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EL SENTIDO DEL MOVIMIENTO
MARCA LA DIFERENCIA
 
Cada día los inmigrantes cubanos defenderán con más fuerza el derecho y la necesidad del contacto con su país de origen. Visto de esta manera, las políticas de Cuba y EE.UU. caminan sobre una misma línea, lo que en sentido inverso. Como el universo es redondo, se encontrarán en un punto del espacio, donde la inmigración cubano-americana estará más cerca de Cuba y su influencia en la política norteamericana tendrá otro signo.

Jesús Arboleya Cervera | La Habana
Progreso Semanal


Cuando en 1979, después de casi 20 años de incomunicación, el gobierno cubano autorizó la entrada a Cuba de los emigrados, una buena parte de la población reaccionó indignada por lo que consideró una claudicación frente a sus enemigos. Fidel Castro tuvo que defender esta decisión más que ninguna otra de las tomadas por el gobierno revolucionario. Recuerdo haberle escuchado decir que solo los conservadores de un lado y otro eran contrarios a esta política.

La llamada “crisis del Mariel”, un año después, parecía haber dado la razón a los más reacios en Cuba. Los “comunitarios”, como se denomina a la comunidad cubano-americana, cargaron con la culpa de supuestamente haber trastornado la sociedad cubana y alentar la emigración de aquellos reblandecidos con sus cantos de sirena.

Los nuevos emigrados devinieron la “escoria” rechazada por todos, incluso por el “país de la libertad”, que en este caso recluyó a una buena parte de ellos en cárceles y campos de concentración. En realidad, la sociedad cubana se enfrentaba a un problema tan antiguo como la existencia misma del hombre; la tendencia de algunos a emigrar de los polos menos desarrollados hacia los más desarrollados.

Si la comparamos con la generalidad de los flujos migratorios, hasta ese momento, la emigración cubana posrevolucionaria constituía una anormalidad histórica. Los emigrantes representaban a los sectores más privilegiados del régimen anterior y su decisión de emigrar reflejaba una clara opción política contra la Revolución cubana. Bajo esta premisa, EE.UU. los aceptó en condiciones excepcionales y la emigración devino base social de la contrarrevolución.

A partir de 1980 se alteraron radicalmente estos presupuestos y entraron en crisis los fundamentos que dieron origen tanto a la política preferencial de EE.UU., como al enfrentamiento generalizado a la emigración por parte del gobierno cubano. De lo que se trata es de analizar el ajuste en uno y otro caso.

Frente a un problema más doméstico que externo, el gobierno cubano reanudó en breve los contactos con la emigración. Ha sido un proceso lento y aún inconcluso, pero cada paso ha estado caracterizado por una mayor apertura y más comprensión de la naturaleza del fenómeno migratorio. Los nuevos emigrados no son por definición enemigos de la Revolución, como ocurría con los primeros, y sus contactos con la sociedad cubana son sumamente estrechos debido a vínculos familiares y a una comunidad cultural que nadie puede romper. Sin desconocer sus implicaciones ideológicas y sus consecuencias políticas, hoy día, muy pocos en Cuba se cuestionan la necesidad, incluso la conveniencia, de mantener estos contactos. Referido a este tema, perdieron para siempre los conservadores cubanos.

EE.UU., sin embargo, se aferra a una política que ya no tiene asideros en la realidad y ello explica sus contradicciones. Con tal de satisfacer los intereses de una extrema derecha que existe gracias al mantenimiento de la beligerancia contra Cuba, el gobierno norteamericano desconoce las transformaciones sociales y políticas que han tenido lugar en la emigración cubana y pretende sostener el mito de un exilio que cada día se parece más al resto de los inmigrantes latinoamericanos.

La falta de sentido de esta política determina que no pueda ser aplicada si no es mediante la represión. Los contactos de los emigrados con Cuba hay que prohibirlos para recordarles que son exiliados políticos, no importa que no lo sean ni quieran serlo, son exiliados por decreto del gobierno norteamericano, el cual, una vez más, se siente con el derecho de fabricar la realidad que supuestamente le conviene.

Esta política ha polarizado a la emigración cubana y el gobierno de George W. Bush apuesta a que el voto del 50% de los más conservadores, aquellos que llegaron antes de 1980 y se alinean con la extrema derecha, será suficiente para ganar las elecciones en la Florida, dado que representan a la mayoría de los votantes. Eso es lo que aparentemente indican las encuestas, pero vale recordar que en lo referido al contacto familiar, incluso dentro de este segmento, el apoyo a una política segregacionista es mucho menos sólido.

En 1979 la extrema derecha tuvo que recurrir al terrorismo más feroz para intentar frenar los viajes a Cuba y de todas formas más de cien mil personas visitaron el país. Estamos hablando del 12% de la población cubano-americana existente en esos momentos, la misma que ha apoyado al partido republicano todos estos años. Está por verse si, al margen de esta contradicción, votan o no por el presidente Bush, solo quiero apuntar el riesgo en que lo coloca el consejo de sus asesores miamenses.

De todas formas, lo más importante es la tendencia. En el cementerio de Miami la extrema derecha cubano-americana está cavando su propia tumba, contra ella conspira algo tan inexorable como el tiempo. Por ley de la vida, muchos de sus correligionarios habrán muerto junto con ellos en los próximos años, y el 30% de los nuevos inmigrantes que hoy no pueden votar, lo estarán haciendo gracias a la ley de Ajuste que les permite convertirse en ciudadanos más rápido que cualquier otro inmigrante. ¿Cuál será entonces el balance? 

Cada día los inmigrantes cubanos defenderán con más fuerza el derecho y la necesidad del contacto con su país de origen. Al politizar el asunto, el gobierno norteamericano le está haciendo un gran favor a las fuerzas moderadas que ganan terreno en el debate político de Miami.

Visto de esta manera, las políticas de Cuba y EE.UU. caminan sobre una misma línea, lo que en sentido inverso. Como el universo es redondo, se encontrarán en un punto del espacio, donde la inmigración cubano-americana estará más cerca de Cuba y su influencia en la política norteamericana tendrá otro signo. Ello es inevitable porque resulta del movimiento, lo que los filósofos denominan dialéctica, lo contrario al dogmatismo.
 

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