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CHANO POZO
LA CUMBRE Y EL ABISMO
 
¿Quién era, en realidad, aquel negrito feo y guapetón que gracias a su habilidad innata para golpear el tambor escaló uno a uno todos los peldaños que conducen a la inmortalidad? De la Timba a la inmortalidad: tras las huellas del más grande percusionista cubano de todos los tiempos.


Leonardo Padura | La Habana
 

«Chano Pozo fue un revolucionario entre los tamboreros del jazz; su influjo fue directo, inmediato, eléctrico (...). Por el tambor de Chano Pozo hablaban sus abuelos, pero también hablaba toda Cuba.  Debemos recordar su nombre para que no se pierda, como el de tantos artistas anónimos que durante siglos han mantenido el arte musical en su genuina cubanía.»'

Fernando Ortiz

Ahora estoy convencido de que Caridad Martínez, la mulata blanconaza y esbelta que vivió varios años con Chano Pozo, jamás conoció a su hombre. Me lo revela el hecho de que Cacha llegó a declarar aquel sombrío 3 de diciembre de 1948, vísperas de Santa Bárbara; que Chano salió de la casa «más alegre que nunca», con la mente asediada, únicamente, por las ilusiones de su próximo debut en el Strand. Pero, en realidad, Chano Pozo, establecido ya en la cumbre de su carrera artística, con tanto dinero en los bolsillos como jamás se imaginó que existiera en el mundo, era ese preciso día un hombre triste y melancólico, maltratado por la nostalgia y con muy pocos deseos de pensar en el futuro. 

 Mientras cubría el camino entre su apartamento neoyorquino y el Río Cafe and Lounge de la calle 113, el más grande de los tamboreros cubanos miraba sin entusiasmo las infinitas luces de la opresiva ciudad, algunas de las cuales servían para resaltar su propio nombre: « ‘Manteca’, Chano Pozo con la banda de Dizzy Gillespie». Mas, con los pies heridos por el frío de Nueva York, Chano Pozo no pudo impedir que su corazón se le hubiera ido hasta La Habana: A esta misma hora, Chano, en Cayo Hueso, Pueblo Nuevo y Belén, los altares tapizados de rojo están llenos de ofrendas y velas, esperando el 4 de diciembre y los tambores ya están llorando su salvaje plegaria de 'bienvenida al guerrero Changó, tu padre, dueño del rayo y la espada. Pero esta 'noche faltará tu tambor, Chano... En Nueva York, solo tú piensas en Changó.

Aún quedaban dos horas para la media noche cuando Chano Pozo entró en el Río Cafe and Lounge y, después de saludar a unos amigos, se dirigió a la victrola pues, de tanto pensar, había encontrado una forma de saludar el día de la Santa Bárbara. .. Chano Pozo nunca pudo imaginar que, antes de la media noche, lo sacarían de aquel local envuelto en dos manteles rojos y con siete balazos en el pecho. 

VIAJE A LA SEMILLA

Cayo Hueso, la verdad, ya no es Cayo Hueso. De la antigua y reconocida fiereza de este barrio capitalino solo quedan los ecos de su fama miserable y violenta; de sus más renombrados y tétricos solares sobrevive ahora, si acaso, una vetusta fachada incapaz de apresar lo que hubo en sus entrañas. En la actualidad uno puede desandar a cualquier hora del día ―o de la noche―, sus más famosas calles sin temor a que una navaja sigilosa le atraviese un pulmón o que lo encuadrillen en una esquina y le quiten hasta los calzoncillos. Ahora en Cayo Hueso hay edificios grandes, limpios, hasta lujosos, y el Parque de Trillo es un lugar para que los muchachos corran y se diviertan.       

