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los que van a vencer te saludan

Paquita Armas Fonseca | La Habana


Parada en la calle 23, frente a las oficinas de Cubana de Aviación, y rodeada de centenares de personas te escuché, Comandante. Empezaste justo a las 7 y 45. Unas palabras serenas, sin eufemismos, con el respeto que nace de la grandeza, la tuya y la de más de un millón de personas que te seguimos en esta mañana   de mayo. Y también acompañados por otros millones que en toda Cuba latían junto a tus palabras. Y más: habría que ver los millones que en el mundo te dieron la razón, aún aquellos que no pueden decir esas verdades en alto.

Porque al dirigirte a Bush le hablaste no en nombre de quienes estábamos en el Malecón, lo hiciste también por cubanos y cubanas, y por  todos los terrícolas que ven cómo este planeta patas arriba pretende ser gobernado por la violencia, la prepotencia, el odio y el irrespeto.

Tú, Comandante, tienes la moral acrisolada  por más de siglo y medio de luchas contra las metrópolis. Tu lucha, la mía, la de todos y todas, es la misma que llevó a centenares de cimarrones a las lomas, y luego a los criollos a defender la tierra en la que nacieron, la Cuba que ya no era española, ni quería ser yanqui. Porque en yanqui nos han querido convertir desde que Jefferson imaginó el perfume de la Isla que le quedaba al Sur. Y no quisimos entonces, y mucho menos queremos ahora.

Han sido 45 años de amenazas. Cuando las primeras, tú, mi Comandante, no tenías canas y muchos de nosotros éramos niños. Después nacieron nuestros hijos que hoy también estuvieron contigo en la plaza. Y algunos hijos de nuestros hijos, bebés en coches con banderitas cubanas, ya desfilan para decir que no quieren ser yanquis.

Y ese es el problema, Mi Comandante, los de arriba, mejor los poderosos de arriba, no quieren  que seamos cubanos y cubanas, incluso con nuestros defectos, que los tenemos, pero así somos. Nos quieren arrebatar nuestra alegría, aquella que nace de los momentos más difíciles. Robarnos nuestros chistes, algunos de humor negro, y apoderarse de la música, el baile, el amor, la amistad, la solidaridad, y hasta el sexo,  forma parte de esa apetencia enfermiza hacia este pequeño país.

No quiero hablar de otras cosas, la baja mortalidad infantil, la universalización de la enseñanza, los éxitos deportivos, artísticos, científicos, todos gracias al inmenso capital humano que se ha ido formando con tu, mi, nuestra Revolución. Porque de esas cosas, ¿para qué hablar?, serían borradas inmediatamente en un intento de cegar la memoria.  Y con eliminar esos parámetros, ellos lo saben, no lograrían lo que pretenden: suprimir lo cubano, la esencia de la que estamos hechos y que alberga en sí misma todos los atributos de esta nación caribeña, que  le han permitido enfrentar al imperio y sus secuaces por decenas de años.

Entonces, salve Comandante, que es decir salve Cuba, salve nosotros y nosotras... por los siglos de los siglos seguiremos siendo ¡cubanos!

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