Año III
La Habana
2005

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El cangrejo no tiene cabeza
(Fragmento)
Samuel Feijóo


El viejo Ceferino Baró, del ingenio Santa Rosa, cuenta que a su padre le dijo su abuelo que el mundo no lo hizo Dios con sus manos. No fue Dios quien lo hizo, sino un diablo hermoso como un hombre y grande como la noche en que estaba tendido —no había más que noche, cielo negro yagua negra en tomo suyo— o este Diablo, oprimiéndose el vientre vomitó todo lo que existe Los hombres, las mujeres, los animales, los árboles. Todo el universo-mundo lo vomitó este gran Diablo. El Sol, que le ardía en la boca del estómago; la Luna helada, la multitud de estrellas, los cometas, esos caballos-luceros de larga crin que corren desboca­dos por el cielo. Pero Gabino Sandoval, que en santa gloria esté con todos sus pecados, aunque ya le flaqueaba mucho la memo­ria, afirmaba que no señor, que así no fue como nació el mundo: que eso es cuento de congos y los congos son mentirosos. Congos y lucumíes siempre estaban encontrados y Baró descendía de Congos Reales y Sandoval de Edwaddo. No acabarán de ponerse de acuerdo. Los lucumíes... la flor de África. El mundo lo hizo Olofi. Olofi era albaflil, y era además, lo que hoy se llamaría un mecánico. Un ingeniero. Olofi, Obatalá, Ibaibo... que eran tres y en el fondo no son más que uno. Cuando Olofi hubo terminado la bola del mundo levantó las montañas, unas muy altas, altísimas, otras medianas, otras más chicas. Todo muy sólido. Todo lo que construye es firme, eterno. Aquí cavó un agujero inmenso, pro­fundo; allí otro más reducido, y otros más pequeños y más pequeños que llenó de agua; y éstos fueron los mares, los lagos, las lagunas... Y venga a hacer surcos, derechos, sinuosos, más lar­gos, más cortos, más anchos, más estrechos, ciñendo las monta­ñas, atravesando las llanuras de la tierra; y el agua, contentísima, se echó a andar por estos surcos. Olofi hizo entonces los caminos a semejanza del río. Pero nadie transitaba por ellos. Sólo el vien­to. Los caminos tuvieron que marcharse solitarios y mudos. ¡Qué silencio el de los caminos! Sólo se oían los ríos que andaban can­tando a toda agua, peregrinando por el mundo. Entonces Olofi se dijo:

—“Voy a hacer a los hombres para que animen los caminos.” Ahora bien, lo que hizo Olofi —no vaya nadie a confundirse— fue el cuerpo: nada más que los cuerpos de los hombres. No hizo las cabezas. ¿Por qué? No se sabe... cabe suponer que no le daría la gana... Quizás algún viejo memorioso se acuerde de haberle oído algo más sobre esto a sus viejos. Pero hay cosas que ya solo los muertos pueden contestar. Preguntarlo a un muerto. A veces nos aclaran en sueños los recuerdos.

Los cuerpos que hizo Olofi se movían. Iban de un lado a otro, pero sin  dirección. Andaban sin cabeza y sin rumbo. Continua­mente se rompían brazos y piernas.

Obatalá le hizo notar a Olofi que a sus hombres les faltaba algo.

—“Algo con que pensar...”

Y fue cuando Obatalá, que era modelador e iba a hacerse cargo del asunto de las almas, las hizo Erí, las cabezas.

Para que las cosas queden bien, hay que fabricarlas con despa­cio. Todo lleva su tiempo. No se puede, no se debe andar de prisa ni haciendo una nariz de negro, y Olofi, Obatalá, Ibaibo trabaja­ban despacio. Y ya nadie los imita: ahora todo el mundo quiere acabar pronto, acabar al empezar apenas, acabar hasta con la pro­pia vida; las manos ya no sienten cariño por lo que tocan —no se tardan—, así se malean los oficios... y así anda el mundo.

La cabeza pensaba. De un modo distinto, enmarañado, que nadie puede imaginarse ya. Pensaba con mucha dificultad —­pejugones de ideas— y lo que pensaba se lo callaba... y si lo decía, otra cabeza no entendía nada, porque cada cabeza pensaba lo suyo. Vino Ibaibo y comentó:

—“Muy bien, muy lindo. Pero no oigo que habla.”

—“lbaibo” —dijo Olofi— “dale la palabra y la vista”.

lbaibo hizo una ceremonia. Con un cuchillo le abrió la boca y en medio de la lengua trazó una cruz.

“Di bayacumao-cué yumao.”