Durante muchos años este barrio, con ventaja sobre Pueblo Nuevo y Belén, se ha disputado la paternidad de Chano Pozo, aquel percusionista callejero que, en un tiempo récord y con sus tambores cubanos, logró revolucionar la revolución del be bop. Tras la pista de Chano Pozo ando y desando Cayo Hueso, converso en las esquinas, observo los sitios que frecuentó, respiro el aire que él respiró y de pronto siento que el barrio vuelve a ser el mismo de antes y consigo escuchar la frenética rumba de cajón que se ha armado en el solar Rancho Grande, escucho los gritos de la bronca fraticida que hay en el Parque de Trillo y observo con recelo de forastero el paso tempestuoso de dos guapos que advierten en voz alta que ellos sí no creen ni en la madre que los parió y se matan con cualquiera...

―Yo no sé si Chano nació aquí o no ―me advierte Herminio Sánchez, un mulato flaco y de voz cansada, que se considera una autoridad en la historia oculta de Cayo Hueso. Lo que sí sé es que aquí fue donde pasó su miseria más grande. Por aquí andaba él, hecho un apargatú, con su hermano mayor, Mamadeo, y sus socios Armando el Mono y Francisco el Africano. Por cierto, Mamadeo fue el que, en una bronca que tuvo Chano, mató a un hombre de una puñalada, y el pobre Mamadeo se murió en la cárcel...

En este barrio Chano salió con las comparsas, aquí se hizo abakuá, del fundamento «muñanga», que es uno de los juegos de este barrio. Y de otra cosa que estoy seguro es de que vivió ahí, en la otra esquina, en el solar El África.

«Y el África era un solar de ampanga, mi compadre. Por las noches se alumbraba con un solo bombillo y las tendederas y guindalejos daban más oscuridad todavía. Aquello era una jungla y de contra allí vivían como 200 negros… ¿Se le podía llamar de otra forma mejor? Era el África misma. Y fíjate si era malo, que allí no entraba la policía. No se atrevían. Pero lo mejor que tenía era sus cinco salidas: uno entraba por una puerta y podía salir por donde quiera. »            

El solar El África ha corrido la suerte de otras cuarterías. En 1980 fue demolido y solo existe hoy su inofensivo frontón. Muchos aseguran que justamente en El África nació Chano Pozo.

―La gente no debe hablar de lo que no sabe, muchacho. Para saber esas cosas hay que conversar con la familia, ¿verdad? ―me asegura Petrona Pozo, la hermana más pequeña de Chano, la preferida del músico y la única sobreviviente' de aquella estirpe. Nosotros nos mudamos para El África cuando ya éramos grandecitos, después que murió mamá. Pero nacimos, todos, en El Vedado, en el Solar Pan con Timba, de la calle 33: de ahí salió Chano Pozo. 

UN HOMBRE AFORTUNADO 

―Después de todo Chano fue un hombre con mucha suerte ―afirman, puestos de acuerdo por única vez, familiares, amigos y conocidos del excepcional tamborero cubano. Hay que tener tremendísima suerte para salir de donde él salió y llegar hasta donde él llegó.

―Y fíjate si tuvo suerte ―remata Herminio Sánchez― que le cayó bien al senador Hornedo, el dueño del periódico El País, que vivía en la casona esa que hay en Carlos III y que ahora es la Casa de la Cultura, esa. Porque Chano Pozo era un tipo, vaya, así, chistoso y jodedor, y era el único aquí que tocaba el tambor, cantaba y bailaba, y lo que tocaba era inventado por él. Y na’, cosas de la vida, le cayó bien a Hornedo y entraba y salía de su casa cada vez que le daba la gana. Y Hornedo fue el que lo levantó.

―La verdad es que Hornedo fue muy bueno con él, asegura, también, Petrona Pozo. 

«Gracias a él Chano no tuvo que vender periódicos ni limpiar zapatos como mi padre, que estuvo de limpiabotas, hasta que se murió, ahí en la esquina de Zanja y Belascoaín. Pero la persona que más ayudó a mi hermano fue Amado Trinidad, el dueño de Radio Cadena Azul. Fue, incluso, el que gastó su dinero para que  a Chano lo enterraran en Cuba.»

