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LA DÉCADA DEL 60: UN TESTIMONIO
 
El 1ro. de enero  de 1959, la apertura de una década paradójicamente de quizá 11 años, significó una tercera oportunidad para la reforma. Se requería que la Universidad se adaptara al paso de los tiempos, y sus egresados respondieran a las necesidades de una Revolución.


Rolando Rodríguez | La Habana

Resultaría de esperar que al referirme a la década del 60, me volcara en el papel de la edición y del libro en aquellos instantes. Pero creo menguada mi exposición, si como partícipe de otro proceso de honda repercusión, y quizá hoy como nunca en el proceso cultural revolucionario, no lo recordara: la reforma universitaria.

Al llegar 1959, del alma mater habanera, nave de proa de las tres casas de estudios universitarias estatales, algunos decían que era bicentenaria, no por sus dos siglos de vida, sino por sus doscientos años de atraso. Ya Varona, en 1900, secretario de Instrucción Pública bajo el gobierno interventor de Wood, convencido de sus deficiencias, trazó planes muy avanzados para reformarla. Lo impuso por recia disposición, en medio de protestas y aullidos; mas, su propósito pronto cayó en el vilipendio, porque al viejo estilo de Castilla, fue acatada pero no cumplida. Aquella masa profesoral, totalmente anquilosada, se encargó de enterrar la reforma y continuar sus vicios. 

Al paso de los años, Mella y sus seguidores volvieron a la carga, pero a su impronta batalladora, se opuso una vez más el horror al cambio y, después de victorias iniciales, todo volvió a "la normalidad", en medio del gobierno tiránico de Machado: los planes de estudio desactualizados, los profesores venales y ausentistas, los métodos de dirección que poco tomaban en cuenta los criterios de alumnos, considerados más como párvulos que como profesionales en formación.

El 1ro. de enero de 1959, la apertura de una década paradójicamente de quizá 11 años, significó una tercera oportunidad para la reforma. Se requería que la Universidad se adaptara al paso de los tiempos, y sus egresados respondieran a las necesidades de una Revolución que comenzaba a estremecer los cimientos mismos de aquella sociedad, en busca de su desarrollo multifacético y la justicia social. Además, se trataba esta vez de lograr la depuración de los profesores maculados por su colaboración con la dictadura. De inmediato, el espíritu de cuerpo, el "un día por ti y otro por mí", funcionó. Como el prestigio de los estudiantes y su dirección, la FEU, no permitían el enfrentamiento directo, los claustros optaron por la dilatación taimada y, en todo caso, por las concesiones tramposas, temporales y revocables, hasta que las horas calmaran la cólera, la Revolución perdiera impulso y arribara el olvido. Como Felipe II, dirían "el tiempo y yo somos dos". Se crearon comisiones depuradoras de tres profesores y dos alumnos. El resultado: votaciones de tres a dos a favor de la indulgencia y la prevaricación.

A esa hora había comenzado la otra batalla: la reforma. Para exhibir un apócrifo y mezquino cogobierno, se dejó participar a algún dirigente de la FEU en el Consejo Universitario y las asociaciones de alumnos en los claustros de las facultades. Eso sí, con voz pero sin voto. Se creó también una comisión de reforma, con la participación de los estudiantes, que tenía su par en cada facultad. Lo sé bien, yo era miembro y secretario de la comisión de Derecho. Planteamos, de inmediato, transformaciones elementales, como la supresión de asignaturas arcaicas en la que un provecto profesor, mílite de la escuela de Lombroso, llegaba a explicar que los negros tendían a la criminalidad, y terminar con la enseñanza meramente verbalista que hacía que al terminar la carrera no hubiésemos pisado un tribunal o redactado un instrumento jurídico. El día que uno de los profesores más jóvenes, me recordó que aquel magister dixit era el padre del secretario de la Facultad y debíamos esperar al día de su inhumación para suprimir la asignatura, comprendí que la reforma no iría a ninguna parte. Aquellos hombres estaban totalmente enajenados de la realidad: desconocían que en el país había una revolución auténtica en marcha.

