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TORTURA: ¿EL RESULTADO LÓGICO
DE LA GUERRA DE BUSH
POR LA DEMOCRACIA?
 
Saul Landau | EE.UU.

La mayoría de los ciudadanos de EE.UU. no reflexiona acerca de las causas del sentimiento antiamericano en gran parte del mundo.  Pero los que deciden la política una vez enfocaron precisamente este tema.  En 1947 George Kennan, que encabezaba la planificación de política del Departamento de Estado, asumió esa antipatía cuando escribió: “Tenemos aproximadamente el 60% de la riqueza del mundo, pero solo 6,3% de la población.  En esta situación no podemos dejar de ser objeto de envidia y resentimiento.  Nuestra verdadera tarea en el período que se avecina es idear un patrón de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad.  No necesitamos engañarnos de que podemos darnos hoy el lujo del altruismo y de la beneficencia mundial.  Debemos dejar de hablar acerca de objetivos vagos e irreales, como derechos humanos, el aumento del nivel de vida y la democratización.  No está lejos el día en que vamos a tener que tratar con conceptos directos de poder.  Mientras menos impedidos estemos por lemas idealistas, mejor”.

Para proteger y expandir el privilegio norteamericano por medio del poder, los presidentes usaron algo más que lemas idealistas: la retórica moralista emanó de la Casa Blanca.  Simultáneamente, desde la Segunda Guerra Mundial los promotores presidenciales de la democracia, la libertad, la autodeterminación y la paz han alterado consistentemente el destino de los pueblos del Tercer Mundo que no obedecieron a Washington.  Hasta 1989, “luchar contra el comunismo” justificó la intervención armada en Corea, Cuba, Viet Nam, la República Dominicana, Laos, Camboya, Granada y Panamá (solo algunos ejemplos).  A medida que EE.UU. emergía como un imperio mundial sus líderes negaban categóricamente toda intención imperial.  Es más, el presidente George W. Bush es el seguidor de un desfile de negadores presidenciales del imperio al asegurar repetidamente al mundo de la inherente bondad norteamericana; el mal está localizado externamente.

Así que cuando anunció que tropas norteamericanas invadirían Iraq, juró no solo librar al mundo del malvado Saddam Hussein y sus míticas armas de destrucción masiva y vínculos con Al-Qaeda, sino que haría de los iraquíes los beneficiados con la democracia y la libertad.

La evidencia acerca de las ADM y los vínculos terroristas no apabullaron al Presidente, pero él sabía que sus consejeros más cercanos encontrarían otros poderosos argumentos.  Dirigidos por el despectivo vicepresidente Dick Cheney y el presumido secretario de Defensa Rumsfeld, y rodeado del subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz, del ex presidente de la Junta de Política de Defensa Richard Perle y del jefe de personal de Cheney, Scooter Lobby, este clan de llamados neoconservadores empujaron a Bush hacia la guerra con Iraq (el mal).

El 19 de marzo de 2003 Bush fue a la guerra.  El 1ro. de mayo declaró la victoria.  Entonces la resistencia iraquí a la ocupación emergió y las bajas aumentaron.  Bush gruñó: “que vengan”, (lo que quiere decir “que vayan”) y culpó de la “insurgencia” a fanáticos extranjeros.  En abril de 2004 las bajas fueron 129 muertos y miles de heridos.  El Pentágono admitió calladamente que el núcleo de la insurgencia era iraquí, no extranjero.

Los reporteros descubrieron que iraquíes exiliados a sueldo del Pentágono habían suministrado la tontería que Bush había planteado al Congreso como evidencia sólida de que Saddam tenía ADM.  Ahmed Chalabi, “nuestro hombre en Bagdad” (mientras vivía en Washington), era la fuente de la inteligencia falsa antes de la guerra.  Bush luego lo nombró en el consejo gobernante de Iraq, donde no tenía seguidores ni calificación.  Es más, Jordania reclama su extradición por haber estafado unos $200 millones de dólares.

Debido a que las causas son tan débiles, la guerra ha dividido a los norteamericanos.  Antes de que comenzara, millones se manifestaron en contra en las calles.  Las diferencias han aumentado.  En abril los electores españoles derrotaron al partido favorable a la guerra del presidente José María Aznar.  El 3 de mayo el Primer Ministro electo, José Luis Rodríguez Zapatero expresó la opinión de la mayoría española.

“La misión en Iraq, que está cada día demostrando ser un fracaso, debiera servir de lección a la comunidad internacional: las guerras preventivas, nunca más; las violaciones del derecho internacional, nunca más.  La lucha real y más eficiente contra el terrorismo es por medio de la cooperación de los países democráticos, de todos los países libres, en Naciones Unidas, con la cooperación de todos y no por medio de intervenciones unilaterales que solo provocan el fracaso.

Las palabras de Rodríguez Zapatero aparecieron en las páginas de los periódicos junto a fotos que mostraban a soldados norteamericanos torturando a hombres y mujeres iraquíes.  El 5 de mayo las agencias de  noticias reportaron que 25 prisioneros habían muerto en prisiones controladas por EE.UU. en Afganistán e Iraq.  Ese día Bush reprendió al entrevistador de una emisora árabe de TV.  No se excusó por los abusos.  Repudió la tortura  la tortura sistemática por parte de las tropas  norteamericanas en Iraq, pero la calificó de un “incidente aislado”, actos cometidos por “unas pocas personas” que “no representan a los EE.UU. que yo conozco”.

