Año III
La Habana
Semana 12 - 18
FEBRERO
de 2005

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La bella y la serpiente
Zaida Capote La Habana

 

“El 22 de abril le diré adiós a esta Cuba

tan bella, aunque mordida por la serpiente”

Fredrika Bremer, Cartas desde Cuba

Puedo imaginar a René Vázquez Díaz como estudiante de ingeniería naval en los astilleros de Gdansk, de donde partió a Suecia en 1975, según diferentes versiones, porque decidió abandonar el arte de armador por el arte de escribir o porque “fue sancionado por indisciplina”, según reza la contratapa de cubierta de su novela La era imaginaria (Montesinos, 1987). Y puedo imaginar también que hay una suerte de predestinación en todo esto. ¿Cómo, si no hubiera ido a dar a Suecia, hubiera decidido escribir sobre la estancia cubana de Fredrika Bremen? Fredrika, para los pocos que aquí lo ignoren, fue una novelista sueca que vivió entre 1801 y 1865, e hizo una breve estancia en Cuba durante los primeros meses de 1851. Acuciosa observadora de la realidad social y familiar de su tiempo, que dramatizó en sus novelas, Fredrika Bremen fue también una viajera pertinaz. Durante su viaje a Cuba ―un breve paréntesis de un recorrido más extenso por los EE.UU.―, no solo se sirvió de su extraordinaria capacidad de percepción como escritora, sino también dejó testimonio gráfico, en forma de unos cuantos retratos y paisajes, tanto urbanos como rurales, así como minuciosas copias de ciertos ejemplares de la flora y la fauna cubanas.

Fredrika nos legó un detallado diario de su estancia en Cuba en las cartas que envió a su hermana menor, Agathe, quien había permanecido en Suecia. En ese relato, demorado en cada uno de los eventos e impresiones del viaje, hay una fuente prodigiosa para toda persona ávida de información sobre los usos y costumbres de la Cuba a mediados del XIX, esa Cuba donde convivían el refinamiento más exquisito en la vida de la clase alta y la más terrible de las prácticas humanas: la esclavitud. A lo largo de todo su relato, parecen escucharse como en sordinas los versos de José María Heredia, acertadamente citados, por la editora de la novela de Vázquez Díaz en la nota e la solapa de la edición que presentamos hoy. El discurso de Fredrika Bremer pareciera ser solo un ejercicio de puesta en narración de esos versos tremendos.

Ese es el espíritu del relato de viaje que Fredrika fue urdiendo un día tras otro en su habitación del Havana House, en la esquina de Oficios y Obrapía, o en las casas de los ingenios a donde sería invitada y mimada, o incluso, en el modesto hospedaje con piso de tierra que ocupara en San Antonio de los Baños. La oposición entre una naturaleza decididamente prodigiosa y una organización social digna de la crítica más acérrima es el contrapunto en que se afinca su historia. Para quienes leemos hoy las cartas de Fredrika a Agathe resulta evidente, si hacemos una lectura atenta, el sentimiento casi eufórico que domina a esta sueca a punto de cumplir cincuenta años en su primera experiencia del trópico. Hay en sus palabras un entusiasmo que solo se salva de ser tildado de excesivo por su evidente sinceridad. Ese disfrute gozoso del aire de Cuba, calificado muchas veces como balsámico y regenerador, reaparece constantemente en su discurso y es, lo mismo que el estudio descriptivo de los criollos en el campo y la ciudad, así como de las condiciones de existencia de los negros esclavos, una de las obsesiones de Fredrika.

Ese júbilo, que la escritora parece sujetar aunque a menudo se le escapa, es una de las grietas, digamos, de ese discurso suyo, que por momento tiene la penetración de un estudio antropológico. En esa grieta se afincó la imaginación de René Vázquez Díaz para hacerla engordar, crecer, enseñorearse del texto novelesco. La Fredrika de la novela es mucho más libre que la de las Cartas, y una vez a merced de la fabulación vive otra vida, una vida donde hay lugar incluso para el amor, aunque este sea platónico, correspondido por un joven criollo cuya hermosura reconoció a menudo en sus cartas, pero que mencionó bastante poco. Esa es una de las tramas más atractivas que desarrolla la novela, pero lo mismo que ese involucrarse en una historia amorosa, la escritora sueca recreada por Vázquez Díaz se ve involucrada, quizás a su pesar, también en las prácticas políticas de la conspiración y el desacato a las autoridades coloniales de Cuba, e incluso, es confidente circunstancial de un oficial fugitivo de la marina sueca o cómplice a pesar suyo de un sui géneris “negro catedrático” que es uno de los personajes más atractivos de la novela. Mordida por esa otra serpiente, la del deseo, la bella Fredrika, a quien a menudo llamaron galantemente en Cuba “la bonita”, reaparece en la novela para ser una presencia mucho más tentadora, más libre y por tanto más cercana a nuestras sensibilidades. Hay que agradecer a su autor por Fredrika en el paraíso, porque es una vía para acercarnos a la estancia en Cuba de la escritora sueca, pero también porque es una reflexión sobre el poder y la resistencia, tanto en la política como en el amor. Semejante a la ceiba que ―abrazada y penetrada por el jagüey hembra― copió Fredrika, impresionada por esa extraña mezcla de amor y muerte, así nos llega ahora la imagen de aquella lejana visitante, velada apenas por el aire fino del paraíso, que a ratos se deja dominar por la emoción o la ira y, muy cubanamente, pierde la compostura. Los invito, entonces, a compartir con ella sus impresiones de viaje, pero también las emociones encontradas de su experiencia caribeña, magistralmente fabulada por René Vázquez Díaz.
 

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