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EN EL PARQUE DE LUCEVÁN
 
Estaba sentado en un banco del Parque de Luceván, al atardecer, frente a la Avenida 51, en Marianao, y su bicicleta Phoenix (de fabricación china) reposaba contra un árbol cercano, y las dos cajas de cartón con sus pertenencias reposaban también, atadas chapuceramente a la parrilla de la bicicleta. En su boca alargada, sin labios, se dibujaba una especie de sonrisa muy leve, y el sudor humedecía su alta frente: las únicas señales de angustia que se permiten los estoicos. 


Abel Prieto | La Habana

 

Oh Señor, ¿podrías comprarme un Mercedes Benz?
¿Podrías comprarme un televisor a
color?

JANIS JOPLlN,
Oh Lord.

No puedo ver mi reflejo en el agua;
nada puedo decir que no
muestre dolor;
no oigo el eco de mis pasos;
no recuerdo el sonido de
mi propio nombre.

B0B DYLAN, Tomorrow is a
long time.

Las biografías de Marco Aurelio Escobedo, el nuestro, el Pequeño, y de Godofredo Laferté, es decir, del eterno Freddy Mamoncillo, se volvieron a cruzar en el momento preciso, cuando la necesidad exigía a gritos del azar ese sprint impostergable, ese empujón para llegar a tiempo, para llegar ahora y no más tarde o dentro de diez años o cuando nada tenga sentido o cuando, si algo lo tiene, sea un sentido espurio, desnaturalizado y otro. 

Marco Aurelio el Pequeño, deprimido, en Baja, solo y sin casa y sin más brújula que el ejemplar gastado, maltrecho, de los Pensamientos de su famoso homónimo, recordaba la profecía de aquel médico, de aquella Eminencia, y comprendía que era falsa y engañosa como las profecías de las brujas de Macbeth, y que las "muchas novias" no habían sido nunca para él, ni las "muchas novias" ni la felicidad prometida, y se sentía en eso que llaman el borde del abismo: debía ocurrir sin tardanza lo que "estaba escrito" en algún sitio y que el Pequeño se encontrara con uno de sus amigos más antiguos, con Mamoncillo, que vivía un ciclo muy peligroso de abrumadora plenitud, de Alza, de abundancia y de "luces", y Mamoncillo, para salvarse de sí mismo y de sus propios éxitos, para que su Alza no lo cegara y perdiera, necesitaba a su vez de Marco Aurelio. Así se produjo el milagro, y sus vidas paralelas convergieron, y sus Almas Razonables se fecundaron mutuamente. 

El Pequeño acababa de romper con Tamara, en lo que sería al fin la Separación, así, a secas, la de verdad, la Definitiva. Habían pasado cuatro o cinco años desde aquella otra, la conocida como Primera Separación, a la que siguió una reconciliación maltrecha y el proceso laborioso, tenso, en que Marco Aurelio empleó todas sus fuerzas, todos sus recursos y la paciencia y la capacidad persuasiva de los estoicos para reconstruir el matrimonio sobre "nuevas bases", así decía, el pobre. Fue un desgaste inútil: no habría "nuevas bases" porque Tamara era la misma y continuaría siendo la misma hasta su último día sobre la Tierra. En ella la Vida Ficticia, la mediocridad y el amor obsesivo hacia las Cosas no eran aditamentos o piezas añadidas que pudieran sustituirse: lo Ficticio estaba en Tamara a nivel celular, formando parte de sus tejidos, de sus tres sustancias, de la estructura misma de su Ser. La Suegra, es cierto, ya no vivía con ellos; pero los acompañaba en espíritu minuto a minuto, y su influencia corrosiva se advertía en cada acto, en cada palabra de Tamara, y hasta en el Niño. 

