Año IV
La Habana
30 de JULIO -
 5 de AGOSTO
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2005

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El General Bolívar
en nuestra América de hoy

Rolando Rodríguez  La Habana


Desde el siglo XVII y todavía en las primeras décadas del siglo XIX, en la quinta San Pedro Alejandrino, la bella hacienda situada en los aledaños de Santa Marta, la antigua ciudad levantada en 1525 por Rodrigo de Bastidas en la ribera caribeña de Colombia, se cultivaba la caña de azúcar y mediante la destilación de sus guarapos se producían aguardientes de muy buena calidad. Todavía hoy, al visitar su casa de fabricación, aunque ya vacía de sus pailas y apagados los fuegos con los que se cocían las mieles, casi parece llegarnos el olor del mosto. Pero esta hacienda, repleta de árboles copudos, de pájaros variopintos, de lagunatos repletos de peces, y donde vuelan mariposas y avispas amistosas, no es ya un ingenio sino un monumento sagrado para los americanos en cuya vivienda solariega, a la vera de la cual se levanta el Altar de la Patria y el Museo de Arte Contemporáneo, falleció Simón Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, a la 1:00 en punto de la tarde -siete minutos después el general Mariano Montilla le arrancó el péndulo al reloj de la habitación, porque no debía andar más si ya no se movía el corazón del Libertador-, víctima de sus múltiples enfermedades y, sobre todo, de desengaño y dolor al ver que con él fenecía su Colombia Grande y, de paso, se truncaba eventualmente su sueño de una América Hispana única.

Curiosamente, el hombre que durante la guerra de independencia de América había dictado el decreto de guerra a muerte, con el fin de comenzar a crear el sentimiento de la nueva nación hispana que emergía en el Nuevo Mundo, y que con ese propósito prometía la muerte a los españoles y la vida a los americanos aunque hubiesen combatido contra las huestes patrióticas, había ido a morir a la hacienda de un gaditano, don Joaquín de Mier y Benítez, quien la había puesto a su disposición para que descansara en ella. Bolívar no podía tenerlo a menos, porque él no había odiado al español y, además, Joaquín de Mier era conocido por su desinteresado auxilio a los ejércitos independentistas durante la lucha.

Después de comprobar que Venezuela, al impulso del llanero Páez, se separaba irremisiblemente de Colombia, de presentir que más tarde o más temprano Francisco de Paula Santander volvería a Nueva Granada para reafirmarla como república independiente, y que el general Juan José Flores había convertido a lo que vendría a ser Ecuador en una tercera "patriecita", después de dar muchos tumbos por el Magdalena y la costa cartagenera, en un viaje inacabable que debía terminar en su partida hacia Europa, cruzó desolado, en berlina descubierta, el estrecho puentecito de San Pedro Alejandrino por el que ya no retornaría vivo a Santa Marta y a sus andanzas por las cumbres continentales sino cadáver, para ser tendido en la catedral de aquella ciudad.

Sin embargo, cualquiera que estudie la vueltas que desde el momento de su partida de Santa Fe con rumbo a la costa del Caribe, siete meses atrás, dio el Libertador debe admitir que se había puesto entonces en camino a ninguna parte porque, en realidad, no tenía la menor intención de abandonar el suelo americano. ¿Acaso no era él el hombre de las dificultades y siempre las había vencido? ¿Por qué no pensar que su azaroso viaje no tenía otro objetivo que dar tiempo para ver si las circunstancias, una vez más, y como siempre, le permitían encontrar el asidero para oponerse a los hados malignos que dispersaban la obra de su vida y reconstruirla? ¿Acaso durante la égida no llegaría a concebir la toma de Maracaibo, el regreso a los valles de Aragua, la reincorporación de Quito y Guayaquil y, luego, la reasunción del mando según le ofrecía el general Urdaneta?

