La Jiribilla | Nro. 127
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

10 de Octubre de 1868: Revolución social y guerra anticolonial
 
Primer movimiento verdaderamente popular en la historia de la sociedad cubana, unió a ricos y pobres, esclavistas y esclavos, intelectuales y campesinos en un frente nacional para el logro de la independencia y transformaciones radicales e imprescindibles.


Oscar Loyola Vega* | La Habana


Fecha cimera en la historia nacional, el 10 de Octubre marca un hito de especial relevancia en el contexto de las tradiciones patrias: el inicio de las luchas anticolonialistas en el siglo XIX, por vía de la insurrección. Devenido símbolo de la decisión de un pueblo explotado durante tres centurias, de dar paso a la creación de su Estado Nacional, el 10 de Octubre, alborada de un proceso histórico de gran complejidad y trascendencia, se inserta en el patrimonio ideo-cultural cubano como fecha de nacimiento de la Guerra de los Diez Años.
 

Es harto conocido que esta guerra, esfuerzo supremo del independentismo nacional, ha recibido en la historia patria diferentes denominaciones, tales como Guerra Grande, Década Heroica, Primera Guerra de Liberación Nacional y Revolución del 68, entre otras. Con un teatro de operaciones comprendido entre Baracoa y los límites de las actuales provincias de Villa Clara y Matanzas, sus principales figuras, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y Antonio Maceo, seguidos por una constelación de patriotas, supieron unir, a lo largo de diez años, a blancos, negros, mulatos y asiáticos en la durísima tarea de la redención de la patria, y desplegar con energía no tan solo la lucha armada imprescindible sino también algo de suma importancia, un cuerpo coherente de ideas, que retomando lo fundamental de las concepciones de Félix Varela, José María Heredia y José de la Luz y Caballero, se proyectase hacia el porvenir de la nación, escudo autóctono contra posibles ataques foráneos a la soberanía insular.

Durante el período comprendido entre octubre de 1868 y marzo de 1878 la contienda, considerada en su fase puramente militar, sentó pautas organizativas y desplegó acciones bélicas de singular importancia, que dejarían el legado de una muy sólida experiencia para empeños posteriores. Entre ellos se destacan el hecho mismo del alzamiento del 10 de Octubre, la paulatina y eficiente estructuración militar -en un pueblo que carecía por completo de experiencia bélica-, el surgimiento y la promoción de cuadros militares de sólida preparación, la aplicación de la tea incendiaria, la invasión a Guantánamo, el desarrollo de la caballería camagüeyana, el reiterado cruce de la Trocha de Júcaro a Morón, la batalla de Las Guásimas, la invasión de Las Villas, la toma de Las Tunas. No pocos nombres de jefes excepcionales descuellan gracias a sus capacidades operativas. Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y Vicente García constituyen la vanguardia de la generación de los «generales del 68».
 

Lo que trascendió

Los hitos o procesos militares anteriormente señalados han contribuido en no poca medida a oscurecer un hecho capital, la Guerra de los Diez Años fue una revolución social de amplísima envergadura, que conmovió los cimientos de la sociedad cubana y, aunque no culminó con la creación de un Estado nacional diferente del español, marcó definitivamente los derroteros insulares futuros. Sin demeritar los éxitos militares, debe decirse que el proceso histórico conocido como «el 68», entiéndase por ello todo lo acontecido en diez años de vida nacional, constituyó una revolución de especial trascendencia histórica.

Si se lee con detenimiento el Manifiesto del 10 de Octubre, redactado por Céspedes, puede comprenderse que en dicho documento, desde sus mismos inicios, los combatientes anticolonialistas se plantean una sólida gama de transformaciones sociales que, como sucede en toda revolución verdadera, se intensificarían y ampliarían a lo largo de la propia revolución.

Es algo sabido que ninguna revolución impulsa, desde sus comienzos, un único e inmutable programa transformador, sino que este, sobre una base primaria, en los ardores de la contraposición de ideas que el proceso genera, se complementa y enriquece con la madurez que adquiere el propio proceso revolucionario. Tal situación se dio a plenitud en la Revolución del 68.

El programa manzanillero inicial (o, si se prefiere, el manifiesto cespedista comentado) fue desbordado con creces por la dinámica de los acontecimientos, y por la grandeza patriótica que fueron adquiriendo los principales líderes revolucionarios, ya fuesen provenientes del sector terrateniente, como es el caso de Céspedes, o de las capas intermedias urbanas, como Agramonte, o de los distintos grupos del campesinado, como Gómez y Maceo.

