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La Habana

10 al 16 SEPTIEMBRE
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Katrina y el tercer mundo al norte del Río Bravo
La tempestad y las ropas del emperador

Luis Duno-Gottberg Caracas


El huracán Katrina ha desnudado al emperador. Si bien no todos logran verlo, existen algunos indicios del despertar de una vaga conciencia sobre las profundas contradicciones de la nación norteamericana: Se la avizora en conversaciones casuales en los autobuses, donde los desconocidos conectan la falta de helicópteros y tropas de la guardia nacional (creada para atender crisis internas) con la arbitraria guerra en Irak. Se la intuye en las declaraciones de los sobrevivientes del huracán, que se preguntan cuán rápida habría sido la respuesta del gobierno si los miles de damnificados hacinados en el Superdome hubieran sido en su mayoría blancos. Finalmente se anuncia en algunos titulares de prensa que muestran cómo la reducción de impuestos incidió directamente en los proyectos de mantenimiento de los diques que debían proteger la ciudad de Nueva Orleáns.

El huracán Katrina ha desnudado al emperador. En efecto, el color de la pobreza, las consecuencias de una política tributaria que benefician al uno por ciento de la población y la indiferencia hacia los sectores marginados de la sociedad han quedado al descubierto por el terrible vendaval. Mientras las aguas que cubren la antes hermosa y vibrante ciudad de Nueva Orleáns se retiran lentamente, las imágenes de la miseria y el sufrimiento plantean de manera ineludible la interrelación de la tragedia natural y lo político.

“Nosotros no somos un país del tercer mundo”, repiten angustiados desde el presidente de los Estados Unidos hasta personalidades de la vida pública, ante la devastación causada por el huracán Katrina. Sin embargo, esta reiterada afirmación parece más bien un intento desesperado por desplazar las profundas inequidades que ha revelado el desastre. La mirada turística que se proyectaba tradicionalmente sobre Nueva Orleáns fue borrada por la violencia de la naturaleza, como si fuera la utilería de uno de esos grandes parques que regalan la ilusión de un mundo contenido en si mismo. Así ha quedado al descubierto la realidad de una de las regiones más pobres y segregadas del país. La violencia de la naturaleza ha obligado a confrontar la violencia de la exclusión social.

A pesar de formar parte del sur del país más poderoso del mundo, los indicadores de salud e ingresos de Nueva Orleáns son escandalosos. Una tercera parte de la población vive por debajo de los niveles de pobreza. Este mismo indicador alcanza al cuarenta por ciento de la población infantil, que vive en situación de miseria. Estas cifras pasan a constituir un indicador de las relaciones raciales cuando observamos que dicha ciudad posee un 67.3 por ciento de población afro-americana. Todo esto constituye una tragedia de otro orden, ajeno a los fantasmas del terrorismo o a la furia de la naturaleza. No fue un fenómeno exterior a la nación o una fuerza incontrolable lo que ha condenado al aislamiento a quienes hoy mueren cercados por las aguas, sino el sistemático proceso de opresión que se constituyó con el diseño mismo del proyecto nacional norteamericano y que, sin embargo, se ha visto intensificado en los últimos diez años.

¿Quiénes son los refugiados? ¿Quiénes quedaron atrapados en la ciudad? En su gran mayoría se trataba de personas sin recursos. Personas que no contaban con un automóvil para marcharse; que no podían pagar un pasaje aéreo ni un hotel en las fronteras del las zonas afectas. ¿Por qué se ha tardado tanto tiempo en rescatarlas? ¿Por qué se las representa como sujetos atávicos y se los castiga con una retórica moralista cuando actúan desesperados en búsqueda de alimentos y agua potable?

La política de reducción de impuestos impulsada por el presidente George Bush, la cual beneficia fundamentalmente a los sectores más poderosos de la nación, fue uno de los motivos que llevaron a la reducción presupuestaria del cuerpo de ingenieros del ejército, encargado de mantener los diques que protegían a la ciudad de Nueva Orleáns. Por primera vez en este año, dicho organismo vio reducido su presupuesto en setenta millones de dólares, que debían ser destinados al mantenimiento de tal estructura. Es muy posible que el poder de Katrina hubiera arrasado con cualquier construcción que se colocara delante de su poderosa fuerza. Sin embargo, no deja de ser irritante la idea de que una reducción presupuestaria dirigida a favorecer a unos pocos haya desviado dineros que pudieron ayudar a una enorme población que ya venía experimentando numerosas penurias.


El color de la tragedia: raza y exclusión

El Superdome y el Ernest Memorial Convention Center, las estructuras donde se han hacinado al rededor de cuarenta mil personas, han sido comparadas por algunos con barcos de esclavos. Por más de cuatro días, una población mayoritariamente afro-americana se encontrado aislada, en condiciones deplorables, sin ningún tipo de asistencia. Si bien los voceros del gobierno tienden a responder que ello se corresponde con las características demográficas de la ciudad, no puede ignorarse que dicha población no pudo huir por motivos económicos. Es decir, que las relaciones entre raza y clase son de fundamentales para entender decisión de dichas persona de refugiarse en estos lugares.

Inclusive el tipo de crisis médica que se han presentado en los refugios dan cuenta de las relaciones entre raza y clase social. Numerosos casos de coma diabético entre la población afroamericana atrapada en la ciudad no pueden separarse de las condiciones económicas deplorables en las que estas personas viven. Los hábitos alimenticios se han visto constituidos por las limitaciones económicas que los llevan a ingerir grasas y azúcares, lo más barato en el mercado.

La racialización de esta tragedia pasa también por el problema de las representaciones mediáticas. En los primeros días de la tragedia, circularon simultáneamente dos fotos de la población que luchaba por sobrevivir. En una se veía una pareja blanca que se desplazaba a píe entre las aguas que llegaban hasta su cintura. La viñeta decía que con resolución, los jóvenes habían logrado encontrar algo de agua y víveres. Por otro lado, la imagen de un hombre afro-americano que se desplazaba en idénticas circunstancias y que, sin embargo, se lo describía como un saqueador que huía con bienes robados (agua y alimentos). Este proceso constituye un intento por construir sujetos sociales amenazantes y justificar su represión. Acto seguido, las instrucciones de las autoridades norteamericanas a la policía y la guardia nacional han sido de “disparen a matar”. Bush, al regresar de su rancho en Craford, explicaba que no se toleraría ninguna actividad delictiva. Otros comentaristas se preguntan escandalizados cómo era posible que la gente actuara de manera tan vil. Cabe advertir que después de unos días, el sesgo racista de tales representaciones ha sido ya observado y los medios revisan cuidadosamente su lenguaje. Claro está que ello supone no la desaparición del prejuicio, sino su ocultamiento.

Katrina no es Bin Laden; es un fenómeno natural que no puede ser transformado por la retórica nacionalista en un enemigo exterior que asalta los valores excelsos de los Estados Unidos. Katrina no atenta contra la libertad ni la democracia; es apenas una tempestad que ha logrado mostrar la denudes de un poderoso imperio que se construye precisamente a partir de la exclusión y de los fuegos fatuos de la grandeza.

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