La Jiribilla | Nro. 138
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
LETRA Y SOLFA
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 
 1| |2|

LA CIA, SU HISTORIA Y SU PAPEL EN EL MUNDO DE HOY (II)
 
Manuel Medina-Anaya y Cristóbal García Vera|
Canarias

LA GUERRA CULTURAL

Poco o nada hay en común entre un auténtico agente de la CIA y la imagen que Hollywood nos ha transmitido de ellos a través de las pantallas de cine o de TV. El perdonavidas duro y frío, pero con principios morales, que el británico Ian Fleming describe en sus célebres novelas, no encaja con los personajes que empezamos a conocer gracias a la documentación secreta a la que hoy tienen acceso los investigadores. En realidad, esto no es extraño. En el contexto de la Guerra Fría se convirtió en una necesidad que los agentes secretos contaran con la simpatía del gran público. Para lograrlo los voceros de la comunicación de masas se esforzaron en dibujar un perfil que encajara con lo que el imaginario colectivo podía aceptar como héroe contemporáneo: un hombre medianamente joven, atractivo, defensor de los valores de la libertad y capaz de dar la vida por sus semejantes. De acuerdo con ese estereotipo, su papel consistía en enfrentarse con un enemigo brutal y desalmado que, invariablemente, se proponía destruir el «mundo libre» y los valores de Occidente.

La realidad ha sido, y es, bien distinta. Esos personajes épicos que han inundado las salas de cine, la TV, la novela, los comics y, como consecuencia, nuestra propia imaginación, nunca han existido.

Las actividades de la CIA se nos han mostrado como una confrontación en la que los diferentes servicios de inteligencia se batían cruentamente en una batalla entre el bien y el mal. De esta forma se creó una ficción nada inocente que trataba de camuflar otras tareas menos confesables. Hoy, sin embargo, ya se dispone de suficientes datos para afirmar que, en muchas ocasiones, los creadores de esa realidad distorsionada formaban parte de los mismos servicios de inteligencia que caricaturescamente pretendían representar en los medios de comunicación.

Contrariamente a la imagen que se ha confeccionado de la CIA, la función que le otorgaron sus patrocinadores originarios, no era primordialmente estratégico-militar. Su objetivo consistió, desde el principio, en ganar la batalla de las ideas. Si el Fondo Monetario Internacional, el Plan Marshall y el Banco Mundial se convirtieron en los instrumentos económicos que los EE.UU. utilizaron a partir de 1945 como muro de contención contra el avance de los movimientos de izquierda; la Agencia fue la herramienta que permitió vencer las resistencias ideológicas que colisionaban con los propósitos norteamericanos de hegemonía mundial.

Hoy se encuentra ampliamente documentado como la CIA no escatimó ningún recurso para alcanzar sus objetivos de dominio ideológico. Se compró la conciencia de destacados intelectuales aparentemente intachables. Se sobornó a líderes sindicales para que pusieran freno a los sectores más radicales del movimiento obrero. Se crearon decenas de revistas de cultura y arte en las que, desde una perspectiva aparentemente «neutral» y «libertaria», se atacaba y desprestigiaba a los intelectuales más comprometidos con su tiempo. Y cuando la trama de la corrupción no resultaba suficiente para imponerse, se preparaban las condiciones para el golpe de estado y el asesinato del enemigo.

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

Después de la Segunda Guerra Mundial, el descrédito de la derecha europea alcanzó posiblemente los niveles más altos de su historia. Los efectos de su abierta cooperación con el fascismo amenazaban incluso su existencia como fuerza política en algunos países europeos. En Francia, por ejemplo, no pocos representantes de los partidos conservadores estaban manchados por su apoyo al gobierno colaboracionista del mariscal Petain. En Italia, la monarquía, los sectores financieros, los terratenientes y el mismo Vaticano fueron quienes facilitaron el ascenso de Mussolini al poder; manteniendo la connivencia con el dictador hasta un cuarto de hora antes de su oportuna destitución. En Alemania, los Krupp, los Heinkel, los Siemens y demás industriales germanos se habían comprometido políticamente con Hitler; delegando en éste la tarea de acabar con la «marea roja» que amenazaba con arrebatarles su poder económico. El panorama de la posguerra no era tranquilizador ni siquiera para la propia burguesía inglesa que, a diferencia de la continental, resistió el ataque del fascismo. El recuerdo de la política económica conservadora de la preguerra, lesiva para los intereses populares, provocó que los torys obtuvieran un estrepitoso fracaso en las elecciones de 1945. Y eso había sucedido en un país en el que el premier conservador Wiston Churchill gozaba de una enorme popularidad como líder de la lucha británica contra la Alemania nazi.