Eso lo corroboré hace pocos años. De paso por Santa Fe de Bogotá, rumbo a San Pedro Alejandrino, donde debía pronunciar una conferencia sobre Bolívar y la independencia cubana, hablé con Gabriel García Márquez. Le dije que entre la mucha bibliografía sobre el héroe a la que había acudido para prepararla, había releído El general en su laberinto, su novela ejemplar sobre el periplo de Bolívar, y que, esta vez, sus páginas me habían revelado matices sobre el pensamiento del prócer que no había encontrado en la primera lectura. Gabriel me alertó innecesariamente que las meditaciones de Bolívar y sus conversaciones cuando navegaba en los champanes sobre el Magdalena eran de su cosecha. Desde luego, palabra por palabra lo son, pero también resulta cierto que la literatura, si esta es auténtica, si sigue con rigor la lógica interna de sus personajes, da respuesta a lo que debió haber sucedido realmente. Mucho más si se toma en cuenta el riguroso estudio que hizo Gabriel de la actuación de Bolívar; sobre todo, de aquella etapa postrera de su vida. Por esa afortunada verdad, es que a veces puede aprenderse más historia o ganar mayor comprensión sobre ella en una obra de ficción que en un texto que exhiba una académica disertación historiográfica. Eso sucede con "El general...", y, de esa forma, fue que en sus páginas ratifiqué mis sospechas sobre los verdaderos designios del Libertador.

Por cierto, no es de dudar que hasta en San Pedro Alejandrino seguía latiendo en el corazón del héroe la idea de lograr la independencia cubana, y también la de Puerto Rico. En él, este sueño había sido prácticamente constante. Ya en 1815, en la carta de Jamaica, señalaba que España poseía con tranquilidad esas islas porque estaban fuera del contacto con el torrente independentista. Pero se preguntaba si no eran americanos sus habitantes y no deseaban su propio bienestar.[i] En 1820 escribió a Santander que, después de pulverizar a Morillo, adios a España, "del Perú y México; adiós de La Habana y Puerto Rico" y, más adelante, en pleno campo de batalla de Carabobo, había aceptado la solicitud del coronel José Rafael de las Heras, oriundo de La Habana, de que al terminar la contienda de la América del Sur libertaría Cuba.

Esto se compagina con que en las primeras décadas del siglo XIX hubo conspiraciones en la isla para lograr la independencia, alentadas por la acción bolivariana en Tierra Firme y, casi con toda seguridad, estas fueron apoyadas por él. Para nadie era un secreto que eliminar el dominio de España sobre Cuba parecía vital para la supervivencia de la independencia americana por cuenta de las intenciones de reconquista de Fernando VII y el poderoso auxilio económico que le prestaban los hacendados cubanos, horrorizados porque la revolución emancipadora traería la abolición de la esclavitud y sin esta no podrían mover a bajo costo sus ingenios azucareros.

Después de Ayacucho, patriotas cubanos se entrevistaron con Bolívar para recabar directamente su ayuda en la conquista de la independencia. El Libertador les confió su simpatía por el proyecto y les señaló que un plan al respecto debía aprobarse en el Congreso Anfictiónico de Panamá, en 1826. Esto constituía, en el fondo, parte de su respuesta a las amenazas de la Santa Alianza, de invadir América para recolonizarla.

Mientras Estados Unidos, a causa de motivos geoestratégicos, había expresado su ambición de anexarse Cuba, Bolívar instruiría a los delegados del Perú al congreso, en los momentos que era Presidente de ese país, que se debía examinar allí el asunto de la independencia de la isla. También, para hacer muy distantes sus propósitos de los albergados por la potencia del norte, que pretendía mantener la esclavitud con el fin de apoyar su propia institución servil, la irrupción bolivariana en la Gran Antilla hubiese representado su final porque Bolívar le dio instrucciones al delegado colombiano, José Rafael Revenga, de que trasmitiera a los plenipotenciarios al cónclave la necesidad de abordar el tema de la abolición.[ii]

El Congreso de Panamá fracasó. Pero, desde antes, la posibilidad de que se produjera la independencia cubana, a partir de sus decisiones, estaba quebrantada. En un mensaje al congreso de Estados Unidos, el presidente John Quincy Adams señalaría que su país no miraría con indiferencia la probable invasión a Cuba y Puerto Rico, por fuerzas colombianas y mexicanas. Las instrucciones de la delegación estadounidense a la cita -a la cual, por cierto, no llegó nunca-, eran terminantes: Washington no admitiría que Colombia o México emprendieran la liberación de Cuba.[iii] A no dudar, esta postura motivada por las ambiciones de Estados Unidos y las situaciones internas de cada país concurrente a la reunión del itsmo causaron determinaciones en las deliberaciones de los plenipotenciarios, que harían diluir el tema de las Antillas.

