Año IV
La Habana
2005

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La caminata
Eduardo Heras León


A los hombres del
pelotón 220, compañeros.

Yo sabía que tú habías llegado bien, Lorenzo Peña. Yo lo sabía. Pero no lo dije por espíritu de grupo, o por ese sadismo natural que llevamos dentro todos los hombres, o por alguna razón de esas que nunca pueden explicarse. O tal vez fue el miedo. Porque después, cuando pasó todo, me tuve lástima. Como siempre. Como cuando comenzó la caminata y le dije a Néstor:

—Oye, yo creo que no llego, no llego...

Y ya me estaba doliendo el pulmón antes de empezar a caminar y el miedo a no llegar ya me comía las fuerzas. Pero eso pasó después, cuando el hambre y la noche se nos vinieron de golpe, y uno estaba parado en atención en aquella pista de aterrizaje de la FAR, y el frío te iba consumiendo el vasito de leche que dieron para todo el día.

Primero fue la Motorizada. Y aquel pelotón 220 que se formó sin que supiéramos cómo. Y el Moro mandando sin saber mandar. Y nosotros preguntando quién lo había nombrado jefe del pelotón. Porque no lo decíamos, pero nos molestaba que un negro con collares estuviera mandando.

Estábamos formados, cumpliendo sin  mucho entusiasmo las órdenes secas del Moro: “¡paso derecho, march!, ¡izquierda, izquier!, ¡media, vuelt!”, cuando me echaste encima, sin avisar, tus doscientas cincuenta libras de risa infantil. Volví la cabeza.

— ¿De qué te ríes? — te dije serio.

— Del negro ese que está mandando.

— ¿Y qué tiene de risa?

— ¿No le ves los collares?

— ¿Y qué?

— Que me jode que a un año de Revolución me mande un santero.

Yo me quedé pensando que tal vez tenías razón. O que no la tenías. Pero el Moro siguió mandando. A pesar de tu risa y de los collares.

Lo que empezó después fue la burla. El pelotón entero burlándose de tu gordura, de aquella maleta grande llena de medicinas que llevabas a todas partes, de tu forma de marchar, de todo.

Cuando salimos para la FAR te pusiste a mi lado y ya no nos separamos más. Porque yo no me burlaba de ti. Porque te escuchaba en silencio y me escondía la lástima que se me asomaba por los ojos. Por eso comenzaste a decir cosas de tu vida y de tus sueños. Por eso yo no te dije nada.

Al otro día fue la caminata. Lo que te daba derecho a hablar de frente con la cabeza en alto y a mirar un poco desde arriba al que no había llegado. La caminata que te graduaba un poco más de hombre y un poco más de revolucionario. Aunque no lo fueras.

Por la mañana vimos llegar un grupo y fuimos a verlos. Todos se habían acostado en el suelo. Se quitaban las botas y se daban masajes en los pies hinchados. Uno trataba de pincharse las ampollas con un alfiler sucio. Otro se quejaba en alta voz, apretándose los dedos sanguinolentos.

— No, gordo, tú no llegas —te dijo uno.

— Yo sí llego, cómo no voy a llegar. Llego a rastras.

— Tú no llegas, gordo —te repitió—. Tú te rajas.

— ¡Tú vas a ver si llego o no llego! —le respondiste un poco alterado.

— No son sesenta y dos, gordo. Son como ochenta y cuatro.

— Eso mismo —dijo otro—. Ochenta y cuatro o noventa por lo menos.

— Es de madre, gordo —dijo el primero. Luego, riéndose—: A no ser que ruedes. Así sí llegas, caminando no.

— ¡Ah, vayan al carajo!

Toda la tarde la pasamos marchando de un lugar a otro, sin rumbo fijo. Aprendiéndonos de memoria la pista de aterrizaje, riéndonos del Catalina envejecido, mirando desconfiados la endeble armazón de un Cessna que nos recordaba la muerte de Camilo.

Con la noche llegó el frío y la caminata. Y comenzó el miedo a no llegar. Y uno a pensar en el hambre del día y de la noche, a pesar de las consignas y los himnos y la patria te necesita y no le falles a la patria y las consignas y el himno del miliciano y la voz del altoparlante y no le falles y uno pensando que no iba a fallar aunque no hubiera himnos ni consignas.

Llegó el Moro y pensamos que iba a acabarse el hambre de la noche. Pero el Moro repartió dieciséis caramelos y una caja de cigarros para la caminata.

Un teniente alto formó la columna con los himnos sonando y las voces y las consignas y no falles y la patria milicianos adelante y uno no queriendo fallar milicianos mientras contaba en el bolsillo adelante uno a uno los dieciséis caramelos milicianos a marchar.