En cambio, las izquierdas, y particularmente los comunistas europeos disfrutaban de un prestigio bien ganado en la lucha guerrillera contra el fascismo. Al fin y al cabo, para los pueblos de Europa, la Unión Soviética había cargado con los capítulos más dolorosos y sangrientos de la guerra. El sacrificio de 20 millones de soviéticos, muertos durante la contienda, generó una gran corriente de simpatía hacia ese país. El pensamiento revolucionario y progresista se convirtió en hegemónico entre una buena parte de las multitudes recién liberadas del fascismo. También entre la inmensa mayoría de la intelectualidad del viejo continente predominaba un fuerte sentimiento anticapitalista. Brecht, Rolland, Bertrand Russell, Ehremburg, Bernard Shaw, Barbusse, Jean Paul Sartre, Diego Rivera, Siqueiros, Chaplin, Visconti, Picasso, Thomas Mann, Luckacs, Buñuel… eran algunos de los intelectuales de la época cuyos nombres estaban asociados, de una u otra manera, con la izquierda. Así pues, el mundo de las artes, las letras, el cine y la filosofía se hallaba fuertemente impregnado por los aires optimistas de renovación social.

En el ámbito laboral, la hegemonía de los sindicatos de izquierda era evidente, y no solo por razones de tradición histórica, sino también gracias a la combatividad desplegada en los años de la inmediata posguerra. Ante este auge izquierdista, incluso las corrientes sindicales socialdemócratas y cristianas, próximas a los postulados pronorteamericanos, tuvieron que radicalizar la apariencia de su discurso para evitar que sus competidores socialistas y comunistas provocaran la deserción de sus afiliados.

El panorama francamente adverso para los objetivos norteamericanos. Los EE.UU. entendieron que era necesario dar un cambio radical a un contexto que hacía peligrar gravemente sus intereses. Sin el restablecimiento de la hegemonía ideológica del pensamiento conservador, su proyecto de control planetario tendría que enfrentarse con un difícil porvenir. Las clases poderosas de los EE.UU. necesitaban un mundo seguro y estable para el capitalismo, donde sus intereses económicos fueran incontestados e incontestables.

Los recursos para lograr esta «seguridad» fueron diversos: la intervención armada, (Grecia y Corea), la presión y el control económico (Plan Marshall y las instituciones de Brettons Wood) y la guerra ideológica. Hasta ahora muchos historiadores y comentaristas políticos habían sostenido que la función de la CIA era esencialmente militar. Y, en efecto, la Agencia desempeñó un importante papel en la preparación de golpes de Estado, en labores de espionaje, en la contribución a la logística militar, en la compra de dirigentes sociales, etc. Pero su tarea fundamental consistió en la penetración cultural e ideológica.

Ya desde el mismo momento de su creación, la CIA intentó colarse en todos los entornos productores de información. La compra de intelectuales vacilantes, la creación de millonarias Fundaciones «filantrópicas», la apropiación ideológica de aquellos escenarios que transmitieran cualquier forma de pensamiento, se convirtió en una de sus primeras misiones. Desde 1947, fue autorizada para subsidiar programas de colleges; para crear entidades culturales; editoriales; magazines; o para organizar vistosos «congresos» de escritores y científicos a los que, invariablemente, se le prestaba una extraordinaria cobertura mediática.