Marco Aurelio se había preparado bien para la Conversación Trascendental. No quería herir a Tamara ni mentir ni crear situaciones confusas que hicieran más difícil la ruptura: pretendía (sobre todo) que el Niño se afectara lo menos posible. Pensó introducir el tema con una reflexión general sobre el matrimonio: cómo es un desafío cotidiano para la pareja; cómo se edifica sobre la tolerancia, las concesiones mutuas y un acoplamiento físico, moral y espiritual en extremo complejo; cómo pocas veces sale bien y cómo (si fracasa) hay que enfrentar el hecho con mucha madurez, especialmente si la pareja ha tenido hijos. Tamara, por supuesto, destruyó el plan de la Conversación Trascendental cuando apenas empezaba a desplegarse. La introducción quedó a medias, y se abrieron las compuertas del resentimiento, y Marco Aurelio se hizo a un lado para permitir que fluyera todo aquel torrente bilioso. 

Tamara estuvo diciendo atrocidades durante hora y media o más, mientras él colocaba sus pocas pertenencias en un par de cajas de cartón. Había sido una partición de bienes precipitada y en cierto modo desigual; pero el Pequeño no discutía sobre las Cosas, que son perecederas y fútiles, y prefería irse con las manos vacías. Era una lección heredada de su difunto padre y del Polaco y del Grande y de Epicteto y de todos aquellos que han trabajado por apartar al hombre de la Falsa Vida y de sus espejismos. 

Tamara se quedaba con el Niño, el apartamento, los muebles, la doble cassettera japonesa Crown, el ventilador chino Wahson de tres velocidades, el refrigerador ruso Snaigé, la lavadora Aurika, también rusa, y el televisor rusocubano Caribe. El Pequeño, por su parte, podía llevarse la bicicleta china Phoenix que le acababan de vender en la Empresa, el ventilador ruso Órbita V, comprado en el 78 con sus propias manos y con los rubios de su dieta en el GUM de Moscú, los cassettes de los Beatles, Dylan y Janis Joplin, sus afiches (dos que anunciaban películas del ICAIC y uno del Che), el juego de ajedrez, sus diez o doce libros, la ropa y los zapatos, las chancletas de goma y nada más. 

El único objeto que le dolía perder era su grabadora Crown, a pesar de los muchos años de uso y de los achaques que se iban advirtiendo en ella. Tamara la defendió sin miramientos ("para el Niño", dijo), y él cedió enseguida, como debe ser. Había pensado a menudo, y le hubiera gustado hablar del asunto con su padre, que una grabadora para oír música, no cualquier música sino la de uno, la que uno prefiere y escoge para siempre, no ha de considerarse parte de la Vida Ficticia: la música se dirige a lo más depurado del hombre; es el Alma Razonable, no la Animal, quien ríe y se regocija cuando la escucha. Se permitía discrepar así de su ilustre tocayo, el otro Marco Aurelio, el Grande, que descomponía en sonidos sueltos las más bellas melodías para revelamos la vanidad de ese arte y de sus aficionados. La música (opinaba el Pequeño) pertenece al ámbito de la Vida Verdadera: el método del Grande, tan usado por Serafín Escobedo en la Guerra de los Cincuenta Años, funcionaba para las Cosas del mundo material, pero no para ese fluido incorpóreo que acude sin intermediarios al espíritu del hombre y lo respalda incluso en sus esfuerzos de elevación y en el rechazo a lo Ficticio. Aunque, realmente, ya no había por qué continuar aquella disquisición: Tamara había dicho como de costumbre la última palabra. "Si quieres oír música (dijo), búscate dólares y cómprate un equipo". Eso: música, dólares y "un equipo". 

Pero ahora se levantaba ante él (ante el Pequeño) una carencia infinitamente mayor que la dejada por su grabadora y por su música y que afectaba la Vida Verdadera de una forma mucho más radical: no tenía un techo bajo el cual guarecerse y dormir y entregarse al Insomnio y repasar alguna partida de Larsen y releer los Pensamientos del Grande o Los Karamázov cualquier otro de sus libros. La gente obsesionada por hacerse de una casa lujosa, excesiva, con más espacio que el imprescindible, se orienta decididamente hacia lo Ficticio: eso está claro, sí, pero cómo se edifica una Vida Verdadera digna de ese nombre cuando se carece al menos de un agujero donde el Cuerpo y el Alma Animal encuentren, no placer, sino un mínimo acomodo, y el Alma Razonable crezca y se eleve en la lectura o en el libre filosofar. Diógenes, es cierto, había escogido la variante extrema, la del barril; pero Marco Aurelio desconfiaba de Diógenes y de los cínicos exhibicionistas y veía en ellos una cierta pose, un deseo de llamar la atención que en esencia pertenecía, y pertenece, al ámbito de lo Ficticio. 