No mucho después, se produciría una nueva revelación del nivel de oposición que mantenía Estados Unidos a que una Cuba que debía ser para sí cambiase de estatus y pudiera ser emancipada por las nuevas repúblicas americanas, o caer en manos de Inglaterra o de cualquier otro poder europeo. Henry Clay, el secretario de Estado estadounidense, en carta que envió al capitán general de la isla Francisco Dionisio Vives, para la cual aprovechó un viaje del representante a la cámara por Illinois, Daniel P. Cook, ofreció en nombre del presidente Adams reforzar las defensas de Cuba para impedir que saliera de manos españolas.[iv] Vives consultó a Madrid, y de allí le respondieron con evidente recelo que podía aceptar todo tipo de auxilios menos el desembarco de fuerzas.[v]

Sin el apoyo efectivo de las demás repúblicas y enfrentado al obstáculo de la joven potencia del norte, que hubiera empleado su flota para impedir la acción -cuestión clara en el mensaje de Adams al congreso estadounidense- y hasta sus tropas, y también a Inglaterra, pues Canning le había manifestado a Hurtado, el representante de Colombia en Londres, su preocupación por las consecuencias de la invasión,[vi] Bolívar sabía que de no presentarse una coyuntura que la justificara, no le sería fácil llevar adelante la obra que agregaría la última hoja de laurel a su gloria.

Esta pareció presentarse no mucho después, cuando el Libertador tuvo noticias de que, de un momento a otro, estallaría un conflicto entre Gran Bretaña y España. Su deseo constante se reveló, entonces, al ordenar al general Andrés de Santa Cruz tener listas las tropas para tan pronto él las solicitara. Pero, la contienda no tendría lugar.

Todavía sopesaba la acción a emprender si estallaba la guerra, cuando, en febrero de 1827, pronunciaría ante el cubano José Aniceto Iznaga, quien le presentó un informe sobre las fuerzas españolas en la isla y los deseos del pueblo cubano de reunirse con las hermanas naciones libres del continente, unas palabras que revelaban cómo en el rescoldo más íntimo de su pensamiento seguía valorando la importancia de la liberación de las Antillas, y la coyuntura que le hubiera permitido llevar adelante la acción: "Libres Cuba y Puerto Rico -dijo-, Colombia no tendría que temer de las armas españolas (...) Si los cubanos proclamasen su independencia, presentando siquiera un simulacro de gobierno, y pidiesen entonces auxilio al gobierno de Colombia, entonces ni el gobierno de Inglaterra ni el de los Estados Unidos se opondrían, y aunque se opusieran, Colombia no se detendría".[vii]

Pero, en lo sucesivo, los problemas internos de Colombia fueron agudizándose y ya Bolívar no podría llevar a término sus propósitos.

Mas, el papel de Bolívar en relación con la independencia de Cuba no terminó con su muerte en 1830. Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria cubana, el hombre que levantó la bandera irredentista el 10 de octubre de 1868, para dar inicio a una guerra que duraría toda una década, con el fin de dar aliento a los patriotas en el momento más negro de la revolución, el año de 1871, les señalaba en una circular que El Libertador al frente de 400 neogranadinos había invadido Venezuela donde quizás le sería más difícil de enfrentar el espíritu hostil de su pueblo que a los propios españoles.[viii] También recordaría que hijos de dos países boliviarianos, Colombia y Venezuela, ya habían regado su sangre por la independencia cubana.[ix]

