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LA CIA, SU HISTORIA Y SU PAPEL EN EL MUNDO DE HOY (I)
 
Manuel Medina-Anaya y Cristóbal García Vera|
Canarias

No siempre los pueblos del mundo han estado custodiados por la Central Intelligence Agency (CIA). De hecho, tampoco la todopoderosa Agencia de espionaje nació con la Declaración de Independencia americana. La «Agencia Central de Inteligencia» fue creada hace relativamente poco tiempo, en 1947.

Hasta las vísperas de la Segunda Guerra Mundial, los servicios de inteligencia de los EE.UU. se caracterizaban por su inoperante disgregación. Numerosas organizaciones estatales independientes ejercían, simultáneamente y sin coordinación, cometidos similares en el área del espionaje. Las funciones de investigación política, por ejemplo, las ejecutaban a la vez el Departamento de Estado, el FBI y los ministerios de la Marina y de la Guerra. Esta desorganización constituía un serio obstáculo para que los EE.UU. dispusieran de un «aparato de inteligencia» acorde con la época prebélica que se vivía. El papel de USA en el mundo, hasta el segundo conflicto mundial, había sido más bien modesto en comparación, por ejemplo, con los que desempeñaban Inglaterra y Francia. Esa fue una de las razones por la que su servicio de Inteligencia se había centrado hasta entonces en los «asuntos domésticos», como la represión del movimiento sindical y de aquellas corrientes ideológicas no asimilables por el sistema.

En política exterior, la elite dominante estadounidense se preocupaba, fundamentalmente, de la fidelidad de lo que ellos han denominado siempre su «patio trasero», es decir, Latinoamérica. Decenas de intervenciones militares de todo tipo se aseguraban de hacer cumplir la conocida máxima del quinto presidente de los EE.UU., James Monroe, que en 1823 declaró que «América debía ser para los americanos»… del Norte, claro. Más de tres cuartos de siglo después otro presidente estadounidense, Theodore Roosevelt, basándose en su política del Big Stick (Gran Garrote) sostendría que su país podía intervenir en cualquier nación latinoamericana «culpable de actuar incorrectamente en su política interior o exterior». De hecho él mismo así lo hizo en varias ocasiones, recibiendo ironías de la historia, el premio Nobel de la Paz en 1906. Sus pulsiones bélicas eran de tal calibre que en cierta ocasión le escribió a un amigo: «Confidencialmente, agradecería casi cualquier guerra, pues creo que este país necesita una.»

Dos fueron los factores esenciales que llevaron al gobierno de los EE.UU. a crear una potente institución encargada de las tareas de Inteligencia. En primer lugar, el fulminante ataque de los japoneses a Pearl Harbor, en Diciembre de 1941. En la agresión nipona ocho buques de guerra fueron hundidos, cerca de 200 aviones fueron destruidos y alrededor de 3.000 hombres resultaron muertos o heridos. El ataque japonés a la flota norteamericana en el Pacífico se realizó en unas condiciones sorprendentes. Al menos tres de las oficinas dedicadas al espionaje conocían los preparativos secretos de la operación. Pero la descoordinación era tal que los militares no estaban al corriente de las orientaciones del Departamento de Estado, y los diplomáticos, por su parte, no tenían acceso a los materiales de inteligencia del Ejército y de la Marina. Este acontecimiento convenció a los círculos gobernantes de que debían unificar, urgentemente, todos sus organismos de Inteligencia.

Pero, según se desprende de la documentación de la época, hubo un segundo factor de mayor relieve que hizo indispensable la creación de una organización de Inteligencia centralizada y con una percepción «global» de sus funciones. Las elites dominantes del país estimaban que «la potencia más grande del mundo» requería unos servicios en consonancia con su futura influencia internacional. Los EE.UU., se auguraba con acierto en los círculos del poder, saldrían de su intervención en la segunda guerra mundial como la gran potencia hegemónica del planeta. En cuanto a los efectos destructivos de la guerra, resultarían indemnes, en tanto que los daños del conflicto difícilmente podían alcanzar sus fronteras. Pero además se encontraban en inmejorables condiciones para convertirse en el gran país acreedor, artífice de la recuperación económica de los europeos.

