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CRUELDAD
 
Ser cubano —viva en Cuba o en EE.UU.— basta para que pueda ser torturado, alejado de su familia, condenado al hambre e, incluso, asesinado. Lo peor es ver regresar la idea bárbara de responsabilidad colectiva, que castiga a una familia, a una población, por el crimen o supuesto crimen de la insubordinación política.


Rosa Miriam Elizalde | La Habana


La crueldad humana a veces sobrepasa todos los límites. Hay que leer detenidamente esas medidas recién anunciadas por la administración Bush —un informe encargado a Colin Powell, secretario de Estado, donde asoma su oreja peluda la torpeza de Otto Reich y de la mafia de Miami— para descubrir con vértigo los infinitos caminos del odio, su capacidad para crecer ahí donde tiene cobija.

Este informe de 400 páginas, traducidas a un español mal hilvanado que reproduce la web del Gobierno norteamericano, habría que estudiarlo como lo que es: un manual sádico anunciado con impudicia, sin ningún recato, con el presupuesto de que los cubanos, por el solo hecho de vivir en la Isla, son seres inferiores, una subcategoría que merece ser tratada sin respeto alguno a su dignidad y a su voluntad.

Desde el punto de vista ético y político, lo peor de este engendro es que nos niega el derecho a nuestra propia identidad humana. Ser cubano —viva en Cuba o en EE.UU.— basta para que pueda ser torturado, alejado de su familia, condenado al hambre e, incluso, asesinado. Lo peor es ver regresar la idea bárbara de responsabilidad colectiva, que castiga a una familia, a una población, por el crimen o supuesto crimen de la insubordinación política.

Pero lo más insólito —y no necesariamente lo más cruel, porque hay mucho por donde cortar en ese informe— es la transparencia en el instrumental que utilizarán para hacer más dolorosa la separación familiar, para dinamitar definitivamente el precario puente de comunicación entre cubanos de la Isla y los que viven en EE.UU., en su gran mayoría no afiliados a los grupos ultraderechistas de Miami. Está todo muy claramente dicho.

Madres e hijos, esposas y esposos no se podrán ver, salvo una vez cada tres años, si no obtienen un permiso especial, y si no están incluidos en una lista negra que exonera de toda posibilidad de cercanía con sus seres queridos a quienes no practican una ideología fascista como la de los inventores de estas medidas. Se decreta que la familia es solo el lazo primero consanguinidad: los cubanos no tenemos derecho a tener primos, tíos, bisabuelos, ni amigos cercanos. El cubanoamericano no podrá tener contacto con su suelo natal y será perseguido con saña, como un terrorista, si intenta otra vía para viajar a la Isla, algo que también está previsto para todos los ciudadanos norteamericanos que deseen poner un pie en Cuba.

Francamente, cuando leí este insólito recetario del horror, en quienes primero pensé fue en los familiares de los Cinco, en esas madres y esposas sometidas durante años al chantaje, a la tortura sicológica, al drama del hogar fracturado, a la crueldad injustificable y cotidiana. Las madres, hijos y algunas esposas que han logrado ver a nuestros presos, solo lo han podido hacer en muy pocas ocasiones, después de dilatados y burocráticos procesos para el otorgamiento de la visa que se parecen bastante a esa licencia que pretenden otorgarles a las personas de origen cubano que viven en EE.UU.

Adriana y Olguita, las esposas de Gerardo y René, respectivamente, no han podido visitarlos en prisión en todos estos años, y los argumentos han sido similares a los que aparecen ahora en ese desvergonzado pliego de medidas. Estamos asistiendo a la réplica de las torturas y los vejámenes, y de aplicarse, multiplicará para decenas de miles de personas el sufrimiento, como ya se está padeciendo en los hogares de Gerardo, René, Antonio, Ramón y Fernando.

Esta situación prueba nuevamente la certeza de un concepto por el cual nos lanzamos todos en la Isla —y también muchos dignos cubanos en EE.UU. — a reclamar el regreso del niño Elián González en aquella memorable batalla que le ganamos al enemigo: cuando peleamos contra el gobierno fascista de turno en EE.UU. por la justicia para un ser humano, en realidad lo hacemos también por todos nosotros. Uno somos todos, dijo Fidel. La crueldad contra un niño o contra Cinco hombres extraordinarios y sus familiares, es en realidad ejercida o por ejercer contra todos nosotros. El odio, también, es contra todos.

De modo que esta medida no avala en realidad una conducta diferente a la que nos tienen acostumbrados los gobernantes norteamericanos. La novedad es, tal vez, recogerla con absoluta impiedad y soberbia en un plan de medidas que puede llegar a ser cuerpo de ley en ese país, ejercido contra Cuba, contra los ciudadanos norteamericanos y por lógica extensión, contra el mundo.

Que el odio y el desprecio contra Elián y contra los Cinco sean en realidad contra todos los cubanos, no es más que una amenaza contra cada habitante del planeta que intente cualquier acto de rebelión y decoro. No se necesita ser un gran jurista para saber que si el poderoso vecino tortura y mata junto a su casa, y todo sigue igual, terminará matando al vecindario entero, porque la impunidad tiene un efecto estimulante sobre el delito.

Es posible todavía impedir que esto llegue a aberración jurídica. No hace falta ser un militante político para entender que nada ni nadie tiene derecho a cortar los lazos familiares, ni someter a un pueblo a semejante brutalidad. Umberto Eco lo dijo, y me parece en este caso esencial: La conciencia del horror puede frenar la crueldad de este mundo. Probemos que es verdad, por todo el que sienta todavía la responsabilidad de ser humano.

Tomado de: Cubadebate

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