No lo comprendieron siquiera cuando el 27 de octubre de 1959 comenzaron a marchar, en la entonces Plaza Cadenas, las Brigadas José Antonio Echeverría, las milicias universitarias, que orientaba la FEU.

En la medida que la Revolución se radicalizaba, en la Universidad se acidulaba el enfrentamiento entre los estudiantes revolucionarios y los contrarrevolucionarios (estudiantes y profesores). La misma exigencia por la reforma, creaba la atmósfera de enfrentamiento. Hasta que en julio de 1960 estalló la crisis. Dos sucesos prendieron la chispa: la asociación de alumnos de Ingeniería dio de baja a dos profesores que habían actuado contra los estudiantes, y en Derecho una licencia a un conocido profesor activamente contrarrevolucionario, terminó con la toma de la Facultad. Horas antes, cuando al claustro se le exigió la reforma, decidió acusar de intimidación, ante el Consejo Universitario, a los dirigentes estudiantiles que estuvimos en la reunión.

La FEU le pidió la renuncia en pleno al Consejo y los claustros. El 15 de julio de 1960 el rector convocó una reunión de este órgano. Pero ya estaba desmoralizado: solo asistieron cuatro decanos de 13. Ese mismo 15, en reunión de alumnos y profesores, que estaban junto a la Revolución, se creó la Junta Superior de Gobierno Universitaria. Se constituía con ella de verdad el cogobierno, porque estaba compuesta de forma paritaria por profesores y estudiantes.

Si hasta entonces el enfrentamiento con la contrarrevolución en la universidad no había pasado a la violencia frontal, ahora había llegado la hora. Comenzaron a estallar bombas en el recinto y sus alrededores. La decisión de las Brigadas Universitarias fue dramática y necesaria: sabíamos quiénes eran los contrarrevolucionarios activos. Se les prohibió la entrada en la Universidad. La Universidad era y seguiría siendo un bastión de la Revolución.

Se ha hablado de la Universidad del privilegio y creo deben hacerse precisiones. En aquella universidad había privilegiados, pero también, y sobre todo, había no pocos hijos de una clase media que, en las condiciones de Cuba, en la tradición universitaria cubana, siempre se habían unido a la causa de la Revolución. Los mártires del 27 de noviembre de 1871, Mella, los combatientes del Directorio del 27, del Directorio del 30, José Antonio Echeverría y los mártires de la lucha contra Batista, habían creado un legado de heroísmo y nobleza para quienes pisaban la escalinata de la colina sagrada. Y allí concurrían también, en condiciones precarias, hijos de trabajadores, y no puede olvidarse aquella masa de muchachas maestras que estudiaban Pedagogía y nada tenían que ver con el privilegio. No puede explicarse de otra forma que quienes llevaron el peso de la lucha en la Universidad ―antes de la mayor democratización que trajo el plan de becas universitarias―, y la mantuvieron como bastión de la Revolución, fueron jóvenes de esas filas.

Como la situación de los claustros de las Universidades de Las Villas y Oriente, menos lastrados por la reacción, habían dado pasos positivos hacia la reforma, pudo crearse por la ley 916, de 31 de diciembre de 1960, el Consejo Superior de Universidades, en el que estaban representados los claustros, los estudiantes y ministros del Gobierno Revolucionario, quienes debían llevar a su seno las demandas que el desarrollo de la Revolución les hacía a las universidades.

El Consejo daría paso a la transformación de las estructuras universitarias; los currículos; la organización de los cursos y la comprobación de conocimientos; la coordinación entre universidades para el establecimiento de carreras y la creación de una multiplicidad de nuevas licenciaturas; el estrecho vínculo del estudiante con las actividades profesionales; el contacto temprano con las asignaturas directamente relacionadas con ellas y a la investigación. La enseñanza se hizo totalmente gratuita.

