Año III
La Habana
Semana 8 - 14
ENERO
de 2005

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Testimonios e impresiones
Orbita de Raúl Roa, Ediciones Unión 2004


Recuerdos de la niñez
Federico de Córdova
 

Nuestro amigo tendría ya unos 12, 13 ó 14 años, hacía bellos "papalotes" y "coroneles". Estos últimos eran más preciados, pero no producían el goce de una "cubanita" o "barrilito". Cerca de nuestras casas comprábamos en un puesto de chi­nos el güin, y en una quincalla el papel de china, el hilo y la goma para confeccionarlos. El rabo era fácil, desperdicios de retazos servían... Ahora en el rabo se ponía la trabilla si que­ría enganchar el papalote empinado del otro supuesto con­trincante, o una mitad de navajita (de afeitar) si quería cortar la pita tensa con que se empinaba el papalote del enemigo y echado a bolina, seguido de la expresión de la víctima: "¡me cago en tu madre, me jodieron el 'papalote'!"

Muy cerca también, a menos de quinientos metros, se levantaba la Loma del Timón. Allí, por cierto, se conserva­ban trincheras cavadas cuando la guerra de independencia, y allí —no en las trincheras sino en el promontorio— solían los muchachos empinar sus "papalotes".

Por cierto que era conveniente realizar este deporte con algún amigo mayor y fuerte por si acaso al echar a bolina otro "papalote" había que fajarse. Nosotros, por entonces, dejábamos la caracterización de niños "góticos" para convi­vir con los "muchachos de la calle" y los llamados pillos, que no eran otros que los pendencieros y agalludos. 


Estudiantes en la Universidad
José Antonio Portuondo

Recuerdo, entre tantos, la inauguración de la biblioteca de la Asociación (de estudiantes de Derecho) durante la cual se develó un relieve con la cabeza de Julio Antonio Mella, el célebre perfil fotografiado por Tina Modotti. Roa habló en aquella oportunidad y fue, sobre todo para los novatos, un deslumbramiento. Yo acababa de salir de un colegio religio­so de provincia y me impresionó la afirmación de Roa de que, para los jóvenes cubanos, la imitación de Mella era más provechosa y urgente que la imitación de Cristo. Después oí muchas de sus intervenciones relampagueantes, con moti­vo de la visita a la Asociación de Estudiantes de Derecho del entonces rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, Luis Chico Goerne, quien, como habría de recordar Roa más tarde, se "achicó", lamentablemente; sus palabras el día en que Alfonso Hernández Catá llevó a los estudian­tes cubanos el saludo de los estudiantes españoles que lu­chaban por la República que había de triunfar al año siguiente. Pero sobre todo recuerdo vivamente nuestras conversacio­nes en pequeños grupos de asiduos a la biblioteca de la Aso­ciación y durante la campaña para elegir la nueva directiva, en que resultó electo Rafael Trejo.


El oro de la memoria
Loló de la Torriente 

Juventud llena de ilusiones sembrada y florecida en esa rea­lidad que se llama pueblo, cuyo carácter dio cultura y es­plendor a la vida de Raúl. En los medios intelectuales, en las aulas universitarias, su presencia fue grata cuando toda­vía su pluma permanecía paciente en el deleite de las bue­nas lecturas. En las tertulias de los "minoristas" entró de rondón cuando apenas estrenaba pantalón largo y en uno y otro lado Raúl fue acogido como la "mascota" de poetas, escritores, periodistas y grupos rebeldes a la mediocridad oficial. No faltó el protegido de Palacio que lo flechara se­veramente por "majadero", pero Raúl estaba reconocido como honesto y talentoso y las flechas no logran alcanzarlo. A él no hay hierro que lo queme y a los pinchazos de los cazadores decadentes o de los oportunistas maneja la masa ironía, intercala la bronca palabra que imparte al lenguaje su expresión cabal y como si todo fuera poco, pone en marcha aquel su estilo dinámico denunciante de la corrupción, el soborno y la guataquería. Comprendido y admirado su tem­peramento, Raúl gana gran prestigio y es profundamente respetado. ¿Por qué exigirle conformismo al joven que veía hondo en la atmósfera borrascosa de la época?


En las cárceles machadistas
Pablo de la Torriente Brau 

Y, sobre todo, Raúl Roa, enfermo desde mañana antes de declarar la huelga (de hambre), convertido en una línea ho­rizontal rodeada de pellejo y llena de un pelo tumultuoso en la cabeza que demostró tener el espíritu más firme que pudiera imaginarse. Raúl Roa es un hombre.


Raúl Roa, el delicado
Fina García Marruz

Yo voy a recordar al Roa delicado, el que quizás se conoce menos, el que incluso ignoran algunos que le admiran virtudes y defectos —porque hay defectos admirables— excusando con sonrisas de innecesaria indulgencia sus inesperadas "salidas", capaces de confundir a todo un cuerpo de traductores, como en las memorables sesiones de la ONU cuando su atropellado torrente verbal dejaba con las manos impotentes en alto a los que en la estrecha cabina se esforzaban por traducir a un idioma conocido el lenguaje de la centella y del fuego graneado...