George Kennan, el más influyente asesor del presidente Truman, según revelan hoy los documentos confidenciales de la época, se expresó con brutal sinceridad a este respecto:

«Los EE.UU. posee el 50% de la riqueza del mundo, pero solo el 6% de su población... En tales condiciones, es imposible evitar que la gente nos envidie. Nuestra auténtica tarea consiste en mantener esta posición de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional. Para lograrlo, tendremos que desprendernos de sentimentalismos y tonterías. Hemos de dejarnos de objetivos vagos y poco realistas como los derechos humanos, la mejora de los niveles de vida y la democratización. Pronto llegará el día en que tendremos que funcionar con conceptos directos de poder. Cuántas menos bobadas idealistas dificulten nuestra tarea, mejor nos irá...»(1)

Los EE.UU. emergieron, pues, de la Segunda Guerra Mundial con una influencia decisiva en todas las esferas de ámbito mundial, e impusieron a nivel planetario un conjunto de instituciones con la finalidad de garantizar que las cosas iban a funcionar según sus intereses. Las instituciones claves en esta construcción fueron el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. A estas se añadió, en 1948, el Plan Marshall, mediante el cual los EE.UU. prestaron a la Europa occidental una ayuda económica de 16.000 millones de dólares. La operación crediticia tenía una doble finalidad: crear un macromercado para los productos norteamericanos en Europa y, a su vez, controlar el peligroso escoramiento hacia la izquierda que se experimentaba en el viejo continente.

Con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el propio Plan Marshall se podían controlar los flujos económicos y chantajear a aquellos países que no se sometieran al dictado de los intereses norteamericanos. Pero con un Servicio de Inteligencia adecuado y el ejército se podían comprar conciencias, eliminar disidentes y, en el último extremo, si el «enemigo» era contumaz, acallarlo con el estruendo de las cañoneras. Para lograrlo era preciso crear un sistema de inteligencia que no fuera tan solo una mera base informativa para la toma de decisiones sobre política exterior, como ocurría con los servicios tradicionales de espionaje. Había que ir más lejos. Se requería un instrumento para «hacer» política exterior. La revista norteamericana «Foreign Affaires» explicaba en aquella época con lucidez que a los EE.UU. no le bastaba su potencial militar para ejercer una influencia mundial. A juicio de la revista, necesitaba de «algo más». G. Petty, un ideólogo estadounidense del expansionismo, decía que su país requería de un servicio de inteligencia excepcionalmente extenso «para asumir el liderazgo mundial en todos los continentes y en todos los sistemas sociales, en todas las razas, religiones, en cualesquiera condiciones sociales, económicas y políticas». La CIA se convirtió, en 1947, en ese instrumento. Su dependencia directa del presidente de los EE.UU. le concedería un importante papel en la política exterior norteamericana.

LA GUERRA FRIA

Dean Acheson, viceministro de Asuntos Exteriores del gobierno estadounidense, en 1944, todavía sin concluir la guerra, comentaba con el presidente del Comité encargado de la planificación económica de la posguerra que «…lo más importante son los mercados. Tenemos que procurar que nuestros productos sean usados y que se vendan». Y terminaba añadiendo «No podemos tener empleo para todos y prosperidad en los EE.UU. sin los mercados del exterior». Estaba claro que Acheson no solo se refería a la exportación de productos de consumo. En los años del conflicto mundial los EE.UU. habían consolidado una respetable industria armamentista, que alimentó no solo su propio esfuerzo bélico, sino también el de todos los ejércitos aliados, incluido el de la Unión Soviética. El final de la guerra no podía significar la conclusión de ese ventajoso idilio entre producción e industria militar. El espíritu de la época queda fielmente reflejado en la reflexión del escritor norteamericano Richard Barnet:

«La economía de guerra facilita una posición cómoda a decenas de miles de burócratas vestidos de uniforme o de paisano que van a la oficina cada día a construir armas atómicas o a planificar la guerra atómica; a millones de trabajadores cuyos puestos de trabajo dependen del sistema de terrorismo nuclear; a científicos e ingenieros pagados para buscar la ‘solución tecnológica’ definitiva que proporcione una seguridad absoluta; a contratistas que no quieren dejar pasar la ocasión de obtener beneficios fáciles; a guerreros intelectuales que venden amenazas y bendicen guerras».

