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EL QUITRÍN POR UN PENTAGRAMA

Josefina Ortega
| La Habana
 

Por el Prado y la Alameda /
 balanceándose triunfal /
 con su carga de belleza/
el quitrín airoso va... Sube y baja /
 baja y sube/
 y viene y va/
 y el quitrín, como un esquife/,
 la calzada surca ya...

En el profuso panorama musical popular cubano, no es raro que muchos creadores hayan dedicado al menos una pieza de su repertorio a las cosas cotidianas, que no por comunes dejan de tener aquella maravilla que engrandece la vida y que lamentablemente no todos son capaces de ver.

Así no es raro que hoy muchos llamen a Juan Formell, director de la famosa orquesta Van-Van, como el cronista de la realidad contemporánea cubana: de sus temas no escapan ni el carnicero, ni el temba* que se enamora de jovencitas,  la vieja fea, ni el dicho popular de moda.

Del mismo modo, otros creadores cantaron en épocas pasadas a célebres esquinas de La Habana, como a sus personajes peculiares, esos locos gloriosos que toda ciudad que se respete debe tener recorriendo sus calles.

Pero la costumbre no es nueva ni comenzó  a mitad del  siglo XX, porque muy a finales  del  XIX se estrenaban canciones de este corte que llegaban a ser muy populares.

Tal es el caso de la canción “El quitrín” con música del gran Jorge Anckerman y letra del no menos grande libretista y autor teatral Federico Villoch.

El quitrín era  el más popular medio de transporte de la clase menos popular que pueda pensarse en la sociedad habanera decimonónica.

Era ―según se describe en viejas crónicas de la época― un carruaje tirado por un caballo, con dos enormes ruedas colocadas detrás del cuerpo principal del vehículo, dos largas varas ― de largo exagerado para buena parte de los extranjeros que visitaban la ciudad― y un amplio asiento.

Su antecesor, la volanta, era bastante parecido, con cubierta para resguardar del sol y de la lluvia: La diferencia estribaba en que el quitrín, de líneas más estilizadas, tenía la virtud de poseer la capota en forma de fuelle y que bajo en nombre de “vaquetón” permitía descorrerla a voluntad,  ora para guarecerse de las inclemencias del tiempo, ora para consentir una vista amplia en derredor, cosa que hacían muchos, sobre todo las damiselas, quizás no para mirar, sino para que las miraran a ellas.

La adición de un  muelle de acero, traído de Norteamérica y cuya marca de fábrica era “Catherine”, hizo que al pronunciarse de forma incorrecta pasara a llamarse Quéitrin. De ahí, a llamarse “quitrín”, no fue más que un paso.

El conductor era siempre un esclavo, montado sobre el caballo de tiro, y ataviado con lujo ―botas altas y sombrero de copa siempre incluidos―,  en dependencia de la posición social del dueño del carruaje.

Una anglosajona de visita en La Habana,  nombrada Frederika Bremer, escribía que las habaneras parecían un ramillete de flores más encantadoras del mundo, subidas en sus quitrines, con sus brazos y cuellos al aire, y vestidas con trajes blancos de gasa, como para un baile.

Mucho después de que dejara de usarse tal tipo de vehículo, Villoch y Anckerman crearon la canción sobre el carro, para una pieza teatral de las muchas que hicieron juntos.

Jorge Anckerman, un habanero nacido en 1877, en el populoso barrio de Santo Ángel ―el 23 de marzo―,  y considerado uno de los más importantes compositores cubanos,  ya a los ocho años tocaba el contrabajo en la orquesta de la familia  ―el padre le adaptó un violonchelo con tres cuerdas―, y fue autor de unas seiscientas partituras que estrenaba regularmente en el teatro Alhambra, además de las más de tres mil obras que compuso.

Federico Villoch, matancero nacido en 1869, el 6 de agosto, y uno de nuestros autores teatrales más fecundos, era en cambio un afamado creador de comedias que se hizo conocido primero en el teatro Irijoa y después en el Alhambra, con obras como Las Ligas de Rosario, Napoleón o La Isla de Las Cotorras.

En dueto de Ankerman-Villoch sería autor de buena parte de lo mejor del teatro bufo cubano.

El quitrín, evidentemente, no pasaría ajeno a la creación de estos dos “monstruos” de las tablas cubanas.
 

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