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ENTRE DOS MUNDOS
A propósito de la exposición Choque Cultural, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales de esta ciudad

Iris Cepero
| La Habana
 

Juan Carlos Quintana (Louisiana, 1969) padece, como muchos, el síndrome de la dualidad. Nacido y crecido en una familia cubana, en medio del entorno caribeño de Nueva Orleans, que es a la vez específico dentro de la multiculturalidad norteamericana, la obra de este artista no puede escapar al amasijo particular de su existencia.

Una familia con la particularidad de que aun lejos de Cuba siguió viviendo vinculada al ingenio y la tradición azucarera que los más viejos arrastraron desde Matanzas, hace ya casi medio siglo,  ha servido de espacio vital para la conformación de un espíritu y una sensibilidad moduladas, de cierta manera, bastante a lo cubano.

«El concepto de origen, de patria, que algunos saben definir tan fácilmente, ha sido para mí un complejo problema. Yo no crecí en ambientes propiamente cubanoamericanos, como New Jersey o Miami. Para mí ser cubano era hablar en español con mi padre, con mi abuela. Pero más que eso era también leerme las historietas de Elpidio Valdés que me mandaba mi prima, y cuando crecí, los libros sobre la guerra de independencia, mientras alrededor todo pertenecía a otro mundo.»

En sus obras (pinturas, grabados, dibujos, técnicas mixtas) resalta una amalgama alucinante de simbolismos de uno y otro lados, referencias autobiográficas y culturales de una Cuba que no conoció  con ojos propios hasta 1995, se suceden con la misma fuerza que los estereotipos del entorno de su país natal.

Es como si el híbrido que es Juan Carlos él mismo lo confiesa viviera permanentemente en una isla imaginada, que no es únicamente la isla de donde vinieron sus padres, sino también el sueño de esa esperanza de ideal que hay en cada individuo y que en su caso, por obvias razones, se manifiesta, emblemáticamente, en imagen insular. «Las ideas son como las estrellas», escribe en una de sus piezas.

Como ha dicho el artista y crítico cubano Antonio Eligio (Tonel), en las palabras de presentación de la muestra Choque Cultural: «En el caso de Juan Carlos Quintana no es una obra de pretensiones generalizadoras, abstractas, que clausure el conocimiento y las asociaciones del artista con la especificidad cultural de sus ancestros, o que diluya hasta lo irreconocible las referencias a esa parte ‘foránea’ de su experiencia y de sus memorias que es Cuba. Lo que se produce es una obra en la cual es posible verificar sin demasiado esfuerzo ese tipo de identidad compleja, movible, que acepta sus contradicciones sin anularlas, que reúne y acomoda sus fragmentos sin pretensiones unificadoras, y que mantiene, gracias al sarcasmo, a la ironía y al desprejuicio, un diálogo constante, crítico y autocrítico, con las fuentes diversas, con los espacios y niveles culturales más definidos o más borrosos entre los cuales se desliza.»

Puentes, islas, rostros de personajes conocidos en los medios de prensa cubanos desde la década del 40 del pasado siglo, hasta rótulos e imágenes de una contemporaneidad tan cercana como la guerra de Iraq, conforman la hibridez creativa y sentimental de un artista en la que la constancia de lo cubano no se impone, sino que aparece en forma de confusión de identidades o mejor, de una identidad que no puede definirse en conceptos claros y transparentes, de exclusión o imposición, sino de  profunda intimidad confundida.
 

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