Entre las medidas tomadas se colocó en los currículos de todas las carreras la enseñanza del Materialismo Dialéctico y el Histórico y, en algunas, la Historia de la Filosofía. En una Revolución que en 1961 proclamó su carácter socialista, se consideraba que el pensamiento de Marx y Engels resultaba esencial, como método y como concepción. Pero, ¿y los profesores? La solución fue revolucionaria. Con algunos jóvenes egresados o destacados en los últimos años de varias carreras, se desarrollaron cursos perentorios y condensados en la Escuela Nacional del Partido Raúl Cepero Bonilla, para profesores de Filosofía y de Economía, puesto que en este último caso también se necesitaban profesores. Hispanosoviéticos y cubanos impartieron allí sus conocimientos.

En 1963 se creó el Departamento de Filosofía con el concurso de un grupo de egresados de aquella escuela y dos o tres antiguos graduados de Filosofía y Letras o Pedagogía. Carlos Rafael Rodríguez acuñaría con su sensitivo ingenio, que nosotros no éramos profesores de carrera, sino a la carrera. Aquel sería un vivero de jóvenes aprendices de profesores, que trataría de cubrir con su entusiasmo y transparente inexperiencia, la tarea de enseñar Filosofía marxista. En 1964 el entonces presidente de la República, Osvaldo Dorticós, se reunió con el Departamento y de forma sugerente y delicada nos hizo comprender el peligro de los manuales soviéticos de Filosofía, que podían encartonar el pensamiento marxista. El alerta dio por resultado una revisión de nuestros programas y, sobre todo, la decisión de que la docencia se basara directamente en los clásicos del marxismo.

A principios de 1965 dirigía el Departamento. No pasó mucho tiempo, cuando en la Plaza Cadenas, a la que era visita nocturna y frecuente Fidel, en la creencia de que usábamos los manuales en la enseñanza, se refirió a este tema. Al responderle que no los empleábamos, sino usábamos directamente los clásicos marxistas, se sorprendió y, desde aquellos momentos, en un diálogo fluido nos indicó la necesidad de aumentar el núcleo de profesores, de trabajar en la investigación de los clásicos y en aquellas fuentes primigenias del marxismo previas a que este sufriera el embate emplomador del estalinismo. De allí surgió el encargo de comenzar el estudio de ciertos temas a la orden del día. Por entonces, iba a celebrarse la Conferencia Tricontinental de La Habana.

Pero ahora empalmemos con esta la historia del Libro, que venía desarrollándose paralelamente desde los inicios de la década del 60.

Si con la colonia la edición de libros no fue venturosa, con la república prácticamente la situación había empeorado. Pero cómo podía resultar de otra manera, cuando se permitía que en el país hubiese más de un millón y medio de analfabetos y muchos habitantes más con niveles inferiores al segundo y tercer grado de primaria. Una reconstrucción de las estadísticas apunta que, hacia la década del 50 del siglo XX, en la Isla se editaba mucho menos de un millón de ejemplares anuales, y apenas se escalaba la cifra de los 200 títulos, la mayor parte textos escolares.

Aquel ambiente que nos acompañaba durante la República neocolonial, explica por qué en Cuba apenas había editoriales y las que tenían abiertas sus puertas, como Cultural, Lex o Minerva, editaban sobre todo libros escolares o utilitarios, como los códigos legales, pero la literatura y las ciencias, entre ellas las sociales, no encontraban prácticamente un nicho de mercado que justificase la edición. Para decirlo brutalmente: en aquella sociedad el libro no resultaba una necesidad. También puede afirmarse, sin pecar de exagerados, que en el país sobraban las no muy numerosas librerías abiertas, cuya mayor concentración estaba en la capital.

Con el triunfo del 1ro. de enero, el gobierno revolucionario promulgó el 31 de marzo de 1959 una ley mediante la cual se creaba una Imprenta Nacional. Pero sus tiradas augurales quedarían pospuestas unos meses, porque la institución no disponía de medios de impresión.