Al principio todos salimos cantando, gritándole travesuras a la gente que nos miraba sorprendida. Después, cuando el entusiasmo del primer momento pasó, las voces se callaron y solo se escuchaba el rítmico un dos un dos y en cadencia cuenten y un dos y las botas sonando en el asfalto y un dos y la mochila empezaba a pesar un dos y la respiración a cortarse un poco un dos.

Cuando pasamos por la Universidad de Villanueva, el griterío y los ruidos terminaron con las clases. Ellos se asomaban a los balcones, en silencio. Nosotros gritábamos: ¡gusanos, niños fistos! y los brazos en alto y los puños cerrados... y ¡ahí está la jai! y ¡déjenlos tranquilos, caballeros! y ¡ah, no jodas, que esos son explotadores!... Y la marcha siguió por la Quinta Avenida y ya está muy oscuro y hay sesenta y dos kilómetros por delante.

Marchabas a mi lado sin hablar porque ya el esfuerzo no te dejaba. El sudor te corría por el cuerpo... “¡Lorenzo parece un avión aterrizando!”, murmuró Néstor. “¡Déjalo, no te burles, está haciendo un esfuerzo de madre!”

El pañuelo empapado, la camisa enorme que ya huele mal, la cara gorda congestionada, todo está contra ti, Lorenzo. Miro hacia adelante. A lo lejos, como a quinientos metros, la sombra alta del teniente se mueve a una velocidad increíble. Corre, se detiene, vuelve a correr, salta. A ratos, regresa y da cuatro gritos que no se oyen, y la larga fila de hombres aprieta el paso.

— Te veo bien, Lorenzo —digo para alentarte.

— Yo llego —dices casi llorando—. Yo llego...

La gente comienza a rajarse y las voces de burla y los gritos de lástima y los lamentos y todos se quejan y ¡coño, otro rajao, ya son una tonga, pendejos!,  ¡es que no pueden!, ¡qué no pueden ni no pueden!, ¡ah, no jodas, no los defiendas! ¡llega tú y cállate!

... ya no puedo más, pero yo llego, ¡cómo no voy a llegar!... Vamos, Lorenzo, un poquito más, un esfuerzo más, después de esto lo aguantas todo, ¡todo! Lo importante es llegar, ¡llegar! Mira al Chino, Lorenzo, míralo, con un pulmón jodido y no se cansa... Yo llego, pero ¡coño, casi no puedo más!...

— ¡Pelotón 220! —grita el Moro.

—¡¡Aquí!!

— ¡Pelotón de los bravos!

—¡¡Aquí!!

Y viene el Moro. “¡¿Cómo está la gente?! ¡Dura, ¿eh?! ¡Lorenzo, no te me rajes, gordo, no te me rajes!”

Te sigo mirando. Me das lástima. Me dan lástima tus doscientas cincuenta libras y el esfuerzo que haces. Porque tú no llegas, Lorenzo. Aunque quieras. Hagas lo que hagas. Son muchos kilómetros. Y aunque no te veo, porque te he dejado un poco atrás y el pelotón me lleva hacia adelante, pongo atención por encima de los pasos y las quejas y las malas palabras de Tirso y de Mario y de Busutil y por encima de mi pulmón que ya me empieza a doler y escucho tu respiración que ya no es respiración, sino quejido. Y me das lástima, Lorenzo. Miro hacia la noche y me froto los ojos para ver mejor, porque solo veo sombras grotescas y no veo a la gente marchar porque corren y se detienen y se suben unos encima de los otros y se caen y me digo que debe ser la fatiga o la debilidad y me busco en los bolsillos y me sorprende ver que no tengo caramelos, que me he comido los dieciséis caramelos y que los cigarros no me calman y me sigo frotando los ojos y el estómago vacío comienza a tirarme hacia abajo.

La columna se detiene en Baracoa y nos cubre el sudor. Y hace un calor insoportable y los músculos se enfrían. Me viro y te busco, Lorenzo. Estás pálido, tosiendo con fuerza. Te quieres sentar. Pero la columna comienza a moverse. Y caminamos. Pero los hombres se mueven ahora más aprisa, y uno va más rápido, más rápido, pero no los alcanza, y más rápido y nos damos cuenta de que todos están corriendo y más rápido y “¡¿qué es eso?!, ¡es a paso doble!”, grito, “ ¡pero ese hombre está loco!” Pero corro también. Varios minutos. Me olvido de ti. Pero sé que tú también corres, gastando tus últimas fuerzas, inútilmente. Es mucho para ti, gordo. Pero, a pesar de todo, corres.