Años después, José Martí acudiría intensamente a la figura augusta, para que participara en la forja del espíritu con que se iría a la pelea independentista de 1895. Su pasión por el prócer y su acción libertadora era tal, que nadie debe poner en dudas que difícilmente en otra obra, como la del héroe cubano, el nombre de Bolívar se haya citado y reverenciado tantas veces. Tampoco, que nadie conociera su historia tan al dedillo como él, al extremo que proyectara escribir su biografía. La autoimagen que dio de sí mismo en relación con El Libertador, en su artículo "Tres héroes", para La Edad de Oro, su revista dedicada a los niños americanos, es suficientemente elocuente: "Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo".[x]

No solo eso. Un escrutinio en el pensamiento martiano arroja enseguida que el cubano había encontrado un sentido todavía más trascendente a su "apropiación" de Bolívar. En la medida que fue descubriendo las apetencias imperiales de Estados Unidos sobre la América que llamó nuestra, y que Cuba estaba en el primer escalón del proyecto que miraba golososamente hacia el sur, comprendió que Bolívar había dado la única clave posible para resistir ese avance: la unidad de la América al sur del Río Grande sería la única que podría evitar que pasara "el gigante de las siete leguas", y si la independencia de su patria resultaba vital para ese fin, lo era todavía más que la América se volviese una sola para que se mantuviese libre ella y libre también pudiera ser Cuba. Porque ya había entrevisto en los convites a conferencias en el Norte, que la intención real era volver nuestros pueblos arria a la zaga de los intereses del vecino poderoso.  

Recordaría Martí, precisamente, en uno de sus trabajos sobre la Conferencia Internacional Americana, de 1889, que si Bolívar, "hombre solar a quien no concibe la imaginación sino cabalgando en carrera frenética, con la cabeza rayando en las nubes sobre caballo de fuego, asido del rayo, sembrando naciones", no pudo redimir las "islas americanas del golfo, de la servidumbre de una monarquía europea" fue porque Estados Unidos, con los mismos labios con que acababan de proclamar que ningún monarca europeo debía tener siervos en América, exigió a "los ejércitos del Sur" el abandono de tal proyecto.[xi]

Los cubanos no podemos olvidar tampoco el legado del héroe de Popayán, el general colombiano-cubano José Rogelio del Castillo, quien fue uno de los cuatro mambises no nacidos en la isla, que hubiese tenido derecho a aspirar a la presidencia de la república. Tampoco queda fuera de nuestra memoria el general Avelino Rosas, otro mambí colombiano que murió después de pasar la frontera del sur de Colombia con fuerzas liberales, en una de las insurrecciones de principio del siglo pasado. De hombres de esa madera se forjó la historia americana.

Por fin hoy, en nuestra América se siente un temblor, un pálpito, como si una fuerza volcánica estuviese en vías de alumbramiento. Quizás ese parto sea ya el sueño anhelado de Bolívar y Martí: la creación de la Unión de América Latina, como lo que siempre debió haber sido, la Patria grande de todos nuestros pueblos al sur del Río Grande. Lograr su integración es, sin dudas, la tarea medular y concreta de los latinoamericanos del siglo XXI.

En 1925, un joven prócer cubano, Julio Antonio Mella, escribió en la cárcel y publicó en Venezuela Libre: "Ha pasado ya del plano literario al diplomático el ideal de la unidad de la América. Los hombres de acción de la época presente, sienten la necesidad de concretar en una fórmula precisa el ideal que, desde Bolívar hasta nuestros días, se ha considerado como el ideal redentor del continente".[xii] Plasmando estas ideas de unidad en la figura del gran prócer y como colofón de la presencia bolivariana en la lucha del pueblo cubano por su liberación, hay que recordar que en la Sierra Maestra, durante nuestra última guerra liberadora, un frente del Ejército Rebelde llevaba el nombre de Simón Bolívar. Mas, solo después de casi ciento setenta y cinco años de la muerte del gran héroe americano es que esa unidad parece al fin querer apuntar la salida del alba. A todo lo largo de ese decurso el imperialismo estadounidense se ha encargado de dominarnos y balcanizarnos con el propósito de impedirlo.