Exactamente un año después, en marzo de 1960, se originó un conflicto en los periódicos Excelsior y El País, cuyos propietarios los abandonaron. Durante una asamblea en su taller, el comandante Fidel Castro anunció la decisión de convertirlos en los primeros de la Imprenta Nacional de Cuba. El libro primado que salió de sus prensas fue El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. La selección la hizo el propio Fidel durante la visita, y se editó en cuatro volúmenes y papel gaceta, a 25 centavos cada uno. La cifra que le señaló como tirada, 100 000 ejemplares, fijó una fornida intención de convertir la lectura en un fenómeno de masas. Después, otras imprentas se agregaron a la inicial y se ampliaron las ediciones.

No puede olvidarse que fue de aquellas añosas máquinas de donde salieron, en 1961, las cartillas de alfabetización con que en ese año se acometió la tarea de liberar al 23,6 % de nuestra población del flagelo del analfabetismo. De esa forma, la Imprenta cubría la primera y más luminosa de sus tareas.

Realmente aquel aparato era demasiado rudimentario y, a poco, se decidió reorganizar los factores que se habían agrupado en la Imprenta y crear la Editorial Nacional de Cuba, como cabeza rectora del sistema editorial cubano y agrupar por ramas el resto de los elementos. De esa forma, en 1962, las imprentas y las librerías pasaron a los ministerios ramales. A la par, se fundaron las editoriales del Consejo Nacional de Cultura, la Juvenil, la Pedagógica y la Universitaria, estas dos últimas adscritas al MINED, y la Política, al Partido Unido de la Revolución Socialista.

Sin duda, el trabajo de la Editorial Nacional si breve fue notablemente virtuoso. En la clave de su quehacer estaba el hecho de que su director era, nada menos, que Alejo Carpentier. De manera que empezaron a aparecer obras sorprendentes, porque editar Un amor de Swan, de Proust, o Retrato de un artista adolescente, de Joyce, significó dejar pasmados a los más optimistas. Por su parte, en la Editora del Consejo Nacional de Cultura aparecieron obras tales, como la Antología de la poesía cubana, preparada por José Lezama Lima, y se desempolvaron libros prácticamente desconocidos. 

Hacia 1965 la revolución educacional avanzaba y se originaba una explosión de matrícula. Esta marejada impetuosa comenzaba a demandar cada vez más libros y el sistema educacional se veía desbordado. En especial, faltaban para las asignaturas de la enseñanza técnica y profesional. El Ministerio de Educación decidió emplear los de una editorial española. Los manuales técnicos del caso eran de origen estadounidense, y la editorial de la península los reproducía en nuestra lengua. Para su mercado imprimía unos 2 000 ó 3 000 ejemplares, pero Cuba demandaba de esos mismos 20 000 ó 30 000. En ese caso no resultaba lógico comprarlos, sino adquirir de la casa editora una licencia, con vistas a reimprimirlos en la Isla.

El editor respondió con una negativa desconcertante: al ser esos libros originariamente de una editorial estadounidense, podrían terminar retirándole la licencia a la edición española.

A la situación comenzó a sumarse otra. La avalancha de estudiantes llegaba a los centros de educación superior. Muchas noches la Plaza Cadenas, de la Universidad, se convertía en escenario de un torneo de demandas, donde los estudiantes se quejaban a Fidel de que carecían de este o el otro texto y él ordenaba anotarlas para que se importaran. Esa determinación tenía sus límites, porque también la escala de la demanda iba mucho más allá de lo que admitían las posibilidades de divisas del país. Tanto una como otra situación parecían insolubles.