―Yo conocí muy bien a Chano ―confiesa, con un dejo de orgullo, Roberto Cortés Ibáñez, hermano de religión de Chano Pozo. Lo conocí cuando chiquito, pero después lo dejé de ver porque estuvo hasta los 16 años en el Reformatorio de Menores de Guanajay. Ahí fue donde Chano aprendió a leer y escribir. Y después nos volvimos a ver cuando Chano se mudó para el solar El Ataúd, en el barrio de Colón, muy cerca de mi casa. Allí vivía con Laura, una de las mujeres que tuvo. Chano era un tipo bajito, pero muy fuerte. Y era también muy impulsivo y no le tenía miedo a nadie.     

«Pero creo que donde se equivocó fue metiéndose a abakuá, porque la religión no tiene nada que ver con la guapería y, además, nosotros no tenemos que andar pregonando por ahí que pertenecemos a esa hermandad. Incluso, Chano murió expulsado de su juego, no por un problema de hombría, no, su lío fue que, grabó para Radio Cadena Azul unos cantos secretos y su juego lo expulsó por 120 años.               

«Por otro lado, yo sí sé que la persona que más ayudó a Chano Pozo en este país fue Rita Montaner. No vayan a estar creyéndose lo de Hornedo ―aclara ahora Roberto Cortés. Hornedo no era tan bueno ni quería tanto a Chano, como dice la gente. La verdad... no sé si debo decírtelo, pero bueno, de eso hace mucho tiempo. La verdad es que Chano era uno de los guapos de Hornedo, que como político al fin tenía su piquete de matones. Fíjate, era una época muy dura y no había forma de ganarse cuatro pesos, así que Chano, después que salió del Reformatorio, no tuvo más remedio que trabajar para Hornedo.

«Y ya que te dije eso, te voy a decir otra cosa que nadie sabe: cuando Rita Montaner ayudó a Chano, y salieron juntos bailando en los Dandys de Belén, ellos eran marido y mujer, no casados, claro, pero marido y mujer al fin y al cabo.» 

UN ROSTRO EN LA MUCHEDUMBRE 

¿Quién era, en realidad, aquel negrito feo y guapetón que gracias a su habilidad innata para golpear el tambor escaló uno a uno todos los peldaños que conducen a la inmortalidad? ¿Quién era este hombre que obligó escribir a un renombrado crítico de jazz que «la poderosa y principal influencia de la música afrocubana sobre jazz y, especialmente, en el bop, alcanzó su punto culminante en el invierno de 1947, cuando el director, de banda Dizzy Gillespie contrató al tamborero cubano Chano Pozo para un concierto en Town Hall»?

¿Quién era, en verdad, Luciano Pozo González?

Chano Pozo era todo lo que dicen los cronistas, sus familiares, sus amigos, pero mucho más: Chano era el marginalismo habanero de su época, y era La Habana misma, maltratada y alegre, ruidosa y adolorida.

―Por eso cualquiera te puede decir algo de Chano, porque Chano estaba en todas partes ―confirma Roberto Cortés. Lo mismo vivía en un barrio que en otro, andaba, con esta o con aquella mujer, y salía con cualquier comparsa. Para que veas, que todavía me acuerdo, él fue bailarín y tocador de El Barracón, La Mejicana, La Colombiana Moderna, La Sultana y La Jardinera. Con los Dandys de Belén, haciendo figura de «varón», salió después, ya en los años 40, porque para dirigir los Dandys había que tener dinero y buena ropa.      .