Han sido los enemigos internos de la independencia, repletos de temores, ansiosos de migajas, llorones e indispuestos, la palanca enpleada por el imperialismo estadounidense para contenernos mientras él se ha convertido en succionador de nuestras riquezas. En esta hora, la necesidad de la sobrevivencia de nuestra identidad, y tentado estaría de decir que hasta de nuestra existencia física, nos impone la unión de nuestros pueblos. Resulta trágico observar cómo en una operación reduccionista, para anestesiar la posible rebeldía popular y poder usufructuar los beneficios marginales que el imperialismo le dejaba, los enemigos de la independencia se han hecho cómplices de la fragmentación del subcontinente con vistas a acallar nuestras memorias o, de manipularlas, para quitarle el filo a la herencia que nos legaron nuestros padres: a Bolívar lo convirtieron en estatua para adornar parques, a Martí lo volvieron un lírico iluso, bueno para veladas literarias pomposas, y para ocultar quedaron palabras como aquellas del gran padre venezolano: "Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria"[xiii] o las de Martí: "A un plan obedece nuestro enemigo: el de enconarnos, dispersarnos, dividirnos, ahogarnos. Por eso obedecemos nosotros a otro plan: enseñarnos en toda nuestra altura, apretarnos, juntarnos, burlarlo, hacer por fin nuestra patria libre. Plan contra plan".[xiv]     

Parece llegada la hora de que el derrotero de nuestros pueblos sea unirse para luchar, luchar y vencer. Este es un momento de buscar la unión entre nuestros pueblos y disentir de la hegemonía de Estados Unidos. No hace mucho el presidente Chávez, de Venezuela, dijo que este era un momento único que no podíamos dejar escapar y señaló: "Estamos viendo cómo vamos unos países en ayuda de otros, y eso es un paso muy grande en las condiciones del mundo. Nosotros sólo queremos ser un ejemplo de un modelo alternativo, que se hizo con nuestras propias fuerzas, y lo vamos a lograr". Ahí, de ejemplo de esas palabras, acaba de alumbrarse Petrocaribe.

Goethe dijo que lo más importante en este mundo no era saber donde se estaba, sino hacia donde se iba. Como son los hombres los que hacen la historia, estamos en el punto de partida de la implantación de modelos alternativos a los vigentes y de integrar a nuestros países americanos. Nuestra región con pocas excepciones fue víctima, entre aleluyas y hosannas, del experimento catastrófico neoliberal que en menos de dos decenios se demostró como la experiencia más nociva vivida en dos siglos por nuestros pueblos. Al buscar otra manera de organizar nuestra sociedad, debemos pensar que solo es posible enfrentar el futuro si cada partícula de nuestra gran patria forma parte, de cara al porvenir, de un bloque sólido y natural que permita exponer sus aspiraciones con la vigorosa fuerza del conjunto. A esas fuerzas aplastantes que se dibujan en el futuro, sobre todo, de América del Norte, Europa y Japón, ¿podrán las ovejas aisladas oponer resistencia para no ser recolonizadas? En solitario, ¿tendrían la menor capacidad de negociar con independencia y probabilidad de sobrevivir?

Basta mirar la realidad actual para percatarse de que no sería posible. Al pie del 48 % de las mayores compañías y bancos del mundo son de Estados Unidos, un 30 % de la Unión Europea y 10 % de Japón. Es decir, casi el 90 % de las más grandes corporaciones del mundo son estadounidenses, europeas o japonesas. Esto explica cómo Walmart pudo poner un supermercado en pleno Teotihuacán, a pesar de la oposición de los mexicanos. Pronto veremos un McDonnal suplantar el puesto de tortillas.

Al pensar en la construcción de una alternativa válida de sociedad, no hablo de seguir ningún modelo particular sino de contradecir el neoliberal. Es imposible que la construcción de esa alternativa que permita la unión pueda erigirse sobre la base de la más infame distribución de ingresos, en que los países parecen partirse entre miserables y supermillonarios. Podemos apuntar que el FMI y el BID recomendaron reducir el gasto social. Como resultado de la operación neoliberal, en 1980 había en América Latina 120 millones  de pobres y en el 2001 esa cifra estaba en 240 millones, o sea más del 43 % de la población. De esos 240 millones, 93 están en la indigencia. Atilio Borón, notable investigador argentino, señalaba en un artículo que nadie tiene una brecha mayor que los países de nuestra región latinoamericana: la proporción de ingresos en 1995 del 1 % más rico contra el 1 % más pobre era de 417 a 1 (66 363 dólares a 159). ¿Bajo esas condiciones sería posible unir los pueblos? Tomemos el ejemplo reciente de Europa. Como justamente señaló Fidel, han tratado de llevar adelante la unidad sobre la base política de una constitución y la economía neoliberal y el resultado ha sido el rechazo francés y holandés. 