Para mantener el emporio industrial-armamentista era necesario que existiera una justificación. El enemigo, —Alemania, Italia y Japón— había sido absolutamente derrotado. Solo la creación de un nuevo enemigo, que infundiera terror, que transmitiera la idea de que peligraba «la forma de vida americana» (the american way of life), haría posible que el pueblo de los EE.UU. se enrolara en una nueva cruzada contra «las hordas asiáticas», como G. Kenan, el ya mencionado asesor del presidente Truman, denominaba a todo lo que viniera del Este. La histeria se instaló en el cerebro de cada estadounidense. El «Capitán América», héroe de los comics norteamericanos, pasó de luchar contra los nazis a perseguir peligrosos comunistas emboscados bajo las alfombras del vecino. La persecución no se limitó a los satanizados marxistas sino que se proyectó, igualmente, sobre «sus amigos» y «compañeros de viaje», con lo que el espectro de ciudadanos bajo sospecha se hizo infinito. Había comenzado la Guerra Fría.

LA AMENAZA SOVIETICA

En realidad tal amenaza no existía. Al menos no en la forma en la que la construyeron quienes diseñaron el espantajo fantasmagórico del «peligro soviético», con espías, micrófonos y conspiraciones en la sala de estar de cada hogar americano. Ciertamente que el mundo no era ya el que había sido antes de la guerra. Parecía haberse acabado la época en la que los ingleses podían dormir tranquilamente la siesta abanicados por algún súbdito de sus extensos dominios. En 1945 las poblaciones de las colonias tuvieron la oportunidad de comprobar que Inglaterra y Francia no eran imbatibles. No fueron pocos los habitantes de las colonias que engrosaron los batallones franceses e ingleses durante las dos guerras mundiales. En ambas ocasiones pudieron constatar las debilidades del supuestamente invencible «gran padre blanco» frente a los ejércitos alemanes. Los imperios coloniales europeos salieron seriamente maltrechos de la conflagración mundial. Esas debilidades y otras fortalezas permitieron que la llama anticolonialista prendiera por toda Asia y África.

Por otro lado, los países de la Europa oriental, hasta donde los ejércitos soviéticos habían llegado en su lucha contra los alemanes, inauguraron con mejor o peor fortuna, regímenes sociales que cuestionaban el sistema capitalista. Simultáneamente, en la Europa occidental, los partidos políticos de izquierdas obtenían arrolladores resultados en las elecciones. El temor a la «marea roja» se apoderó de la burguesía americana y europea.

El mundo de la posguerra era, ciertamente, un mundo convulso, pero sus contradicciones estaban engendradas por el propio sistema económico y político. La «amenaza rusa» fue una invención diseñada a propósito en los laboratorios del expansionismo norteamericano. Hoy disponemos de pruebas documentales que demuestran que ni siquiera sus propios autores creían en su existencia. Solo personajes como James Forrestal, Secretario de Estado para la Marina, que se suicidó en un hospital psiquiátrico porque veía horrorizado llegar a los rusos a través de su ventana, daba verosimilitud a una patraña de esa envergadura. Sencillamente, la URSS no podía constituir una amenaza frente al poderío de los EE.UU. La Unión Soviética, que había llevado el peso de la guerra contra Alemania, quedó devastada por el conflicto. El ejercito hitleriano dejó tras de sí a veinte millones de muertos sobre su inmenso territorio. Ningún otro país sufrió unos daños tan enormes.

Los EE.UU., en cambio, perdieron solo 400.000 soldados en la contienda. Dicho de otra manera, a cada norteamericano muerto le correspondieron 50 muertos rusos. La desproporción era gigantesca. Todavía en 1948, tres años después de haber concluido la guerra, el ministro de Sanidad de la antigua Unión Soviética, E. Smirnov, podía contemplar horrorizado como, por falta de vasos, en los hospitales de su país se daba de beber a los enfermos en latas cochambrosas con los bordes retorcidos. La guerra destruyó la tercera parte del patrimonio nacional soviético. De acuerdo con la cotización monetaria de entonces, el valor de lo que fue destruido ascendió a 485 mil millones de dólares, una cifra gigantesca si intentáramos traducirla a su equivalencia actual. ¿Desconocían las altas esferas políticas y militares estadounidenses ese panorama? Michael Sherry, investigador norteamericano que ha tenido acceso a los expedientes de los archivos de la época asegura que «según reconoció el Mando de las Fuerzas Armadas la Unión Soviética no representaba un peligro inmediato. Su economía y sus recursos materiales se encontraban agotados por la guerra… Por tanto, en los primeros años deberá concentrarse en la reconstrucción interna… Pero sus posibilidades, con independencia de lo que pensemos de las intenciones rusas, no dan motivo suficiente para designar a la URSS como enemigo potencial.»(2)
 