El profesor
Julio Le Riverend

Recuerdo los debates de sus clases de Historia de las doctri­nas sociales. Su autoridad, pues no la tenía simplemente por el cargo de profesor sino ganada desde la década de los años 20, no abrumaba, iluminaba. La clase debatida, tanto más en aquellos tiempos de controversias nada bonancibles, era una lección aprendida por todos. Más de una vez, su verda­dera función —la mayor de cualquier maestro que lo sea de veras— consistía en un apretado y pródigo resumen de lo dicho por unos y por otros, coronado por una fulgurante sabiduría. Allí estaba la carga de muchos años de lectura, de reflexión, de juicio y de aprehensión inmediata del conocimiento.


El Yunque
Fernando Ortiz

Las lecciones de Raúl Roa pueden ser trascendentes para la formación de la juventud cubana. Como una labor de forja en el yunque: ritmo de martilleo, soplo de fragua, ardor que ablanda y moldea.


Un episodio único en su género
Félix Pita Astudillo

Fue un episodio único en su género, y muy probablemente único también en la historia de la Organización de Nacio­nes Unidas. Muchos otoños más tarde, después de aquellos días cambiantes y húmedos de 1973, los "habituales" de la ONU —diplomáticos, periodistas, funcionarios e intérpretes ­lo recordaban vívidamente, como son evocados los momentos estelares que impresionan de manera indeleble la memoria de los testigos presenciales.

El protagonista, gladiador por excelencia, no era otro que el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Raúl Roa García. El ámbito inmediato: la imponente bóveda del areópago de la Asamblea General de la ONU, ocupada en aquellos días con los movidos debates del Período de Sesio­nes. El contexto político, que conmovía a Latinoamérica y al mundo, estaba teñido de brava sangre chilena, después de la salvaje asonada "pinochetista", ocurrida unos pocos días antes en las calles de Santiago.

En uno de los turnos de esa tarde hablaba Roa para presentar los puntos de vista de Cuba sobre la situación inter­nacional. En su estilo característico, con su prosa de siem­pre, lapidó a los asesinos del querido presidente Allende, a la soldadesca fascista que masacraba en esos instantes a cen­tenares y miles de patriotas chilenos, por instrucciones del gobierno norteamericano.

Recuerdo claramente cómo su medular denuncia arrancó aplausos a un auditorio que leía o escuchaba por entonces las espeluznantes noticias del baño de sangre que tenía lugar en Chile.

Al final de la tarde, el apóstata que se encontraba al frente de la misión diplomática de la Junta fascista chilena, se atrevió a replicar al ilustre cubano. La sucia alimaña, defen­diendo el plato de lentejas por el cual había cambiado de casaca, la emprendió contra la Revolución cubana, al punto de utilizar groseras afirmaciones sobre la persona del Comandante en Jefe Fidel Castro.

Midió mal el roedor. Se equivocó de medio a medio con su nauseabunda catilinaria. Olvidó por una fracción de se­gundo que aquel hombre sentado en el escaño de Cuba, todo nervio y pasión revolucionaria, era nada menos que Raúl Roa García, combatiente de toda una vida, guerrero imbatible de prosapia mambisa.

Su lenguaje de fuego restalló como una fusta cáustica, rompiendo el repugnante discurso del personajillo fascista.

Cuando las cabezas de los presentes se voltearon, la huesa de Raúl Roa caminaba con sus bien calzadas botas de las siete leguas, para romper la crisma —literalmente— al inso­lente "juntero".

—M...! Hijo de p..., tú no hablas más aquí, c..., gritaba Roa a voz en cuello, blandiendo los puños cerrados, mien­tras avanzaba por el corredor. Puedo asegurar que todos los cubanos presentes, pensamos de golpe: allá va él, agiganta­do, crecido como impresionante marea, cargando al mache­te, sentando como nunca a la Patria entrañable, para dar buena cuenta del energúmeno.

La sesión quedó paralizada, como si el tiempo hubiese sido detenido por un momento. El miserable se guareció, lívido y atemorizado, detrás del rostrum desde el que venía hablando. El Presidente de la Asamblea, el prestigioso escritor ecuatoriano Leopoldo Benítez y dos diplomáticos crio­llos, consiguieron atajar al bravo cubano a escasos dos me­tros del estrado en que se escondía el pinochetista.

Tres o cuatro representantes de satrapías latinoamerica­nas quisieron protestar, notoriamente los consuetudinarios libadores que mantenía allí la dictadura de Somoza. Roa se volvió hacia ellos, y espetó: "¡Aquí hay que hablar como los hombres, no como los m...!".

(..)

Los pueblos del hemisferio lo insertaron para siempre en su historia, en su cultura, y aun en sus tonadas populares. Su pueblo cubano, que lo admiró y lo admirará de por vida, tuvo la intuición genial de designado con la misma descripción laudatoria que la épica clásica de Grecia reservaba para sus mejores hijos: por ello, ciertamente, está inscrito en la Historia grande de su Patria como El Canciller de la Dignidad.