También se encontraba entre los quehaceres de la Agencia suscribir contratos con Universidades privadas, emisoras de radio, periódicos, etc. Mediante esta vinculación financiera la Central conseguía ejercer una influencia directa y poderosa en los ámbitos académicos y mediáticos. La mayoría de las veces estas actividades se realizaban a través de sociedades fantasmas interpuestas. Por la documentación, hasta hace poco reservada, se sabe que la CIA consideró que las fundaciones de carácter supuestamente altruista serían un vehículo idóneo para la articulación de sus fines. Las fundaciones Farfield, Kaplan, Carnegie, Rockefeller y Ford fueron las tapaderas culturales más notorias de la CIA. A través de ellas, podía canalizar sus cuantiosos fondos sin que los destinatarios pudieran sospechar que estaban siendo manipulados por los servicios de inteligencia de los EE.UU.

La Fundación Ford se distinguió especialmente en el despliegue de la ofensiva ideológica norteamericana en Europa. A finales de los años cincuenta disponía de activos que superaban los tres mil millones de dólares. Algunos comentaristas de la época reseñaban, no sin cierta ironía, que «a veces parecía como si la Fundación Ford fuera una extensión del gobierno en el área de la propaganda cultural internacional». Esta última observación cobró sentido cuando, en 1964, su presidente abandonó el cargo para convertirse en el principal asesor de Allen Dulles, director de la CIA.

Una investigación del Congreso de los EE.UU. pondría de manifiesto en 1976 que cerca de la mitad de las 700 subvenciones concedidas por las fundaciones fueron financiadas por la Agencia Central de Inteligencia. Según un antiguo miembro de la Agencia, la infiltración de esta en las fundaciones hizo posible la financiación de una «variedad aparentemente ilimitada de programas de acción clandestina que afectan a grupos juveniles, sindicatos, universidades, editoriales y otras instituciones privadas.»(1)

Después de la Segunda Guerra Mundial, en Europa se tenía una opinión despectiva —y probablemente injusta— acerca del nivel cultural del estadounidense medio. La caricatura del yanqui masticador de chicle, ignorante y exclusivamente preocupado por la limpieza de su deslumbrante furgoneta Oldsmobile, era indudablemente exagerada, pero muchos europeos la compartían. Los círculos gubernamentales norteamericanos eran conscientes de que esa deformación popular europea no iba a facilitar el avance de su influencia en el viejo continente. Con objeto de hacer cambiar esa percepción y así favorecer su propio trabajo ideológico, se promovió el desembarco en Europa de compositores de la talla de Leonard Berstein, Elliot Carter y Gian Carlo Menotti. Las grandes editoriales americanas incrementaron la distribución de libros de autores como Pearll Buck, James Burnham, Norman Cousin y, también, de Ernest Herminway o William Faulkner. Se trataba del preámbulo a una invasión cultural menos amable e, indudablemente, mucho más sospechosa.

Muy pronto, en 1947, se inició de manera explícita la promoción de algunos escritores europeos, con pasado izquierdista, pero ya desilusionados de su antigua militancia. Centenares de miles de ejemplares de la obra de Arthur Koestler El cero y el infinito, encontraron un lugar destacado en las librerías del viejo continente. Vino y pan, de Ignacio Silote y 1984, de George Orwell, fueron rápidamente elevadas a la categoría de best seller. No se trataba de hechos casuales. Los Servicios de Inteligencia norteamericanos pusieron especial énfasis en la promoción de aquellas obras que contribuyeran a romper cualquier esperanza de construir una sociedad diferente. Se trataba de desprestigiar los peligrosos sueños de cambio que se alojaban en el cerebro de los «cabezas de huevo», término despectivo utilizado para referirse a los intelectuales. El reclutamiento de antiguos escritores «de izquierda» era particularmente apreciado por la CIA. Se les consideraba «cuñas del mismo palo» y, con razón, calculaban que los estragos que causarían en las filas del «enemigo» podían ser formidables.

En los años siguientes, una larga lista de intelectuales anticomunistas, serían catapultados por la Agencia. Isaiah Berlin, Stephen Spender, Daniel Bell, Dwight MacDonald, Robert Lowell, Hannah Arendt, Mary McCarthy, Raymond Arond, Anthony Crosland y Michael Josselson recibieron el apoyo económico y publicitario de la CIA. Esta afirmación no es una conjetura más o menos arriesgada. La investigadora británica Frances Stonor Saunders, de la Universidad de Oxford —teniendo como principales fuentes la documentación oficial y el acopio de entrevistas a algunos de los muñidores de esas operaciones— desveló la naturaleza de la ofensiva ideológica norteamericana a lo largo de cuatro décadas en su libro La CIA y la guerra cultural. En esta obra, a la que algunos historiadores califican como «maestra en la investigación histórica», Stonor Saunders pone al descubierto en qué consistieron los resortes de la trama.