En agosto de 1945, fecha en la que Hiroshima y Nagasaki fueron arrasadas, los EE.UU. disponían solo de las dos bombas atómicas que habían utilizado contra esas ciudades. Pero apenas cuatro meses después, a finales de 1945, sus arsenales atómicos almacenaban nada menos que 195 ingenios termonucleares. La URSS, que ya por esa fecha había empezado a ser descrita por la iconografía norteamericana como el «enemigo diabólico», no poseía todavía ni una sola bomba atómica.

Europa, por tanto, no estaba amenazada por ningún tipo de «agresión soviética». En realidad, lo que asustaba a los americanos y a las clases dominantes europeas era la posibilidad de que se constituyeran alianzas entre las fuerzas populares que habían luchado contra el fascismo.
Para los EE.UU. no constituía ninguna novedad la práctica de «construir» a sus enemigos. Desde su nacimiento, en 1776, había sido un país cuyas fronteras se encontraban en constante despliegue. Esa pulsión expansionista se convirtió en una constante de su política exterior. Las clases dirigentes norteamericanas han tenido que justificar, ante su propio pueblo, sus continuas intervenciones militares ultramarinas, desencadenadas generalmente por causas inconfesables. Y aprendieron a hacerlo con auténtica maestría. Con el paso del tiempo, los gobernantes estadounidenses desarrollaron una gran pericia en el arte de colar por el ojo de la cerradura de cada hogar americano, la imagen maléfica de un enemigo que unificase la voluntad de la nación.
 
Cuando se hizo necesario arrebatarle a México una parte importante de su territorio, los mexicanos fueron previamente demonizados por los rotativos de la época. Mas tarde, el fantasma del enemigo se encarnó en España, justo en el momento en el que las ambiciones anexionistas sobre Cuba se hicieron incontenibles. Coreanos, vietnamitas, cubanos, nicaragüenses y dominicanos, iraníes e iraquíes, entre otros muchos, han llenado también de temor la mente, siempre amenazada, del norteamericano medio. Aún en nuestros días, cuando el «Imperio del Mal», la URSS, ha desaparecido de la faz de la tierra, y la potencia militar norteamericana parece no tener rival, el espectro de nuevos enemigos  —los árabes, el invisible Al Qaeda, el maléfico Ben Laden, el Eje del Mal, el terrorismo internacional etc., etc.—, vuelven a cernirse sobre la atribulada conciencia de los norteamericanos.

LOS NAZIS Y LA CIA

Hasta pocos años antes de la entrada de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial, la actitud de los círculos empresariales norteamericanos hacia la Alemania nazi fue algo más que benevolente. En muchos casos, los magnates norteamericanos llegaron a apoyar económicamente al Partido Nacional-Socialista de Adolf Hitler. Conocidos hombres de la industria, la política y las finanzas norteamericanas manifestaron públicas simpatías por los nazis en las antevísperas de la guerra. Personajes como Henry Ford, dueño de la industria de automóviles Ford y autor del libro antisemita El judío internacional(3); la familia Du Pont, propietaria de la legendaria General Motors; el multimillonario Rockefeller; los hermanos John y Allan Dulles(4), secretario del Departamento de Estado y jefe de la CIA respectivamente; William Randolph Hearst, propietario de la mayor cadena de periódicos norteamericana y editor de la conocida revista Selecciones Reader´s Digest; Prescott Bush propietario petrolero y abuelo del actual presidente norteamericano George W. Bush, apoyaron de formas diversas el avance del fascismo alemán durante la década de los treinta. Sus simpatías eran, al fin y al cabo, coherentes con sus intereses. Las clases poderosas norteamericanas, que vivían en su propio país los efectos sociales de las crisis económica de 1929, contemplaban al nazismo como una útil herramienta contra la agitación y el avance del movimiento obrero en Europa. Pero no era esta su única motivación. Muchos de estos prohombres consideraban que a la postre se iba a producir una confrontación entre Alemania y la Unión Soviética, y acariciaban la idea de que Hitler pudiera acabar con la primera experiencia socialista mundial. Sin embargo, la actitud de empatía hacia el fascismo no era exclusiva de los norteamericanos. Muchos políticos europeos compartían con ellos idénticas afinidades. El mismo Wiston Churchill, considerado por la historiográfica conservadora como un abanderado de la democracia, le decía a Mussolini en 1927:

«Si yo fuera italiano estoy seguro que habría estado incondicionalmente con usted desde el comienzo al fin de su triunfal combate contra los bestiales apetitos y pasiones del leninismo».(5)

Las objeciones de los sectores conservadores de Europa y de los EE.UU. hacia Hitler y el fascismo no eran de orden ideológico. Su temor nació cuando entendieron que el expansionismo territorial alemán era irrefrenable.

La evidente sintonía ideológica de ciertos sectores de la administración y de la industria norteamericana con los nazis, se reflejó en el descuido de las instituciones encargadas de ejercer las tareas de Inteligencia. Cuando en 1940 se produjo la fulminante derrota de Francia y el incontenible avance alemán amenazó con saltar las fronteras continentales, las afinidades germanófilas de los influyentes grupos de poder norteamericanos se trocaron en pánico. Pero ya era demasiado tarde. Iban a ser los motores de los cazas japoneses los que se encargarían de poner en evidencia las debilidades del espionaje estadounidense.

La intervención de los EE.UU. en la guerra y el descalabro sufrido en Pearl Harbor dieron un impulso a la reorganización de sus servicios de inteligencia estratégica. Se comenzó creando dos instituciones que desempeñarían esta labor durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Una, fue el Buró de Información Militar (OWI), cuya responsabilidad consistía en organizar la propaganda en el interior y exterior de los EE.UU. La Agencia de Servicios Estratégicos (OSS), en cambio, se encargaba del espionaje militar. En cualquier caso, pese a la atención que se le prestó a esta nueva estructura de inteligencia, los EE.UU. habían llegado con retraso. Los alemanes disponían de unos servicios considerablemente más sólidos y centralizados, con una perspectiva de «espionaje total» que los norteamericanos no habían pensado siquiera en desarrollar. De hecho, en el curso de la guerra, la Inteligencia norteamericana tuvo que apoyarse en muchas ocasiones en el experimentado servicio de espionaje británico. Sea como fuere, el primer servicio coordinado de inteligencia de los EE.UU. utilizó como pilares estas dos oficinas, y sobre ellas se constituiría, en 1947, la Central Intelligence of América, la CIA.

Desde el comienzo de la guerra, las esferas gubernamentales estadounidenses se prepararon para crear las condiciones favorables que permitieran a su país desempeñar un papel preeminente en la posguerra. Eran conscientes de la magnitud de la tarea y también de algunas de sus insuficiencias. Estaba claro que los EE.UU. saldrían del conflicto mundial en óptimas condiciones desde el punto de vista económico y militar. Pero no se podía decir lo mismo de su capacidad para articular ese poderío a través de sus servicios de inteligencia. El reto consistía en ser capaces de crear las instituciones adecuadas para ejercer una influencia universal a todos los niveles. En palabras de un alto funcionario de la época, lo que se necesitaba era una organización «capacitada para resolver determinadas misiones políticas mediante recursos tales que se encuentran en un punto entre los recursos normales de política exterior y el empleo abierto de la fuerza armada». ¿Qué misiones políticas y recursos podrían hallarse entre la diplomacia y el empleo de la fuerza armada? La propia historia de la CIA responde sobradamente a este interrogante. Su más de medio siglo de existencia está profusamente jalonado de asesinatos políticos, manipulación de medios de comunicación, prácticas terroristas, golpes de estado, chantajes… En la primera parte de la década de los cuarenta los EE.UU. no disponían ni de medios humanos ni de infraestructura para la realización de tan ingente tarea. Paradójicamente sería uno de sus enemigos en la contienda bélica quien cubriría esas insuficiencias.