En eso, la noche del 7 de diciembre de 1965, recibí una llamada en mi casa. Fidel estaba en el Departamento y me citaba. Mi sorpresa, al llegar, fue que el Comandante en Jefe no entró en los temas que hasta ese momento veníamos tratando, sobre la situación revolucionaria en América Latina. Sentado detrás de un buró de la oficina, me entregó un libro, Primavera silenciosa, de Rachel Carlson, y me preguntó: "¿Dónde está editado?" Lo abrí, le eché un vistazo (la pregunta se volvía obvia) y le respondí "en España". Ordenó entonces al jefe de su escolta: "Chicho, trae el otro". Me lo entregó, y, de nuevo, preguntó: "¿Dónde está editado?" Era el mismo título y exactamente igual el ejemplar. Aunque valoré que habría algún gato encerrado, contesté lo mismo. "Pues te equivocas", aseguró, y aclaró que el segundo estaba impreso en Cuba. Después me instruyó: "Mañana vete a ver al rector Vilaseca, que tiene una lista de los libros que se necesitan. Luego a Joel Domenech ―ministro de Industrias, del que dependía la Empresa de Artes Gráficas―, y empieza a reproducirlos de acuerdo a la matrícula de tres cursos".

Era indiscutible que la labor que estábamos iniciando no necesitaría de clarines para que, más temprano o más tarde, se conociera. Es verdad, respondió Fidel, a un comentario, pero también es cierto que los ofendidos somos nosotros. En qué cabeza cabe que no solo nos quieran matar de hambre con el bloqueo, sino que también nos quieran matar de ignorancia, porque no nos dan los derechos para reproducir las obras que necesita nuestra educación. Constituye una vergüenza para el mundo que se bloquee un país en su cultura, en su educación, en la formación de su inteligencia. Por tanto, vamos a declarar al mundo qué vamos a hacer y, a partir de este momento, puede proclamarse que cada una de estas reproducciones será una edición revolucionaria, y no pagaremos los derechos de autor. Como compensación, Cuba no cobrará los derechos de sus obras. Sobre todo de su música, tan apreciada en el mundo.

Aquella definición sobre las reproducciones constituye la razón del título de aquellas ediciones, Ediciones Revolucionarias. También orientó que se les distribuyesen gratuitamente a los alumnos.

Debe confesarse que al menos en un aspecto aventajamos a las ediciones originales, el diseño de portadas, formó parte de aquella explosión de belleza plástica, que en la década del 60 se plasmó en no poca medida en los afiches. 

A mediados de 1966, el compañero Fidel me comentó la necesidad de replantearse el sistema del libro para que se potenciaran sus posibilidades, de acuerdo a las demandas que iban presentándose a velocidad de vértigo. La dispersión no había resultado favorable. Podría crearse, valoró, un Instituto del Libro y me encomendó la tarea de estudiar su constitución y materializarlo.

Fundidos todos los mecanismos y entidades del libro en una sola organización, se aprobó el 27 de abril de 1967 la ley que creaba el Instituto, al que se le concedía el rango de organismo de la administración central del Estado. Fui designado su director general. Fidel había orientado que en el lugar cimero de su política editorial estuviera la edición de libros de texto, tanto para las universidades como para enseñanza general, pero otros rasgos la redondearon. Pudiera definirlas en unos pocos trazos: promoción de un lector, libros para desarrollar una cultura elevada en sus más diversos terrenos y muy accesibles en precio, tiradas abundantes, puerta ancha para la edición de las obras de los escritores cubanos pretéritos y actuales y una política descolonizadora en la literatura; en otras palabras, publicar no solo las obras del occidente desarrollado, sino también las del Tercer Mundo. Por igual debíamos trabajar para formar al lector del futuro, los niños y jóvenes. Todo un reto sería promover la edición de obras de la ciencia y la técnica de los investigadores cubanos.

