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Turismo de los perseguidos
en Cuba
 
Los supuestos perseguidos políticos son recibidos a grito “pelado” por sus parientes en el aeropuerto y disfrutan el reencuentro en fiestas que gustan filmar con las cámaras que trajeron “del Norte”.  Aún así, el viaje debe ser clandestino, ya que no conviene que se enteren en Miami.

Jesús Arboleya Cervera| La Habana


Si un cubano decide emigrar legalmente hacia EE.UU., debe enviar sus referencias a la Sección de Intereses de ese país en La Habana y tener la suerte de ganarse “el bombo”. Un raro sorteo donde la mayoría de los ganadores son profesionales altamente calificados o personas con influencia en aquellos lugares donde “sacan la bolita”.

Una opción más segura es lograr que lo consideren “refugiado”. Según la Convención para los Refugiados de la ONU, aprobada en 1951, refugiado es aquel que tiene “fundados temores de ser perseguido por motivos de raza, religión, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, que se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a consecuencia de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país”. O sea, se establecen dos requisitos básicos para ser considerado como refugiado: ser perseguido con peligro real para la vida y encontrarse fuera del país de origen.

EE.UU. cuestionó esta definición por considerarla “demasiado amplia” y no vino a adoptarla en sus leyes hasta 1969, cuando firmó el Protocolo para los Refugiados adoptado por la ONU en 1966.  No obstante, en el caso de los cubanos ha sido mucho más generoso.  Ellos pueden radicar en Cuba, trabajar o estudiar como cualquier otro ciudadano y ser tan perseguidos que, para ser recibidos por los funcionarios estadounidenses, cada mañana hacen fila en pleno Malecón, ante la mirada indiferente de los guardias cubanos.

Otra especificación para el status de refugiado, según la ONU, es que esta condición no puede ser aplicada a un grupo nacional específico.  Lo que quiere decir que por el simple hecho de ser nacional de un país, una persona no debe ser considerada como refugiado.  La aplicación de regulaciones especiales para los cubanos, por parte del gobierno de EE.UU., también viola la letra y el espíritu de la Convención y explica por qué la ONU nunca se ha ocupado de los “refugiados” cubanos; simplemente no lo son.  De hecho, no creo que el gobierno norteamericano haya intentado siquiera proponer un debate al respecto, aparte de que solo a los inmigrantes ilegales cubanos que arriban a ese país el gobierno de EE.UU. otorga automáticamente la condición de refugiado.

Para los que están en Cuba, también se han establecido parámetros y procedimientos únicos en el mundo.  Son considerados como refugiados los cubanos residentes en el país que hayan cumplido condenas por razones políticas, los miembros de minorías religiosas supuestamente perseguidas, los activistas por los derechos humanos, los conscriptos a trabajos forzados entre 1965 y 1988, las personas privadas de ejercer su profesión y aquellos discriminados por sus creencias religiosas o políticas, tal y como lo establece la Convención de la ONU, según dice el documento oficial.

Aparte de sus fines propagandísticos, el propósito de esta política es alentar a la oposición interna. Buena parte de los llamados grupos disidentes están compuestos por personas que aspiran a ganarse el boleto para EE.UU.  Esa gente firma cualquier carta y participa en cualquier reunión con tal de ganar méritos para la visa norteamericana. No puedo decir que este tipo de persona sea la que recibe dinero de EE.UU., más bien creo que muchas veces les cuesta la recomendación de algún “disidente de prestigio”.

Una vez que obtienen la añorada visa norteamericana, esas personas realizan los trámites establecidos para cualquier emigrante cubano y emigran en condiciones absolutamente legales, con pasaporte actualizado, pudiendo visitar el país cuando lo deseen.  Es entonces cuando los refugiados cubanos se convierten en “refugiados turistas”, una categoría también única en el mundo.

En cuando la situación legal y económica en EE.UU. se lo permite, muchas de estas personas deciden visitar a sus familiares en Cuba.  Los supuestos perseguidos políticos son recibidos a grito “pelado” por sus parientes en el aeropuerto y disfrutan el reencuentro en fiestas que gustan filmar con las cámaras que trajeron “del Norte”.  Aún así, el viaje debe ser clandestino, ya que no conviene que se enteren en Miami.

Al regreso los espera la posibilidad de ser considerado traidores por los fundamentalistas miamenses.  Para estos últimos viajar a Cuba constituye una herejía.

¿Dónde se ha visto tal desparpajo? ¿Cómo un tipo que huye del infierno castrista regresa allí para comerse un puerco asado con toda la parentela?  Estos disidentes no son confiables, lo mismo resultan agentes cubanos que “vaciladores” sin remedio.  El futuro de la “causa” sigue estando en manos del “exilio histórico”.

El ridículo que resulta de esta situación es el fruto del mantenimiento de una política repleta de contrasentidos como resultado de su propia inercia.  No tiene asideros en la realidad cubana, es ajena a la práctica internacional e, incluso, se contradice con la ley migratoria norteamericana y resulta lesiva para los intereses de ese país, donde también cada día enfrenta una mayor oposición.

Cabe preguntarse por qué mientras la política cubana tiende a facilitar los contactos con sus supuestos enemigos, el gobierno norteamericano se esfuerza en dificultarlos y aumenta el hostigamiento contra aquellos que simplemente desean lo que cualquier otro emigrado.  La razón es que la emigración cubana no fue diseñada para ser normal, sino para mantener un estado de beligerancia que justifique una política agresiva.  Los privilegios que reciben responden a esta función, su fracaso reproductivo es el fracaso de la política en su conjunto.

Las actitudes de ambos gobiernos frente al problema reflejan la dinámica histórica del proceso y los cambios operados en la composición de la emigración cubana. En la medida en que la comunidad cubano-americana se transforma, deviene un recurso subversivo menos asequible para el gobierno norteamericano y un peligro menor, en sí misma, para la Revolución cubana.

Los fundamentalistas miamenses tienen razón, solo el “exilio histórico” es confiable.  El destino de la “causa” es el cementerio de Miami.  Hacía allí transita, por ley inexorable de la vida, la masa irrepetible de sus más aguerridos militantes.
 

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