Cuando el The New York Times y otros periódicos airearon públicamente en 1966 el origen de la financiación de aquellos «congresos», empresas periodísticas y promociones editoriales, muchos de los intelectuales «reclutados» pretendieron excusar su participación en las operaciones de la CIA, alegando su ignorancia acerca de la identidad de quienes movían los hilos de esas iniciativas. Resulta difícil entender, sin embargo, que en una época en la que la escasez dominaba hasta en el último rincón de Europa, los intelectuales favorecidos por las preferencias de la CIA no se preguntaran nunca por el origen de la financiación de tanto «festín cultural». Todos los datos ayudan a pensar que la mayor parte de los participantes en la ofensiva ideológica conservadora de la «guerra fría» tenían plena conciencia de quién era el dueño del caballo por el que apostaban. Escritores, filósofos o científicos sociales como Hannah Arendt, Daniel Bell, Isaiah Berlin, Mary McCarty, Sydney Hook, André Gide, Irving Kristoll, Freddie Ayer, André Malraux, Nicolás Nabokov, Jacques Maritain, T.S.Elliot, Benedetto Croce, Arthur Koestler, Raymond Aron, Salvador de Madariaga y Karl Jaspers defendían los «valores de la libertad» de acuerdo con los parámetros anticomunistas definidos por sus benefactores de la CIA. Resulta revelador que ninguno de ellos cuestionara con su rúbrica las intervenciones de los EE.UU. en Irán, Guatemala, Corea, la caza de brujas emprendida por el Senado estadounidense contra intelectuales norteamericanos, las matanzas masivas en la Indochina colonial y Argelia o los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan, en el Sur de los EE.UU.

Algunos, incluso, no dudaron en traspasar la frontera de la mera complicidad y se convirtieron en simples delatores de sus colegas, como fue el caso de George Orwell.

ORWELL, O EL GRAN HERMANO QUE TODO LO VE

Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, nació en la India en 1903 —donde su padre ejercía como funcionario colonial— en el seno de una aristocrática familia británica venida a menos. Parte de su adolescencia la pasó en el famoso y elitista Eton Collage, escuela en la que las clases pudientes inglesas educan a sus vástagos. Al cumplir 20 años, su admiración por el Imperio británico lo empujó a enrolarse en la Policía Imperial, siendo destinado a Birmania. En 1927, después de constatar de cerca la naturaleza de los cuerpos represivos británicos en las colonias, regresó a Londres, donde trató de abrirse camino como escritor. Como resultado de su experiencia birmana, en la que pudo presenciar la tortura y el escarnio contra la población autóctona, su pensamiento político se radicalizó hacia posiciones de izquierda.

Aunque su relación con la policía británica y sus experiencias en los bajos fondos parisinos le proporcionaron abundantes materiales para la creación literaria, sus primeras novelas no tuvieron ningún éxito. En 1936, Orwell viajó a España y se alistó en las filas del ejército republicano para luchar contra la rebelión franquista. Esa experiencia bélica, que se redujo a unos pocos meses, le sirvió para escribir Homenaje a Cataluña, posiblemente su mejor obra. Su presencia en España estuvo jalonada por los enfrentamientos entre militantes comunistas y republicanos, por un lado, y anarquistas y miembros del POUM(2), por el otro. El dramatismo de ese combate fraticida, que Orwell vivió del lado de los perdedores, lo llevaría a definirse ideológicamente en un extraño cóctel que combinaba el anarquismo con una original variante del trotskismo.

