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LA REVOLUCIÓN DEL FUTURO
 
La Revolución cubana constituye la única evidencia viva de que el proyecto revolucionario es posible y que, aun siendo todavía una excepción, no es un caso excepcional, como apuntara el Che. Tiene que ver con la proyección de un pensamiento que no se limita a la crítica de lo existente, sino que se plantea la toma del poder político para transformar la realidad.


Jesús Arboleya Cervera| La Habana


La Revolución cubana cumple cuarenta y cinco años de existencia. Una mirada al acontecer histórico de la segunda mitad del siglo XX advierte un carácter insólito en el acontecimiento. Son escasos los procesos políticos que han sobrevivido a contrapelo de los intereses norteamericanos y ninguno ha tenido que enfrentar una oposición más sostenida y abarcadora. Convendría explicarse las causas de esta capacidad de resistencia para entender su trascendencia.

A pesar de que el triunfo revolucionario en Cuba coincide con la ola de movimientos anticoloniales que ocurren una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial y se integra orgánicamente a ellos en el contexto de las luchas políticas del Tercer Mundo, la Revolución cubana tiene otra naturaleza y son otras sus implicaciones, ya que no se contrapone a un régimen de dominación en bancarrota, como sucedía en estos casos, sino que enfrenta al modelo hegemónico que entonces pretendía extenderse al resto del mundo.

Dicho en otras palabras, es el temprano desarrollo del modelo neocolonial en Cuba y su dependencia respecto a EE.UU. lo que determina la naturaleza de la revolución y justifica la generalización de su experiencia, en la medida en que este modelo avanza en su aplicación hacia otros países. Ello la convierte en la primera revolución antineocolonialista de la historia, una condición que determina su especificidad y la ubica como en un problema integral y permanente para la política estadounidense. Por antojo de la historia, el fenómeno revolucionario cubano deviene laboratorio social de la revolución posible en las condiciones que impone el neoimperialismo norteamericano.[1] 

Según planteara Lenin, la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana de 1898 constituyó la primera guerra imperialista de los tiempos modernos. Ella frustró los ideales independentistas cubanos e inauguró el neocolonialismo como un nuevo tipo de dominación. A impedir que esto ocurriera se remonta la prédica martiana de la revolución. Fracasó debido a la muerte del líder y a la insuficiente cohesión de las fuerzas independentistas más radicales, pero su pensamiento se convirtió en rector de las luchas revolucionarias posteriores y la posición frente a EE.UU. estableció la línea de demarcación del debate político nacional por más de un siglo.

A la intervención de las tropas norteamericanas siguió la independencia restringida por la ingerencia política y el control económico de EE.UU. Uno tras u otro, se sucedieron los gobiernos subordinados a los intereses estadounidenses a lo largo del período republicano. Más o menos venales o más o menos represivos, la corrupción y la represión serán las constantes del sistema político republicano hasta la implantación de la dictadura batistiana en 1952.

La dictadura, antes que la revolución, desmanteló los mecanismos de gobernabilidad de la “democracia representativa” en Cuba. Pero muy pocos abogaban por su reconstrucción. Percibido como el aborto del movimiento independentista y del proceso revolucionario de 1930, el esquema de la democracia representativa gozaba de escasa credibilidad en Cuba y resultó fácilmente descartado por el discurso revolucionario una vez que se alcanza el triunfo. Condicionada por la propia historia del país, la propuesta revolucionaria no podía ser otra que el desmantelamiento del sistema neocolonial. Ello originó una contradicción insalvable con EE.UU., ya vino a reflejar tanto las debilidades históricas del modelo, como la posibilidad y la manera de enfrentarlo con éxito.    

La revolución cubana ocurre en el preciso momento que la vida política norteamericana se centraba en el debate respecto a la necesidad de remodelar su entonces emergente sistema hegemónico. Este debate no solo respondía a la necesidad de ajustar la política exterior a los requerimientos impuestos por su ascenso a primera potencial mundial, sino que, al mismo tiempo, estaba relacionado con los problemas domésticos resultantes de la militarización del país. Un fenómeno que condiciona el diseño del modelo y establece las pautas para su relación con el resto del mundo.

En 1960, la industria militar representaba el 10% del producto bruto nacional y empleaba al 10% de los trabajadores. Los contratos del Pentágono con particulares superaba la cifra de negocios de la industria automovilística, cien grandes consorcios acaparaban estos pedidos y 10 de ellos controlaban el 30% de las solicitudes. Dado que la venta de armas al exterior no sobrepasaba el 4% del valor del presupuesto de defensa, el gobierno, y por su vía el pueblo norteamericano, devino en el comprador por excelencia de las armas que producía su propia industria.[2]

Así, en una especie de aplicación militarista de la teoría keynesiana, los gastos de defensa sustituyeron a las inversiones públicas como el principal impulsor de la economía y el desarrollo científico y tecnológico, cuyos resultados pasaron a formar parte del patrimonio de las grandes empresas productoras de armas. De esta manera, aumentó el grado de privatización de las utilidades resultantes de la política oficial y el Estado militarista se convirtió en el verdadero regulador de la economía del país. A través de él se articula el consenso de la clase dirigente norteamericana, se ejerce su poder sobre la sociedad y se aplica el dominio de EE.UU. sobre el resto del mundo. 

Al no estar condicionada a un espacio geográfico determinado, la industria militar se extiende por todo el país y es una de las causas de la emigración interna que acontece en la segunda mitad del siglo XX. Ello influye de manera directa en la política doméstica: se transforma el padrón electoral de ciertas regiones, se articulan nuevas alianzas y el lobby de los grandes productores de armas adquiere una influencia decisiva en la toma de decisiones de las instituciones norteamericanas. Al final, el capital militarista interviene o se fusiona con otras ramas de la economía —energía, acero, aviación, química, biotecnología, comunicaciones, computación y exploración espacial; hasta alimentos, cosméticos y servicios sanitarios— y sirve a la ampliación de los grandes conglomerados y las empresas transnacionales norteamericanas. Tal y como advirtió Eisenhower, se consolida un complejo militar-industrial que establece los intereses más generales de la nación y determina las carreras de los políticos de turno.

Contrario a cierta lógica hegemonista, interesada en la estabilidad de un orden que la beneficie, la política norteamericana tiene que fundarse en la fabricación de un clima de temor e inseguridad porque así lo requiere la militarización del país. Como el mercado de las armas es la guerra, la existencia de un enemigo constituye un requisito constante del diseño hegemónico. El comunismo aparece entonces como una fuerza fantasmagórica que pretende la dominación del mundo y a la Unión Soviética se le achacan pretensiones expansionistas, cuando, en realidad, más que extenderse, la Unión Soviética pretendió crear un cordón geopolítico de seguridad que terminó por convertirla en una potencia opresora de sus vecinos y limitó su capacidad de liderazgo del movimiento revolucionario mundial.