Ha sido necesario que transcurrieran casi sesenta años para que oficialmente llegáramos a saber que, en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, altos funcionarios de la Administración norteamericana le encargaron a la OSS la misión de localizar a los agentes nazis que quedaban dispersos, tras las líneas enemigas, después de la retirada del ejército alemán. La directriz de la misión consistió en enrolar a los antiguos miembros de la GESTAPO y la SS en sus servicios de inteligencia para su reutilización futura. La labor había que realizarla con una gran premura, pues el destino de esos agentes, —frecuentemente simples asesinos—, era el pelotón de fusilamiento si caían en manos de los partisanos antifascistas de los países ocupados por el ejército germano. En 1945, cuando se produce la rendición incondicional de Alemania, el jefe de su servicio secreto, el general Reinhard Gehler (6), fue «reclutado» por los americanos. Trasladado más tarde a los EE.UU. y sometido a un rápido «reciclaje democratizador» en Fort Bragg se le encomendaron tareas de organización de primer orden.
 
Entre las bambalinas de esa operación de enganche se encontraba Allan Dulles, en aquel entonces jefe de la OSS en Berna. El que años después iba a ser el primer jefe de la CIA, había mantenido estrechas relaciones con dirigentes nazis desde mucho antes de la guerra. Pero el reclutamiento de los nazis no resultaba una tarea fácil. Una vez acabado el conflicto bélico, no existía la posibilidad de fabricar una «transición» que permitiera a los antiguos cargos administrativos de los regímenes fascistas continuar ejerciendo funciones de poder. La guerra había sido excesivamente cruel y los crímenes cometidos demasiado repugnantes. Por otra parte, el protagonismo de la liberación de Europa no solo era patrimonio de los ejércitos Aliados. En Italia, por ejemplo, los guerrilleros partisanos, liderados por el Partido Comunista, habían derrotado a seis divisiones alemanas y liberado todo el norte del país. En Francia, los miembros de la Resistencia precedieron a las tropas aliadas en la liberación de París. En Europa se respiraba un clima de acendrado antifascismo. En esas circunstancias los pueblos no hubieran admitido ningún tipo de transacción del estilo de las que se aplicarían treinta años después en España y América Latina como salida de compromiso a sus dictaduras.

Los jefes de la OSS, William Donovan, James Angleton y Allan Dulles, con la colaboración de la Santa Sede, organizaron la evacuación de cerca de 10.000 nazis con destino a América Latina y los EE.UU. La finalidad del proyecto «Paperclip», —que así se denominó la operación— fue reclutar para la industria de guerra norteamericana, a los científicos nazis, a los especialistas en aeronáutica, en guerra biológica y química, en investigación nuclear y tratamiento del uranio. Durante medio siglo, rodeados del más absoluto secreto, estos nazis trabajarían en Fort Bragg (EEUU), en el complejo industrial militar, en la NASA y en la CIA. Pero no solo fueron nazis alemanes los que al amparo de la Displaced Person Act se acogieron a una reglamentación privilegiada para entrar en los EE.UU. después de la Segunda Guerra Mundial. Miembros de los grupos fascistas que colaboraron con los alemanes en Hungría, Bulgaria Ucrania, Lituania y Rusia, y que se habían caracterizado por la extrema crueldad con la que trataban a las poblaciones resistentes al invasor germano, arribaron igualmente a las costas norteamericanas con la protección oficial del gobierno de los EE.UU. En gran medida estos serían los mimbres sobre los que se urdiría la red de Inteligencia de los EE.UU. en una buena parte del planeta.

En Europa se encargó al general Gehlen y a agentes que habían pertenecido o colaborado con los servicios de los países del Eje, la organización de la red denominada Stay-Behind (Permanecer detrás). Las funciones de esta red quedaron claramente definidas en esta directiva top secret que el gobierno norteamericano desclasificó cincuenta años más tarde:

«Todas las actividades conducidas o apoyadas por el Gobierno (de EE.UU.) contra los Estados (países) o grupos hostiles, o los apoyos de Estados (países) o grupos amigos, deben ser planificados y ejecutados de manera que la responsabilidad de ningún Gobierno (actual y posteriores de los EE.UU.) pueda aparecer a las personas ajenas y no autorizadas, y si ellas son descubiertas, el Gobierno de los EE.UU. pueda denegar de manera fehaciente toda responsabilidad. Precisamente, tales operaciones están involucradas en la actividad secreta y en relación con la propaganda; la guerra económica, la acción preventiva directa, que incluye el sabotaje, el anti-sabotaje, las medidas de destrucción y de infiltración; la subversión de Estados (países) hostiles, donde se incluye la asistencia a los movimientos de resistencia, a las guerrillas locales y a los grupos de liberación en el exilio; el apoyo a los elementos anticomunistas locales que se encuentren en los países amenazados del mundo libre. Estas operaciones no toman en cuenta los conflictos armados conducidos por las fuerzas armadas militares reconocidas, las del espionaje y el contraespionaje, la cobertura y el engaño llevadas por las operaciones militares».