Raúl Roa: el verbo se llama acción
Miguel Cossío Woodward

Su "Presidio Modelo", redactado entre agosto de 1931 y ene­ro de 1933, nos ofrece una visión muy íntima de aquel preso indomable, capaz de proponer a sus compañeros hasta el sacrificio de una excepcional comida —gesto aparentemente romántico e inútil— con tal de demostrar una vez más su rechazo a la tiranía machadista. En ese diario se descubre, como la pulpa exquisita bajo la cáscara dura, la fina sensibi­lidad del escritor que ahora mismo se podría repetir: "En realidad soy, o mejor dicho fui un ingenuo muchacho que se le ocurrió nada menos que descolgar una estrella del cielo para ponerla en su cuarto de bombillo eléctrico".

En el entorno de la Revolución del 30, Roa fue compa­ñero y amigo entrañable de un grupo de hombres extraordi­narios que dejaron su impronta de fuego en la vida política y cultural de nuestro país. Desde muy temprano admiró a Ju­lio Antonio Mella, y compartió escaramuzas, ideales, prisio­nes y rebeldías con Pablo de la Torriente Brau a quien tam­bién remitió una jugosa correspondencia desde su exilio en los Estados Unidos tras el fracaso de la huelga general de 1935. Es curioso observar ciertos rasgos comunes en los estilos literarios de Roa y Pablo de la Torriente, demostrati­vos de la misma acendrada cubanía, y que se manifiestan con particular fuerza en el uso acertado de los giros del len­guaje popular, así como en la chispa para describir situacio­nes y personajes por circunspectos que sean. Roa ha mante­nido esa línea de humor criollo dentro de un discurso de elevado rango y ha sido capaz de lapidar a individuos como Carlos Prío Socarrás, a quien definió como "un caco que jamás trascendió la categoría de caca", o al funesto dictador de Chile, "ese Pinocho de Pinochet".


Para nuestra suerte, no todo se fue a bolina
Eduardo López Morales

Acaso donde más tajante y alucinador es en su polémica con Ramón Vasconcelos: "Escaramuza en las vísperas": En realidad, quien quiera tener una visión acertada de los pro­cesos de las décadas del 20 y del 30 y sus repercusiones posteriores, está obligado a penetrar en estas palabras que van surgiendo a borbotones impetuosos con la fuerza de un participante crítico y autocrítico que se dispone a pasar ba­lance a los errores y aciertos de su generación. He ahí su indispensabilidad para nosotros, los jóvenes, que podemos acercamos con confianza al estudio de una época sin temer que las visiones edulcorantes nos vengan a dar gato por lie­bre. Puedo decir que he sentido como propia la indignación de Roa ante una "república" malversada desde sus inicios y cimientos bajo el signo de la corrupción y las miserias del subdesarrollo. Esa república de "generales y doctores", como bien la caracterizara Loveira, que urgía "una carga para ma­tar bribones", tarea proclamada por Rubén Martínez Villena y que se impuso un grupo de jóvenes al frente de su pueblo. Es cierto que las traiciones y la falta de visión lo impidieron, pero también lo era el hecho de que se trataba de un proceso irreversible que tarde o temprano se cumpliría. "El pueblo cubano entró de nuevo en revolución el 30 de septiembre de 1930 y aún no ha salido de ella". Y esto lo decía Roa hace ya veinte años, cuando muchos se habían cambiado las casacas y otros exprimían una teoría obliterada por la esco­lástica vergonzante. 


Un pedazo irrepetible de Cuba
Cintio Vitier

Con él se nos fue un pedazo irrepetible de Cuba: un estilo, un garbo, un desenfado, una velocidad, una temperatura, una luz, un gesto, una salida, un pudor, un sabor de la vida y de la frase, un sentir como nos tiene el clarín trinando el ala, típicos de los años 30 y que en él fueron arquetipos. Para conocerlo de veras no bastará nunca leerlo, no serán suficientes su obra y su ejemplo. Dichosos nosotros, sus amigos, que todavía conservamos el penumbroso fulgor de su persona, que todavía podemos repasar, en la cámara os­cura y lenta y entrañable del recuerdo, esa instantánea viva en la que él cruza apretadamente las piernas, se retrepa en su sitio, prueba un sorbo de café, prende un cigarrillo engar­zado en sus dedos acrobáticos y rodeado de humo prosigue su andanada intraducible como lo es siempre la poesía. 


Recuerdo del más joven
Orlando Oramas León 

De muchacho me gustaba seguirlo a través de sus discursos. En esa época no me atrevía a abrir los dos tomos de Retorno a la alborada que sobresalían entre los libros de mi padre. Me parecían muy voluminosos. Y aunque no recuerdo cuándo supe de él que era periodista, un día al oírlo hablar en la Plaza Agramonte, decidí que mi tesis de diploma sería sobre Raúl Roa. Presentí entonces que me iba a acercar a uno de los más grandes escritores y periodistas de Cuba.

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