Aunque la existencia del campo socialista constituía un freno a la hegemonía norteamericana, el verdadero objetivo de la guerra fría fue militarizar un conflicto esencialmente político e ideológico, y que esto sirviera de pretexto para la carrera armamentista. Su consecuencia fue la subordinación de la economía mundial a las exigencias de la producción de armamentos y la entronización de un criterio intervensionista en la política exterior de EE.UU. que se vincula con la supuesta seguridad del país. El problema consistía en dotar a este intervensionismo de una cultura capaz de proveer un mayor nivel de “calidad” al sistema, mediante la fabricación de una imagen más atractiva de EE.UU.

El intento de combinar militarización e intervensionismo, con la aparente promoción de la democracia y la libertad en el mundo, se consolidó como estrategia de la política exterior norteamericana cuando John F. Kennedy asumió la presidencia de ese país. Se trataba del más joven de cuantos hubiesen ocupado el cargo, el primero nacido en el siglo, el único católico, el único de origen irlandés. Decía representar a la generación encargada de fijar “nuevas fronteras” al poderío norteamericano. Si Monroe había establecido el dominio estadounidense dentro de los confines americanos, Kennedy trató de extenderlo hasta el infinito, ni el Cosmos quedó fuera de sus sueños expansionistas. Contrario a lo que muchos afirman, Kennedy no fue un enemigo del complejo militar-industrial, más bien contribuyó como pocos a la política que servía a estos intereses. Si bien no tuvo tiempo para implementar todos sus planes y estos enfrentaron la resistencia de los sectores conservadores, en buena medida sirvieron de base teórica para el perfeccionamiento del modelo. 

En su momento, el principal aporte de Kennedy a la estrategia de dominación de EE.UU. fue convertir a los países del Tercer Mundo en el centro de la guerra fría y ubicar los procesos de liberación y reformas nacionales dentro de este contexto, argumentando la necesidad de una política que tuviera en cuenta las particularidades de esta situación y propusiera soluciones novedosas para el reto que ello constituía. Esta propuesta se denominó “estrategia de respuesta flexible”, la cual consistía en aumentar la capacidad de EE.UU. para actuar en cualquier circunstancia y en varios escenarios al unísono.

En resumen, prepararse para los cambios implícitos en el proceso de descolonización que siguió al fin de la guerra. Estos cambios, a la vez que resultaban favorables para la expansión del capital norteamericano, en tanto significaban el desmantelamiento de los viejos imperios europeos y la apertura de los antiguos mercados coloniales, se combinaban con un clima estratégicamente inseguro, en la medida en que los movimientos de liberación nacional y los nuevos gobiernos resultantes de sus luchas adoptaron una neutralidad que preocupaba a EE.UU. o se inclinaban al socialismo. 

Para enfrentar esta realidad surgió la teoría de la “construcción de naciones” —nation-building—, encaminada a contrarrestar las opciones revolucionarias y mantener o incorporar a los países del Tercer Mundo dentro de la órbita norteamericana. La contrainsurgencia aparece entonces como el medio ideal para alcanzar este fin. La aplicación de sus métodos permitió superar las limitaciones que imponía el uso del arma atómica y evitar las complicaciones políticas resultantes de la intervención armada en gran escala. El uso de grupos militares y paramilitares nativos, el desarrollo de “fuerzas especiales” norteamericanas para intervenir de manera abierta o encubierta en conflictos de carácter local y las “guerra sucias” organizadas por la CIA, fueron asumidas como doctrina oficial de la política estadounidense hacia el Tercer Mundo.

Fue una estrategia pensada a partir de la revolución cubana y su consecuencia más inmediata fue convertir el poderío militar en un recurso más disponible y atractivo para la consecución de los objetivos norteamericanos.  No obstante, para Kennedy, la aplicación de estos métodos debía estar acompañada de una construcción ideológica que sustentara sus avances en nombre de la civilización. Una nueva cruzada redentora, que ahora contaría con los recursos extraordinarios de las novedosas tecnologías de la comunicación, debía servir para recomponer la imagen del imperio. A Kennedy le preocupaba la opinión pública y ello condicionará su política hacia el Tercer Mundo. En particular hacia Cuba y su influencia en el entorno latinoamericano.   

Su propuesta consistió en avanzar hacia una “revolución de las clases medias” que transformara el orden tradicional de la región. Con este fin, en marzo de 1961, anunció la puesta en marcha de la Alianza para el Progreso. Según sus propias palabras, constituía el proyecto más ambicioso y abarcador que jamás se hubiera planteado EE.UU. para el área. En realidad lo era, toda vez que no solo buscaba desplazar del poder a la oligarquía tradicional -ahora un obstáculo para sus reformas-, sino producir una “nueva clase” integrada orgánicamente al nuevo modelo hegemónico.[3]

Esta idea se adelantaba tres décadas a la implantación del neoliberalismo en América Latina, pero fracasó debido a la incapacidad aún del sistema para superar las contradicciones que generó el proyecto. Enfrentada tanto con la oligarquía tradicional -aliada a un sector de los grupos monopólicos norteamericanos que trasladaron este conflicto al plano interno de la sociedad estadounidense-, como con las  fuerzas revolucionarias, la Alianza para el Progreso terminó amargamente con la generalización de dictaduras en la región y los sectores populares tuvieron que sufrir la represión más brutal que recuerda la historia del continente.  

La revolución cubana representaba la opción más radical y se convirtió en la inspiración de las fuerzas que se planteaban la toma del poder del político mediante la lucha armada. En términos prácticos, los revolucionarios cubanos colaboraron de muchas maneras con este empeño y el país devino en el principal promotor de un movimiento revolucionario mundial que actuó, en buena medida, al margen del campo socialista e, incluso, contra el criterio de sus gobernantes y los grupos políticos que le eran afines. Acusada por EE.UU. como un “satélite” de los soviéticos, la revolución cubana resultaba en realidad un cometa capaz de encender el mundo.

Aunque su alianza con el campo socialista constituyó una necesidad práctica que contribuyó de manera decisiva a la supervivencia de la revolución en los primeros momentos y los revolucionarios cubanos la asumieron voluntariamente con un criterio clasista y un compromiso estratégico que formaba parte de las concepciones ideológicas propias de la revolución. A partir de la Crisis de Octubre –originada en parte por el interés cubano de aportar ventajas al equilibrio nuclear entre los bloques hegemónicos- quedó claro que el enfrentamiento a una invasión armada por parte de EE.UU. dependería básicamente de los propios cubanos.

