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Palabras de Alfredo Guevara en el acto de Inauguración del 25 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Alfredo Guevara | La Habana

Hermanas y hermanos de América Latina y del Mundo todo;
Amigos todos;

Magia de polvos brujeros, protección de dioses de múltiples Olimpos o en la nubosidad que alterna con su sol el Trópico, ángeles inefables que protegen, cumpliendo decisiones celestiales, algo así debe ser lo que pueda explicar la realidad que se hace explícita y simbólica en este día cuando llegamos a la inauguración del 25 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano; también pudieran ser más coherentes con nuestra tradición racionalista otras explicaciones que cronistas, investigadores, historiadores y clasificadores más o menos inspirados, escrutadores y sapientes establecerán más tarde. En una noche como esta, sin abandonar precisiones, pero abordándolas de otro modo, porque el milagro es milagro aún si los hombres que los protagonicen no sean todo lo beatos que los muchos beatos que van inundando el territorio mundial resultan. Por eso me atrevo a calcular, casi científicamente, por no decir a ciencia cierta, que Glauber y Titón, Raymundo Gleyzer, Jorge Cedrón, Saúl Yelín, Santiago Alvarez, León Hirszman, Joaquín Pedro, no sé, cito algunos para servirme de sus nombres como símbolos, andan por allá arriba, acaso a nuestro lado, muy dentro de nosotros, reforzando, afianzando lo que ellos mismos hicieron, trascendido en otras formas, diseños, mensajes y hasta personajes, imberbes o madurillos, de por todas partes. Son materia del embrujante polvillo que la imaginación fecunda; no proponen la copia sino el ejemplo alentador de audacia y riesgo, artístico y no-artístico, nadie podrá negar la parentela; dioses eran porque artistas que inventaban el mundo a su manera y con ojos virginales porque nuevos, pero dionisíacos porque abandonados al placer orgiásticos de los sentidos, de los cinco y de esos otros, los del Misterio eleúsico, Misterio jamás develado, pero que pudiera resumirse sin definirlo, como el de la poesía, de lo poético, que permite en estado de fascinación total apresar en un dedal, pero solo un instante, el Universo todo. Ese instante en que Fidias y Picasso, Lezama o Mallarme, se igualan a Santa Teresa y Santa Teresa a Bacchus-Dionisos que preside otra orgía, esa orgía, orgía del espíritu, en una y otro, maravillosa ruptura hacia lo ilímite.

Ángeles no eran, aquellos, mis símbolos preciados, eso puedo afirmarlo, pero si me he atrevido a pensar en tan hoy inefables seres y a establecer lejana reminiscencia será, probablemente porque de modo involuntario si percibo un ángel sé que siempre le acompaña un diablillo. Y sé también que aquellos viejos amigos, que siempre me acompañan, lejos de prestarme bastón hincan con agudos tridentillos, pellizcos, pícaras sonrisas que hacen burla si en alguna ocasión nos sienten tentados por el orgullo de lo realizado. Ellos saben que el orgullo apadrina la holgazanería intelectual, y a veces va más lejos. Eran sabios, como suelen ser los artistas, como alguna vez lo son, y por ahí va un cierto encanto. Sabios juguetones. Tanto que no esquivaban el fuego.

Les tomo para decir que por ahí andaba la raíz, y por ahí anda, a su manera. Pero también para decir que las generaciones que les siguen en el tiempo y que no los repiten ¡por fortuna!, llegan con nuevos mensajes y formas, con su inteligencia y diabolismo particular, propio. Como se sabe la inteligencia y la imaginería, la fundación de códigos, no resultan de territorios límbicos sino del fuego, y sobre carbones ardientes andaban; y algunos todavía, aunque sea con esfuerzo les acompañamos. El Festival es eso. Territorio abierto a esa renovación constante; constante pero rigurosa; constante pero no banal; constante renovación si posible y cuando posible porque la realidad, el mundo, el ámbito de la vida y de cada vida, de la expresión artística y de cada artista, no será nunca la del simplón, simplista, simplificador, será, es, presencia de complejidad infinita, de variedad y variantes ilímites.

25 Festivales, 25 Años, y a ellos se unen los que nos condujeron a estos, aquellos que siguieron a Viña del Mar, 1967, del que el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano recibió la semilla. No olvidaremos nunca, no debe olvidarse, merece recordarse en este día, que en aquel Festival, muy jóvenes cineastas proclamaron en una Declaración que no tengo intención de reproducir en texto, pero de la que tomo su más honda y esencial palabra, que todo su apasionado amor devoción quedaba depositado en América Latina, y para hacerlo, en su símbolo.

El tiempo pasa y pasa y porque pasa va todo destruyendo, haciendo que envejezca y acercando eso que llaman muerte y puede ser la nada; nada que por ser nada no es posible. Pero si pasa el tiempo y pasa y lo destruye todo, o casi, siembra sin tregua el tiempo, sembrando sin descanso. Es también él, el que pule, afina y deja, aparta, respeta, salva, cuanto le resiste, lo auténtico, lo puro y transparente, aquello que trasciende, que es vida, vida plena, iridiscente, más allá de sus límites. Ese ambiguo escultor que en el tiempo reside, el que destruye y siembra y salva y se trasciende, en este Aniversario 25 entrega, el testimonio de nobleza y plenitud que hace del Festival una especial figura, recorre esa estela deslizante que del tiempo emana, pero aprovecha cada instante en su tarea: nuevas puertas abriendo, ventanales, hendijas, rompiendo cercos y levantando puentes y puentes, puentes, puentes.

Desde ese puente simbólico, y real que es el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en su nombre y en el marco de vuestra presencia, que es ya el Festival, Declaro abiertos los trabajos de su manifestación 25, el 25 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Bienvenidos.

Teatro Carl Marx, 2 de diciembre, 2003.
 

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