Año IV
La Habana

10 al 16 SEPTIEMBRE
de
2005

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Desafíos de una nueva época
Zaida Capote La Habana
Fotos: Iván Soca y La Jiribilla


Como buen gesto promocional que es, toda presentación de revista –como esta que nos reúne hoy aquí- conlleva  el elogio (a veces desmedido, a veces merecido) del material que se promociona para la venta. En este número 51, el primero de su segunda época, La Jiribilla de Papel reúne trabajos disímiles cuyo lazo más visible –siguiendo con el perfil que la revista tiene desde su fundación- podría establecerse a partir de la relación entre cultura y política. Voy a tomarme la libertad en esta presentación, puesto que los hacedores de la revista me han invitado a formar parte de su Consejo Editorial, de hacer una lectura detallada, ordenada, y por momentos crítica de ella.

El número abre con un texto de Santiago Alba, una lectura, digámoslo así, inconforme, de un conocido artículo de Umberto Eco en que éste se preguntaba: ¿Deben los intelectuales meterse en política? Cuestionando desde su base la pregunta misma, Alba ilustra la trayectoria del personaje del intelectual como interventor en los destinos públicos de la nación moderna. El trabajo es excelente, polémico, movilizador, y me parece un modo muy acertado de inaugurar el número, pero, como es frecuente que ocurra con estos temas, nos deja siempre la duda de cómo aplicar esas reflexiones a nuestra propia realidad. Se echa de menos a veces un ensayismo cubano en nuestras publicaciones sobre temas similares.

El centro del número lo ocupa un dossier dedicado al joven autor español Isaac Rosa, ganador del Premio Rómulo Gallegos con su novela El vano ayer, e incluye además una entrevista que le realizara Pedro de la Hoz, críticas a la novela premiada y a su libro Kosovo, la coartada humanitaria, y la reproducción completa de su discurso de recepción del premio, todo lo cual da cuenta de cuáles son las preocupaciones de este escritor novel que tiene muy claro cuál es su lugar y cuál su tarea, y por eso nos dice sin ambages: “el escritor en todo momento está comprometido con la representación crítica del mundo, lo quiera o no. Escribir es tomar partido, es participar, es intervenir”.

Reynaldo González hace un resumen de las causas y la ruta posterior del incidente diplomático que provocara entre Estados Unidos y México la cancelación en este país de un sello con la imagen de Memín Pinguín, personaje de historieta mexicana que se describe como “un negrito cubano, bembón y orejón”, y cuya presencia en la serie de sellos dedicada a conmemorar a los más destacados protagonistas de la historieta en México desató fuertes críticas entre numerosas personalidades públicas y del gobierno norteamericanos, así como la exigencia de que fuera retirado de circulación por considerarse racista.  El artículo reseña también las reacciones de escritores y editores mexicanos e ilustra las diferencias en la percepción de un mismo hecho cultural en países tan cercanos y tan lejanos a un tiempo como son México y los Estados Unidos.

Guillermo Rodríguez Rivera, en un breve pero intenso trabajo, nos descubre la trayectoria de uno de los culpables de la muerte del poeta salvadoreño Roque Dalton, reciclado hoy como politólogo de éxito en Oxford, y colaborador de gobiernos latinoamericanos y de medios europeos.

Roberto Fernández Retamar entrega, entrevistado por Magda Resik, retazos de su mundo y de su vida, y relata a su modo ameno e ilustrado sus recuerdos de los primeros años en la Casa de las Américas, su relación con Cortázar o Haydee, al tiempo que devela algunas preferencias  de entre su obra escrita.

El centenario de Sartre merece un extenso artículo de Humberto Arenal, quien nos regala las imágenes que guarda en su recuerdo, en fino contrapunto con sus experiencias como lector del riquísimo legado del autor de Les mots. Otro aniversario, mucho menos risueño, el de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, es recordado con un leve y conmovedor relato de Alfonso Sastre.

La película Viva Cuba, de cuyo éxito acabamos de ser testigos, provoca una reflexión de Joel del Río sobre la presencia de road movies en el más reciente cine cubano, y de una entusiasta y desenfadada reseña de Javier Mestre, quien describe su experiencia como espectador del filme en un cine habanero y participante, él mismo, de las sonoras carcajadas del público.  

En el único texto dedicado a la plástica, Corina Matamoros recorre la obra  producida por Santiago Rodríguez Olazábal, cuya exposición más reciente en Bellas Artes, Onilé, reseña con detenimiento. Lo mismo hace Omar Valiño con la puesta de Morir del cuento por Alberto Sarraín.

Los más recientes premios de la crítica tienen también su espacio en esta entrega. Poemas de Carlos Augusto Alfonso y Víctor Fowler, y reseñas sobre los libros premiados de María Liliana Celorrio y Luisa Campuzano dan fe de ese reconocimiento.

Completan la entrega las crónicas de Amado del Pino acerca de ese género periodístico, de Bladimir Zamora sobre un concierto sui generis del Bola, y un elogio de Teresa Melo a las imprentas Riso, sin cuya existencia, en su opinión, las literaturas locales permanecerían ocultas. Una entrevista de Rogelio Riverón a Alberto Ajón introduce un cuento de éste, “Saga de un hombre sentado”, con el cual cierra jocosamente el número.

Quienes realizan (tal vez deba decir, a partir de ahora, realizamos) La Jiribilla de Papel, han conseguido armar un número donde se reúnen, como se ve, textos de una diversidad formal y temática saludable, pero quizás ha llegado el momento, en los umbrales de esta segunda época de la revista, de reformularnos las preguntas elementales, y al mismo tiempo más difíciles y definitorias, para cualquier publicación: ¿a qué público se dirige, qué espacios pretende llenar, qué lectores –qué nuevos lectores- desea ganar? Las relaciones entre cultura y política, lo sabemos, no son tan amables siempre, ni existe un consenso tan claro en torno al tema, como una lectura de este número pudiera hacernos creer. De hecho, incluso entre quienes están de acuerdo en lo esencial, hay puntos de vista discordantes y disensiones que merecerían tener su espacio aquí, de manera que la revista diera cuenta de esa complejidad. Es notoria, por ejemplo, la carencia de reflexiones cubanas sobre ciertos temas que suelen ser abordados por intelectuales extranjeros. Por supuesto que La Jiribilla no puede publicar lo inexistente, pero quizá deba fomentar entre los pensadores o escritores del patio el análisis sobre un asunto que, en sí mismo, lo amerita. Hay que correr ese riesgo, para evitar que la revista se haga previsible, que la nómina de colaboradores se reitere demasiado, que cada número carezca de sorpresas. Por supuesto que eso es difícil, y todo editor navega siempre sobre la duda de hasta dónde se puede ser heterogéneo y plural (aun con la consabida coletilla de que cada trabajo expresa la opinión de su autor), sin traicionar el perfil y la política de su publicación. Tales son los desafíos que La Jiribilla, como cualquier otro medio de prensa que valga la pena, debe enfrentar día a día. No son pequeños, pero tampoco hay razón alguna para creer que sean infranqueables.

Saludemos, pues, la aparición de esta nueva época y deseémosle a La Jiribilla un avance sostenido.

Muchas gracias.

Palabras de Zaida Capote durante la presentación de La Jiribilla de papel número 51, en su segunda época con 32 páginas.

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