―Chano empezó a subir cuando entró en Radio Cadena Azul, la emisora de Amado Trinidad ―recuerda su hermana Petrona; enseguida empezó a ganar buen dinero y lo primero que hizo fue comprarse un traje de petronio, esa tela carísima. Después invertía todo su dinero en trajes y prendas. Nunca se me olvidan el sortijón que se compró, que tenía una piedra del tamaño de un garbanzo ablandado y la medalla de Santa Bárbara que usaba en la cadena: era del tamaño de las tapas esas de los litros de leche y pesaba una barbaridad. Toda la corona de la virgen era de rubíes. Pero, como te decía, ahí en la emisora fue donde fundó la Orquesta Azul y empezó a hacerse, famoso de verdad. Y también fue allí donde conoció y se hizo amigo de Rita Montaner.

―Aunque yo era muy chiquito me acuerdo de Chano en la casa de Rita ―relata Cala, fotógrafo de oficio, bongosero de corazón, conocido entre los jazzistas cubanos como el blanco con manos de negro. Yo era amigo de la familia y como me gustaba tanto la música, me colaba en las fiestas que daban los fines de semana. Y había que ver tocar a ese hombre: sacaba música hasta del piso, porque se tiraba en el suelo y con esas manazas que tenía empezaba a repiquetear en las lozas. Del carajo... Según tengo entendido fue Rita quien lo metió en Radio Cadena Azul y Chano siempre se lo agradeció. Aunque era muy bruto, fue sentimental y agradecido. 

Por esa época, ya a principios de los años 40, Chano Pozo era un personaje famoso en Cuba, porque tenía la Orquesta Azul y era el músico exclusivo de la emisora ―me cuenta Adrían Zanabria, veterano bailador de comparsas habaneras. Yo me acuerdo de que Chano siempre andaba para arriba y para abajo con Manana, que era como todo el mundo le decía a Agustín Gutiérrez, el que fue bongosero del Septeto Habanero y también del Septeto Nacional. Chano y Manana formaban una pareja terrible y yo los vi hacer cosas que parecen de locos. Un día yo los fui a buscar a El Ataúd, para irnos de rumba, y antes de salir Chano cubrió la cama con billetes de cinco y diez pesos, porque ya tenía mucha plata, y después, como estaba sudado, se tiró de espaldas en la cama y le dijo a Manana: «Negüe, lo que se me quede pega’o en el lomo es pa’ gastarlo hoy». Manana le desprendió 95 pesos de la espalda, y para gastar eso en un día, ¡ay mi madre!, como había que hacer cosas en esta Habana. Pero entonces fue que vino lo mejor. Chano abrió el escaparate donde tenía como 20 trajes, de las mejores telas, y se puso a hablar con los trajes. Él hacía así, se mordía el nudillo del dedo este, el anular, y le hablaba entre dientes a los trajes. Él les decía: A ver, a ti no te voy a sacar hoy porque estás muy pesa’o últimamente. Y tú ―le decía al otro― tú ni me mires, descara’o, que te enfangaste to’ el otro día. Y a ti, ¿qué te pasa? Na’, na’  no te pongas triste, que tú eres el que va a salir hoy― y escogía ese. Para mí que Chano no estaba muy bien de la cabeza, ¿eh?     

«Pero todo eso que se dice, que si Hornedo, que si Amado Trinidad, dígale a la gente que no: el hombre que más ayudó a Chano Pozo en este mundo fue Miguelito Valdés. Fíjate: Miguelito fue el que le grabó las canciones a Chano en los EE.UU., como aquella que decía Blem, blem, blem, y nunca le hizo maraña con el dinero, como pasó aquí en Cuba, en la Asociación de Derechos de Autor, que le tumbaron dinero a Chano y luego hasta le metieron un tiro en la barriga. Pero además Miguelito fue el que inventó lo de la academia de baile que Chano y Manana hicieron en El Ataúd, y el mismo Miguelito les mandaba para acá a las americanas que querían aprender a bailar rumba, aunque de verdad lo que ellas querían era otra cosa: vaya, por lo claro, venían a fumar y a joder aquí. Y también fue Miguelito Valdés quien le consiguió a Chano su primer contrato en los EE.UU. y lo mandó a buscar para que Chano Pozo triunfara allá y se hiciera, de verdad, el tumbador más grande que ha dado este país». 