Vamos para Bauta, por esa carretera donde no se ven casas ni luces, solo cañaveral por la izquierda, cañaveral por la derecha, cansancio por todas partes. La gente sigue corriendo. Esto no es paso doble. Es carrera. “¡Ese cabrón está loco, está loco!” De pronto, todos se detienen. Y entonces los hombres se lanzan a izquierda y derecha enloquecidos y los cuerpos chocan con las cercas y el alambre de púas los corta pero nadie piensa y los hombres no sienten y siguen y rompen la cerca y arrancan las cañas con las manos entre gritos de euforia y se comen la caña manchada de sangre y de sudor y de cansancio y de hambre, a pedazos. “¡Lorenzo!”, te grito, “¡Lorenzo!”, y tú no me respondes. Entonces te busco en aquella confusión de sombras y de voces. “¡Lorenzo, Lorenzo!”, y las sombras se mueven y saltan, gritan y corren y el ruido de los hombres corriendo y las cañas y uno se desmaya y voces y se cae y otro se desmaya y alguien le da una patada y se cae en un torrente de malas palabras, “¡Lorenzo!” Casi me caigo y estoy sudando frío por la fatiga. Una mano me sostiene de pronto.

“¡Toma!”, dice, “¡tómate un poco!” Y destapo el pomo y bebo un poco y sabe a vino o a poción yacú y el estómago se me calienta y vuelvo a razonar y te veo y “¡gracias, Lorenzo!, ¡¿qué pasa, qué es esto?!” “No sé”, dices, “la gente se ha vuelto loca. ¡La culpa es del cabrón ese por el paso doble y la carrera y la fatiga, coño!”

Pero viene el teniente y grita y nadie responde y todos volvemos a la fila... “¡220, 220!” “¡Aquí!”, dice la voz de Tirso. “¡Aquí!”, le grita el Moro a la derecha. Y el pelotón se reúne y seguimos. Y llegamos a Bauta. El 220 completo. “¡No se raja nadie del 220!”, dice el Moro. “No, nadie se raja”, digo yo, y te miro. ¡Va a dar descanso, tiene que dar descanso! ¡Diez minutos por lo menos en Bauta! Pero el teniente sigue. Entra en Bauta y a la misma velocidad, sin detenerse, enfila por la Central. Vuelvo a mirarte y veo que te secas las lágrimas. Entonces viene la desbandada y ya todos nos confundimos y el pelotón ya no es pelotón porque los hombres se rajan por centenares y se quedan en la carretera y ahora los gritos no parecen gritos de hombres y Noda se joroba un tobillo pero se quita las botas y se las echa al hombro y dice que sigue caminando y sigue y el tobillo se le hincha pero Noda sigue porque dice que es un bravo y sigue y va más rápido que nosotros y deja atrás al pelotón. Ya nadie piensa. Una fiebre nos ha entrado por los poros y corre por los huesos y nos sube por los músculos y se pega dentro del cuerpo y aprieta la garganta y nos da golpes en el corazón. Ahora nadie se va a rajar. Ahora vamos a llegar como sea.

Sigo caminando. Y de pronto comprendo que me he olvidado de ti, Lorenzo. Me detengo. Te busco por todas partes y no te encuentro. Me arrodillo porque me arden las piernas. A mi izquierda veo dos sombras. Dos sombras juntas que cuchichean... “A ver, haz un esfuerzo...” “No puedo, Moro, no puedo”... Y reconozco tu voz. Pero la voz se está cayendo de cansancio... “No puedo, Moro, no puedo”... “Vamos, un esfuerzo, gordo, a ver, yo te cargo”... “No puedes, no puede ser, déjame, Moro, dame media hora, media hora, que yo llego”... “No, no, a ver”... Y una sombra trata de cargar a la otra. “No se puede”, pienso, “el Moro no va a poder”... Entonces me acerco y trato de ayudar. Pero ya el Moro te lleva casi a rastras y te habla bajito... “Vamos, vamos, gordo, un esfuerzo más... tú verás...”  Y tú caminas un poco, Lorenzo, solo un poco. Después te caes y ya no puedes levantarte más. Y ahora quieres agradecerle al Moro, te quieres abrazar al negro de los collares que no querías de jefe, pero ya no puedes. Y cuando paso por tu lado, envuelto en la marejada de los hombres que avanzan, oigo tus sollozos, pero no me detengo, porque pienso que si lo hago, yo tampoco tendré fuerzas para seguir. “¡Pelotón 220!”, grito. Y varias voces, allá adelante, me responden... “¡Aquí!”

