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La Habana
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Road movie:
Revelaciones del camino andado
Joel del Río La Habana


El camino es la meta según la filosofía taoísta, y sentencia Lewis Caroll que siempre se llega a algún sitio si se está dispuesto a andar durante mucho tiempo.
Caminar un trecho largo en busca de algo en muchas culturas parece ser metáfora de experiencia vital y de la natural adquisición de conocimientos. Los filmes de viajes, de cualquier nacionalidad, ostentaban en primera instancia la necesidad de los personajes protagónicos por adquirir experiencia, discernimiento o la obligación de huir perseguidos por alguna amenaza o recuerdo.

Y aunque la road movie solía ser considerada una variante subgenérica del cine de aventuras norteamericano, también fue profusamente cultivado en el cine contracultural europeo de la segunda mitad del siglo XX, y por las cinematografías latinoamericanas de igual período. Ya fuera en el contexto norteamericano o en cualquier otro, la road movie casi nunca perdió su esencia de elogio a “la libertad del camino abierto”, tal y como se reconoce en la tradición literaria norteamericana que va de Emerson y Thoreau a Twain, Whitman y Kerouac. En concreto, se trata de películas cuyo género puede ser el thriller, la comedia de costumbres, o el drama filosófico, pero su acción dramática aparece dominada por el desplazamiento en cualquier vehículo y por las migraciones.

Toda road movie enfrenta sus personajes a trayectorias y acontecimientos que lo apartan de la cotidianidad. Algunos teóricos postulan que a la aventura le es inherente la ocurrencia en un tiempo y espacios separados del diario sobrevenir. De este modo, el cine de aventuras, del cual también es tributaria la road movie, se define por relatar lo extraordinario y ajeno que le acaece a quienes describen excursiones al exterior de su ámbito ordinario, como le ocurre a los dos niños protagonistas de Viva Cuba, quienes deciden abandonar sus casas, familias y escuelas, en una odisea hasta el extremo oriental de la Isla, donde vive el padre de la niña, única esperanza de ambos para impedir que la niña parta al extranjero con su madre. La road movie contemporánea implica el espíritu de descubrimiento o de escapatoria de los personajes y la búsqueda de otro sentido para la existencia, y los tres elementos están presentes de alguna manera en el ánimo de los dos pequeños protagonistas de Viva Cuba.

El término road movie parece derivativo de On the Road, la novela de Jack Kerouac, en la que el escritor contracultural de la generación beat pusiera en letras sus ansiedades mientras describía largos itinerarios al interior de los EE.UU., recorridos también por otros colegas de la misma generación, es decir, Allen Ginsberg y William Burroughs, entre otros. De todos modos, el origen de la road movie contemporánea no ha de localizarse en momentos culturales exclusivamente cinematográficos ni norteamericanos, recordar que La Odisea y Don Quijote eran también, en buena medida, relatos itinerantes.

El subgénero se reactiva en Latinoamérica también a causa de su franca permisividad a la hora de incorporar episodios, situaciones, personajes diversos y múltiples componentes estilísticos o genéricos. Así, algunos de los mejores o más discutidos filmes fechados en los años 90 clasifican sin violencia en el apartado de “películas de viajes y carreteras”. Entre los conductores de estas odiseas hasta lo profundo de la intimidad de países, caminos y seres humanos figuraban los argentinos Fernando Solanas (El viaje), Marcelo Piñeyro (Caballos salvajes), Héctor Olivera (Una sombra ya pronto serás), Carlos Sorín (Historias mínimas) y Diego Lerman (Tan de repente); el brasileño Walter Salles (Estación central); los cubanos Tomás Gutiérrez Alea (Guantanamera) y Humberto Solás (Miel para Oshún), los mexicanos Arturo Ripstein (Profundo carmesí) y Carlos Reygadas (Japón), el colombiano Sergio Cabrera (Águilas no cazan moscas) y el boliviano Marcos Loayza (Cuestión de fe), entre muchas otras.

Al igual que Miel para Oshún, de Humberto Solás, y justo en las antípodas de Guantanamera, el filme de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, Viva Cuba le reconoce sentido y belleza al viaje en sí mismo, a la vez que identifica todo arribo y conclusión como nuevos puntos de partida; ningún viaje concluye; el imperativo consiste en llegar y partir, en interrogar perennemente a la elusiva línea del horizonte, sobre todo cuando recién llegados, y sentimos ya la necesidad de volver a partir en busca de un espacio favorable para la reconciliación, la armonía y la tolerancia.

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