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Un nuevo edicto presidencial sobre Cuba
 
Jesús Arboleya Cervera| La Habana

El presidente George W. Bush acaba de hacer pública una proclama presidencial ordenando la inspección de cualquier nave, nacional o extranjera, sospechosa de trasladar personas no autorizadas a Cuba. Suponiendo que constituya algo relevante, toda vez que se trata de un documento emitido por la oficina del hombre más poderoso del mundo, la prensa internacional reportó con destaque el acontecimiento y lo relacionó con nuevas medidas del gobierno norteamericano contra Cuba.

En realidad, lo nuevo es la intensidad de la represión contra sus propios ciudadanos. Cada día llegan noticias de personas sancionadas por viajar a Cuba. Las causas van desde viajar para cumplir la última voluntad de un muerto y trasladar sus cenizas a la Isla, hasta el hecho de que  un anciano vaya a montar bicicleta a Cuba.

Luce ridículo emitir una proclama presidencial para frenar la eventualidad de que alguien quiera navegar como turista a Cuba. Hasta James Cason, jefe de la Sección de Intereses de EEUU en La Habana, quiso fondear su bote en la Marina Hemingway –antes del triunfo revolucionario se llamaba Barlovento y fue construida por los mafiosos norteamericanos para extender los casinos y el tráfico de cocaína a lo largo del litoral habanero–, lo cual provocó un escándalo que por poco le cuesta el puesto. En última instancia, para enterarse de quien se atreve, bastan los satélites espías que vigilan minuto a minuto cada centímetro del territorio cubano.

Un desconsuelo de la actual administración es que sus predecesores no le han dejado mucho espacio para hacer novedosa su política; lo único nuevo sería cambiarla o invadir al país, todo lo demás ya está hecho. Para congraciarse con la ultraderecha cubano-americana de Miami, Bush no tiene más remedio que llover sobre lo mojado y tratar de convertir lo ya existente en “gestos belicosos” que contribuyan a su estrategia electoral en el sur de la Florida. Eso explica las incongruencias de que Cason anuncie con bombo y platillo que no continuarán las reuniones sobre asuntos migratorios –aunque reconoce que habla del tema todas las semanas con las autoridades cubanas– y que se emita una proclama para prohibir lo que está prohibido hace un montón de años.

Esta medida se agrega a otras, también antiguas, referidas a los viajes por terceros país y al hostigamiento –novedoso en su intensidad– que están recibiendo aquellos que lo hacen de manera autorizada mediante los vuelos charter existentes entre los dos países, así como las empresas que se dedican a este negocio. Lo interesante, casi simpático si no fuera por los peligros que entraña, es que las contradicciones de esta política conducen a los escopeteros de la administración a disparar contra sus propios pies.

Quien ha reaccionado violentamente contra esta proclama no ha sido el gobierno cubano, sino las “organizaciones humanitarias” miamenses que se dedican al negocio del tráfico ilegal de inmigrantes cubanos. Es conocido que para estos inmigrantes la diferencia entre la muerte o la deportación y la felicidad que les espera en “tierras de la libertad” radica en burlar a los guardacostas norteamericanos y lograr pisar suelo de Estados Unidos, donde reciben inmediato asilo político. La llamada diferencia entre “pies secos” o “pies mojados” es una aberración que solo ha servido para aumentar la peligrosidad del cruce del Estrecho de la Florida y justificar una siniestra propaganda a costa de los que mueren en el intento.

Se supone que la proclama de Bush reforzará el sistema de vigilancia y por carambola servirá para frenar el tráfico, precisamente a lo que se opone la extrema derecha cubano-americana que plantea la aceptación indiscriminada de inmigrantes ilegales, entre otras cosas, para hacer más lucrativo el negocio. El conflicto coloca a la administración en el dilema de hacerse cómplice del tráfico ilegal, estableciendo un control selectivo de las naves sospechosas de viajar hacia Cuba, o reprimir a sus potenciales correligionarios. Los redactores de la proclama no son ajenos al conflicto, por ello establecen como una de las causas de esta medida la retención en Cuba de embarcaciones norteamericanas dedicadas a estas operaciones. Un buen consejo para Bush sería cambiar sus asesores, pero no son ellos los únicos culpables.

Aprovechando el impacto de los atentados del 11 de septiembre, la política de la administración Bush ha estado basada en jugar a los extremos y en la creación de un clima de temor e inseguridad, porque así lo requiere el extraordinario crecimiento del presupuesto militar y la generalización del estado represivo impuesto a todo el país. Confiado en que el voto conservador y el apoyo económico de las grandes empresas del famoso complejo militar-industrial serán suficientes para asegurarle el triunfo electoral, el presidente ha abandonado la búsqueda del consenso nacional con tal de satisfacer plenamente los intereses de estos sectores.

La guerra en Iraq resultó el máximo exponente de esta política, pero no ha sido una excepción: cada tema en debate ha sido polarizado al máximo por la administración –desde el aborto al matrimonio entre homosexuales–, enfrentando a los demócratas y en buena medida a la mayoría de la población con las inconsecuencias de la agenda liberal. El caso de Cuba ha sido un buen ejemplo de ello; frente a una poderosa corriente que ha logrado que el propio Congreso se exprese a favor de un cambio de política, la reacción de la administración ha sido tensar la cuerda hasta el máximo.

En la política hacia Cuba vamos a encontrar reflejados muchos de los vicios de la actual administración: la subordinación de la estrategia del país a los intereses egoístas del grupo gobernante; la influencia desmedida que en esta dinámica adquieren ciertos grupos de interés; la propensión a la mentira en el discurso político; la intolerancia y el fundamentalismo como base de su agenda; y la represión como recurso frente a los opositores.

El nuevo “edicto” presidencial transita este camino, está diseñado para engañar y atemorizar. Lo peligroso sigue siendo que nadie puede asegurar hasta dónde pueden llegar en la escalada del conflicto con tal de ganar las elecciones. En uno de sus “por cuantos” la proclama de Bush dice que el gobierno cubano insiste en que Estados Unidos prepara una agresión armada cuando ello no es cierto. Si la condición para no ser sancionado por esta administración es creer en ella, solo los tontos resultarán absueltos.

Tomado de Progreso Semanal
 

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