La voluntad de morir en el empeño y hacer pagar un alto precio por el intento constituyó un disuasivo a la agresión. De todas formas, la asimetría de las fuerzas ha sido tal, las facilidades tácticas tan evidentes, la agresividad norteamericana ha resultado tan consistente, que siempre surge la pregunta de por qué EE.UU. no se ha decidido a invadir Cuba.  Desde el punto de vista coyuntural, quizá sean muchas las respuestas: las primeras indecisiones de Eisenhower, el temor de Kennedy a desprestigiar la credibilidad de su modelo hegemónico, las complicaciones resultantes del fracaso en Viet Nam, las exigencias de la “detente” preconizada por Nixon, el cambio de concepción de la política de Carter o la existencia de otras prioridades y nuevas dificultades durante los gobiernos que siguen, en particular los de Reagan y George W. Bush, los cuales incluyeron —o incluyen— esta posibilidad entre sus objetivos. Sin embargo, la constante estratégica ha sido que, frente a esta opción, todos toparon con el dilema planteado por el prestigio de la revolución cubana, en otras palabras, con su legitimidad.

Esta legitimidad viene dada por una política que se corresponde con la naturaleza clasista de la Revolución y su sentido nacionalista, entendido como la independencia y la soberanía del país, sin menoscabo de los intereses legítimos de otros. Ha sido una revolución proletaria, de los desposeídos, el tipo de revolución popular posible en un país del Tercer Mundo. A la unidad de estos sectores alrededor de un proyecto nacional contribuyó la madurez del sistema neocolonial en Cuba, generador por sí mismo de una tremenda polarización social y un grado de dependencia externa bien definido, incluso humillante para los cubanos. Ello facilitó la efectividad del mensaje antiimperialista, avalado por la radicalidad de los cambios y la implantación de un sistema mucho más equitativo de la distribución de la riqueza del país.

Los beneficios materiales, el romanticismo implícito en la epopeya y un nuevo sentido de la dignidad, sirvieron de sostén a la mística subjetiva que generó el triunfo revolucionario. La mayoría de la población asumió la revolución como un proyecto de vida y enfrentó las vicisitudes provocadas por las agresiones y los errores propios con la integridad y la fe resultantes del sentido heroico de la resistencia. La integración de las fuerzas revolucionarias, que culmina en la formación del Partido Comunista, fue la consecuencia de un proceso clasista que condujo a la unidad nacional y que se articuló sobre la base del enfrentamiento con EE.UU. Ello ocultó, o inhibió, cualquier otra discrepancia.   

Algunos plantean una supuesta falta de concatenación entre las condiciones económicas del país y la radicalidad que asume el proceso revolucionario cubano de 1959. Esto ha servido para cuestionar la necesidad de las medidas revolucionarias y reducirlas al voluntarismo de sus dirigentes, en particular de Fidel Castro, a quien se le achaca un enfermizo afán de poder.  Si este fuera el caso, la lógica debió haber sido hacer lo contrario, ya que está demostrado que enfrentarse a la hegemonía norteamericana no es la fórmula más sabia para que un gobernante se mantenga en su puesto. No obstante, más allá de esta intención política, el argumento referido a la relación entre situación económica y revolución tiene otros valores que merecen ser analizados. 

Es cierto que, en la década de los años 50, Cuba se ubicaba entre los países con mejores índices económicos de la región. Era la segunda en el ingreso per cápita; la primera en televisores, teléfonos y automóviles por habitante; la tercera en consumo alimenticio y la cuarta en personas alfabetizadas. Era también donde más Cadillacs por persona se vendían. Sin embargo, de acuerdo con los patrones norteamericanos –punto de referencia real de la economía cubana de entonces- el ingreso por habitante resultaba un tercio del de Mississippi, el estado más pobre de la Unión en aquellos momentos. Además, se necesitaba más dinero para vivir en Cuba que en cualquier parte de EE.UU. Según las estadísticas de la época, La Habana constituía la cuarta ciudad más cara del mundo —después de Caracas, Ankara y Manila— , también era una de las más corruptas debido, entre otras cosas, a la incidencia de la mafia norteamericana en la vida económica y política del país.

Aunque en la capital habitaba apenas el 10% de la población, aquí se concentraba el 80% de las construcciones, el 70% del consumo eléctrico, el 62% de los salarios e ingresos, el 73% de los teléfonos y el 60% de los automóviles. El censo de 1953 indicaba que el 68,5% de los campesinos vivía en bohíos con techo de guano de palma y piso de tierra, el 85% no disponía de agua corriente y el 54% no poseía ningún tipo de servicios sanitarios. Cuatro años después, la Agrupación Católica Universitaria –una de las organizaciones más conservadoras del país- agregaba que el ingreso promedio diario de los trabajadores agrícolas apenas alcanzaba los 25 centavos, su alimentación básica era arroz y viandas, solo un 11% de las familias consumía leche, el 4% carne y el 2% huevos. El 14% padecía o había padecido tuberculosis, el 36% tenía parásitos y el 44% no sabía leer ni escribir. [4]

Aun cuando eran insultantes las desigualdades generadas por este injusto sistema de la distribución de la riqueza nacional, y esto fue un factor que influyó en el desenlace revolucionario, evidentemente la revolución no fue resultado directo de un entorno de pobreza absoluta. Ello no constituye una rareza histórica, el pauperismo de ciertos pueblos y comunidades puede generar revueltas, en algunos casos muy violentas y destructivas, pero para que cuaje una revolución –entendida como cambios estructurales básicos de un régimen determinado- se requiere de cierto grado de desarrollo, de la capacidad para comprender la realidad y escoger alternativas, en definitiva, de una cultura política. Las revoluciones, por muy primitivas que parezcan, constituyen un acto consciente de las masas. Lo que los revolucionarios cubanos han denominado las “condiciones subjetivas” de la revolución.

El mérito histórico de Fidel Castro consistió en encarnar estos anhelos y convertirlos en voluntad política. La emergencia del líder revolucionario hay que entenderla a la luz de la realidad del momento, de las tradiciones políticas del país y del entorno internacional en que se desenvuelve la revolución cubana. En un mundo sumido en el caos como resultado de las extraordinarias transformaciones que se vivían en la posguerra, el buen gobierno se identificaba más con la aparición del líder que con la confianza en las instituciones. Mucho más en Cuba, debido a las frustraciones resultantes del proceso anticolonial y la instauración de la república. Frente a la ausencia de otras alternativas, el pueblo cubano también andaba en la búsqueda de un líder que cuajó en la figura de Fidel Castro. Al frente de un movimiento heterogéneo y escasamente organizado, fue el factor que impulsó la insurrección y articuló la cohesión indispensable para la resistencia.  Esta es la razón por la cual su asesinato devino una prioridad de los planes norteamericanos desde los primeros momentos.

Basada en el respaldo del pueblo, la revolución derrota al ejército, verdadero sostén del régimen, y arrasa con el poder establecido. El Congreso de la República, resultado de la farsa electoral de 1954, e intrínsecamente ilegal por su dependencia de la dictadura, desaparece con la caída del régimen. Por la misma razón, la mayor parte de los partidos políticos se disuelven en esta coyuntura. Otros pocos continúan existiendo, aunque su influencia en los acontecimientos resulta prácticamente nula debido al desgaste de su credibilidad y las exigencias de la nueva dinámica política. En la medida en que el proceso se radicaliza se produce la integración de los órganos de prensa y los servicios informativos nacionales, los cuales pasan al control del gobierno revolucionario.

