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El cuento de La Jiribilla

FINAL DE DÍA

Eduardo Heras León


Llegó tarde a la casa. Ella estaba levantada. Lo supo por la luz que se filtraba por las ventanas entreabiertas. Antes lo esperaba en el portal, mirando con ansiedad hacia la noche, dibujando su figura entre las sombras, creándolo a fuerza de imaginación y de deseos. Pero ahora estaba en la sala, mirando el televisor con los ojos entornados por el sueño.

Abrió la puerta. Ella levantó levemente la cabeza y le sonrió de lejos. Cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido.

—¿Comiste? —dijo ella.

—No —dijo él, mientras ella se incorporaba lentamente y apagaba el televisor.

—¿Tienes hambre?

—Un poco.

—¿Cómo te fue hoy?

—Como siempre... tú sabes.

—Sí, me imagino...es tarde...

—Quisiera bañarme.

La miró a los ojos. La besó suavemente en la mejilla. Quiso atraerla hacia sí, pero ella se desprendió de sus brazos y se encaminó a la cocina.

—Ven —le dijo—. Hay agua caliente.

Se fue quitando la ropa mientras caminaba tras ella. Llegó al comedor y se dejó caer en una silla. Se quitó las botas y las medias. Estiró ligeramente los pies y respiró satisfecho.

Ella terminó de preparar el baño. Dijo:

—Entra... ya está listo.

—Ven conmigo —dijo él, y le acarició una de sus manos.

—No... —dijo ella sin mirarlo—, tengo que prepararte la comida; no te demores.

Se pasó la mano por el pelo, recogió las botas y las medias. Luego lo miró fugazmente y sonrió.

Él entró al baño. Abrió la ducha y le dijo a través de la puerta entreabierta:

—Me preguntaron mucho por ti en la fábrica. Te extrañan por allá en estos días.

Ella no contestó. Cuando él terminaba de secarse, ella se asomó a la puerta:

—¿Terminaste? Se te va a enfriar la comida.

—Ya voy.

Salió del baño y se sentó a la mesa.

—¿Vino el periódico? Todavía no lo he leído.

—Toma —dijo ella, alargándoselo.

Se sentó a su lado, en silencio. Él empezó a tomar la sopa. Estaba tibia, casi fría. Abrió el periódico y comenzó a leer.

—No suenes la sopa —dijo ella—, no se te acaba de quitar la costumbre.

Él sonrió y siguió leyendo el periódico.

—Ayer Ada Rosa dio a luz —dijo ella.

Levantó la vista del periódico. La miró detenidamente a los ojos. Ella desvió la vista, bajó la cabeza y se puso a jugar con el anillo de bodas.

—¿Quién es ella?

—La que vive enfrente... tú la conoces.

—Ah... —dijo él. Volteó la página del periódico.

—Se te va a enfriar la sopa.

—Ya está fría.

—¿Te la caliento otra vez?

—No, no hace falta... no tengo hambre —dijo, volviendo a mirarla—. ¿Qué nombre le va a poner?

Ella levantó la cabeza y lo miró unos segundos. Algo le brilló allá adentro.

—No lo sabe todavía. Me preguntó y le dije que si era varón le pusiera Ernesto o Alexis, y si era hembra, yo le pondría Mylena...

Él soltó bruscamente el periódico y empujó el plato hacia un lado. Dijo:

—Dame agua.

Ella se levantó. Tomó el plato de la mesa.

—Hay arroz y pescado, ¿no quieres?

—No, ya no tengo hambre.

Ella trajo el vaso de agua, que dejó sobre la mesa. Después fue hacia la cocina y apagó la luz.

—Voy a acostarme... estoy cansada. ¿Vienes?

—Ahora —dijo él tomando nuevamente el periódico. Se levantó y siguió tras ella.

Entraron al cuarto. Ella se desvistió. Abrió el escaparate y sacó un refajo lleno de encajes, muy corto. Lo miró detenidamente unos segundos. Luego, volvió a colocarlo en su lugar. Buscó un pijama de algodón y se lo puso. Él levantó la vista y tiró el periódico al suelo. Ella se acostó boca arriba. Él se desvistió. Apagó la luz. Se tendió lentamente en la cama. Estiró la mano y la colocó sobre uno de sus senos. Ella retiró la mano con suavidad y se dio vuelta.

—Hasta mañana —dijo.

Él quedó pensativo unos segundos. Después también se dio vuelta.

—Hasta mañana —le contestó.
 

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