Se recompuso la organización editorial, de acuerdo a un orden temático. De inmediato se delinearon las ediciones de arte y literatura; ciencias sociales; para las enseñanzas general, técnica, profesional y superior; infantiles y juveniles y de divulgación general. También se crearon otras que más adelante se absorberían dentro de las editoriales que, al fin, en 1971, adoptarían más o menos su forma definitiva y la estructura interna que con alguna que otra diferencia tienen hoy. Desde luego, había que ayudar al desarrollo del importante trabajo que había hecho Casa de las Américas, mediante sus ediciones, Casa, dedicadas a la literatura de América Latina. También las ediciones Unión, de la Unión de Escritores y Artistas, dirigida en lo fundamental a la promoción de las obras de sus miembros.

Un elemento esencial resultó la organización del comercio del libro y su importación y exportación. De igual forma, darle solidez al aparato económico y logístico que respaldara las tareas.

Como resultado de la política trazada, se editaron solo en los cuatro primeros años, más de tres mil títulos de autores cubanos. Se ratificaba nuestro compromiso con la cultura cubana y con sus más genuinas manifestaciones artísticas, política siempre al rescate de elementos medulares de nuestra nacionalidad y tradiciones revolucionarias. Un hito en esta tarea lo constituyó la Colección Centenario, que comenzó su singladura al arribar la conmemoración del Grito de Demajagua. Las reediciones de aquellas obras, hicieron familiarizarse a nuestro pueblo con la gran literatura de campaña cubana. De hecho puede decirse que crearon una fiebre de lectura para conocer los episodios de nuestra epopeya independentista. Como continuación de la idea de entregar herramientas para la formación de nuestra nacionalidad se crearon, entre otras colecciones, Palabra de Cuba. En ella verían más adelante la luz obras de Varela, Saco, Varona, Ignacio Agramonte, Luz y Caballero, Sanguily y Roa, por citar algunas.

Ediciones muy significativas para esta línea editorial la constituyeron, desde el primer instante, las obras y discursos de Fidel. La historia me absolverá recibió ediciones muy bellas en español y otros idiomas.

Estas ediciones del terreno de la historia, la literatura o la política, guardaban un sentido muy preciso. Nuestra nacionalidad no tenía una larga andadura. Al irrumpir la Revolución, había recorrido apenas un siglo en busca de su cristalización y sus hervores se habían producido en medio de nuestras guerras de independencia. Pero la intervención de EE.UU. había provocado un retroceso brutal. La enmienda Platt significó una mutilación del desarrollo de nuestra nacionalidad y una capitidiminutio de nuestra personalidad nacional. Nuestros héroes no eran tan héroes, nuestro patriotismo se decía de café con leche, y esa operación para dominarnos, no podía triunfar si no se menoscababa nuestra cultura. Por eso, también se trató por todos los medios de someterla a un proceso reduccionista: nuestros poetas eran menos poetas, nuestros escritores eran menos escritores, nuestros pintores eran menos pintores, nuestros músicos eran menos músicos. Sin embargo, lo mejor de nuestra intelectualidad había luchado y desarrollado un proyecto cultural ligado a la independencia nacional y al progreso social. De ahí el esfuerzo del Instituto del Libro por levantar bandera a favor de todo lo que reconstruyera la historia que se nos había tratado de robar, de poner de relieve la literatura que se nos había tratado de ocultar y llevarle la contraria a la malévola maniobra de llevarnos al automenosprecio.

En el terreno de la literatura y de la historiografía también comenzaría el camino que daría por resultado la edición de obras cenitales y de figuras que han devenido hoy mayores. De manera temprana, se encargó la preparación de la edición de las obras de Fernando Ortiz como una colección propia.

Una contribución a la formación del pensamiento teórico la tuvo, sin duda, la colección Polémica, en la que se publicaron obras como La polémica industrial en la URSS, La nueva económica, de Preobrashensky; el Stalin, de Isaac Deutscher y El hombre unidimensional, de Herbert Marcuse. Mas la información que proporcionaba el Instituto, trascendía a esa colección. Tanto dentro de Ediciones Revolucionarias, como en las publicaciones de Ciencias Sociales, aparecieron obras muy importantes sobre todo para el magisterio universitario. De ahí que se pueda enumerar, a manera de muestra, las obras publicadas de Weber, Galbraith, Durkheim, Turner, Childe, Gramsci, Mondolfo, Hegel, Thompson, Lúkacs, Luxemburgo, Kautsky, Jaegger, Frazer, Abaggnano, y hasta una selección, en dos amplios volúmenes, de la obra de Freud. También en eso, aunque no solo, nada de realismo socialista.