En 1945 escribió Rebelión en la granja. La obra consistía en una amarga sátira de la revolución rusa, protagonizada caricaturescamente por los animales de una hacienda. La narración tuvo una pobre acogida en Inglaterra donde Orwell solo logró vender 23.000 ejemplares. Sin embargo, poco tiempo después, en 1946, la novela cruzó el Atlántico; y, en los EE.UU., los servicios de inteligencia norteamericanos se encargaron de convertirla en un auténtico best-seller. La obra se vendió por centenares de miles, aunque su calidad literaria fuera algo más que dudosa. No en vano, la CIA disponía de la influencia necesaria en los medios de comunicación para convertir lo mediocre en excelente. Los elogios fueron casi unánimes en la prensa norteamericana. El periódico New Yorker, por ejemplo, cuyos exigentes críticos literarios solían ser muy tacaños a la hora de emitir un elogio, calificaba a Rebelión en la granja como un libro «absolutamente magistral», y sostenía que había que empezar a considerar a Orwell como «un escritor de primera línea, comparable con Voltaire». Como no podía ser menos, la infraestructura de la CIA en Hollywood se hizo cargo también de financiar la versión cinematográfica de Rebelión en la granja. No se escatimaron dólares a la hora de invertir. Un ejército de ochenta dibujantes asumió la tarea de construir las 750 escenas con los 300.000 dibujos a color que requería la producción del film en dibujos animados. El guión fue asesorado por el Consejo de Estrategia Psicológica, que procuró que el mensaje fuera nítido y favorable a los planes de la CIA. La película contó con una enorme cobertura publicitaria y pudo verse hasta en el último confín de Occidente.

En 1949, apenas unos meses antes de su muerte, Orwell publicó la novela 1984. Animado por el inesperado éxito de su anterior bestseller, el escritor británico rescató el anticomunismo como tema central de su nuevo libro. Orwell no fue en esta ocasión un dechado de originalidad. Su novela resultó ser un auténtico plagio de la obra Nosotros, escrita por Evgeni Zamiatin, un narrador ruso de principios del siglo XX, que huyó de su país en 1917, en las vísperas de la Revolución. Tiene escasa importancia si el tipo de sociedad descrito por Orwell en 1984 correspondía al estalinismo o a la sociedad de consumo de los países capitalistas. El hecho cierto es que el libro le vino de mil maravillas a la CIA y a la logística de su ofensiva ideológica en Europa. Y eso Orwell no solo no lo ignoraba, sino que lo utilizó como desahogo de su anticomunismo enfermizo. Isaac Deustcher, un teórico trotskista de reconocido prestigio internacional, describía, con esta significativa anécdota, el impacto que el libro había provocado en la opinión pública norteamericana:

«¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. ¡Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bomba atómica sobre los bolcheviques!». «Con esas palabras, —decía Deustcher— un miserable ciego, vendedor de periódicos, me recomendó en Nueva York 1984, pocas semanas antes de la muerte de Orwell.»

Pero el escritor ingles no solo contribuyó, junto con otros intelectuales «arrepentidos», a crear un clima de insufrible pánico anticomunista en las sociedades occidentales. George Orwell, que con 1984 había aterrado a millones de personas con la posibilidad de que el futuro nos deparara una sociedad escrupulosamente vigilada por un omnipresente «Gran Hermano» que todo lo controlaba, se convirtió el mismo en un vil delator de los intelectuales de izquierda residentes en su país. Durante años Orwell ha sido considerado en el ámbito de algunos sectores progresistas como un autor paradigmático de la defensa de los derechos de los individuos frente al omnipresente poder del Estado. Paradójicamente, la realidad ha puesto de manifiesto que tan solo fue un vulgar alcahuete de los servicios policíacos británicos y norteamericanos. La recuperación del material secreto de la época demuestra que Orwell denunció hasta 125 escritores y artistas como «compañeros de viaje, testaferros del comunismo o simpatizantes». Haciendo uso de las lecciones aprendidas en la policía colonial del Imperio, Orwell se dedicó a anotar escrupulosamente los datos e impresiones de aquellos intelectuales con los que mantenía relación. En lo que el mismo denominaba como «su listita» no solo se incluían los nombres de sus denunciados, sino también las observaciones venenosas que le merecían. La mayoría de ellos ni siquiera eran comunistas, sino intelectuales liberales o, simplemente, progresistas. En una libreta de tapas azules, quien creara la imagen novelesca del superpoder totalitario, iba anotando escrupulosamente sus impresiones acerca de aquéllos a quienes luego denunciaría al Servicio Secreto británico y a la CIA. Del poeta inglés Tom Driberg, por ejemplo, decía: «Se cree que es miembro clandestino del P.C., judío inglés, homosexual». Del músico de color Paul Robenson: «muy antiblanco». A Kingsley Martin, director del conocido semanario del laborismo de izquierda News Statesman lo definía como «un liberal degenerado, muy deshonesto». A Malcolm Nurse, uno de los padres de la liberación africana, lo calificaba de «Negro, antiblanco». Al universalmente conocido John Steimbeck lo insertó en su cuaderno delator por ser, según su opinión, un «escritor espurio y pseudoingenuo». Ni Charles Chaplin, ni el novelista JB Priestley, ni el entrañable Bernard Shaw, ni el celebérrimo Orson Welles, ni el prestigioso historiador E.H. Carr, se libraron del lápiz acusador de George Orwell.(3)

