Año III
La Habana
Semana 6 - 12
FEBRERO
de 2005

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Adiós al Akpwon Mayor
Paquita Armas Fonseca La Habana
Fotos: La Jiribilla

 
Música de Lázaro Ros en La Jiribilla
 


El Ocha Niwe murió hace apenas unas horas. Y debo escribir unas líneas. No sé por dónde empezar. ¿Tal vez por una noche casi a las 12 que tocó suavemente  a mi puerta para pedirme unos fósforos como si se tratara de algo valiosísimo? ¿O quizás por sus historias del solar, la pobreza, su abuela, su mamá...?  Lo cierto es que sobre mí se agolpan decenas de recuerdos, algunos de su apartamento, otros del mío, y un grupo de teatros, televisión u hospitales.

Porque sí, tengo el raro privilegio de haber compartido elementos de la cotidianidad con  Lázaro Ros, ese hombre hecho a base de humildad, que fue, y es, el más grande akpwon de la música cubana.

Me acerqué a esa gloria musical porque una amiga común, Natalia Bolívar, a la que él llamaba madre, me pidió que vigilara si le hacía falta algo. Así  Lázaro empezó a ir a mi casa, generalmente al mediodía, a tomar un buchito de café y coger “un humito” antes de que el  corazón le diera una clara advertencia. Luego de aquel ingreso (tres años atrás) delante de mí nunca fumó, ni bebió, aunque yo sabía que de vez en vez quemaba un cigarro y a veces se pasaba de trago. El rito del café lo mantuvimos. Actuaba como un niño, tanto que una vez que llegó caminando en zigzag  pretendió esconderse para que no lo regañara.

Cuando me hablaba de su mamá, de Santos Suárez, lugar en el que nació el 11 de mayo de 1925, con picardía narraba cómo de niño se escapaba para oír y cantar las canciones yorubas. Ya a los trece años tenía una voz para respetar, pero con todo “pasé mucho trabajo, mucho, usted no sabe cuánto”,  decía, a la vez que ponía el grito en el cielo por el precio de una fruta bomba, un mango o una libra de tomates. Y es que, a pesar de haber recibido altísimos reconocimientos Premio Nacional de Música, nominación a tres Grammys, entre numerosos lauros seguía siendo un hombre muy humilde.

Tenía una buena cantidad de libros y una vez me contó que estando ya en el Conjunto Folklórico Nacional del que fue fundador lo sorprendieron leyendo novelitas del oeste y aquella persona, no recuerdo quién, le dijo que eso solo lo hacía más bruto, que  debía leer otras cosas, y le prestó libros. Pronto se aficionó a lecturas más elevadas aún cuando su nivel de instrucción siempre fue bajo, pero con una gigantesca cultura popular.

Hace un año empezó a sentir molestias en la garganta. Elizabeth, su doctora, le recomendó ver un especialista, ella ya presentía el cáncer. Cuando quizás en el mes de marzo del pasado año bajé a su apartamento y me confirmó que sí, que  tenía cáncer, lo dijo con los ojos llenos de lágrimas. Traté de animarlo,  pero él sabía que comenzaba su última lucha. Con todo, fue a Venezuela para ser aclamado y consentido por el cariño y la fama.

Hace unas semanas se le entregó la Orden Félix Varela y tan solo unas horas antes de su deceso, perdió todo sentido de la realidad. Luego quedó dormido, de lado, según me dijeron. Yo no lo he visto desde que le tuvieron que practicar la traqueotomía. No quise, prefiero recordar su voz, ese tesoro que ahora escucho, desde su disco a Oggun, uno de los trece que grabara con el sello Unicornio, su inmenso legado a la cultura cubana, que hoy  lo despide con dolor.

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