La política de diversificación de las publicaciones para lograr que el lector cubano dispusiese de una amplia posibilidad de conocimiento de la literatura mundial y, de esa forma, librarse de la atadura colonizadora que lo reducía a conocer solo la literatura de una parte del mundo, se cumpliría muy rigurosamente.

Una iniciativa que permitió la aparición de la primera obra de algunos de nuestros talentos jovencísimos fue la colección Pluma en Ristre. Mencionaré, para resumir a todos los que allí comenzaron, a uno de ellos: Abel E. Prieto, con su cuento “Caperucita Roja”. Todavía el estudiante Abel no sabía que su camino laboral como editor, comenzaría en la redacción de Arte y Literatura y culminaría como director de esa editorial. Después, iría un poco más allá.

Una política implícita y seguida de manera inflexible en el Instituto fue la del respeto a la libertad de creación. Nadie puede decir que un editor, con el aliento pegado en la nuca, le dijo qué escribir ni cómo hacerlo. Todo el que afirme algo diferente, miente. 

Un día, en 1967, comprobé que estaba sin trabajo la rotativa de un antiguo periódico. Había papel gaceta y tinta y, sin embargo, la imprenta estaba paralizada, porque las características de los libros en proceso editorial no se adaptaban a la utilización de las rotativas de periódicos. Todos demandaban sistemas de impresión más perfeccionados. Visité a algunos de nuestros editores, les comenté que teníamos disponible el equipo y podíamos hacer grandes tiradas de libros y les propuse que se encargaran de hacerlas. Me respondieron que, de seguro, los lectores rechazarían aquellos libros. Llamé entonces a un redactor muy calificado, para que trabajara directamente conmigo. Preparé un plan editorial con tiradas no menores de 50 000 ejemplares de las obras más exitosas publicadas. El precio del ejemplar sería de 20 centavos. Así surgió Huracán.

Otro gran hito fue la edición del diario boliviano del Che. Corría mayo del 68 cuando Fidel me convocó a su apartamento de la calle 11. El Comandante en persona me abrió la puerta y me indicó que ojeara un manuscrito depositado encima de la mesa del comedor. A su lado reposaba una caja de cartón llena de las copias fotostáticas del manuscrito. Cuando abrí las páginas, la emoción me hizo quedar en una pieza: era la transcripción del diario del Che en Bolivia, hecha por la compañera Aleida March. El Che había caído el año anterior y sabíamos que el original estaba en manos del ejército de ese país. También conocíamos que, en cualquier momento, la CIA podía editarlo interpolado para desfigurar su imagen. El compañero Fidel me instruyó editar la obra, tarea que habría que acometer en el mayor secreto para que no nos tomaran la delantera. Semanas después de la llamada, Fidel le escribió el prólogo que llamaría Una introducción necesaria. Lo hizo en cuatro días y nueve después tuvimos los primeros ejemplares de la edición grande. Cuando Granma dio la noticia, los libros cubrían desde La Fe, en Pinar del Río, a La Máquina, en Baracoa, y originales, algunos de ellos traducidos, volaban al exterior para llegar a manos de editoriales amigas que lo reproducirían, sin que nadie lo hubiera conocido hasta ese instante. Incluso, no pocos de los que habían trabajado en el asunto se enteraron por el periódico de la obra en que habían participado. Para aquella compleja operación, el Ministerio del Interior prestó una cooperación invaluable.

Esta y una de las ediciones de La historia me absolverá, también con un millón de ejemplares, son con seguridad las dos ediciones más voluminosas que en se han hecho en Cuba hasta hoy.
 

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