Año IV
La Habana
Semana 18-24
de JUNIO
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Una criada en La Habana
Yunieski Betancourt Dipotet  La Habana


En la narrativa cubana de la última década, fueron mayoritarias las  recreaciones de grupos sociales que los mass media tocaban tangencialmente. Así, las experiencias de balseros, prostitutas, gays, lesbianas y roqueros, accedieron a un público nacional ávido. La abundancia de estas recreaciones, justificada por la dinámica de los 90, signó la década. Recreaciones que se centraron en las experiencias de la raza blanca, resultando las recreaciones de las experiencias de negros y mestizos, exiguas y, casi siempre, marginales[1]. La publicación en el 2003, por la Editorial Letras Cubanas, de la novela Las criadas de La Habana, del escritor santaclareño Pedro Pérez Sarduy constituyó un signo halagüeño acerca de la posibilidad de que en esta década, esas experiencias ocupen mayor espacio en la narrativa cubana.

El autor desarrolla su ficción desde la vida de Marta, una criada de raza negra, que laboró en la ciudad de La Habana en las décadas del 40 y el 50[2]. La narración recrea el mundo de las criadas de la burguesía blanca habanera, y algunas experiencias de servidumbre posteriores a 1959, dentro y fuera de la Isla. El lenguaje, ameno y fluido, sirve de soporte a construcciones de ambientes muy logradas. Descripciones, diálogos y resúmenes, son integrados para dar la sensación de realidad íntima en la vida de los personajes, en cuya elaboración Sarduy logra grandes aciertos, en especial Marta, quien es la narradora de la  historia, y cuyas humanas contradicciones mantienen la atención del lector. Las incoherencias detectables en la narración, provienen de las elecciones del autor al estructurar el relato, lo que es independiente del carácter fragmentario de los recuerdos de la protagonista, quien se interesa en registrar los sucesos de su vida, un pasatiempo en el que involucra a sus amigas.  

Esto salta a la vista  al analizar el texto, que está dividido en tres capítulos: Uno contiene la vida de Marta, su entorno familiar en la provincia de Las Villas, la relación con su primer esposo, hasta su divorcio, y la consiguiente precariedad económica, que la obliga a abandonar a sus hijos y emigrar a la capital a trabajar como criada,  hasta el triunfo de la revolución y sus primeras repercusiones, entre ellas el éxodo de las criadas a otros trabajos. Intermedio abarca la vida de Marta con su segundo esposo, y su amistad con Inés, una amiga criada, y con la hija de esta, Graciela. El punto culminante es la partida de Graciela a los EE.UU., en el éxodo del Mariel. Dos se centra en historia de Graciela en EE.UU., en sus peripecias para establecerse. El clímax lo constituye su regreso a Cuba para visitar a la madre. El libro termina con la despedida entre madre e hija, en el aeropuerto habanero, en presencia de Marta. 

Paulatinamente Marta pasa a ser mera narradora de la vida ajena, desplazándose el protagonismo a Graciela, lo que va en detrimento de la historia de la narradora, más aún cuando esa inserción no aporta ningún acontecimiento vital a su historia, resultando una anécdota larga. La alternancia de ambos relatos, a medida que leía, me llevó a recordar otro libro que también disfruté mucho: Pepe Antonio, de Álvaro de la Iglesia. Esta novela aborda episodios de la vida del patriota cubano, y a estos episodios se entrelaza la vida de una pareja que vive su amor durante el asedio de los ingleses. El problema es que esa historia llega a opacar a la central, al punto que uno se pregunta por qué la novela lleva ese título.

Idéntica pregunta me hice al leer Las criadas de La Habana. Sobre todo porque la historia de Graciela me resultó más interesante, aunque solo fuese porque me reveló una experiencia que resulta más sensible a mi generación. Es en esa experiencia donde, a mi juicio, se halla la explicación de la elección del autor de insertar esa historia: la vida en el exilio, desde la perspectiva de un(a) emigrante negro(a). A todas luces, denota el interés de Sarduy, quien la ha experimentado de primera mano, de trasmitir una visión de esa problemática. En la articulación de las historias se resiente el verismo que, en cada una por separado, logra el autor. La historia de Graciela es en sí misma coherente, pero el conocimiento que Marta posee de ella no es verosímil. La narración en ocasiones más que en primera persona se siente en tercera, con una omnisciencia injustificada.

Esa omnisciencia resulta una consecuencia de la articulación de ambos relatos, pero esto no conspira contra la coherencia entre el carácter de los personajes y sus reacciones verbales y conductuales en la novela. Hallamos en Sarduy mesura al emitir valoraciones sobre el proceso revolucionario en Cuba, sobre la realidad de la inmigración cubana en EE.UU., y acerca del problema racial, tanto en el exilio como en la Isla, temas en los que muchos autores olvidan las diferencias entre narrativa y discurso. El que Sarduy lo recordase impidió durante años la publicación de la novela. En una entrevista concedida  a La Jiribilla, el autor afirmó que a los editores extranjeros la novela no les parecía lo suficientemente anticastrista[3]. Lo cierto es que, consideraciones extraliterarias incluidas, esta novela brinda un entretenimiento inteligente, y con ella Sarduy sienta un reto a su producción posterior, en la que deberá superar un texto con visibles aciertos, de los cuales no es el menor asumirla desde el, tan denigrado, compromiso racial.  

Fuentes consultadas:

1 - Pedro Pérez Sarduy: Las criadas de La Habana. Editorial Letras Cubanas. 2003.

2 - Nirma Acosta Santana: Del lado de la cultura. En: Revista de cultura cubana La Jiribilla, número 60, del mes de junio de 2002.

[1] También fueron comunes las recreaciones del período comprendido en las décadas del 70 y el 80, específicamente las experiencias bélicas en África. No así las recreaciones de períodos históricos anteriores al triunfo de la Revolución.

[2] Este relato se elabora desde hechos reales de la vida familiar del autor. De hecho, la ilustración de cubierta de las portadas de la edición puertorriqueña y de la cubana, es una foto familiar de Sarduy, concerniente al inicio del relato.

[3] Su  publicación en el 2002 por la Editorial Plaza Mayor, en su Colección Cultura Cubana, rompió el manto de silencio arrojado sobre la novela.

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