Orwell fue una creación de la CIA, independientemente de la opinión que se tenga acerca de la calidad literaria de su obra. La Agencia no escatimó a la hora de invertir fondos para promocionar su obra. Era conocedora del efecto devastador que el mensaje de un supuesto representante de los valores de la izquierda, podía tener sobre amplios sectores de la opinión. Como otros intelectuales de aquella —y de esta— poca, sucumbió a la seducción del éxito fácil y la notoriedad rápida que posibilitaba la transmisión de un mensaje construido por los diseñadores de la guerra fría.

La tragedia para su memoria ha sido doble. Por una parte, la apertura de unos archivos polvorientos del Foreign Office ha puesto al descubierto su personalidad fraudulenta. La ausencia de escrúpulos del escritor británico solo fue equiparable con la de los más despreciables protagonistas de sus propias novelas. La historia, finalmente, le ha pasado factura, colocándolo en el lugar donde le corresponde, aunque para ello hayan tenido que transcurrir más de cincuenta años. Por otro lado, la sociedad siniestra que Orwell describió se parece cada día más a la que, paradójicamente, él contribuyó a reproducir y a nosotros nos está tocando vivir. Toda la panoplia orweliana de «policías del pensamiento», «semanas del odio», «no personas» y esa «neolengua» que se empequeñece en lugar de agrandarse, haya su réplica en la estampa que nos está ofreciendo la sociedad actual. ¿Qué más da que la uniformización del pensamiento corra a cargo del «Gran Hermano» o de las siete multinacionales de la comunicación que controlan y «depuran» la transmisión planetaria del pensamiento? ¿Hay tanta diferencia entre las «Semanas de odio» que organizaba el Big Brother y las que hoy organiza Bush, con la finalidad de preparar psicológicamente a la población de los EE.UU. para una guerra de conquista? ¿Existe una divergencia tan grande entre el «Ministerio de la Verdad» de 1984, que diariamente determinaba lo que debía pensar el ciudadano, y la aplastante uniformidad de opiniones que cada mañana puede escucharse en todas las emisoras radiofónicas del Estado español? ¿En qué se diferencian los delitos de opinión que cometían los «criminales del pensamiento», y los que hoy se atribuyen a los perseguidos redactores de Egunkaria?

Se equivocan quienes consideren que la guerra cultural de la CIA, la batalla ideológica por el control del pensamiento, es solamente una secuencia del pasado, un capítulo oscuro de la Guerra Fría. Nada más lejos de la realidad. Mientras en nuestro planeta existan pueblos que dominan y otros que son dominados; clases que detentan la propiedad de las riquezas y otras que no tienen acceso a ella, la batalla de las ideas no concluirá.

El sueño de los estrategas norteamericanos de la posguerra se ha cumplido. Hoy la hegemonía ideológica, política, económica y militar de los EE.UU. en el mundo es indiscutible. Pero… ¿por cuánto tiempo?

NOTAS:
1.- La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders Editorial Debate, 2001.

2.- Partido Obrero de Unificación Marxista.

3.- La CIA y la guerra fría cultural, Frances Stonor Saunders Editorial Debate, 2001, pág. 417-419.

El presente artículo forma parte de un capítulo del libro Algunas claves para entender el siglo XXI, de próxima aparición en Canarias.

 1| |2|
......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600