Aunque la revolución cubana no puede ser catalogada como una revolución agraria, ya que su alcance nunca se limitó al reclamo campesino por la posesión de la tierra, la transformación del campo cubano constituyó un ingrediente fundamental de su programa político, en tanto la propiedad agraria constituía el sostén económico de la oligarquía nacional y del sistema neocolonial en su conjunto. Transformar esta realidad no solo significaba un requerimiento para avanzar en las mejoras sociales planteadas por la revolución, sino un cambio radical en la estructura de poder imperante en el país. Es por ello que la reforma agraria no se limitaba a la distribución de las tierras baldías —aunque estas alcanzaban casi un 30% del total de la tierra disponible— sino que su objetivo primario fue la proscripción de los latifundios.

La reforma agraria definió el carácter antineocolonial de la revolución antes de que se pensara en el socialismo como una opción inmediata o existieran contactos oficiales con la Unión Soviética. Como ha ocurrido al inicio de todas las revoluciones, lo más claro para los revolucionarios cubanos era lo que debía terminar y lo más claro para sus enemigos lo que debía conservarse a toda costa. Ello aceleró el conflicto inevitable, EE.UU. aplicó medidas punitivas como respuesta a la Reforma Agraria y a ella siguió la nacionalización del resto de las propiedades norteamericanas y de la oligarquía nacional. En pocos años se completó el proceso de estatización de la economía.

Diversos analistas consideran que de este proceso emergió un Estado hipertrofiado, copia de las estructuras establecidas en la Unión Soviética y el resto del campo socialista. En parte es cierto, toda vez que no existía otra referencia y el esquema adoptado en esos países había propiciado, hasta esos momentos, un desarrollo impresionante en el nivel de vida de sus poblaciones. Pero cualquiera que haya sido esta influencia, la implantación del socialismo de Estado en Cuba respondía a la realidad del momento. Tanto al convencimiento teórico de que constituía la opción más revolucionaria, como a la inexistencia de otras alternativas prácticas para resolver el tremendo desajuste administrativo que provocó el desenlace revolucionario.

Era, además, la manera más efectiva de vincular los esfuerzos de toda la nación a las necesidades de la defensa, convertida en la prioridad del país debido a las agresiones de EE.UU. Desde los primeros momentos, cientos de miles de cubanos pasaron a formar parte de las fuerzas armadas y millones más se integraron a las milicias populares. Fueron estas tropas, escasamente entrenadas y mal armadas las que destruyeron las bandas contrarrevolucionarias, vencieron la invasión norteamericana en Playa Girón y asumieron el peligro de un ataque nuclear durante la Crisis de Octubre de 1962. En buena medida, el consenso político se expresó mediante el acceso del pueblo a las armas y su participación en la vigilancia del país. 

Para enfrentar las acciones terroristas, en 1960, fueron creados los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), a través de los cuales se organizó la vigilancia popular en todo el territorio nacional. De hecho, buena parte de la sociedad civil cubana se reorganizó a partir de las necesidades de la seguridad del país y las tareas revolucionarias, lo que constituyó un aporte cubano a la construcción del sistema participativo que requería la revolución en esa etapa. Por eso el Che, con la ruda sinceridad que lo caracterizaba, decía a los entonces jóvenes oficiales del Departamento de Seguridad del Estado que simplemente constituían un mal necesario.[5] Enfrentaba así la tendencia a sobrestimar el papel de estos órganos, un criterio presente entre revolucionarios impresionados por la mística de su labor, pero más explotado por la propaganda contrarrevolucionaria para desvirtuar el carácter popular del enfrentamiento y enfatizar una pretendida naturaleza represiva. En realidad, fue la vigilancia popular la que tornó imposible la actuación de los grupos contrarrevolucionarios dentro del país y la que impuso límites a los planes norteamericanos. 

Aunque el surgimiento de los grupos contrarrevolucionarios se correspondió con las contradicciones lógicas que generó el propio fenómeno revolucionario, esta dinámica estuvo determinada por la intervención de EE.UU. y consistió en el reagrupamiento de las clases desplazadas del poder en Cuba. Más que apoyar, la CIA “inventó” a la mayoría de las primeras organizaciones contrarrevolucionarias. La cantera fundamental fueron los antiguos partidos políticos —incluyendo a los batistianos— y las organizaciones laicas vinculadas a la Iglesia Católica, una institución que aportó al movimiento contrarrevolucionario la influencia de su ideología y su capacidad de convocatoria dentro de ciertos estratos de la población. En todos los casos, fueron grupos representativos de la oligarquía nacional, la cual se integró a la contrarrevolución en una proporción inusitada. Puede afirmarse que por primera vez en la historia cubana, esta clase libró su propia guerra, con escasa participación de otros sectores, lo cual no impidió la amplitud y virulencia de sus acciones, debido al extraordinario apoyo que recibieron del gobierno norteamericano.[6]

La oligarquía cubana funcionaba como la aristocracia de los grupos más privilegiados del país. Aunque desde su origen estuvo vinculada con el neocolonialismo, tenía sus raíces en los grupos comerciales y financieros españoles que sobrevivieron la etapa colonial y en el sector antinacionalista —muchas veces anexionista— de la clase terrateniente criolla. Su integración orgánica con los intereses norteamericanos en Cuba se expresaba mediante inversiones conjuntas y relaciones personales que incluían, en algunos casos, el vínculo familiar. Muchos vivían buena parte del tiempo en EE.UU. y sus hijos estudiaban en ese país. A este grupo podría agregarse un segmento de la burguesía industrial y comercial, así como los grupos que se enriquecían mediante el desfalco del tesoro público y el crimen organizado. Se calcula que la llamada “clase alta” cubana estaba integrada por apenas 15 000 personas.

La ostentación en la forma de vida de esta clase llegó en ocasiones a niveles ridículos. Las páginas sociales de los diarios cubanos reportaban cada día la “presentación en sociedad” y los matrimonios de las “bellísimas” jóvenes de la oligarquía cubana, sus “apuestos” pretendientes y “distinguidas” familias, describían la tela y el modelo de sus exclusivos vestidos y relataban festines comparables con banquetes romanos. Los clubes sociales y los colegios reservados a estas personas aplicaban la más estricta segregación, estableciendo barreras económicas, raciales y de origen social difíciles de salvar, incluso para los nuevos ricos. Se cuenta  la anécdota de que el propio Fulgencio Batista tuvo que utilizar a sus testaferros para que lo admitieran en el Havana Biltmore Yacht and Country Club debido a su condición de mulato.

Por ser considerado un sector parasitario del país, el discurso antioligárquico de la revolución encuentra favorable acogida en el resto de la sociedad cubana. La expropiación de su riqueza es entendida como un acto de justicia largamente anhelado y constituye, además, una fuente de capital indispensable para la propuesta igualitaria que legitima al proceso revolucionario. Derrotada física y moralmente por la revolución, la restauración del antiguo poder oligárquico no tiene otra opción que la intervención norteamericana. En eso, a la larga, se resume el proyecto contrarrevolucionario.  

