Año III
La Habana
Semana 12 - 18
FEBRERO
de 2005

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LEJOS DEL ABURRIMIENTO
Un apolo contrariado
Hilario Rosete Silva La Habana
Foto:
Nancy Reyes


Un dios, músico y cantante, de físico soberbio,
que subiría al Olimpo un tanto incómodo


El plato fuerte del programa que el Ballet Nacional de Cuba (BNC) ofreció en la sala García Lorca del Gran Teatro capitalino la noche del pasado jueves (10 de febrero de 2005), sería sin dudas el ballet Apolo, de George Balanchín (EE.UU.). 

Estrenado en 1928 por los Ballets Rusos de Diaghilev con Serge Lifar en el papel de protagonista, ahora sería interpretado por el mundialmente famoso primer bailarín cubano Carlos Acosta, luego de que otras figuras de la compañía, mayormente jóvenes, bailaran, Ballo della Regina, del mismo coreógrafo ruso-estadounidense, pero inaugurado medio siglo después por Merrill Ashley (New York City Ballet); y Didenoi (Maruxa Salas, España) y Punto de encuentro (Jorge Amarante, Argentina) puestos en su punto por el BNC en el último Festival Internacional de Ballet de La Habana (2004). 

Sin tiempo para más, contra el cierre de La Jiribilla, que por si fuera poco vive la vorágine de la XIV Feria Internacional del Libro, transcribimos el diálogo sostenido con el primer bailarín cuando terminó su Apolo de esta noche. 

“¡Ven conmigo!, ¡ven conmigo!”, nos respondió mitad solidario mitad furtivo, indicándonos que lo siguiéramos al camerino. 

Mientras subíamos las escaleras ―a trancos―, jadeaba y resoplaba como debió hacerlo el mismísimo Apolo después de matar a la serpiente Pitón en el Parnaso. 

No hicimos más que entrar a la recámara, y se dejó caer en la butaca, frente al espejo. No sudaba, “chorreaba”. 

¿Qué significan tantos resoplidos? le preguntamos, avanzando sobre las demandas del ballet que venía de bailar. 

¡Cansancio!, ¡cansancio!, ¡el desgaste físico que exige este personaje es tremendo! ―respondió sin dejar de jadear. 

¿Qué tiempo hacía que usted no bailaba ballet entre nosotros? 

Desde el (Don Quijote del 18) Festival de Ballet de La Habana (20 de octubre de 2002, con Viengsay Valdés en el papel de Kitri), hace poco más de dos años. 

¿Por qué escogió al dios Apolo para esta reaparición? 

También hace unos dos años que lo interpreté por vez primera, y desde entonces quería hacerlo aquí. Es preciso que nuestro público vea y se familiarice con estas creaciones. Ballet no es solo el virtuosismo de Don Quijote u otras piezas. 

¿Guiándose por cuáles parámetros el espectador juzgaría al bailarín que interprete esta pieza? 

Apolo es, entre otras cosas, poder interpretativo, histrionismo. El bailarín debe conocer bien la coreografía, las intenciones de Balanchín, las etapas de desarrollo de la obra, desde el nacimiento del personaje, en Delos, su juventud, su aprendizaje, su madurez, hasta su respuesta al llamado del padre (Zeus) desde el Olimpo. 

¿En qué punto del progreso de Apolo se halló mejor o peor?    ―quisimos inquirir con delicadeza sobre el efímero resbalón sufrido por el artista. 

Aparte de que durante el día me lastimé un pie impartiendo una clase y estuve tenso sobre la escena, tratando de “salvarlo” para evitar el dolor; de que no tuve tiempo para calentarme; y de fallas con el vestuario; surgieron imprevistos, como la venda con la que nace el personaje (al retirarla se le enredó en la pierna), que aumentaron mi desconcentración. Por cierto, este trabajo requeriría un mejor camerino, más alejado, más tranquilo, los bailarines no somos máquinas, el asunto no es llegar y ponerse a bailar, necesitamos serenarnos, concentrarnos... 

A petición del primer bailarín del BNC, nuestra conversación terminó con la misma rapidez con que empezó y transcurrió. Carlos Acosta estaba cansado. No debíamos abusar de la paciencia y cortesía con que nos recibió. 

Pero más que cansado estaba inconforme, contrariado por el fugaz desliz. Otro Apolo tiránico e interno, su Yo profundo, tan igual y soberbio como el que habita en cada uno de nosotros, le impedía ver su virtud cardinal: la humildad.  

Humilde ha sido Carlos durante años. Amén de la riqueza que pudo tener ―bailando en otras latitudes, con otras compañías―, nunca nos olvidó. Por eso estaba ahí, contrariado. 

Su humildad no se asocia con la escasez material, sino con su actitud ante la vida. ¿Lo enjuiciaríamos por el resbalón? ¿Sería esta la noticia de la noche tras dos años de espera? Puede ser. Quien así lo crea, y reduzca la fuerza de su baile ―mostrada en este mismo Apolo―, ignore cómo mueve los brazos, no atienda a su sentido de la línea, o desconozca la coincidencia de sus acentos con la música, ¡que tire la primera piedra!

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