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Enriquito, el santero de la Hata
 
Enrique Hernández Armenteros  está seguro del poder de los orishas y cree a pie juntillas en ese poder. Como él y sus seguidores hay muchos cubanos, lo cual ha hecho posible el arraigo y, por consiguiente, la conservación del legado africano en nuestra identidad.


M. Enriqueta| La Habana
Fotos:
Diego

 

Partiendo del hecho de que el diablo es la antítesis de dios, resultaría paradójico sentir devoción por ambos a la vez. En el barrio de la Hata ―de la legendaria Guanabacoa―, existe, sin embargo, un santero que afirma ser devoto de dios y del diablo. Y en tal sentido explica resuelto su filosofía: “Así es, aunque la gente me tilde de loco, yo creo en Dios y en el Diablo. En los dos, porque el Diablo es hijo de Dios, o sea, también fue creado por el Todopoderoso. Por otro lado, si no hubiera sido creado el Diablo la vida no tendría sensaciones, no tendría sentido. Tiene que existir el genio del bien y  del mal para que exista compensación en la Tierra”.
 

Enriquito, como le llaman sus vecinos, todo el pueblo de Guanabacoa y más allá de las fronteras del territorio nacional,  se encomendó a los orishas cuando todavía era un niño, “mi abuela por parte de madre era conga, es decir, que tengo sangre africana directa y de ello me siento muy orgulloso. Conocí a mi abuela y fue ella quien me acercó a los dioses africanos”. Por ello, “soy practicante de la religión bantú procedente del Congo, más conocida como Palo Monte (los paleros). Mi segundo paso fue el Abakuá. Mi tercer paso la Ocha ―en la cual me consagraron con el orisha Elegguá― y mi cuarto paso fue Ifá. Es decir, que practico cuatro etnias africanas”.

Por añadidura, Enriquito es babalawo y  en su haber cuentan además  86 años cumplidos, once hijos, treinta nietos, dieciocho bisnietos y unos 2 000 ahijados residentes en Cuba y en el mundo.

Con tales responsabilidades a cuestas decidió fundar junto a su esposa, el 22 de junio de 1957, una sociedad religiosa que fue bautizada con el nombre de Los Hijos de San Lázaro. “Nuestra institución está a punto de cumplir medio siglo. Y su existencia es conocida en toda Cuba y en muchos lugares del universo. Desde el año 2001, en que se autorizó la primera procesión, los 16 de diciembre salimos con nuestro San Lázaro por las principales calles de Guanabacoa”.

La sociedad tiene su sede en un templo ubicado en la propia vivienda donde residen Enriquito y su familia. A la entrada del mismo da la bienvenida a los visitantes una escultura en yeso de  San Lázaro, que encerrado en una urna de cristal, viste una engalanada capa de terciopelo morado, mientras que a sus pies yacen las más diversas ofrendas entregadas por los devotos. “Ese es Babalú Ayé para nosotros los seguidores de la religión yoruba; pero como los esclavos tuvieron que valerse de las imágenes del catolicismo, entonces se conoce mucho más por San Lázaro. Él es muy milagroso, por eso ahí dice San Lázaro el Milagroso”.

Ya en el interior de la vivienda, en la primera habitación donde lo maravilloso cede su lugar a lo mágico,  aparecen varios canastilleros  que sirven de morada,  evidentemente bastante confortable por la diversidad y el valor de sus  adornos, a los orishas “Obbatalá que se sincretiza con la virgen de las Mercedes; Ochún, con la Caridad del Cobre, que es la Patrona de Cuba y cuyo santuario está en las Minas del Cobre de Santiago de Cuba. Esta deidad representa la sensualidad, el amor, la zalamería.  Changó con su pilón y su batea,  se sincretizó con Santa Bárbara. Su vestuario es rojo, representa el rayo, el trueno. Orula que viene siendo la máxima jerarquía, es decir, el babalawo. Él es quien determina el ángel de la guarda de la persona.  Yemayá en su trono,  representa todos los poderes del mar, su vestuario es azul y se sincretiza con la Santísima virgen de Regla”

En lo alto de las paredes de la habitación, colocados artísticamente, figuran  los collares de mazo  de Ochún, de color amarillo; el azul y blanco de Yemayá, el rojo de Changó, el de Orula amarillo y verde, el de Obbatalá que es de color blanco y finalmente el de Elegguá  rojo y negro. “Este es  el orisha con el que hay que contar para todo porque es el dueño de los caminos”.

En otra habitación, Enriquito guarda celosamente sus trofeos más valiosos. Entre ellos cuentan  fotos con ahijados preferidos, diplomas de eventos en los que ha participado y otros otorgados por distintas instituciones religiosas, culturales y políticas, como uno de gran tamaño entregado por la Asamblea Municipal del Poder Popular en Guanabacoa y en el cual se le reconoce como Hijo Adoptivo de dicha ciudad.

Dos grandes murales ―pintados por artistas de la localidad― reflejan, a lo largo y ancho de dos paredes, momentos horrendos de la esclavitud. Debajo de ellos yace una inmensa nganga en cuyo interior reposan pedazos de rieles de línea, grandes clavos, plumas de distintas aves, collares, palos, retazos de telas de variados colores… Es precisamente en este sitio donde el santero de la Hata imparte justicia a los descreídos y se empeña a fondo para aliviar, o curar los males del alma de quienes lo visitan diariamente. Aunque a veces sucede  que “los problemas que tienen las personas que vienen a verme se resuelven de acuerdo a lo que el orisha o el registro dice. Hay quien viene a mí y yo le resuelvo su dificultad. Yo no, el orisha. Es él quien lo alivia. Otros, en cambio, acuden a mí; pero no puedo resolverles porque su problema no tiene solución. No todo puede solucionarse. Hay quien va al médico y se pone bien, se mejora, se cura; pero otros no. Esto quiere decir que  hay un equilibrio en la naturaleza. Quien crea que todo se resuelve es un fanático, y yo soy creyente, no fanático.”

Para consultar “yo me paro delante de la nganga ―donde viven Orula y Ocha― y llamo a los espíritus que son los que me asisten, con ellos me comunico y le digo el porqué una persona ha venido a mí y ellos me dicen qué yo puedo hacer por esa persona. Yo no soy nadie, soy solo un intermediario entre el orisha y el necesitado”.

De cualquier manera, Enrique Hernández Armenteros  está seguro del poder de los orishas y cree a pie juntillas en ese poder. Como él y sus seguidores hay muchos cubanos, lo cual ha hecho posible el arraigo y, por consiguiente, la conservación del legado africano en nuestra identidad.

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