Con esta infraestructura humana el gobierno norteamericano intento construir los requisitos «técnicos» imprescindibles para impedir cualquier veleidad izquierdista en la Europa de la posguerra. Pero faltaba aún lo más importante: la articulación de un frente ideológico que les permitiera el control de las mentes y las voluntades…

NOTAS:
1.- George F. Kennan, asesor presidencial, (1948)

2.- Michael Sherry.
Preparing for the Next War. American Plan for Postwar Defense, 1941-1945. Yale University Press, 1977.
 
3.- Henry Ford publicó
su libro El Judío Internacional en 1927. Se trata de una violenta diatriba antisemita. Hitler profesaba una gran admiración por Henry Ford, y en su oficina figuraba colgada una fotografía del magnate del automóvil. En 1923, se extendió el rumor de que Ford se iba a presentar como candidato a la Presidencia de los EE.UU. El futuro Führer declaró en relación con ese propósito al Chicago Tribune: «quisiera poder enviar a algunas de mis tropas de choque a Chicago y a otras grandes ciudades estadounidenses para ayudar.»

4.- Allen Dulles fue el artífice de la red de los EE.UU. en Europa. Su nombre esta estrechamente vinculado a toda la historia de la CIA de la llego a ser jefe en los años cincuenta y parte de los sesenta. Estaba muy vinculado a las redes financieras internacionales que antes de la guerra fomentaron la relación con los nazis. Su hermano Jonh Foster ocuparía un destacadísimo papel en la administración Eisenhower. Allen Dulles fue despedido de la jefatura de la CIA por Kennedy en 1961, después del estrepitoso desastre del intento de invadir Cuba en Bahía de Cochinos.

5.- Soberanos e intervenidos Joan E. Garcés. Siglo XXI Editores.

6.- Reinhard Gehlen era jefe de la red de espionaje alemán en Unión Soviética (Fremde Heere Ost), o sea el más alto oficial del espionaje nazi de Hitler.

El puesto que ocupó durante la invasión alemana de la Unión Soviética le permitió recopilar una gran cantidad de información acerca de ese país. Los métodos que utilizaba para arrancar la información a los prisioneros de guerra fueron extremadamente bárbaros y sofisticadamente crueles. Los malos tratos y asesinatos ejecutados bajo la jefatura de Gehlen costaron la vida a miles de prisioneros de guerra soviéticos. La OSS americana desconocía casi todo acerca de la Unión Soviética y los países del Este de Europa. A parte de la utilidad operativa que poseía Gehlen para la CIA, el acopio de material que había realizado durante la ocupación alemana de territorio soviético le sirvió para ocupar un puesto clave en la CIA durante una buena parte de la guerra fría. En relación con Gehlen el historiador Christopher Simpson dice:

«A principios de marzo de 1945, el general Gehlen y un pequeño grupo de sus oficiales más importantes, registró en microfilm las inmensas cantidades de informaciones existentes en la sección de inteligencia militar del Estado Mayor General del ejército alemán. Empaquetaron las películas en tambores impermeables y los enterraron secretamente en praderas remotas en los Alpes austriacos. Seguidamente, el 22 de mayo de 1945, Gehlen y sus principales ayudantes se rindieron a un equipo del Cuerpo de Contrainteligencia estadounidense (CIC)». (Huelen) pidió inmediatamente una entrevista con el oficial a cargo...» y ofreció a los EE.UU. «su equipo de inteligencia, su dispositivo de espionaje, y sus valiosísimas películas, para su uso futuro.»

7.- The Power Politician and Counter-revolutionay, Churchill, A Profile. Nueva York, 1973, p. 182

El presente artículo forma parte de un capítulo del libro Algunas claves para entender el siglo XXI, de próxima aparición en Canarias.
 
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