Año III
La Habana
Semana 1 - 6
ENERO
de 2005

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Leonardo Padura La Habana


Los homenajes, reediciones de libros y coloquios dedicados a la obra y la personalidad de Alejo Carpentier, con motivo del centenario de su nacimiento, han cumplido un intenso ciclo durante 2004. La razón que ha movido estos reconocimientos al novelista cubano no han sido, afortunadamente, ecos coyunturales de un éxito comercial ni de una moda pasajera: la vigencia de Carpentier, el interés vivo por su obra existente en diversas geografías y desde distintas ópticas ideológicas, es el resultado de la justa valoración de una proyección estética de alcance universal, que hizo de este escritor uno de los clásicos del pasado siglo y de la literatura de la lengua, una figura en cuya obra, humanista y comprometida, se manifiestan, aún hoy, los eternos anhelos de libertad individual y colectiva, y las insobornables angustias existenciales que desde siempre acompañan al alma humana.

Quizá se pueda asegurar que el sino de la universalidad, la obsesión de tender puentes entre culturas diversas como forma de entender y expresar la cultura propia fue en Carpentier el resultado de una predestinación que lo marcó desde su mismo origen mestizo de hijo de un francés y de una rusa, que se conocen y se aman en Lausana, donde vería la luz el niño nombrado Alexis el 26 de diciembre de 1904. Esta conjunción da lugar a la abigarrada génesis cultural e idiomática con que llega a La Habana, tres años después, procedente de Bélgica, donde se había concretado muy poco antes el matrimonio de sus padres.

En la recién inaugurada República cubana, entonces convertida en un imán de esperanzas para gentes de todo el mundo, comienza un veloz proceso de aclimatación de aquel clan: su padre, Georges Julien, se convertirá en Jorge Julián; su madre, Ekaterina Blagoobrazoff, se rebautizará Catalina (Lina) Valmont -al tomar el apellido del segundo esposo de su madre-, y Alexis se nombrará Alejo y, sin imaginarlo aún, comenzará a ser un niño cubano. El ambiente familiar, decididamente cosmopolita, lógicamente engendró una visión cosmopolita de la cultura que marcará al futuro escritor: el oficio de arquitecto de su padre y las dotes musicales de su madre comenzarán a mezclarse con una tradición, un folclor, una cultura y, sobre todo, un idioma con los que se va compenetrando hasta hacerlos suyos, sin renunciar a los patrimonios culturales de los que procedía.

Toda esta peripecia biográfica se potenciaría en los años de su juventud cuando, obligado a dejar los estudios de arquitectura en la Universidad de La Habana debido a sus penurias económicas, Carpentier se mezcla con el ambiente cultural y social capitalino para ejercer el más recurrido de sus oficios: el de periodista.

La capital de Cuba en los años veinte es una de las ciudades culturalmente más activas de Occidente: grandes músicos, bailarinas y cantantes pasan por sus escenarios, en cuyos carteles se anuncian actuaciones de Anna Pavlova, Titta Rufo, Enrico Caruso, Eleanora Duse, Tito Schipa, Pablo Casals, Andrés Segovia o Ignace Paderewski, mientras los vientos de la renovación estética vanguardista y de los grandes acontecimientos políticos cruzan el Atlántico y despiertan los intereses artísticos e ideológicos de la revulsiva generación a la que pertenece Carpentier. Pero, junto al contacto con lo foráneo, ésta es también la época del redescubrimiento de una conciencia insular, capitaneado por el etnólogo Fernando Ortiz, que desde su prestigio induce a los jóvenes intelectuales a tener una noción diferente de lo propio, que necesariamente se iniciaría con la revalorización del siempre relegado mundo negro cubano, el mismo que tanto influiría en algunas de las características culturales más importantes del país, entre ellas, la religión, la danza y la música.

Unos pocos años después, dueño ya de una conciencia cultural, política y social en la que se funden el deslumbramiento por la renovación vanguardista y por los valores ancestrales del universo cubano, Carpentier escribiría desde su exilio parisiense -iniciado en 1928- una premonitoria crónica, dedicada al arte americano de Heitor Villalobos, en la que define la esencia del trabajo musical de brasileño con una frase meridiana de Miguel de Unamuno: "Hemos de hallar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno"... Desde entonces la propia búsqueda de lo universal en las entrañas de lo local sería el propósito estético cardinal de Alejo Carpentier y la clave de sus hallazgos ontológicos y culturales, y de su hoy reconocida trascendencia estética.