El plan original de EE.UU. consistía en la creación de un frente contrarrevolucionario interno que, dirigido y abastecido desde el exterior, fuera capaz de derrocar a la revolución. Sin embargo, a los pocos meses de su ejecución, la CIA percibe que el respaldo popular al gobierno revolucionario torna imposible la creación de este frente interno y modifica los planes a favor de una invasión desde el exterior. Aunque cuando Kennedy asume el poder vuelve a la idea de promover revueltas internas que justifiquen la intervención norteamericana y exige la inclusión de elementos más liberales en el frente contrarrevolucionario, los deseos del Presidente no se corresponden con la realidad cubana y ello conduce al fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos.

Kennedy repite este error conceptual en la planificación de la llamada “Operación Mangosta”, un plan subversivo integral que aún constituye el diseño que rige la política de EE.UU. hacia Cuba. La promoción de grupos contrarrevolucionarios en el país y en el exterior, los planes de asesinato de Fidel Castro y otros líderes revolucionarios, el bloqueo económico, el aislamiento internacional de Cuba, las particularidades de la política migratoria respecto a los cubanos y la propaganda internacional contra la revolución tienen su origen en este plan. Su fracaso, una y otra vez, ha estado determinado por la incapacidad para generar un movimiento opositor dentro de Cuba que legitime estas acciones y justifique, en última instancia, la invasión del país. El fracaso de la Operación Mangosta determinó que los polos políticos cubanos quedaran definidos por el estrecho de la Florida. 

A la altura de 1965, cuando resultan destruidas las últimas bandas contrarrevolucionarias que operaban en el centro de Cuba, la contrarrevolución desaparece prácticamente del escenario nacional. Concentrada en el exterior, sobre todo en Miami, además de la realización de eventuales ataques piratas contra las costas y embarcaciones cubanas y la ejecución de sangrientos actos terroristas en muchos países, estos grupos tendrán como prioridad el control de la comunidad de inmigrantes cubanos, ya que de ello depende su base política y social. Así evolucionan hacia la conformación del actual lobby cubanoamericano. Una evolución que transforma la naturaleza de la contrarrevolución en la medida en que la integra orgánicamente a la vida política norteamericana, pero que no cambia su composición clasista, toda vez que continúa actuando bajo la dirección y la inspiración ideológica de la antigua oligarquía cubana, clase que logra reproducir su condición dominante sobre el resto del conjunto de los emigrados.

El cuento de que la oligarquía lo perdió todo como resultado de la revolución y que a costa de su ingenio y laboriosidad lograron recuperarse desde la condición de humildes inmigrantes, constituye uno de los grandes mitos de la historia de la emigración cubana. En 1950, el capital privado de origen cubano depositado en EE.UU. ya ascendía a más de 260 millones de dólares y, solo en el estado de la Florida, las inversiones de cubanos en bienes raíces alcanzaban los 100 millones de dólares. Según datos del Departamento de Comercio de EE.UU., las compras netas de valores y títulos estadounidenses por parte de cubanos reportaron más de 195 millones de dólares entre 1950 y 1955 y ese mismo departamento calculaba que en los siguientes cinco años de esa década se fugaron hacia ese país otros 130 millones. Estas cifras no incluyen el capital que emigró de manera ilícita como resultado de las operaciones de la mafia y de la estampida de la cúpula batistiana, la cual prácticamente vació las arcas de la nación.[7]

Avalados por esta capacidad económica y sus vínculos históricos con los grupos de poder norteamericanos, estos primeros emigrados asumen la dirección del movimiento contrarrevolucionario y resultan favorecidos por las inversiones de capital y las facilidades provenientes de la guerra contra Cuba. Han sido, en definitiva, los grandes beneficiarios de la función contrarrevolucionaria que el gobierno norteamericano asignó a la emigración cubana, una condición que relaciona privilegios con la continua reproducción de la beligerancia, y los que devienen en clase dirigente del enclave cubanoamericano en la medida en que este toma cuerpo. De esta manera, se reproduce en la comunidad de inmigrantes cubanos la estructura social existente en Cuba antes de la revolución y tiene lugar el hecho insólito de la integración casi absoluta de la antigua oligarquía cubana a la sociedad norteamericana.

El papel dirigente de la antigua oligarquía cubana en el movimiento contrarrevolucionario determinó la naturaleza política de la contrarrevolución cubana,  reprodujo su carácter antinacional y condicionó una estrategia restauracionista ajena a los intereses populares. Por lo demás, la emigración de familias enteras debilitó sensiblemente los vínculos afectivos de este grupo con el resto de los cubanos y su contacto cotidiano con el país, lo que unido al proceso de integración a la sociedad norteamericana, transformó su propia condición nacional.

La legitimidad de la revolución se ha visto favorecida por la pérdida de legitimidad de su oposición en el exterior, en la medida en que la emigración cubana ha pasado formar parte de la sociedad norteamericana. No se trata de una experiencia exclusiva de los inmigrantes cubanos, sino que responde a fenómenos relacionados con la composición multiétnica de la nacionalidad estadounidense, donde el proceso de integración de los individuos pasa por su pertenencia a un grupo étnico previamente aceptado por el conjunto social. Los cubanoamericanos continúan siendo cubanos desde el punto de vista étnico porque la sociedad norteamericana como gustaba decir a Lourdes Casal es como una sopa china donde todo está junto pero no mezclado, pero han dejado de serlo en su condición ciudadana, entendida como el sentido de pertenencia y la fidelidad al país donde viven. Simplemente contrarrevolucionarios o no los cubanoamericanos son norteamericanos de origen cubano, igual que los mexicoamericanos, los italoamericanos o los norteamericanos de origen anglosajón.  

Dadas las facilidades que recibieron para su asentamiento, este proceso de integración de los inmigrantes cubanos transitó a una velocidad inusitada y sus consecuencias ya resultaban apreciables en la década de los años 70. En esta coyuntura, ello fue un factor que debilitó la voluntad contrarrevolucionaria y condujo a que los grupos terroristas aumentaran el nivel de violencia en el seno de la comunidad, con el fin de mantener la cohesión y frenar las tendencias que abogaban por el restablecimiento de los contactos con Cuba.

Se trató de un proceso corto pero intenso, muy relacionado con la situación interna de ambos países y los nuevos rumbos que asumió la política exterior de EE.UU. a partir de la victoria de Jimmy Carter. Su estrategia contenida en las tesis de la Comisión Trilateral consistía en superar la “crisis de la democracia” mediante un nuevo enfoque, el cual buscaba reconstruir la cooperación de los países capitalistas desarrollados para el manejo compartido de los problemas globales, aceptar el reto de la “coexistencia pacífica” con el bloque socialista y disminuir los focos de tensión regionales. En lo referido a América Latina, se distinguían los casos de Panamá, Chile, Nicaragua y, claro está, Cuba. Con la cual, aunque no se restablecieron relaciones diplomáticas oficiales, se creó un mecanismo de comunicación bilateral mediante la apertura de las llamadas secciones de intereses.

