Año III
La Habana
Semana 9 - 15
ABRIL
de 2005

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MENSAJE DEL PRESIDENTE HUGO CHÁVEZ
POR EL FALLECIMIENTO DE JUAN PABLO II

El mundo en sus manos
Hugo Chávez Caracas


Nos unimos a la tristeza de todo el pueblo católico en el planeta, que hoy llora por la desaparición física de este hombre que hizo de su Papado el más entrañable ejercicio de amor a la humanidad desde aquel 16 de octubre de 1978. Entrañable ejercicio de  amor a la humanidad, sí, vuelto magisterio viviente e imperecedero.

Tratar de sintetizar el legado de Juan Pablo II es harto difícil. Pero sí es necesario recordar hoy lo que fue, en su caso, una posición principista: Un Papa debe oponerse a todo lo que pone el “tener” por encima del “ser”. Vale la pena recordar, también, que el derrumbe del así llamado socialismo real, no le hizo pensar que habíamos llegado al mejor de los mundos posibles: a su juicio, la situación de explotación inhumana con que el capitalismo había sujetado al proletariado es, de hecho, un mal.

En la Homilía que pronunció en La Habana, en enero de 1998, condenó abiertamente al neoliberalismo capitalista porque, son sus palabras, subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos. Continuaba, de esta forma, Su Santidad: Así, en ocasiones, se imponen a las naciones como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo, se asiste en el concierto de las naciones, al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

El mundo no podrá olvidar su tenaz oposición y su abierta condena a la invasión a Iraq en el 2003. Con cuánta fuerza, con cuánta dignidad, con cuánta entrega, Juan Pablo II levantó su voz contra esta agresión bélica y a favor de la causa de la paz. Quienes pretendieron vender la imagen de la agresión contra el pueblo iraquí como una “guerra justa”, se encontraron de frente con el sucesor de Pedro, quien no vaciló en calificarla como guerra ilegal y aventura sin retorno. 

De la última visita que realizara a nuestro país, en febrero de 1996, los venezolanos y las venezolanas recordamos, con mucho cariño, estas palabras: Este país de la mano de Dios y el esfuerzo incansable de sus hijos tiene por delante un futuro mejor. El Papa parecía haber sentido la angustia de todo un pueblo que clamaba ya por un tiempo nuevo fundado en su más acendrada vocación espiritual y en sus más genuinos valores históricos y sociales. 

No se equivocó Su Santidad. Hoy, más que nunca, hemos hecho nuestra la opción preferencial por los pobres que proclamara Juan Pablo II, recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres (Mt.11, 5; Lc 7, 22): ¿cómo no subrayar más decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados? Nuestro compromiso con la justicia y la paz —en un mundo marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas— ha comenzado a hacerse realidad en nuestra Patria con las Buenas Nuevas que ha traído nuestro proceso revolucionario que, por su profunda raíz cristiana y bolivariana, está impregnado del más genuino humanismo. En la visión de este genuino humanismo, sí, el mundo ha de ser una Nación de Naciones en donde el único imperio sea el de la igualdad, la justicia y la libertad. 

En ocasión del Año de gracia en que el mundo cristiano conmemoraba el aniversario 2000 de la venida del Hijo de Dios, del Cristo Redentor de los Pueblos, con la celebración del Gran Jubileo, Juan Pablo II expresó: “Ruego al señor que colme de sus bendiciones a todo el pueblo venezolano para que emprenda el nuevo milenio con renovada esperanza y deseos de construir un mundo mejor. Nos atrevemos a decir que ya estamos alcanzando nuestro futuro, construyendo ya el mismo porvenir, porque tenemos la más segura de las certidumbres que en este milenio la santa bendición de Juan Pablo II acompañará por siempre al pueblo venezolano para que los condenados de la Tierra alcancen el Reino de Dios, el Reino de la justicia y la igualdad, en Venezuela y, con el mismo espíritu de verdad y vida, en toda la Tierra. 

Estamos seguros de que la nueva Venezuela que está naciendo fue la que avizoró Su Santidad. En la nueva República que estamos construyendo al igual que en el espíritu de paz cósmica que impregna a todas las mujeres y hombres de buena voluntad que están luchando por un mundo cada vez más digno y más igualitario, un mundo que no solo es posible, sino absolutamente necesario, Juan Pablo II vivirá siempre.

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