Desde sus textos narrativos de aprendizaje -la novela afrocubana Ecue-Yamba-O, desde sus escenarios y libretos para ballets y sinfonías concebidos en La Habana y en París a finales de los años 1920, pero sobre todo a partir de sus primeros textos de madurez, escritos en la década de los cuarenta y los cincuenta, época también de sus grandes reportajes, como los que integran Visión de América y, por supuesto, de textos teóricos insoslayables para la definición del nuevo arte americano, como su manifiesto de 1949 Lo real maravilloso americano, la realización estética y reflexiva de Carpentier parece guiada por la máxima unamuniana.

Basta releer sus grandes relatos de los años cuarenta y cincuenta -cuentos como Semejante a la noche o El camino de Santiago, de tantos niveles de lectura; novelas casi insondables como El reino de este mundo, Los pasos perdidos y El acoso- para advertir cómo Carpentier, a través de su literatura, se propone crear una definición de lo americano, lo caribeño y lo cubano, pero contextualizado en el concierto de una cultura universal en la cual ha nacido, de la que ha bebido -en Europa vivió entre los surrealistas franceses, asistió al ascenso del fascismo, a la derrota de la República española- y contra la cual proyecta su visión de lo propio para definirlo y ubicarlo en lo universal.

La trascendencia y permanencia de la obra carpentieriana -como la de Borges, el otro gran americano-universal del siglo XX- tiene su matriz en esta proyección ideoestética que lo hacía moverse por diversos ámbitos culturales mientras buscaba, en las singularidades americanas y en los comportamientos humanos más específicos, un diálogo con "lo eterno" -despojado de todo misticismo-, como lo hace evidente cada trama de sus obras narrativas y el aliento de sus grandes personajes, convertidos muy pronto en paradigmas.

No es casual que los temas más recurridos de Carpentier tengan que ver con los más significativos acontecimientos de la modernidad -desde el descubrimiento de América, en El arpa y la sombra, hasta la Revolución cubana, en La consagración de la primavera-, pasando por hitos históricos americanos y universales como la Revolución Francesa y sus ecos en el Caribe, la independencia haitiana, las invasiones napoleónicas, la revolución bolchevique, la guerra civil española y tantos otros sucesos que han marcado el rumbo de la humanidad. Mientras, los conflictos no menos "eternos" de sus personajes, van desde el papel del hombre en la revolución (haitiana, francesa, rusa, cubana), la relación entre individuo y libertad, entre el hombre y la guerra, o la posibilidad de escapar del tiempo humano e histórico que nos ha sido dado, en reflexiones magníficamente logradas en lo artístico, gracias a lo cual sus concepciones pueden escapar de lo "circunscrito y limitado", para establecer una íntima comunicación con las constantes que acompañan a la conducta del hombre moderno, sea éste Cristóbal Colón, un ex esclavo haitiano o un burgués cubano devenido revolucionario.

Muchas veces se ha afirmado que la grandeza de Carpentier tiene que ver con su enciclopedista definición de lo americano. Sin embargo, su trascendencia parte de un reconocimiento y valoración de lo propio que alcanza su verdadera dimensión gracias a la proyección universalizadora que le permitió hallar lo universal en las entrañas de lo local. Escritor universal y de su tiempo, la lección de Carpentier mantiene una asombrosa vigencia en este mundo de etiquetas donde todo caduca en plazos cada vez más cortos. Su permanencia tiene, sin embargo, una cualidad que es exclusiva de los verdaderamente grandes: aun cuando no esté de moda ni venda grandes cifras, es de esos autores a los que, en cada relectura, volvemos a descubrir, lo reencontramos en cada mirada a una ciudad, un personaje, una época, porque el signo de los escritores inmortales es ese que nos permite leerlos una y otra vez, como si una y otra vez leyéramos un nuevo escritor, una nueva novela. Y todo, estoy convencido, porque supo hallar lo universal en las entrañas profundas de lo local y en lo circunscrito y limitado, lo eterno, siempre esquivo.
 

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