A la casa de Buen Retiro no podía volver: no lo querían allí y estaba (además) al tope. El denominado Cuartico de Criados o Medio Cuarto (donde Marco Aurelio se instaló durante la Primera Separación) había sido tomado con violencia por los dos sobrinos mayores, que oían heavy metal y se masturbaban continuamente y conseguían, nadie sabe cómo, chiclets y cigarros Marlboro y revistas de Afuera y mascaban y fumaban y recortaban fotos de las revistas (carros, mujeres, publicidad) y las pegaban en las paredes junto a sus afiches de Guns N'Roses y de Metallica. Su hermano, también divorciado, dormía ahora en el sofá de la sala y el resto del tiempo lo empleaba en cortejar a una cuarentona de buen ver, con casa, sí, con una casa de patio y jardín en La Coronela. 

La hermana, el cuñado y dos o tres sobrinos menores se peleaban, se amaban, se reproducían con furia de insectos en uno de los cuartos propiamente dichos, y la madre, en el otro cuarto, a oscuras, contaba en silencio los dólares que enviaba la parentela de Miami y planificaba con extrema cautela cómo gastarlos. 

Tras la muerte de Serafín Escobedo y del fin (por abandono) de la Guerra de los Cincuenta Años, habían cobrado fuerza otras guerritas regionales que no debían subestimarse: se discutía permanentemente, por una parte, a causa de los dólares, en un nuevo choque conceptual que enfrentaba la tacañería (según palabras de la hija) al despilfarro (según la madre); por otra, empezaba a desplegarse una lucha callada, de maniobras, en la cual la hermana, el cuñado y los sobrinos ganaban terreno poco a poco, en la cocina, en la terraza y en la propia sala, y ya habían usado la cuna del nieto más chiquito como avanzada para penetrar (sin éxito por el momento) en el cuarto de la madre. No era posible retroceder hacia la casa de Buen Retiro, hacia aquella "retaguardia" traicionera y preñada de enemigos. 

¿A quién acudir? Años atrás, la Empresa y su colectivo de trabajadores le habían concedido un apartamento a él, al Pequeño, a Marco Aurelio Escobedo, por sus problemas, sí, porque vivía con sus suegros, cruelmente agregado, y además por sus méritos como asesor jurídico, como el asesor jurídico más preciso y eficaz del que hubiera memoria. Si se dirigía a la Empresa, qué podía alegar: ¿que necesitaba otro apartamento porque le había dejado el suyo a Tamara y al Niño? El Director, el Sindicato, el colectivo y cada uno de sus integrantes le iban a indicar un solo camino: la permuta por dos. ¿Y quién permuta por dos un apartamento de un cuarto y medio, y de microbrigada, nada menos que en la Lisa? Tamara diría: "Búscate dólares y ofrécelos en la permuta". Eso: dólares, "un equipo", "una permuta". 

Los pensamientos del Pequeño se ennegrecían más y más. Estaba sentado en un banco del Parque de Luceván, al atardecer, frente a la Avenida 51, en Marianao, y su bicicleta Phoenix (de fabricación china) reposaba contra un árbol cercano, y las dos cajas de cartón con sus pertenencias reposaban también, atadas chapuceramente a la parrilla de la bicicleta. En su boca alargada, sin labios, se dibujaba una especie de sonrisa muy leve, y el sudor humedecía su alta frente: las únicas señales de angustia que se permiten los estoicos. 

Como los tres cerditos del cuento, estaba atento ahora a la respiración del lobo, que se llenaba los pulmones de aire al otro lado de la puerta. Escuchaba el bramido horroroso de la bestia, preparada ya para soplar y derribar sus pobres defensas. 