Sin dudas, todo el poder hegemónico del imperialismo se traducirá en una lucha por impedir que los subyugados indóciles se unan, y cómo se lograría sostener la lucha frente a este poder si no se cuenta con el respaldo del pueblo mayoritario y empobrecido. Los humildes de Cuba, junto a capas medias patrióticas, han sostenido la Revolución contra el asedio imperialista con las armas en la mano, porque se implantó una de las sociedades más igualitarias y justas que posiblemente ha conocido el mundo. Por eso también ha soportado un horrible bloqueo que pronto arribara a medio siglo. Venezuela triunfa, porque de los cerros baja el respaldo de la revolución de Chávez. No se trata de propugnar ni uno ni otro modelo, pero sí el del logro de una verdadera democracia, mediante la justicia social, la mayor igualdad, el bienestar social, la libertad, la independenacia, así como la soberanía. Sobre esos horcones se puede y se debe erigir la integración de nuestro subcontinente.

Se nos había propuesto el ALCA, hoy despedazado en acuerdos bilaterales, como el gran modelo neoliberal a seguir. Sin discusión, la globalización resulta indetenible, pero no la capitalista, que presupone incluso el hegemonismo de EU con sus oligopolios que quedarían por encima de la ley. Debemos mirar hacia lo que sucede en México con el campo y los campesinos y multiplicarlo. Quedemos al tanto de lo que sobrevendrá con el CAFTA si llega a aprobarse. En Doha la reunión de la OMC acordó las reglas de la competencia en un mercado abierto y desregulado y Samir Amín ha calculado que 20 millones de agricultores modernos sustituirían a 3 000 millones de campesinos, que hoy después de asegurar su subsistencia traen sus cosechas al mercado. Amir valora que aún suponiendo un improbable crecimiento industrial del 7 % anual, solo se absorbería un tercio de estos. Nos preguntamos, ¿sobrarán entonces 2 980 millones de personas? ¿Cuántos de estos serán de nuestro continente, inundado de los productos agrarios subsidiados que venden los grandes monopolios de Estados Unidos?

Si Estados Unidos está tan interesado en la promoción de acuerdos bilaterales, es solo por la situación de su propia economía deficitaria. Solo apoderándose de los mercados americanos y conquistando los sectores financieros y comerciales de los países dependientes, puede bajar su déficit comercial. América, la América nuestra, es la presa codiciada. Incluso, el proyecto va más allá al plantearse la integración (léase dominación) de las fuerzas armadas de la región. Es decir, la anexión a Estados Unidos.     

Sin dudas, lo que vayan a ser nuestras "patriecitas" dentro de medio siglo, dependerá de lo que a partir de estos mismos instantes hagamos, y sepámoslo desde ya: serán potente conjunción con voz en el mundo o, parafraseando a Martí, arria atada al ronzal del imperialismo contra el resto del mundo. Para sojuzgarlas el imperialismo siempre logró que de una en fondo, como mansos corderos, fueran nuestras repúblicas al degolladero de las negociaciones. Esa ha sido siempre la política aplicada. Solo nuestra integración puede salvarnos. Ninguna nación individualmente puede enfrentarse al proyecto de globalización empresarial. Por eso Cuba y Venezuela han emprendido el camino del ALBA, la integración bolivariana. Esta abarca no solo la economía, sino también la salud, la educación y la cultura. En la firma de los acuerdos de la Primera Reunión cubano-venezolana, piedra miliaria del ALBA, en abril de este año, Fidel dijo: "Sin identidad no es posible la supervivencia. Ser ignorante es como no ver, ser ignorante es como no hablar. Un hombre sin educación, sin cultura vive humillado, pierde la autoestima, el ser humano sin educación y cultura deja de serlo y comienza a vivir una vida peor que la de los animales. Una elevada cultura y elevados conocimientos pueden estar al alcance de todos".[xv] Lo acuerdos firmados en La Habana y los anteriormente suscritos en Caracas, según la Declaración Conjunta de las delegaciones, constituirán "un ejemplo, al que aspiramos a incorporar a la América Latina y el Caribe".[xvi]  

