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DE MANZANAS PODRIDAS Y
MOLESTAS POSICIONES

Rumsfeld, quien ante un panel del Senado norteamericano que investiga el asunto reconoció ser el "máximo responsable por lo sucedido”, admitió que los abogados del Pentágono habían aprobado duras técnicas de interrogatorio, tales como privación del sueño, manipulación de la dieta y obligar a los prisioneros a adoptar “posiciones molestas”.
 

Ernesto Pérez Castillo | La Habana


Abner Louima recibió dos palizas antes de llegar al centro de detención. Una vez allí fue sodomizado por uno de sus captores, usando el palo de una escoba, mientras otro lo sujetaba. Luego, esposado y gravemente herido —sufrió una perforación del recto y la vejiga con una herida de una pulgada de diámetro— lo echaron a una celda.

Testigos declararon que su torturador nunca escondió el depravado ataque. Al contrario, marchó por el cuartel, mostrando el palo de escoba ensangrentado, vanagloriándose de que había “quebrado el espíritu de un hombre”.

Abner Louima no es iraquí. Ni siquiera es árabe. Las torturas que sufrió no ocurrieron en la cárcel de Abu Ghraib, ni en el Iraq ocupado, ni en ninguna dependencia del ejército de los EE.UU. Abner Louima es un inmigrante haitiano, detenido y torturado hace varios agostos en la Delegación 70 del Departamento de Policía de New York.

En cambio, la Base Naval de Guantánamo sí es una dependencia militar norteamericana, adonde han sido conducidos varios cientos de detenidos tras el 11 de septiembre, incluidos talibanes apresados en Afganistán. Alguien que estuvo detenido allí me narró que luego de una riña con otro preso fue obligado a ponerse de rodillas sobre la tierra, la cara pegada al suelo, bajo el sol, durante horas. Un soldado norteamericano vigilaba el cumplimiento del castigo. La fatiga llevó al detenido a ladear la cabeza y recibió una patada en el rostro. Él no es un talibán. Como Abner Louima, había sido detenido en agosto, pero por la Guardia Costera, en 1994, mientras intentaba cruzar el estrecho de la Florida en una embarcación de mentiritas con más pasajeros que esperanzas.

Cuando el caso de Louima se destapó, el entonces alcalde de New York, Rudolph Giuliani, lo calificó de "incidente aislado", fruto de "un puñado de manzanas podridas". Se enjuició a cinco agentes y se acusó a otros dos por tapar el crimen.

Ahora, tras conocerse las fotos de las torturas en Abu Ghraib, el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, ha declarado que “sin duda, saldrán a la luz más cosas malas” y también que: “si fuera por mí, las haría públicas para dejar este asunto atrás” pero “la difusión de las fotos violaría una cláusula de la Convención de Ginebra que prohíbe la degradación de los prisioneros por medio de imágenes”. Cuando menos, resulta cínica esta repentina preocupación porque no se viole la convención sobre prisioneros de guerra.

Rumsfeld, quien ante un panel del Senado norteamericano que investiga el asunto reconoció ser el "máximo responsable por lo sucedido”, admitió que los abogados del Pentágono habían aprobado duras técnicas de interrogatorio, tales como privación del sueño, manipulación de la dieta y obligar a los prisioneros a adoptar “posiciones molestas”.

Al parecer por “posiciones molestas” se deberá entender el apilamiento, como troncos, de prisioneros desnudos. O el ser amarrados y conducidos por correas en poses caninas. O introducir los dedos en los ojos de un prisionero, a quien previamente se ha colocado un saco de arena en la cabeza. O también obligar a los prisioneros a adoptar posiciones sexualmente degradantes.

Como era de esperar, tal cuando los sucesos en la Delegación 70 de New York, el jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército, general Richard Myers, declaró que los abusos fueron hechos aislados cometidos por “un puñado de soldados” y que no se los debería considerar representativos del rendimiento mayoritario de la fuerza ocupante.

Sin embargo, un informe elaborado por el general Antonio Taguba, y obtenido por el diario Los Angeles Times, propone acciones disciplinarias contra 10 efectivos del ejército, incluido un general, un coronel y dos civiles contratados por las fuerzas armadas para ayudar en los interrogatorios

El general Taguba describe los abusos como “sistemáticos e ilegales”, y sugiere que el problema puede tener incluso un alcance generalizado. Según él, los funcionarios de inteligencia del Pentágono solicitaron a los guardias de la policía militar someter a los prisioneros a “condiciones físicas y mentales favorables para un interrogatorio”.

Se obligó a los detenidos a “adoptar posturas sexualmente explícitas para fotografiarlos”, a “sacarse la ropa y a permanecer desnudos varios días seguidos”, a “vestir ropa interior femenina los hombres” y a que “grupos de detenidos hombres se masturbaran unos a otros mientras los fotografiaban y grababan en video”.

Encima, el informe advierte que más de 60 % de los detenidos en Abu Ghraib eran civiles inocentes, con escaso o nulo valor para su interrogatorio.

Charles Granier es parte del “puñado de soldados” a que se refiere el general Myers. Una “manzana podrida”, diría Giuliani. No alcanzó la notoriedad de su amante, la soldado Linndie England que posa junto a los prisioneros iraquíes desnudos y arrastra a uno de ellos con una correa para perros. Antes de llegar a Iraq, Granier trabajaba como guardia en la Unidad Correccional Greene, de Carolina del Sur.

Un informe de Human Rights Watch de abril de 2001 —citando un estudio de diciembre de 2000 del Prison Journal, realizado en siete instalaciones carcelarias en cuatro estados norteamericanos— muestra que un 21 % de los reclusos vivieron por lo menos un episodio de contacto sexual bajo presión o forzado durante su encarcelamiento, y por lo menos un 7 % había sido violado en esos recintos.

En 1996, otro estudio, esta vez en el sistema de prisiones de Nebraska, produjo resultados similares: un 22 % de los reclusos masculinos informaron haber sido presionados u obligados a tener contacto sexual contra su voluntad. De ellos, más de un 50 % habían sido sometidos a sexo anal forzado. Una extrapolación de estos resultados al nivel nacional daría un total de por lo menos 140 000 reclusos violados en las prisiones norteamericanas, a donde Charles Granier ya ha retornado a trabajar.

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