Por la parte cubana se aprovechó el momento para liberar a miles de presos políticos, se restablecieron los contactos con la emigración cubana y, en general, se creó un entorno que favoreció significativamente el mejoramiento de las relaciones entre los dos países. No obstante, ya para finales del mandato de Carter el deterioro de estos avances resultaba apreciable. En parte fue el resultado de los conflictos que generaba el internacionalismo cubano, pero, sobre todo, fue el reflejo de la explotación del tema de Cuba con fines electorales, como resultado del vuelco hacia la derecha generado por la ofensiva neoconservadora que culminó con la victoria de Ronald Reagan en las elecciones de 1980.

Para Cuba, el triste final del período cartiano fue la llamada crisis migratoria del Mariel. El propio Carter pagó el precio de la demagogia encaminada a alentar la emigración indiscriminada de cubanos, junto con la toma de los rehenes en Irán y las persistentes dificultades económicas internas, el arribo masivo de estos inmigrantes a las costas de la Florida inhabilitó las posibilidades de reelección del Presidente. También tuvo en Cuba profundas repercusiones políticas, toda vez que sacó a flote contradicciones subyacentes en el seno de la sociedad y dieron forma a un tipo de emigración distinta a la anterior, tanto en su condición clasista, como en la experiencia de vida de los sujetos envueltos y sus relaciones con el resto del país. La emigración del Mariel, definida injustamente por ambos bandos como antisociales y “escorias”, fue resultado tanto de las medidas desestabilizadoras emprendidas por EE.UU., como de las debilidades del esquema político que había adoptado la Revolución en ese período.  

A principios de la década de los años 70, la Revolución cubana había emprendido lo que se llamó el “proceso de institucionalización”. Este consistía en reorganizar el Estado revolucionario, superar la improvisación de los primeros años y adecuar el sistema a las necesidades de integración económica con el campo socialista. Los resultados de este proceso fueron desiguales y, a veces, contradictorios. Avanzó la economía, mejoraron los servicios, aumentó el bienestar material y se disfrutó de un nivel de estabilidad y confianza que sirvieron de respiro a las tensiones vividas hasta entonces. Al mismo tiempo, se importaron muchas de las incongruencias del sistema remunerativo y administrativo del antiguo campo socialista, se abandonaron valores y métodos propios de la Revolución cubana, se generalizó la burocratización y el dogmatismo, se limitó el debate público y la mediocridad y el oportunismo impusieron su regla en muchos aspectos de la vida. El “modelo soviético” de socialismo devino paradigma irreprochable para muchos y de manera velada, pero consistente, algunos renegaron de los “idealismos” relacionados con el apoyo al movimiento revolucionario en América Latina.

Sin embargo, mientras esto ocurría, el país se involucra en operaciones internacionalistas de mayor envergadura. Cientos de miles de cubanos participan en las guerras de Angola y Etiopía y la solidaridad cubana resulta decisiva en la liberación de Namibia y en el fin del apartheid en Sudáfrica. La influencia de la Revolución cubana se compara con la de las grandes potencias y se beneficia con el triunfo de los sandinistas en Nicaragua, la propagación del movimiento guerrillero en Centroamérica y el derrocamiento del Sha en Irán. Cuba asume la presidencia del Movimiento de Países No Alineados y las ideas revolucionarias muestran un apreciable progreso, el cual se interrumpe cuando los soviéticos cometen el error histórico de invadir Afganistán y ello facilita la consolidación de las fuerzas de extrema derecha dentro y fuera de EE.UU.

Bajo un aparente monolitismo real en buena medida para lo referido a la defensa frente a la agresión externa el pueblo cubano vivía bajo la influencia de dos tendencias distintas en lo referido a los objetivos del socialismo y los instrumentos ideológicos y organizativos utilizables para su construcción y desarrollo. En ocasiones, estas tendencias se identificaban con dirigentes e instituciones, pero en la mayor parte de los casos simplemente vivían mezcladas en el ideario y la conducta popular, coexistiendo en una dinámica ideológica sumamente compleja. Paradójicamente, este eclecticismo resultó la tabla de salvación del socialismo cubano, ya que fue un freno para la universalización de posiciones que resultaron letales para el sistema en Europa del Este y en la propia Unión Soviética.[8]

En 1986 Fidel Castro criticó públicamente estas desviaciones y la Revolución emprendió el llamado proceso de “rectificación de errores y tendencias negativas”. Ello consistía en una revisión a fondo del sistema socialista cubano, pero resultó interrumpido en su dirección original por la crisis provocada por el desmoronamiento del campo socialista europeo. Denominada en Cuba no sin cierto eufemismo como “período especial” , esta crisis inauguró una nueva etapa para el proceso revolucionario cubano y puso a prueba, como ningún otro momento, la capacidad de la Revolución para sobrevivir prácticamente aislada y en conflicto activo con el orden mundial vigente.

A los problemas heredados de la antigua condición neocolonial, ahora se sumaban los errores de la propia experiencia socialista y las dificultades que a escala planetaria, y en particular para Cuba, provocaba el poder unipolar alcanzado por EE.UU.  El sueño kennedyano de un imperio global se había hecho realidad, nadie servía ahora de contrapeso a la hegemonía norteamericana. Se declaró el fin de la historia y el mundo aparentaba no tener otra opción que la de respetar los designios norteamericanos.

De nuevo Cuba aparece como la gran excepción. Su situación no es comparable a la de los países socialistas asiáticos que sobreviven en un contexto geopolítico diferente. Brusca e inesperadamente ha desaparecido el sistema de relaciones que servía de base a su economía, así como el entorno principal de su inserción en la política internacional. Más importante aún, a los ojos de la mayoría de las personas se desprestigia el socialismo como alternativa del capitalismo y resultan validados los presupuestos de la guerra fría, provocando un tremendo desaliento en el movimiento progresista internacional y la euforia de las fuerzas contrarrevolucionarias en todo el mundo. 

El país enfrenta entonces la crisis económica más profunda de su historia. Los niveles de consumo y los recursos materiales descienden dramáticamente, se interrumpen los planes de desarrollo y la población vive un período brutal de escasez. La mayor parte del día no hay electricidad y muchos duermen a la intemperie para escapar del calor sofocante, se inventan platos con la corteza de la toronja e infusiones y ensaladas con plantas silvestres que pocos animales consumen, se hacen planes oficiales para la llamada “opción cero” que significa nada y se prevé la instalación de ollas públicas en las esquinas para brindar comida a la población en caso necesario. Prácticamente desaparece el transporte público y la gente camina o monta bicicleta para llegar al trabajo. Científicos, médicos, profesores y artistas prestigiosos se suman al maratón cotidiano.