Es cierto que América Latina perdió el tren de la revolución por la vía armada cuando desapareció el dique de la Unión Soviética a la potencia hegemónica de Estados Unidos, pero la caída del campo socialista permitió también librarnos de las ataduras de los dogmas que nos hablaban de una sola forma de socialismo, el llamado real. Ahora el camino puede ser múltiple y propio, siempre y cuando se tenga delante como objetivo terminar con el capitalismo salvaje y el mercado como absoluta panacea.

Es cierto, también, que con el empuje neoliberal y la desaparición del campo socialista se barrió con muchos sindicatos, partidos de izquierda y organizaciones populares, pero también lo es que poco más de una década después las formaciones populares, las fuerzas enemigas de la oligarquía, de nuevo cuño o no, a cuenta de la violencia de la imposición del modelo neoliberal han vuelto con más fuerza a presentarse en el escenario político en Venezuela, Uruguay, Brasil y Argentina, mientras Cuba sigue en su puesto. A todas estas la lucha de los pueblos boliviano, ecuatoriano y nicaragüense, parecen llamadas a plantear nuevos derroteros y unirse a los que ya avanzan por senda alternativa.

Parece una verdad incontrovertible de estos tiempos que para lograr nuestros sueños de otro mundo posible, se hacen necesarios cambios. Estos podrán ser de diferente signo, pero sigue constituyendo una realidad que si las masas quieren imponer las transformaciones solo lo lograrán mediante la colocación de sus líderes en el poder.

El investigador estadounidense James Cockroft, ha señalado que para entender los movimientos sociales de América Latina hay que destacar: el papel de los indígenas; el papel de las mujeres y la gente pobre; el papel de los medios de comunicación; el papel de la juventud; el papel de los campesinos; el papel de los trabajadores sindicalizados o tratando de sindicalizarse y el creciente reconocimiento entre los pueblos de América Latina de aliarse en sus luchas e internacionalizarlas.

Mas, en la enumeración citada faltan otras fuerzas que el movimiento popular no debe ni puede excluir. Es cierto que antes todo parecía más claro, burgueses y proletarios, y ya todo estaba dicho, pero debemos partir de que hoy el mundo es más complejo. Hay clases medias que resulta necesario aceptar y no hay por qué tirarles la puerta en las narices.

A la hora de La Historia me absolverá, el alegato que conmocionó a los cubanos en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada, Fidel Castro unió a la falange lista al debate por un mundo mejor a los desempleados, los maestros y profesores, los pequeños comerciantes, los profesionales. Ninguno de los humillados y ofendidos de nuestras tierras deben quedar marginados de esta lucha. Ni siquiera clases y capas medias golpeadas por la crisis, dispuestas a luchar por estas ideas.

No olvidemos, como Adolfo Gilly señalaba, que en América Latina el neoliberalismo ha triturado o desplazado a lugares secundarios a la burguesía industrial, los cepalinos, los industrializadores y hasta los nacionalistas populares y ha reciclado a los más sólidos capitales industriales, junto con las propiedades de las antiguas clases terratenientes rentistas, bajo la conducción del capital financiero, por vocación transnacional, aunque por destino y necesidad amarrado a la protección del Estado nacional neoliberal. No hay por qué tener ningún prejuicio. En todo caso que se excluyan los que quieran.