Rumsfeld calificó de “antiamericanos” los sucios hechos.  Pero las tropas norteamericanas habían hecho repetidas veces cosas peores en Viet Nam y Corea.  Es más, las guerras producen atrocidades con la seguridad de que el día sigue a la noche y EE.UU.  ha iniciado más guerras desde 1950 que ninguna otra nación en el mundo.

¡Las excusas no son suficientes!  Pero comparen la pedante pose moralista de Bush con el lenguaje de la investigación por parte de la Brigada 800 de la Policía Militar.  Según el Mayor Gral. Antonio Taguba, “Soldados del Ejército de EE.UU. han cometido actos de atrocidad y graves violaciones del derecho internacional en Abu Ghraib/BCCF y en Campo Bucca, Iraq.”   Dijo que “altos líderes clave” habían dejado de cumplir con las regulaciones, políticas y directivas de orden establecidas para evitar los abusos a los detenidos en Abu Ghraib (BCCF) y en Campo Bucca durante el período de agosto de 2003 a febrero de 2004”.

En otras palabras, los que recibieron la orden de conquistar los corazones y mentes de los iraquíes cometieron “abusos criminales sádicos, flagrantes y perversos”.

Taguba mencionó “los siguientes actos”:

·  “Puñetazos, bofetadas y patadas a detenidos; saltar sobre sus pies desnudos;

·  Tomar videos y fotos de detenidos y detenidas desnudos;

·  Colocar por la fuerza a detenidos en varias posturas explícitamente sexuales para fotografiarlos;

·  Forzar a los detenidos a quitarse la ropa y mantenerlos desnudos por varios días;

·  Forzar a grupos de hombres detenidos a masturbarse mientras eran fotografiados y se les grababa en video;

·  Colocar a detenidos desnudos en un montón y saltarles encima;

·  Situar a un detenido desnudo parado sobre un cajón, con un saco de arena en la cabeza y colocarle alambres en los dedos de las manos, de los pies y en el pene para simular tortura eléctrica;

·  Escribir ‘Soy un Violadorista’ (sic) en la pierna de un detenido que supuestamente violó a otro detenido de 15 años de edad, y luego fotografiarlo desnudo;

·  Poner una cadena o collar de perro al cuello de un detenido y hacer que una mujer soldado pose a su lado para la foto;

·  Un policía militar realizando el acto sexual con una mujer detenida;

·  Uso de perros de trabajo militar (sin bozal) para intimidar y aterrorizar a los detenidos, y al menos en un caso hacer que mordieran y causaran graves daños a un detenido”.

Taguba culpa al mando.  Policías militares y trabajadores por contrato (mercenarios), dice él, habían sido alentados por sus superiores para que ablandaran a los prisioneros ante de los interrogatorios.

Pero el sádico rastro pornográfico de Abu Ghraib llega hasta la Casa Blanca.  Iraq es la guerra de George Bush.  Si Saddam era el mal, ¿cómo explicar el hedor de pecado que surge ahora de las legiones del “bien” de Bush?  Es más, meses antes de que el artículo de Seymour Hersh en The New Yorker del 3 de mayo revelara el escándalo, investigadores policiales del Ejército habían entrevistado a más de 50 testigos entre militares, contratistas y detenidos iraquíes.  Las fotos y videos de horror de Abu Ghraib circularon en sectores de la seguridad nacional meses antes de que las conociera el público.  ¿Ocultó Rumsfeld esto al Presidente o Bush lo supo y no hizo nada?

Los adultos aceptan su responsabilidad.  Bush se la pasó a otros.  Ruedan cabezas  militares; otras también lo harán.  Pero el tema de la tortura va más allá de los actos cometidos por sádicos soldados norteamericanos atemorizados, frustrados y airados alentados por sus superiores.  Al igual que la masacre de My Lai y otras en Viet Nam, los abusos en las prisiones iraquíes son consecuencia de la guerra misma especialmente una guerra basada en falsas premisas.

En la segunda semana de mayo, el número de muertos norteamericanos se acercó a 800, los heridos a casi 10 000.  La misión de transformar a Iraq en nuestro modelo político se esfuma a medida que las repulsivas fotos de tortura viajan por todo el mundo musulmán.  En vez de una victoria en Iraq regresamos a estúpidas guerras pasadas.

En 1968 los vietnamitas lanzaron su Ofensiva del Tet desmintiendo el pronóstico militar norteamericano acerca de su debilidad.  El Senador por Vermont George Aiken aconsejó a un desconsolado presidente Lyndon Jonson que “simplemente declare la victoria y regrese a casa”.

Seis años más tarde, después que decenas de miles de soldados norteamericanos y millones de vietnamitas habían muerto, EE.UU. huyó a la carrera.  En 1975 el Congreso eliminó los fondos para la guerra.  Funcionarios norteamericanos en Saigón quemaban frenéticamente documentos y dinero.  Guardas en la embajada de EE.UU. bayoneteaban a vietnamitas desesperados que trataban de escapar del nuevo gobierno vietnamita.

La historia amenaza con repetirse en Iraq.  Al haber lanzado nuevamente una guerra imperial injustificada bajo el axioma de negar el imperio, el propio jefe imperialista se niega a sí mismo.  “Libertad y democracia”, canturreó Bush en su poco habitual e incoherente conferencia de prensa en abril.  Bush, el triunfante del portaaviones Abraham Lincoln en mayo pasado, se ha puesto a la defensiva, buscando culpar a otros de sus propios tontos y sangrientos actos.  John Kerry tiene el deber moral y político de llamar ahora a la rápida retirada de las fuerzas norteamericanas de Iraq.  Tal acción abrumaría a Bush, el cobarde “decidido” que piensa que “honrar a los caídos” significa que otros caigan.  No está capacitado para el cargo.

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