No existe otra convocatoria posible que no sea el llamado a la resistencia, casi por la resistencia misma. La cohesión se sostiene a partir de la confianza en la Revolución y la desconfianza que inspira la contrarrevolución. Ante la destrucción de presupuestos que se consideraban inalterables y el desbarajuste del sistema institucional sobre todo en el área productiva, la figura de Fidel Castro se consolida como el principal asidero de las esperanzas populares. De todas formas, la incertidumbre dispara los niveles de religiosidad, especialmente de las religiones sincréticas cubanas, toda vez que sus santos ofrecen soluciones y están obligados a cumplir con sus compromisos.    

Las tensiones migratorias aumentan. Los EE.UU. alientan la emigración ilegal como otro factor de desestabilización y sus guardacostas recogen a los “balseros” a pocas millas de la costa. Se producen incidentes por el secuestro de embarcaciones comerciales y víctimas en varios enfrentamientos. El gobierno cubano decide permitir la salida por mar de aquellos que lo deseen y la crisis que genera la avalancha de emigrantes conduce a los acuerdos migratorios de 1994. Aunque las violaciones por la parte norteamericana han sido frecuentes y el problema de la emigración ilegal no ha sido resuelto, estos acuerdos todavía constituyen una excepción en las relaciones entre ambos países.      

Pocos imaginaron que Cuba sería capaz de superar esta crisis. Incluso buena parte de la izquierda internacional previó un entierro anticipado de la Revolución cubana. Ni qué decir de EE.UU., el cual creyó que bastaba con un “empujoncito” y convirtió en ley extraterritorial las medidas tendentes a recrudecer el bloqueo, impedir las inversiones de terceros y promover a la contrarrevolución dentro y fuera del país.

En Miami se desempolvaron los planes restauradores de la vieja oligarquía cubana y la euforia contrarrevolucionaria revivió infinidad de grupos ya agónicos, que reclamaban su pedazo en el pastel. Muchos gobernantes se apresuraron a recibir delegaciones miamenses en calidad de “futuros gobernantes de Cuba” y se hizo costumbre que cualquier personalidad que llegara a la Isla visitara a los disidentes como salvoconducto para el porvenir. Un periodista del Miami Herald ganó un premio Pulitzer por un libro donde se aventuraban los “últimos días de Fidel Castro”.

Aunque superada en sus consecuencias más asfixiantes, la crisis aún se manifiesta en ciertos aspectos de la economía nacional y dejó secuelas ideológicas todavía presentes en el sistema socialista cubano. Los niveles de equidad antes existentes a veces doctrinalmente excesivos y ocasionalmente ya violentados por métodos extraeconómicos resultan alterados por razones que no siempre están relacionadas con el aporte social de las personas. La incapacidad del salario para satisfacer a plenitud la canasta familiar a pesar del subsidio estatal a las necesidades básicas ha tenido consecuencias éticas mediante la justificación a escala social de ciertos niveles de corrupción, también demerita la importancia del esfuerzo y la preparación personal como factores de éxito y facilita la extensión de ciertas formas delictivas y conductas denigrantes, las cuales, si bien son comunes en otros países y muchas veces resultan exageradas por la prensa internacional en el caso cubano, son justamente inaceptables para el modelo de sociedad que preconiza la Revolución. Más importante aún, expectativas económicas legítimas de muchos jóvenes, por lo general profesionales educados por el propio sistema, no siempre encuentran satisfacción dentro del mercado laboral, lo cual desvaloriza profesiones indispensables, trastoca valores y estimula la emigración de personas altamente calificadas.

A pesar de estos inconvenientes, la superación de la crisis al nivel actual constituye un hecho solo explicable a partir de la cohesión creada por la Revolución y las virtudes del sistema socialista. Hubo escasez, pero no hambruna; desempleo sin enajenación; tensiones, pero no revueltas; y, mucho menos, represión generalizada, como hubiese sido normal en el resto del mundo. El sistema de salud se mantuvo en los peores momentos y las escuelas continuaron funcionando aunque fuese con papel y lápices “recuperados”. Aunque ignorado en muchos casos por los intelectuales “bienpensantes” de la izquierda como gusta llamarlos Alfonso Sartre, la repercusión de tal desenlace ha sido debidamente comprendido por el imperialismo. La moraleja es que se puede vivir en otro mundo.

De hecho, la Revolución cubana existe prácticamente enajenada de los mecanismos reguladores de la economía internacional. No tiene acceso a los organismos financieros ni a préstamos o créditos estatales significativos, las inversiones extranjeras son escasas debido a las presiones de EE.UU., su mercado natural y buena parte del resto del mercado internacional le está vedado por las condiciones del bloqueo, el cual también la obliga a comprar más caro que los demás. Ni siquiera puede utilizar el dólar en sus transacciones comerciales.

La economía cubana se abrió a la inversión extranjera sin recurrir a las privatizaciones desenfrenadas, y muchas veces recibió el capital que la globalización neoliberal desplazó de sus países respectivos. Paradójicamente, el interés por el mercado cubano creció incluso en EE.UU., hasta convertir a los empresarios norteamericanos en importantes opositores al mantenimiento del bloqueo económico. El turismo llegó a ser la principal industria de la nación, a pesar o gracias a la propaganda desatada contra el “infierno comunista”. Se alcanzó autosuficiencia energética al menos para la generación de electricidad, los resultados de la industria biogenética son reconocidos mundialmente y se realizó una transformación integral de la agricultura, convirtiendo en cooperativas a la mayoría de las granjas estatales y abriendo el mercado agropecuario a las leyes de la oferta y la demanda. 

A pesar de la cantidad de recursos puestos a su disposición y la enorme difusión de sus actividades en el exterior, ni siquiera en las condiciones generadas por la crisis la contrarrevolución ha logrado tener un avance significativo en el entorno cubano. Su protagonismo en EE.UU. depende más de los manejos electorales domésticos que de su impacto real en Cuba y, en última instancia, lo que se discute es la voluntad intervensionista norteamericana y no la capacidad de estas fuerzas para derrocar por sí mismas a la Revolución.

De este esfuerzo se ha beneficiado la llamada disidencia interna, grupos que viven al amparo de la propaganda internacional y que, en la mayoría de los casos, sirven de manera directa a los planes norteamericanos. Ello los enajena del debate político nacional, no exento de contradicciones y discrepancias, pero resultantes de un fenómeno distinto, ubicado de manera lógica dentro del propio proceso revolucionario.

De cualquier manera, ha sido tal el fracaso de esta política que ya el gobierno de EE.UU. refiere el conflicto hacia el futuro y las esperanzas de destruir la revolución se proyectan hacia la “Cuba postCastro”. Se parte del supuesto de que la ausencia del líder romperá la cohesión del pueblo y debilitará su capacidad de resistencia. En otras palabras, sin Fidel Castro, la Revolución perderá su legitimidad y resultará más vulnerable frente a los planes de EE.UU. De esta postura, en apariencia resultado del pragmatismo norteamericano, se infiere que nadie idolatra más al líder cubano que sus propios enemigos. Como ocurrió con el Che, corren el riesgo de pagar por ello el precio histórico de la trascendencia multiplicada de su imagen, deificada para siempre en el ideario popular.

