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MARTIRIO
 
Quienes la esperábamos, conocíamos de su gracia, de su prestigio y de esa aureola misteriosa que nos trae su nombre inspirado, sin duda alguna. Escuchar en su voz tangos clásicos y boleros antillanos, tal como lo hicimos fue un disfrute más allá de cualquier presupuesto pues, como ella misma confesó en el escenario, “lo que vino de nuestra tierra renació aquí con originalidad.  Yo vengo a devolver un poco lo que es vuestro y es también de nosotros”.


Nancy Morejón | La Habana
 

Entre las dos orillas que dibuja el océano hay un sinfín de cosas que pertenecen a los moradores de ambas riberas.  Ha sido incesante, por ejemplo, el ir y venir de una lengua cuyo origen empieza en la península pero cuyo destino se enriqueció y se vivifica del lado de las islas; un cruce inefable de voces, costumbres, comidas y, lo más intangible, lo más indeleble, eso que está a flor de piel y que es un sello de identidad fija y cambiante a la vez: los cantares que han ido de pueblo en pueblo, atravesando ríos y montañas.  Como un ave hermosa, de buen agüero, claro está, de dulce voz, ancestral y moderna, ha llegado a La Habana Martirio, acompañada de un renovador grupo flamenco, que dirige su hijo, Raúl Rodríguez, el virtuoso Niño de Sevilla (Morón de la Frontera) 1.  Este joven maestro junto a Paco de Amparo (guitarra flamenca), Manuel Flores (compás y baile) y Moi de Morón (cante y compás) nos ha interpretado viejos cantares incorporando al flamenco el criollo tres cubano en una búsqueda de fusiones que afirman la procedencia de una tierra común.
 

Pero, ¿quién es Martirio

Diré que una expresión musical y escénica del sur de España, clavada en el espíritu de la tierra, dotada de lo más antiguo, de lo más ancilar, que ha decidido establecer su morada en el frágil cuerpo de una mujer genuina con alma de artista e irreversible vocación de persona. Nacida en Huelva, a quién le importa cuándo, su carrera alcanzó un esplendor inusitado desde la década de los ochenta.  La copla peninsular, cuya historia data de tiempos inmemoriales, no será ya la misma sin el concurso, sin el tratamiento que Martirio le ha dado con su experiencia personal, su sabiduría, su deseo de conquistar públicos hasta entonces inéditos.  Todo eso nos trajo la noche del martes 26 de mayo, en la Sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba, en uno de los conciertos más extraordinarios que bien nos procurara el festival Cubadisco 2004, dedicado al Caribe, “la región de todas las músicas”. 

Quienes la esperábamos, conocíamos de su gracia, de su prestigio y de esa aureola misteriosa que nos trae su nombre inspirado, sin duda alguna, en uno de los personajes claves de La casa de Bernarda Alba, célebre pieza teatral de Federico García Lorca.  Es un nombre escogido no por azar sino por la necesidad imperiosa de dar cabida en su arte a la recreación de temas relacionados con el lugar de la mujer en el mundo de hoy.  Esa elección marcó la diferencia para Martirio cuyas composiciones dieron un sello un timbre, ancestral y moderno, que la colocó a la vanguardia de la música popular de su país así como en la preferencia de vastas audiencias europeas y latinoamericanas.

Escuchar en su voz tangos clásicos y boleros antillanos, tal como lo hicimos el martes 26 de mayo, fue un disfrute más allá de cualquier presupuesto pues, como ella misma confesó en el escenario, “lo que vino de nuestra tierra renació aquí con originalidad.  Yo vengo a devolver un poco lo que es vuestro y es también de nosotros”. Su ingeniosa y tierna versión de un tema compuesto especialmente para el teatro como ¿Hacia donde?, de Marta Valdés, así lo atestigua. Esos tangos y esos boleros llegaron hasta la Covarrubias con un nuevo aliento, con un sentido de buena voluntad y absoluta maestría vestidos del  color innombrable que siempre vio Martirio entre las dos orillas. En su centro, como un surtidor errante, apareció la gracia del duende que coronó la jerarquía de su canto.  Tiene duende Martirio.  ¿Quién lo podría negar a estas alturas?  Un duende sin explicación que lanzó a los asistentes al disfrute y a la participación más espontáneos.  Así  se lo gritaron los espectadores cuando reclamaron que cantara su famoso "He visto color". Por eso y por su duende, La Habana de Carlos Cano alcanzó un nuevo fulgor en su garganta y, ya terminado el concierto, nadie fue capaz de nada, nadie quería moverse de su asiento sino aplaudir, aplaudir y aplaudir.

La Habana, Mayo de 2004

NOTAS:
1. Esta agrupación, llamada Son de la Frontera y que habitualmente acompaña a Martirio, es un grupo flamenco formado por jóvenes herederos y seguidores de la escuela de Diego del Gastor  quienes ejecutan un repertorio de fusión lleno de ingenio y nuevos aportes que se inspira en el reencuentro de las raíces comunes que unen a Cuba e Iberoamérica.  (N. del E.)

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