EL CAMINO DE LA GLORIA Y DE LA MUERTE 

«Me acuerdo como si fuera hoy el día que Chano salió para los EE.UU. A mí se me hizo tarde y tuve que ir corriendo para el puerto, porque se iba por barco para llevarse el convertible rojo que se había comprado con un dinero que le mandó Miguelito Valdés. Él pensaba estar allá por poco tiempo, y por eso se fue hasta con Cacha, la mujer que él tenía por esa época —dice Petrona y observa entonces el altar que está a su lado. Pero yo sabía que Chano no iba a volver. Lo sabía. Unos días antes él se hizo un registro y le salió que tenía que hacerse santo, hacerse Changó, antes de cruzar el mar. Pero mi hermano era muy desobediente y dijo que cuando regresara él se lo hacía. Pero yo sabía que Chano no iba a volver. Changó no perdona».

«Cuando Chano llegó a EE.UU., yo tenía ya mi propia orquesta —relata Dizzy Gillespie, el excepcional trompetista que junto a Charlie Parker y Chano Pozo desarrolló hasta sus últimas consecuencias la revolución del be bop. Pero el problema es que no encontraba un buen tamborero. Entonces fui a ver a Mario Bouzá, quien ha sido mi padrino musical, incluso el que me consiguió un puesto en la banda de Cab Calloway cuando la banda de Cab era la mejor de New York. Entonces le pregunté a Mario, que era una autoridad en música afrocubana, si conocía algún tamborero bueno de verdad. Tengo un muchacho para ti, pero no habla inglés, me dijo. Así fue como tomé a Chano Pozo y no me arrepentí nunca. Cuando lo vi tocar siete tambores a la vez supe que había encontrado un genio de la música. Y, por cierto, no hizo falta que hablara inglés: logramos entendernos perfectamente, por el lenguaje de nuestros ancestros».

Al sumarse a la banda de Dizzy Gillespie empieza para Chano Pozo el camino hacia la consagración y la fama. Junto al gran trompetista norteamericano emprende una gira por varias ciudades del país y graba, entre otros éxitos, una pieza clásica del jazz latino: «Manteca». Es la apoteosis de los tambores cubanos que enriquecían, definitivamente, la concepción rítmica de la música estadounidense.

Chano se había convertido «en una celebridad —ha escrito Ciro Bianchi Ross, en un lúcido reportaje. ‘Manteca’ le había reportado ya una buena suma de dinero, cobrada horas antes de ser asesinado. Después de unas vacaciones cumplimentaría un contrato en Billy Berg, el famoso cabaret-restaurante de Hollywood, que a su vez le serviría de antesala para su debut en el Strand. Las pantallas de los trailes del teatro Strand ya lo anunciaban… »

«Con Chano Pozo habíamos tenido un éxito inmediato —recuerda, conmovido, Dizzy Gillespie. Pero lo que es más importante: Chano cambió el gusto de la música en los EE.UU. y a mí me alegra haber tenido algo que ver con ese fenómeno. Chano, con sus siete tambores cubanos, fue el factor decisivo en el proceso de introducir e integrar la música afrocubana en el jazz norteamericano. Chano Pozo fue un innovador y un nuevo punto de partida.»

«¿Cómo no iba a ser así, mi amigo? Ese hombre podía hacer con sus tambores lo que le diera la gana... Fíjate, cuando Cristóbal Colón llegó a Cuba, ya Chano Pozo era, hacía rato, el mejor tumbador que ha dado este país, y yo sé que, todavía no ha vuelto a nacer otro como él» —sentencia, sin posibilidades de discusión, Cala.

