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Bladimir Zamora Céspedes | La Habana

EL PAPÁ DE JULÍAN

Música de Armando Oréfiche en La Jiribilla

Si yo le digo Mesié Julían, no dudo que de inmediato a usted le venga a la mente la figura irrepetible de Bola de Nieve, y si a continuación pronuncio el nombre de Armando Oréfiche usted me ponga cara de no entender  la razón. Desde luego, usted no es el mayor culpable, sino los muchos conductores de la programación radial o televisiva, que la mayor parte de las veces dicen el nombre del intérprete y el título de la canción, omitiendo a su autor, sin el cual no pudiera uno disfrutar la pieza en cuestión. No es ahora mi interés  hurgar en los entresijos de la producción de estos medios, sino contribuir al reconocimiento del autor de esa rumba que Ignacio Villa nos dejó para siempre, protegida por su voz de dulce caverna.

El cinco de junio de 1911, nació Armando Oréfiche Vega, en el habanero municipio de Marianao. Aunque llegó a graduarse de lo que por entonces se llamaba maestro normalista, lo suyo era en verdad la música, de lo cual dio suficientes pruebas bien temprano.  Recibió clases de piano, que a estas alturas no serían consideradas ni de nivel medio y sin embargo le bastaron para  mostrar su gran talento en la composición de boleros, guarachas, rumbas y congas.

Muy jovencito, Oréfiche fue uno de nuestros magníficos pianistas que amenizaban las proyecciones de cine silente en la capital cubana. Su consagración al trabajo le acercaría a proyectos de mayor envergadura. La estrecha amistad con Ernesto Lecuona, fue la puerta principal por donde  saldría a la proyección internacional.

Ya a inicios de la década del 30 él mostraba muy buenas aptitudes como director de orquesta. Era frecuente encontrarle en este quehacer, conduciendo la banda acompañante de revistas musicales que se presentaban en el teatro América. Allí estaba cuando en 1932 el autor de La Comparsa, que se encontraba en España, le pidió que armara una orquesta y lo más rápido posible se uniera a él en tierras hispanas, con el objeto de ofrecer varios conciertos en plazas europeas.

Oréfiche cumplió la petición de su genial coterráneo, llegando a Madrid con una agrupación que enseguida bautizaron como Lecuona Cuban Boys. Sin embargo,  no se llegó a producir  ninguna  presentación de la orquesta  con la participación del creador de La Malagueña. Lecuona se enfermó de repente y regresó a La Habana.  A  partir de ese momento el joven Oréfiche asume definitivamente la conducción de la agrupación, me imagino que inconsciente todavía de que se pasaría el resto de su vida mostrando los colores de la música cubana por el mundo. Durante siete años estuvo la Lecuona Cuban Boys tocando en muy connotadas plazas de países de Europa y el Oriente: España, Francia, Suiza, Inglaterra, Suecia, Dinamarca, Noruega, Dinamarca, Hungría,  Austria, Italia, Marruecos, Egipto, Mónaco y Bélgica.  En este último país fueron sorprendidos por la noticia del inminente comienzo de la Segunda Guerra Mundial., por lo cual regresan a Cuba en 1939.

Estar al frente de la Lecuona Cuban Boys le permite a Oréfiche  dar a conocer numerosas obras de su catálogo, que como el mismo caso de Mesié Julián, ya él había compuesto antes de iniciar su carrera internacional. Las constantes actuaciones le demandan también piezas nuevas, que aunque no descartan el montaje de trabajos de otros compositores, dependen fundamentalmente  del talento creador de Oréfiche. No pocas veces se ha dicho  que su orquesta era demasiado blanca. Ello, sin advertir matices, me parece injusto. Gracias a instituciones como esta y también la de Xavier Cugats, entraron por primera vez a salones de Europa y América del Norte, vertientes musicales cubanas como la conga y la rumba, aunque fuese a través del tamiz de una agrupación concebida para armar shows  ante un público foráneo, que no hubiera aceptado en principio pura y durante las expresiones de estas músicas. Y si las tomaron en cuenta después fue, entre otras cosas, por la contribución introductoria de trabajos como el de Oréfiche.

Los años de 1940 a 1945 fueron de mucho trabajo para  la Lecuona Cuban Boys en plazas cubanas y de otros países de nuestra América, en los cuales tuvieron tanta o más aceptación, de la que habían gozado en Europa y el Oriente: Panamá, Venezuela, Argentina, Chile, Brasil, Perú. En 1945 va por primera vez a Estados Unidos. Allí también cosecha mucho éxito. Poco después decide dejar la agrupación  y fundar otra que se llamó Havana Cuban Boys, con la cual repite sus actuaciones en plazas europeas.

Hasta 1960 Armando Oréfiche estuvo al frente de su orquesta y a partir de este año trabajó sobre todo como solista. Tocando en su cubanísimo piano, las más populares piezas de su catálogo. En medio de su constante ir y venir, decidió en la misma década del 60  establecerse definitivamente en Madrid.

En 1992, gracias a Gastón Baquero, pude visitar a Oréfiche en su apartamento de número tres de la Calle de los Dos Amigos, muy cerquita de  la Plaza de España.  Me admiró la cubanía  de su conversación, su desbordante manera de ser músico sobre todas las cosas. En una  sala abarrotada de  trofeos y fotos, donde se le veía posando al lado de las más increíbles personalidades, como el mismísimo Príncipe Makarios, de Chipre.

Cuando menos lo imaginé, se sentó al piano y con una energía, como salida de una conga callejera, Oréfiche me regaló, a boca de jarro, su versión de una de las composiciones suyas más internacionalmente conocidas: Mesié Julián.  Es la única vez que no he necesitado de Bola de Nieve, para subirme a su mayor disfrute.
 

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