Llegó entonces, como el Muchacho de la Película, Freddy Mamoncillo. Un claxon potente interrumpió las cavilaciones de Marco Aurelio, el trompetazo del claxon y una voz nasal, extrañamente familiar, que gritó su nombre, una, dos, tres veces, y el ojo malo siguió el vuelo de los gorriones asustados, y el ojo bueno vio un automóvil Nissan, japonés ciento por ciento, y vio a Mamoncillo dentro del automóvil y vio cómo se parqueaba al costado del Parque de Luceván y vio cómo el chofer, es decir, Mamoncillo, se bajaba del automóvil y cómo venía hacia él con gestos efusivos de alegría y lo abrazaba a él, al Pequeño, y le palmeaba las espaldas y le hacía un interrogatorio completo sin dejar de darle golpecitos cariñosos en los hombros y manotazos en las rodillas. 

Marco Aurelio informó de sus cuitas en un tono neutro, sin altibajos ni sentimentalismos, como un especialista de la UNESCO; pero su amigo percibió enseguida la hondura del pozo desde el cual salían a flote, trabajosamente, la sonrisa leve y estoica y aquella voz monocorde que no se quebraba por un milagro de la voluntad. 

"Te mudas conmigo", exclamó de pronto Mamoncillo. "No se habla más de eso: te mudas para mi casa, te mudas conmigo", dijo, y sacudió de nuevo los omóplatos del Pequeño, que se había turbado con la propuesta, que bizqueaba, aturdido, y preguntaba débilmente si habría suficiente espacio, y Mamoncillo aseguró que en su casa "se sobra el espacio", así dijo, "y está aquí cerca, en Playa, en 62 y 19, una zona muy linda y muy tranquila, y a mi señora le va a encantar la idea", añadió, y le contó que ella (su señora) estuvo también en el Pre "y se acuerda de ti, claro que se acuerda, si a cada rato hablamos de aquel partido de basket con el Vedado. ¿Tú no sueñas de noche que Tamakún te viene p'arriba como un Frankenstein de siete pies?" Y Marco Aurelio, aunque estaba conmovido en la parte más blanda y afectiva de su Alma Razonable, se rió mostrando todos los dientes, como de ningún modo se ríen los estoicos, y Mamoncillo lo acompañó en la risa, y así, riéndose como dos muchachos, fueron a abrir el maletero del Nissan y a poner allí la bicicleta Phoenix y las cajas de cartón. 

Aquí reaparece la Risa Cubana (no el relajo ni el choteo, sino la risa) con toda su capacidad expansiva. En ella no sólo se mezclan las razas y los colores de la gente y sus creencias y el Atraso y el Adelanto: también se diluyen en su masa gelatinosa los estoicos y los pícaros, los esclavos de lo Ficticio y los que siguen la Doctrina del Desasimiento, los hedonistas empedernidos y los que toman el ron muy aguado, los chupadores, tan hábiles en la succión de frutas y de Cuerpos, y los que no saben chupar, los que han leído Los Karamázov y comparten la fe de Aliosha y la duda de Iván y los que viven ajenos por igual a la duda y a la fe y no se, acercan al Dimitri repleto de amor, vodka y pasión, sino al viejo Karamázov, y es por eso que algunos teóricos examinan con sospecha la Risa Cubana y la consideran "moralmente peligrosa", así dicen, y rechazan la presencia entre nosotros de la gran anémona del Caribe y quisieran dotarla de una concha y de las espinas del erizo marino y de los llamados atributos defensivos: corazas, dientes, escamas y hasta tinta de calamar y cuanto pudiera "mejorarla", según dicen, "y aumentar su capacidad de discernimiento". 

Quizás habría que dejar la teoría, hacer una pausa aquí y proponer otro relieve: otro friso romano, pero muy ingenuo, muy relajado, sin demasiadas aspiraciones, donde aparezca la figura escuálida de Marco Aurelio el Pequeño tratando de acomodar la bicicleta en el automóvil y Mamoncillo a su lado, muy gordo ahora, ayudándolo con las cajas. Las dos figuritas de piedra están riéndose, y es una risa de piedra, pero se ve muy bien, se ve como un destello en los rostros de piedra, en unos rostros rejuvenecidos, casi adolescentes, y es una risa que no aparece en la Columna Trajana ni en la Columna de Marco Aurelio el Grande ni en los sarcófagos de patricios y generales ni siquiera en el panteón de Q. Haterius Tychicus ni en los de otros plebeyos adinerados. Así este friso, el friso del Parque de Luceván, tendría que ser estudiado minuciosamente por los arqueólogos y por todos los que tratan de reconstruir la evolución de la criatura humana, a causa de esa risa tan vital, tan abierta, donde se disolvieron y fundieron durante unos segundos lo Ficticio y lo Verdadero. 

