacional. En el país, ningún especialista conocía mejor que él las distintas colecciones, incluidos los libros raros y los fondos de circulación limitada. Los estudiantes de la carrera de Bibliotecología, que hacían sus prácticas en la Sala de Servicios Generales, detectaban de inmediato que nadie como el Rengo conocía los lenguajes de indización. Su pericia omnisciente les simplificaba también las tareas de almacenamiento y recuperación de documentos, que muchos jóvenes detestaban por monótonas. En 1990, la Asociación Nacional de Bibliotecarios le había otorgado la distinción «Isidoro de Sevilla» por su novedoso aporte de un sistema automatizado para la formación de archivos temáticos o colecciones verticales.

Investigadores de muy diversas ramas, y todos los funcionarios de la biblioteca, habían contado siempre con el Rengo para la organización de sus proyectos. Al título de licenciado que obtuviera en la Facultad de Bibliotecología, había añadido un Doctorado en Ciencias de la Información por la Universidad de Pittsburg. Pero al Dr. Alberto Alberti no le entusiasmaban tanto sus títulos académicos como el ejercicio práctico de referencista, al que  había consagrado toda su pasión y talento. Durante los 12 años en que dirigiera la Sala de Referencias, sobre su mesa podía leerse, yuxtapuesto a la placa con su nombre y título, un cartelito con la severa divisa que se impusiera a sí mismo: “No tengo que saberlo todo, pero sí saber cómo encontrarlo”.

Sus búsquedas bibliográficas eran lujuria y aventura, amor y zozobra. Era el orgasmo espiritual de hallar un dato tras el terror al fracaso.

Es seguro que en la historia bibliófila de la República nadie se había entregado con tal pertinacia al desafío cotidiano de hallar o no hallar. Pero el Rengo Alberto siempre había hallado o demostrado a los usuarios que lo buscado no existía; ya fuese un documento, un afiche, una foto, un párrafo, una palabra, el mínimo dato requerido en la Sala de Referencias. A veces lo obtenía mediante diestros manejos de microfilmes y computadoras, pero otras, en tozudos mano a mano con libros desvencijados, con revistas empalidecidas por el olvido o periódicos jamás consultados que el Rengo desplegaba sobre las mesas de la hemeroteca con el ardiente temor de quien desflora a una virgen amada. Con frecuencia se lo veía cojeando tenazmente por los pasillos de los sombríos almacenes o encaramado en lo alto de una escalerilla de tijera, hurgando ceñudo en los estantes, con hábiles manipulaciones de los volúmenes.

A pesar de su cojera, de su pequeña estatura y extrema delgadez, el Rengo Alberto no carecía de atractivos. Tenía unos ojos negros de mirada impaciente, adivinatoria, labios gruesos y muy rojos, una dentadura perfecta, y un perfil griego con cabello de grandes rizos castaños.

Cuando lo nombraron director de la Biblioteca Provincial de San Juan de Abril, la subdirectora era Estela Romano. Y de ella se enamoró el Rengo a primera vista. Hasta entonces, en sus 45 años, nunca se había enamorado. Y nunca tuvo el valor de declararle su amor. Durante un año y medio, la adoró en silencio. La adoró hasta el día de su muerte; su muerte de ella.

Estela se había suicidado dos meses antes de que aparecieran las anónimas invectivas contra César y Cesáreo.

III

A los dos días de difundirse el artículo de Tito Negro, Cesáreo Fernández destituyó al Rengo y ordenó retirar todos los libros donde aparecían las diatribas contra su persona y la de Cayo Julio César. Y otros dos días después, cuando solo faltaban tres semanas para las elecciones, Negro publicaba un nuevo artículo, firmado por el Dr. Alberto Alberti, con el siguiente texto:

QUOUSQUE TANDEM...?

Recientemente, por arbitraria decisión del Delegado Provincial de Cultura, he sido destituido de mi cargo al frente de la Biblioteca Provincial de San Juan de Abril. Se me acusa de negligencia, por no haber impedido que un «maníaco» inscribiera en diversos ejemplares de la biblioteca denuestos contra Cayo Julio César y contra el propio Cesáreo Fernández; como si dentro de las funciones de un director estuviera también la de convertirse en policía y vigilar cada movimiento de cada uno de los usuarios de la biblioteca.  

