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KERRY A 90 MILLAS DE CUBA
 
Jesús Arboleya Cervera| La Habana


El senador John Kerry visitó recientemente el estado de la Florida. Llegó con la nominación demócrata asegurada y lo recibieron con buenas noticias, toda vez que las encuestas lo ubican con cierta ventaja sobre el presidente George W. Bush en ese estado. En realidad ello no constituye una rareza, Clinton ganó la Florida en 1988 y Gore hizo lo mismo en el 2000, solo que le robaron las elecciones en Miami. Ambos perdieron en la comunidad cubanoamericana, lo que indica que este voto no es indispensable para ganar en el estado. Aunque las próximas elecciones se auguran tan reñidas que cada voto cuenta, por lo que todo el mundo aspira a ganar la diferencia.

A pesar de que el senador no incluyó a Miami en su visita, no pudo evitar que saliera a relucir el tema de Cuba. Más allá de la indispensable declaración de fe anticomunista, Kerry se condujo con una intencionada ambigüedad, cosa que contrastó con sus declaraciones sobre otros temas. Dijo no tener definida su posición ante el problema y manifestó su intención de consultarlo a profundidad con sus amigos de Florida. Se mostró confundido, más bien ignorante, de la distinción entre “pies secos” y “pies mojados” para el tratamiento de los inmigrantes ilegales cubanos y, por último, afirmó que era favorable al mantenimiento de las sanciones a Cuba, aunque dijo que valdría la pena revisar lo relacionado con las prohibiciones de viaje y el intercambio cultural.

De estas respuestas puede inferirse que Kerry sigue considerando el asunto cubano como un problema básicamente floridano –dígase electoral– donde poco influye el resto de la opinión nacional. Esto constituye un error bastante común entre los políticos norteamericanos. Es el resultado de una inercia que pasa por alto la extensión que ha tenido este debate en el resto del país y enajena al creciente número de norteamericanos que proponen un cambio de política, a pesar de que esta resistencia ha debilitado sensiblemente la preponderancia, casi indisputada, que el lobby de la extrema derecha cubanoamericana tenía sobre este asunto a escala nacional.

Ello es el resultado del creciente interés despertado por el mercado cubano, incluso para muchos empresarios floridanos. A pesar de las enormes dificultades impuestas por el gobierno a la venta de alimentos a Cuba, estas ventas ya ascienden a 400 millones de dólares, un negocio importante para el deprimido sector agroalimentario norteamericano, el cual prácticamente se sostiene a partir de los cuestionados subsidios gubernamentales. Este sector se caracteriza por su afiliación mayoritariamente republicana, su ideología conservadora y su peso electoral en estados que pudieran resultar claves en las próximas elecciones.

Hoy día, nadie puede calcular cuál sería el impacto que tendría, en este sector, una propuesta de mayor apertura comercial hacia Cuba por parte de Kerry. Pero, en cualquier caso, tendría poco que perder con intentarlo. Por lo pronto, pondría en aprietos a la maquinaria republicana en varios estados, cuyos representantes se encuentran entre los que votaron a favor de enmiendas contrarias a la política gubernamental e, incluso, han viajado a Cuba para impulsar estos negocios.

La lógica de los sectores interesados en el mercado cubano es que este pudiera ampliarse si se eliminaran las restricciones existentes y se facilitaran a Cuba otras fuentes de ingreso, mediante la apertura de los viajes y el comercio bilateral, así como el acceso a créditos norteamericanos. O sea, las ventajas económicas resultantes de estas operaciones no irían a parar solo “a las manos del gobierno de Castro”, como dice Bush y la extrema derecha cubanoamericana, sino que beneficiarían a los propios agricultores norteamericanos y a otros sectores de ese país. 

El asunto de las sanciones económicas a Cuba y la prohibición de los viajes a los ciudadanos de EE.UU. no constituyen, por tanto, un problema exclusivo de los cubanoamericanos en la Florida, pero aún suponiendo que así fuera, es cuestionable que una propuesta a favor de un cambio de política afectara realmente al senador demócrata.

La misma inercia de la política norteamericana conduce a los candidatos a asumir que la única agenda posible en Miami es subir la parada en la beligerancia, lo cual es casi ridículo para un político como Kerry, que nunca podrá colocarse a la derecha de Bush. Intentarlo conduce a Kerry a contradecir su historial y la lógica de su agenda, lo cual debilita su credibilidad y lo coloca a la defensiva. Por solo citar un par de ejemplos, tendría que explicar su voto contra la ley Helms-Burton –cosa que ya ocurrió- y su apoyo a la enmienda por la suspensión de las restricciones a los viajes, sobre la cual, aunque no votó por estar en campaña, hizo saber oficialmente su posición.

En Miami, Bush cuenta con un electorado que votará por él de todas formas, ya que lo consideran más propenso a realizar una intervención armada contra Cuba, no importa cuál sea la retórica demócrata. Esta es la razón por la que idolatran a Nixon y a Regan, y también es la razón por la que odian a Kennedy, a pesar de que ningún otro presidente brindó mayor ayuda concreta a la “causa” contrarrevolucionaria. Lo que interesa es quien puede sacar más rápido el revólver y en la comparación de seguro gana el vaquero tejano frente al liberal de Massachussets.

Recientes encuestas caracterizan a este electorado como el llamado “exilio histórico”, pero ellos solo constituyen el 50% de la comunidad. El otro 50%, el que emigró a ese país después de 1980, tiene otra actitud, pero de ellos apenas vota un 20%. Desconozco las razones por las cuales no votan, con seguridad influye que muchos aún no son ciudadanos o no están inscritos como ocurre con otros inmigrantes debido a la discriminación de la cual son objeto. No obstante, esta apatía pudiera estar relacionada con el hecho de que sus intereses son distintos a los de la extrema derecha y no están reflejados en la agenda de ninguno de los partidos.

No necesito encuestas para caracterizar a los nuevos emigrados. Hasta hace poco convivían con nosotros, algunos son mis familiares o mis amigos, mantienen un contacto activo con sus familias y viven en la zozobra de que se cancelen los viajes o se prohíba el envío de remesas. La lógica me indica que jamás apoyarían una política que ponga en peligro la vida de sus seres queridos. Al contrario, emigraron aprovechando las excepcionales ventajas que les brinda la ley norteamericana, con la ilusión de mejorar sus condiciones económicas y ayudar a su familia residente en el país. Cualquiera que sean sus criterios respecto al gobierno cubano, su posición no es la beligerancia.

Si realmente Kerry ofrece garantías a estas personas de que su derecho al contacto con Cuba será respetado y crea los mecanismos para movilizarlos en función de las elecciones, podrá encontrar en ellos a un electorado con suficiente cultura política para integrarse con facilidad al sistema. Todavía no son mayoría, no controlan la vida política local, no tienen dinero y sus opiniones no aparecen en la prensa, pero a lo mejor son ellos los que producen la añorada diferencia. Está por verse si Kerry adopta esta táctica, parece que todo dependerá del consejo de sus amigos floridanos.
 

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