Uno de los terrenos en que se ha movido el imperialismo es el de la imposición de ideas. El control de los medios ha significado la restricción de la diversidad. Poco más de un decenio nos separa de la debacle de la Unión Soviética y del campo socialista. Entonces los voceros del capitalismo cantaron victoria total y proclamaron, al estilo de Fukuyama, que la historia había terminado, el capitalismo había triunfado para siempre en el mejor de los mundos posibles. Era algo así como que había dejado de existir la ley de la gravedad. Pero si el viejo Newton se hubiera reído de tan peregrina tesis y le hubiera bastado señalar a su alrededor para comprobar su inverosimilitud, más debe haber reído el viejo Marx, y le bastarían unos pocos años para que el tenaz topo de la historia se encargara de desmentir tan azarosa y desventurada tesis, que los medios de comunicación al servicio del imperialismo y el capitalismo neoliberal convertirían en famosa, aunque por poco tiempo. Es más, ha quedado claro que la propia caída del campo socialista era la mejor comprobación de la certidumbre del marxismo. La última producción de los teóricos del imperialismo en la búsqueda de alternativas que sustituyan los conflictos reales por seudoconflictos ha sido el choque de las civilizaciones de Huttington. Pero no lo duden, ya vendrán más novedades. Desde luego, también nosotros presentamos otras novedades: ahí esta el Canal Tele Sur. ¿Quién lo hubiese sospechado hace pocos años? 

A todas estas debemos apurarnos en la concreción de la alternativa bolivariana. Ese primer paso hacia la integración de la que será la unión de unos países que tienen 550,8 millones de habitantes y 800 000 millones de dólares de PIB, constituirá un hito notable hacia la integración de nuestra patria grande. Es muy probable que con el señor Bush reelegido y respaldado por una mayoría; eso sí, decreciente por horas, trate de buscar el replanteo por vía militar y la desestabilización de la situación de los países contestatarios del continente. Ante esta situación solo la solidaridad entre nuestros países y el más estrecho vínculo de los gobiernos con sus pueblos, impedirá la acción del imperialismo.

Recordemos la necesidad de volver al sueño del Libertador, cuando en su Carta de Jamaica, expresó: "Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los difentes estados que hayan de formarse".[xvii] Y con Martí debemos decir: "¡Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies; así está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar tiene que hacer en América todavía!"[xviii] ¡Hagámoslo! Quizás nos ha tocado la hora más feliz y casi inesperada de materializarlo.

[i]. Simón Bolívar; la vigencia de su pensamiento. Selección de Francisco Pividal, La Habana, 1982, p. 59.

[ii]. Ibíd., p. 159.

[iii]. Manuel Medina Castro: Estados Unidos y América Latina, siglo XX. La Habana, 1968, p. 170.

[iv]. "De Henry Clay a Francisco Dionisio Vives", 14 de marzo de 1827. Archivo General de Madrid/Instituto de Historia y Cultura Militar, Fondo Asuntos Generales, caja 29.

[v]. "De Francisco Dionisio Vives al secretario de Estado y del despacho de la Guerra", 6 de octubre de 1827, ibíd.

[vi]. Órbita de José Antonio Fernández de Castro. Ediciones Unión, La Habana, 1971, p. 244.

[vii]. Antología bolivariana. Recopilación de Julio Ángel Carreras, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1983, p. 107.

[viii]. Carlos Manuel de Céspedes: Escritos. Compilación de Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, La Habana, 1982, t. I, p. 241.

[ix].. Ibíd., 243.

[x]. José Martí: Obras completas. Editorial de Ciencias Socieles, La Habana, 1975, t. XVIII, p. 304.

[xi]. Ibíd., t. IV, p. 47.

[xii]. Revista Venezuela Libre, La Habana, septiembre-diciembre, 1925

[xiii]. Simón Bolívar, La vigencia..., op. cit., p. 67.

[xiv]. José Martí, op. cit., t. II, p. 15.

[xv]. "El Alba ya deja una huella en la historia", Juventud Rebelde, 29 de abril de 2005.

[xvi]. "Declación Final de la Primera Reunión Cuba-Venezuela para la aplicación de la Alternativa Bolivariana para las Américas", Granma, 29 de abril de 2005.

[xvii]. Simón Bolívar; la vigencia..., op. cit., p. 71.

[xviii]. José Martí, op. cit., t. VIII, p. 243.

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