Si he de ser sincero, el acto vandálico de garabatear libros destinados a la consulta y circulación pública no me impide solidarizarme con los denuestos del maníaco contra ambos personajes. A pesar de su indiscutible genio como estadista y escritor, en el balance de la vida de César pesa desastrosamente su culpa alejandrina. En su apoyo a Cleopatra para una mezquina guerra dinástica,  César obedeció mucho más al apremio de sus hormonas seniles que a los altos intereses de Roma. Y el resultado de aquella guerra endocrina fue la destrucción de una obra cultural de casi tres siglos, que reunía materiales no solo del mundo helénico, sino de las antiguas culturas de Egipto y del Cercano y Medio Oriente, con originales y traducciones procedentes, en algunos casos, del siglo VII a. C.

En cuanto a los ataques a César, es imposible no estar de acuerdo con nuestro maníaco, en que el mundo debería  execrar su memoria. Por ganar una batalla, destruyó en horas lo que muchos sabios habían reunido en siglos. Sus enormes virtudes políticas y humanas jamás compensarán el criminal incendio del medio millón de ejemplares atesorados en la Biblioteca de Alejandría.

Y cuando el maníaco acusa de incendiario a Cesáreo Fernández, tampoco carece de razón. Baste para demostrarlo el texto adjunto, de puño y letra de Estela Romano, redactado pocos minutos antes de su trágica muerte. Su autenticidad está avalada, con fecha de anteayer, por la certificación de un perito calígrafo del Instituto Nacional de Criminalística, a disposición de quien desee examinarla, en la redacción de este periódico.

Estimado Dr. Alberti:

Tenía usted razón. Fue un gran error trasladar el Fondo de Libros Raros al Museo. Cuando me opuse a usted en el Consejo de Dirección y apoyé la iniciativa de Cesáreo Fernández, lo hice por míseros intereses pasionales. Estaba enamorada de Cesáreo y, desde hacía varios días, mantenía con él una secreta relación. Todo lo había preparado él. Su plan de hacer rentables los libros y encargarme la gestión, fue un pretexto para vernos sin que nadie nos descubriera. Nos dábamos cita en el despacho intermedio, al que se accede tanto desde el Museo como desde las oficinas de Cesáreo en la Delegación de Cultura. Y en ese maldito lugar, adonde me atrajo con promesas que ahora no quiero recordar, he sido sometida a incalificables vejámenes físicos y morales. Cesáreo es un monstruo perverso. Cuando esta carta llegue a manos de usted, habré perecido bajo las llamas. He decidido acudir al patio central del edificio donde, a la vista pública, voy a incendiarme con alcohol. Lo hago porque Cesáreo Fernández me ha herido tanto que ya no quiero vivir. Pero no quiero irme de esta vida sin implorar a usted, humildemente, perdón por mi indigno comportamiento durante nuestra última reunión. Ojalá me lo otorgue. Adiós, querido amigo.

Estela Romano

Como es sabido, el intento por salvar a la desventurada Estela provocó el incendio del Fondo de Libros Raros, pérdida irrecuperable para la cultura abrileña.

Por mi parte, nada personal me instiga contra el Sr. Cesáreo Fernández, pero es evidente que el maníaco tenía razón. Su gestión al frente de la Delegación Provincial de Cultura ha sido nefasta; y al igual que César, es un incendiario y un enemigo de la cultura.

Dos años después de los hechos, la población de San Juan de Abril sigue discutiendo quién pudo ser aquel maníaco que tanto contribuyera a arruinar la carrera política de Cesáreo Fernández.

El Rengo, recientemente promovido a Director de la Biblioteca Nacional, no tiene la menor idea. Cuando alguien saca a relucir el  caso y le pregunta por el maníaco, se encoge de hombros y alza las cejas. No tiene ni la menor idea.

Este cuento pertenece al libro Conversación con el búfalo blanco, de Rogelio Riverón, que la Editorial Letras Cubanas anuncia para este año.

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