«Pero Chano no se sentía bien en los EE.UU., seguro que no —afirma Idelfonso Inclán, El chino, masajista de boxeadores famosos, entre los que se cuentan Kid Chocolate y Kid Gavilán. Él quería regresar porque sabía que se la debía a Changó y porque su ambiente estaba en La Habana y cuando hizo la gira por el sur de los EE.UU. vio que allí lo trataban como a un negro cualquiera y no como él se merecía o pensaba que se merecía. Como él y yo nos conocíamos desde el año 30 y salimos juntos en los Dandys, él fue varias veces al gimnasio Stigman, donde yo trabajaba para Sugar Robinson, a que le diera masajes y siempre lo noté muy tenso. Y, por cierto, yo estaba presente el día que se conocieron Chano y El Cabito.» 

TRISTE, SOLITARIO y FINAL 

Chano Pozo estudió la pizarra de la victrola. Introdujo una moneda en la ranura y marcó el D-3. Por la bocina del reproductor empezaron a desfilar, atropelladamente, las notas salvajes y agresivas de una melodía nacida en el corazón de África, cinco siglos atrás. «Manteca» inundó el Rio Cafe and Lounge y Chano Pozo, su autor, cerró los ojos: Ahora estás en La Habana y tocas la bienvenida al manto púrpura encendido de tu irascible padre africano. No sientes que tus pies tiemblan y empiezan a golpear el piso, una y otra vez, y otra vez.  

Las puertas del Rio Cafe and Lounge volvieron a abrirse y un hombre penetró en el local. Las manos, ocultas en el bolsillo de su gabán. Eusebio Muñoz, alias El Cabito, un ex combatiente marcado por la psicosis de una guerra en la que fungió como francotirador, observó a su desprevenida víctima.

—Fue por mujeres —opina Cala.

—Por desobediente, Changó se lo advirtió —me dice Petrona Pozo.

—Drogas, seguro —afirma Roberto Cortés.

—Dinero, un lío entre hombres —asegura Herminio Sánchez, repitiendo la versión que Caridad Martínez, Cacha, dio a los periodistas. Pero Cacha no conocía a su hombre. Sin embargo, su versión —confirmada por una cantante cubana radicada en Nueva York—, fue la más difundida: El Cabito le debía 15 dólares a Chano y Chano se los había reclamado en público. No obstante, al morir, el tamborero cubano tenía 15 mil dólares en el banco y más de 1 500 en los bolsillos. Pero El Cabito, había sido ofendido entre los hombres.   

—La verdad es que fue un lío de drogas ―recuerda El Chino Inclán: El Cabito le vendió a Chano una hierba que no era buena y Chano le metió una galleta en público y luego no quiso disculparse. Entonces El Cabito juró que lo iba a matar como un perro.

—Pero no fue marihuana —asegura, a su vez, Adrían Sanabria. El lío era más gordo, era coca, y solo se pueden pensar dos cosas: o Chano no supo usarla o de verdad El Cabito lo quiso estafar.

Mientras, de frente a la victrola, Chano ponía a circular por sus venas toda la historia sagrada y guerrera de su sangre africana: Tus manos dispersaban las penumbras del solar El África, tus pies pulían el cemento sucio de El Ataúd, tu voz profunda rompía las paredes enclenques de Pan con Timba.

Cuando Chano Pozo giró, el recién llegado extrajo su revólver y disparó una vez. El ídolo de la música cubana cayó al suelo, con el corazón perforado. El Cabito se acercó al cuerpo que se movía ahora con el ritmo espasmódico de la muerte y, sin prisa, le disparó seis veces más…

Chano Pozo yacía en un bar de Nueva York, pero, en realidad, había muerto en su Habana, aunque la ciudad que lo hizo a su imagen y semejanza debió esperar ocho interminables días para cubrir con su tierra el cuerpo del más grande y triste de los tamboreros cubanos.

Tomado de El viaje más largo. Ediciones Unión. La Habana,1994.

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