Esta proyección futurista de la contrarrevolución deja establecida la vigencia de la revolución cubana como un proceso antineocolonialista que no ha concluido. Su supervivencia no está dada por decreto, dependerá de la sabiduría de los futuros revolucionarios cubanos para adecuar sus metas e instituciones a las exigencias de las nuevas coyunturas, mantener el consenso popular alrededor del proyecto revolucionario y estimular la voluntad de defenderlo a toda costa, incluso, frente a la siempre latente intervención armada. Si ha sido la legitimidad el freno al belicismo norteamericano, ella dependerá de avanzar cualitativamente en el desarrollo del país, no en un sentido consumista, sino en las creación de las condiciones materiales y espirituales que permitan una mejor realización del ser humano y posibilite retribuir a los individuos como corresponde, según su aporte a la sociedad, premisa conceptual del socialismo.

También dependerá de la solidaridad internacional y del avance de las fuerzas revolucionarias en el mundo. El enfrentamiento con EE.UU. condiciona la “revolución necesaria” en términos prácticos y también su sentido estratégico. La globalización neoliberal y la “guerra contra el terrorismo” más peligrosa que la guerra fría porque no tiene fin ni fronteras que la restrinjan están ahora enfocados exclusivamente contra el Tercer Mundo y constituyen dos procesos orgánicamente integrados a las necesidades del capital transnacional norteamericano y su proyección cada vez más militarista.

A pesar de que este sistema de dominación genera contradicciones que, a la larga, resultarán insalvables, nada indica que la “revolución mundial” esté a la vuelta de la esquina. Lo más probable es que los cambios transiten un proceso largo y doloroso, con avances y retrocesos, a partir de un movimiento amorfo y desarticulado que se exprese mediante la rebelión de pueblos y comunidades muy diversas, poniendo poco a poco en crisis los mecanismos de gobernabilidad establecidos y dando forma a una “nueva izquierda”, que asuma la toma del poder político desde una perspectiva revolucionaria y popular.

Aún así, la Revolución cubana no ha perdido su condición de modelo para la revolución del futuro. Los métodos que adopten otras revoluciones para alcanzar el poder y reorganizar el país serán tan diversos como sus condiciones específicas, pero su naturaleza antineocolonial ahora un factor común a todos como resultado de la propia globalización del imperio determinará iguales objetivos y serán muy similares las tareas básicas a realizar con vista a controlar el patrimonio nacional, distribuir con más equidad los recursos del país, satisfacer las necesidades básicas de la mayoría, enriquecer el acervo cultural de sus pueblos, garantizar la soberanía de la nación y construir el consenso popular que requiere el proyecto revolucionario.

De la misma manera tendrán que enfrentar la oposición sin tregua de sus adversarios, ahora fortalecidos por la consolidación de la hegemonía norteamericana. Como siempre ocurre, el carácter violento o pacífico de estos acontecimientos no dependerá de los revolucionarios, sino del poder establecido y la reacción contrarrevolucionaria. Nadie puede asegurar que, frente al eventual desplome de los “gobiernos democráticos”, el imperialismo no recurra de nuevo a las dictaduras para salvar al sistema. En realidad las teorías contrainsurgentes están tan vivas como antes, solo que ahora, además, utilizan armas inteligentes.

En este contexto, la Revolución cubana constituye la única evidencia viva de que el proyecto revolucionario es posible y que, aun siendo todavía una excepción, no es un caso excepcional, como apuntara el Che. Tiene que ver con la proyección de un pensamiento que no se limita a la crítica de lo existente, sino que se plantea la toma del poder político para transformar la realidad. Ello conlleva la voluntad de pagar el precio que exige el intento y asumir los excesos y desaciertos implícitos en su realización práctica. En resumen, entender la revolución con la radicalidad que imponen las exigencias del triunfo.

Todavía, cuarenta y cinco años después de que los entonces jóvenes guerrilleros bajan de las montañas, y en el mundo se pusieran de moda sus barbas y sus melenas en señal de rebeldía, en la Revolución cubana se refleja el dilema que enfrenta el futuro de la humanidad. Por lo menos es el dilema de este mundo nuestro, que no es el tercero, sino el único otro que existe.


Notas:

[1] Escuché el concepto de revolución antineocolonial en una conferencia que el compañero Jorge Serguera impartió en la Fundación Fernando Ortiz hace unos años. Desconozco si él u otros autores lo han desarrollado con posterioridad, de cualquier manera, me resultó muy ilustrativo para explicar las particularidades de la Revolución cubana.

[2] Claude Julien: El Imperio Norteamericano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, p. 269

[3] El término oligarquía ha sido utilizado con diversas acepciones en la literatura especializada, yo lo utilizo en su significado más común, el que describe a un número reducido de individuos o familias que controlan el poder político como resultado de su posición económica.

[4] Los datos han sido tomados de Francisco López Segrera: Cuba: Capitalismo Dependiente y Subdesarrollo (1510-1959), Casa de las Américas, La Habana, 1972, p.370-375;  Jorge Ibarra Cuesta: Cuba: 1898-1958 Estructura y Procesos Sociales, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995, p. 69 y tablas anexas; Agrupación Católica Universitaria: ¿Por qué Reforma Agraria? y Louis A. Pérez, Jr: Cuba: Between Reform and Revolution, Oxford University Press, Oxford-New York, 1995, pp. 295-308.

[5] Ernesto Che Guevara: “Discurso ante los miembros del Departamento de Seguridad del Estado, 18 de mayo de 1962, en América Latina, despertar de un continente, Ocean Press, Melbourne, 2003, p. 406.  

[6] Son bastante conocidas las estadísticas de la composición de la brigada invasora que corroboran esta afirmación, estaba integrada -según consta en las actas del juicio que se les celebró en Cuba- por 100 latifundistas, 24 grandes propietarios, 67 casatenientes, 112 grandes comerciantes, 179 acomodados y 35 magnates industriales, cuyas propiedades ascendían a 25 556 caballerías de tierra, 9 666 edificios de apartamentos y casas, 70 industrias, 10 centrales azucareros, 3 bancos comerciales, 5 minas y 12 cabarets. En Historia de una agresión, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p.289. 

[7] Jorge Ibarra Cuesta: Cuba: 1898-1958. Estructura y procesos sociales, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1995, p.87.

[8] Diversos investigadores cubanos han abordado el estudio de este período y en diversos foros se ha discutido al respecto. A los efectos de este trabajo, resultó muy útil volver a revisar los artículos de Fernando Martínez Heredia recopilados en el libro Corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001. En particular, “Izquierda y marxismo en Cuba”, tomado de Temas, No. 3, oct-dic. de 1995.

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