Considerado de manera globalizadora, en su transcurso, aquel proceso anticolonial puede ser enmarcado como una verdadera revolución social, atendiendo entre otros a los siguientes elementos:

—El resultado primordial que se pretendía obtener venía dado por la creación del Estado nacional, expulsando el colonialismo español de la Isla. Esto obligaba a subvertir las estructuras fundamentales que componían el aparato de gobierno y dar paso a fórmulas políticas no instrumentadas desde España.

—En su decurso, la revolución es radicalmente antiesclavista, pretendiendo integrar blancos y negros en el cuerpo homogéneo de la nación cubana. Esto no sucedió en otros procesos independentistas continentales, como fueron los casos de los Estados Unidos y el Brasil. La abolición de la esclavitud implicaba dar libre paso a formas capitalistas de producción, y por supuesto, a una reestructuración absoluta de la vida social insular.

—Los mambises, fuese cual fuese su origen económico o regional, solo concibieron para la patria independiente la forma de gobierno republicana, lo que exige un alto grado de democratización de la tradicional estructura de poder de España en Cuba. La Constitución de Guáimaro, en abril de 1869, plasmó tales concepciones en un aparato que, si bien no era el idóneo para las circunstancias, sí reflejó cabalmente los presupuestos doctrinarios más avanzados y progresistas del siglo XIX, adecuándolos a la manigua, y sobre todo, destacando los derechos humanos de las dos razas fundamentales que componían la población insular.

—A diferencia de otras regiones de América, la Cámara de Representantes, máximo órgano de poder creado en Guáimaro, desplegó un cuerpo de leyes puramente cubanas, por primera vez en la historia nacional, que eliminó velozmente el sistema de gobierno español, y sentó las bases para una efectiva sociedad civil, a través de un régimen gubernamental que sirvió de modelo para empeños ulteriores, y que, en sí mismo, fue de una validez no cuestionada con posterioridad. Las mentalidades inmersas en la revolución en favor o en contra, debe entenderse, sufrieron así una amplísima transformación, que presentó un fuerte impulso a los cambios observables en la sociedad cubana de fines del siglo XIX.

—La cultura nacional, por el hecho mismo de la revolución y de sus transformaciones, experimentó un enriquecimiento notable, de clara percepción en el género testimonio. A pie y descalzo, de Ramón Roa, o Convenio del Zanjón, de Máximo Gómez, ejemplifican lo anterior. La «revolución intelectual» que toma cuerpo en José Martí tiene sólidas raíces en el hecho de la Revolución social del 68.

—Algo trascendental, finalmente. Los cambios de amplia magnitud propugnados por aquella revolución en la estructura y funciones de la sociedad insular no serían impuestos «desde arriba» según criterios de un exiguo grupo de dirigentes; antes bien, el 68 fue el primer movimiento verdaderamente popular en la historia de la sociedad cubana. Ricos y pobres, esclavistas y esclavos, intelectuales y campesinos se unieron (a pesar de sus muchas discrepancias internas) para constituir un frente nacional–liberador, que a la vez que expulsase a España de su más preciada joya, diese paso a transformaciones radicales e imprescindibles en la Antilla que acabasen con el «estado de cosas» imperante. En mucha mayor proporción que durante el ciclo independentista continental, el 68 unificó la revolución política con la revolución social.

En lo que contribuyó

La Guerra de los Diez Años no logró, por razones harto conocidas, materializar su principal objetivo de establecer un nuevo Estado nacional en el contexto americano. Sin embargo, las transformaciones de carácter social que impulsó se insertaron firmemente en la sociedad cubana de los ochenta, y contribuyeron a acelerar la abolición de la esclavitud y los cambios sociales que en conjunto dieron paso al capitalismo en Cuba, imprescindible en aquellos tiempos históricos.

Por sus proyecciones, por sus concepciones ideo-políticas, por su legado cultural, el 10 de Octubre se afinca con luz propia en amplia cadena de revoluciones sociales desplegadas por la nación cubana para la obtención y la reafirmación de su legítimo derecho a una existencia política independiente.

*Doctor en Ciencias Históricas. Profesor de la Universidad de La Habana.
Tomado de Revista Bohemia

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600