Cuando la bicicleta y las cajas estuvieron en el Nissan, Freddy anunció que iba a llamar por teléfono a Amarilis, a su señora, para que fuera preparando algo de comer: "vamos a darle un telefonazo", dijo, y Marco Aurelio no entendió y buscó en los alrededores con la mirada (con el ojo bueno y con el malo) a ver si era posible el doble prodigio: encontrar, primero, una cabina telefónica en el Parque de Luceván o en la acera de enfrente o en la esquina de la farmacia y, segundo, que en la tal cabina hubiera un aparato en funcionamiento. Pero Mamoncillo no buscaba ningún prodigio con sus ojitos (buenos los dos, y chispeantes): se recostaba ahora al carro y sostenía con la mano izquierda un teléfono celular y con el dedo índice de la derecha marcaba graciosamente las teclas. La risa clara de los mejores días del Pre, la Risa Cubana en su versión más juvenil, había desaparecido de la boca redonda, y ahora sonreía en el anochecer de Marianao, orgulloso de sí mismo y del celular y del carro y de su holgada camisa verde limón y de su estampa toda, mal alumbrada (era una lástima) por un bombillo macilento. 

El Pequeño supo que "el telefonazo" no estaba destinado a Amarilis, sino a él, a Marco Aurelio, y no sólo a él, también a los negritos que jugaban pelota en el Parque de Luceván (que habían detenido el juego), a negritos, blanquitas y mulaticos, a niños y a adultos, a los paseantes y a todo el barrio. 

"Freddy", habló el estoico entonces con una voz súbitamente grave y metálica: "yo no quiero ofenderte; tú me has dado una muestra de amistad que no se me va a olvidar más nunca, te lo juro, pero es mejor que yo no vaya para tu casa", dijo, y hubo una pausa, y Mamoncillo se despegó del carro y empezó a preguntar ("¿por qué, por qué?") con una alarma repentina, desproporcionada, y clavaba sus ojitos infantiles en los del Pequeño, que huían (el bueno y el malo) y esquivaban la mirada del otro. "Yo padezco de Insomnio", argumentó Marco Aurelio, "y de noche me levanto veinte veces", dijo, y Mamoncillo lo zarandeó por los hombros con sus manos largas y femeninas: "Pero si vas a tener un cuarto para ti solo, comemierda, y si quieres te levantas mil veces, dos mil veces, y te pones a leer o a jugar ajedrez contigo mismo o te haces una paja o lo que se te ocurra", así dijo, y parecía a punto de llorar (el rostro cada vez más aniñado, un sollozo en la boca blanda) y casi estaba suplicando. "Coño, mi hermano (siguió diciendo), acabo de hablar con Amarilis y si tú supieras lo contenta que se puso, ahora mismo iba a limpiar un poco el cuarto, ahora mismito iba a limpiarlo, por mi madre que sí", dijo, y Marco Aurelio el nuestro enderezó su ojo derecho y logró alinearlo con el izquierdo y miró a su amigo del Pre cara a cara: "Vamos para allá, Freddy (dijo, muy serio), pero nada más que por unos días, mientras yo consigo algún lugar, ¿así está bien?", y Mamoncillo asintió y volvió a sonreír (el rostro se le recompuso en un instante) y abrió la puerta del automóvil con una reverencia: "Tú vas a ver qué cómodo vas a estar, tú vas a ver cómo te va a gustar mi casa y cómo después, para sacarte de ahí, te vaya tener que dar candela como al macao, tú vas a ver: en mi casa hay de todo", dijo, y el Pequeño se acordó de su madre, de cómo pronunciaba su madre aquel de todo.

Capítulo 14 de la novela El vuelo del gato, Editorial Letras Cubanas, 1999.

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