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EL CICLÓN DEL 33

Cuando observo las medidas con que la Revolución previene al pueblo para aminorar los daños que pueda provocar el paso de un huracán y, posteriormente, el cuidado que se pone en la reparación inmediata de esos daños, no puedo menos que recordar aquellos dolorosos días en que la población paseaba su fantasmagórica caravana por las calles de mi pueblo, ante la inclemencia de la naturaleza y de los hombres.

Enrique Núñez Rodríguez | La Habana


En la década de los años treinta, mi padre, Tito el del correo, era el encargado de anunciar los ciclones en mi pueblo. Como Jefe de Telégrafos era quien recibía el telegrama del Observatorio Nacional, con el parte diario del estado del tiempo. Debía, entonces, comunicarlo al ayuntamiento y de acuerdo con la intensidad de los vientos se izaban en el edificio de la administración municipal las banderas de distintos colores, verde, amarillo y rojo que le indicaban a la población las fases de información, alerta, y alarma ciclónica. Eran, por entonces, famosos los nombres de algunos meteorólogos como el Padre Gutiérrez Lanza del Observatorio de Belén. Posteriormente se popularizaron los nombres del Padre Goberna y el no menos famoso Millás, Capitán de Corbeta Como es lógico, en varias ocasiones los pronósticos no se correspondieron con el paso del ciclón, y papá perdió credibilidad como meteorólogo. De manera que cuando reportó el parte del ciclón, a raíz de la caída de Machado, en el año 33, la respuesta popular fue casi unánime. En vez de tomar las precauciones para el paso del huracán la gente se decía al ver flotar en el ayuntamiento la bandera roja del máximo peligro: "Eso es mentira de Tito el del correo". Y se acostaron a dormir tranquilamente sin asegurar las puertas y ventanas como era lo indicado. Recuerdo un cielo limpio y estrellado la noche anterior al paso del huracán y recuerdo también los techos de las casas volando en horas de la madrugada ante la sorpresa de los incrédulos vecinos. Al día siguiente faltaban varias casas en el pueblo y entre ellas la del cine Quemado Garden, quizás la instalación más bella del pueblo. Los hierros retorcidos de los dos centrales azucareros eran una muestra indiscutible de la fuerza del huracán. Entonces vi por primera vez en mi vida los cadáveres de las víctimas tendidos en los portales sin más aditamento fúnebre que una vela en la botella que le servía de candelabro. Los daños en la agricultura y las inundaciones hicieron que aparecieran en el pueblo centenares de damnificados de las zonas rurales que recordaban las fotografías de la Reconcentración de Weyler. El hambre debió cobrar varias víctimas entre aquella masa de campesinos. Los niños enfermos no tenían medicinas para su atención. No hubo auxilio para los que perdieron sus viviendas. El ciclón del 33 produjo, también, una consecuencia inesperada. Se llevó a un Presidente de la República, ya que al visitar Sagua la Grande los politiqueros de turno lo sacaron del poder con un golpe de estado. Cuando observo las medidas con que la Revolución previene al pueblo para aminorar los daños que pueda provocar el paso de un huracán y, posteriormente, el cuidado que se pone en la reparación inmediata de esos daños, no puedo menos que recordar aquellos dolorosos días en que la población paseaba su fantasmagórica caravana por las calles de mi pueblo, ante la inclemencia de la naturaleza y de los hombres.

Es por eso que no puedo evitar emocionarme cuando veo en la televisión a los vecinos de las zonas más afectadas por el ciclón asegurándoles a Fidel que con su esfuerzo reconstruirán el país en el más breve plazo, y despidiéndolo alegremente al grito de Fidel, Fidel, Fidel.

En el orden personal me satisface saber que, a partir del ciclón del 33, y mientras mi padre fue Jefe de Telégrafo, en mi pueblo ya nadie más dudó de sus pronósticos. 

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