El hombre habló entonces:

—“¡Etiémi! ¡Yo! ¡Soy!” —dijo resueltamente el hombre con mucho fán fán.

lbaibo sólo tiene un ojo en la frente. Un ojo como el de la Divina Providencia y no se le escapa nada. Por eso los santeros nunca destapan de pronto la sopera blanca donde tienen a lbaibo sin desviar al mismo tiempo la mirada. Los cegaría el rayo lumi­noso del Ojo de la Divina Providencia... A Anón, la pordiosera, con un siglo a cuestas de miserias y recuerdos, le parece haberle oído decir a un africano, en tiempos de la esclavitud, que cuando se empezó a fomentar el mundo, los hombres tenían los ojos en la parte superior y redonda de la cabeza. Hay quien dice también que al principio los hombres no tenían boca y no comían más que flores con las narices... pero Mamá Dionisia se ríe de eso; nunca le oyó a los suyos nada semejante. Debían ser cosas de blanco…

Lo cierto, lo que ella supo de buena tinta, es que los primeros hombres vivían en el cielo —que era muy frío— y que en la tierra vivían los animales. Cuando los hombres bajaron a la tierra, Dios les dio el Fuego. Llegaron y encendieron hogueras. Las llamas calentaron el cielo. Era conveniente. Por eso Dios les había dicho que bajasen. Enseguida sacrificaron animales, los asaron y se lo comieron. Nasacó fue el cocinero.

Bien, Ibaibo le puso al hombre la palabra en la boca, la vista en los ojos. La cabeza pudo ver lo que pensaba y pensar en lo que veía y con el tiempo en lo que no veía; o fue dejando de ver. Habló claro; entendía y la entendían.

Ahora las demás criaturas también quisieron tener cabeza. Cosa muy natural.

El cangrejo fue el primero que habló del asunto con Obatalá.

—“A nadie le faltará su cabeza” —le dijo Babá— “para eso estoy trabajando sin cesar desde que amanece hasta que anoche­ce. Vuelve de aquí a un tiempo y te daré tu Erí”.

¿Qué hizo el cangrejo? Se fue tierra adentro; luego por la costa hasta lo último, anunciando que Obatalá, a instancias suyas, estaba fabricando cabezas al por mayor, y que muy pronto todos podrían disponer de un adminículo tan necesario y a veces de tanto adorno.

Mientras tanto pasaron días y días. Obatalá llamó al gran re­parto de cabezas que tuvo lugar al pie del árbol Oú y la multitud de seres vivientes, prevenida por el cangrejo, corrió a recibir el precioso donativo que les hacía el Orishanka. Cada cual se encasquetó su cabeza. (La misma que han seguido usando hasta el presente).

El cangrejo que camina reculando y desviándose, tres pasos atrás, tres pasos a un lado, nunca en línea recta, demoró tanto tiempo que, al regresar de su viaje oficioso, se habían acabado las cabezas. Cada uno se adueñó de la que Obatalá le tenía destinada. ¿Quién se llevaría la cabeza del cangrejo?

Era el único animal que había faltado al repartimiento.

—“Lo siento” —le dijo el Señor— “a estas horas tienes que quedarte como estabas. No hay una sola cabeza de sobra en el taller”.

Ahora bien, el viejo Rufino que era Musunde narraba esta historia de otro modo. Había un hombre que no tenía cabeza, sin embargo se las arreglaba bastante bien con las manos... Tan bien que todo se lo apropiaba. El Cangrejo era bueno, era noble, fatal­mente confiado, y aquel hombre era su amigo. Un día, por hacerle un favor, Cangrejo le prestó su cabeza. lnsambia Punguele había citado a todo el mundo a la Loma Cheché Kalunga donde vivía, para discutir y resolver entre todos amistosamente, en la medida de lo posible, quién debía de nombrarse Capataz en la tierra para que los mandase a todos. El hombre se desenvolvió tan bien con la cabeza del Cangrejo, miró, observó, movió los ojos y sobre todo argumentó con tal elocuencia, que Sambia no dudó en proponerlo y hacerlo aceptar como Jefe.

El Cangrejo, que no había asistido a la reunión, esperaba a su amigo, un tanto impaciente, a la salida de la loma.

—“¿Qué hace usted ahí?” —le preguntó el hombre al verlo.

—“¿Qué hago aquí? Pues esperarlo a usté y a mi Cabeza.”

—“Pues bien, sepa que he decidido quedarme con ella.”

—“No es necesario que se quede usté con ella, pues cuantas veces me la pida, tendré mucho gusto en prestársela. Pero ahora, devuélvamela enseguida que esta noche...”

—“¡Bah! ¡A mí me hace más falta que a usté! ¡Dése por desca­bezado y asunto concluido! ¡Adiós!”

—“¡De ningún modo! No consiento. No...” —pero el hombre, el Jefe, sonando el látigo de cuero de manatí que lnsambia le había entregado como atributo de su cargo, le dijo así:

—“¡Cangrejo, si vuelves a molestarme pidiéndome tu cabeza, te desbarato!”

¿Podía esperarse tal infamia el bondadoso, el complaciente y desprendido Cangrejo? Tan de sorpresa lo tomó la traición del amigo y el chasquido del látigo lo amedrentó tanto, que de un brinco dio de espaldas en la cumbre de la loma. Luego rodó la cuesta y donde antes llevaba la cabeza se le clavaron las dos piedrecitas que hoy le sirven de ojos.

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