Todos seguimos sin ti, Lorenzo. Nadie del pelotón se ha dado cuenta de tu ausencia. Sin embargo, camino y noto que me falta algo. Han sido muchos los quejidos de tus doscientas cincuenta libras de fatiga. Y ahora siento que el cansancio se me ha multiplicado, y es como si te estuviera cargando lo que nos falta. Pero no te veo. Y pienso que no debiste haber comenzado con nosotros. Que todo era inútil. Y aunque la voluntad no te faltara, aunque te reventaras queriendo caminar estos kilómetros interminables, no podías llegar. Sé que te sobraba el ánimo, que hubieras sido mejor miliciano que yo y que todo el pelotón completo. Pero ellos pueden llegar y tú no puedes. Y ellos van a manejar cañones y antiaéreas y van a defender lo que tenemos y tú no vas a hacerlo. Y comprendo que esta vida va a ser dura. Y que los débiles se van quedando atrás, aunque sean fuertes de otra forma. Solo que tu debilidad, Lorenzo, comenzó con esta caminata y ya serás débil para siempre. Ya nadie grita: “¡pelotón 220!” Ya nadie grita: “¡pelotón de los bravos!” Y nos sorprende Punta Brava y la iglesia enorme y silenciosa de Arroyo Arenas. Y el teniente sigue adelante, más rápido cada vez. Y ya no tenemos fuerzas, pero seguimos. Solo se camina. Por inercia...

De repente alguien comienza a cantar el himno y vamos subiendo una lomita y entonces miro y veo la cerca del campamento y los aviones y el Catalina y el Cessna siguen allí... Y yo también canto el himno... que la patria os contempla... y tengo un vacío extraño por dentro y se me salen las lágrimas que me seco con las manos sucias, “¡llegamos, llegamos, coño!” y sigo llorando... que morir por la patria es... Ahora ya es de día “¡llegamos, llegamos, coño!”, y una sirena comienza a sonar desde la torre de control y me entra una lástima grande por alguien y ya no quiero caminar más... en afrenta y oprobio sumido del clarín...  dejo de cantar porque me duelen las ingles y me entra un miedo enorme de que se me paralicen las piernas. Y ya no canto y no se me secan las lágrimas hasta que no me siento debajo del Catalina y me tiro al suelo y me quito las botas y me sale sangre de las ampollas y me paso las manos y vienen unas muchachas y te empiezan a hablar bajito y suave y a darte aliento... “Ya se acabó todo, a ver, a ver esos pies...” y te pasan las manos tibias y te curan las ampollas y te vendan...

Eso fue todo, Lorenzo. Esa fue la caminata. La caminata que no pudiste hacer. Que te dejó rendido en Bauta, abrazado al Moro para que te cargara. Que te dejó llorando la rabia de no poder llegar. Y es entonces, cuando uno termina, cuando pasan las horas y uno no tiene en qué pensar, y uno está bocarriba, tirado en la pista, debajo del viejo Catalina, sin poder hablar con nadie, porque nadie del pelotón quiere hablar contigo, es entonces que uno vuelve a pensar en ti. Pero después de aquellas horas, ahora que comienzas a mirar a la gente nueva que llega, con un poco de orgullo y un poco desde arriba, como si ellos no fueran iguales a ti mismo, y ellos te miran un poco avergonzados, un poco como se mira a los héroes que regresan vivos de un encuentro con la muerte, ahora que ha pasado todo y uno piensa nuevamente en ti, uno comienza a pensar de otra forma, Lorenzo. Uno no siente lástima. No, la lástima viene después, mucho después. Cuando uno se da cuenta de que has llegado tres horas más tarde y de que nadie te ha visto y gritas: “¡pelotón 220!” y todos volvemos la cabeza y te vemos y tú das unos pasos haciendo mucho esfuerzo y vas a tirarte debajo del Catalina, cuando oyes la voz del Moro que te dice... “¡tú te rajaste!, ¡tú cogiste chance en la carretera!”, y Mario te dice que viniste en guagua y Tirso te grita que tú no tienes moral y todo el pelotón se revira y no quiere creer lo que tú dices y repites y gritas después con la cara congestionada y nadie te cree y tú me miras y yo no resisto tu mirada y vas a hablarme y yo te viro la espalda. La lástima vino después, Lorenzo Peña. Mucho después que te alejaste y yo no tuve valor para decirle a todo el pelotón que tú habías llegado bien. Mucho después que nos dieras la espalda y que, llorando como un niño, te quitaras los zapatos y comenzaras a reventarte las ampollas de los pies a puñetazos...
                                                      

1969

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