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Visión de la caricatura cubana desde los estudios
 
El humorismo gráfico cubano tiene más de un siglo de existencia. Cada época de la historia de Cuba ha sido testigo de una manera particular para el desempeño de la caricatura. Creadores y publicaciones periódicas se han sucedido y el público directo de estas es quien mejor ha sabido ciertos datos que en la actualidad tal vez estén un poco olvidados.

Axel Li | La Habana

 


Liborio representaba al pueblo cubano durante la república neocolonial.


El humorismo gráfico cubano tiene más de un siglo de existencia, en todo este tiempo ¿cuántas situaciones y problemas no serían tratados por este para esa colectividad que esperaba algún aspecto noticioso? La posible reflexión supondría el repaso temporal para no confundir un dato con otro, una mirada a ese pasado nuestro para poder conocer lo deseado. Cada época de la historia de Cuba ha sido testigo de una manera particular para el desempeño de la caricatura. Creadores y publicaciones periódicas se han sucedido y el público directo de estas es quien mejor ha sabido ciertos datos que en la actualidad tal vez estén un poco olvidados. Siempre hubo alguien que logró testimoniar lo que supuso sería valedero. Esas pequeñas pistas históricas legadas por individuos con voluntad de escritores y/o conciencia por lo histórico son extremadamente valiosas, pues logran suplir la historia del humor gráfico que aún no tenemos.

Este es un serio problema que ha afectado y seguirá afectando a varias generaciones de cubanos. No es un tema nuevo. En más de una oportunidad varias personas se han percatado de su existencia. La escritura de la historia de la caricatura cubana es una aventura difícil, complicada y necesaria. Cuando semejante labor logre realizarse como es, lamentablemente para entonces, solo tendremos una epidermis histórica de nuestra caricatura anterior. El tiempo ha sido implacable y ha hecho desaparecer algunas piezas del gran mosaico que con los años fue creando este género artístico. Cada día que pasa conspira contra nuestra sed de receptores de un pasado que nos pertenece.

Resulta innecesario establecer paralelismos con otras manifestaciones artísticas o regiones del planeta. El caso cubano es bastante particular. Es cierto de que hay varios textos —publicados, inéditos— con enfoques específicos y/o generales sobre un momento determinado de la historia de nuestro humor gráfico, entiéndase como el de una publicación o de un caricaturista, por ejemplo. Y aún y cuando estos existan, reunidos todos entre sí dejarían intersticios informativos. Tales escritos pudiesen ser agrupados en dos grupos: aquellos que son fuentes básicas y, otros que de por sí, tienen un carácter secundario. Estos últimos son los que más predominan y muchos de los criterios empleados en estos provienen de esos que son fuente primera de información y de criterios válidos.

¿Qué conocemos y qué nos falta por conocer? A la vez conocemos e ignoramos demasiado de nuestra caricatura. Tenemos conciencia de algunos de los nombres de caricaturistas y publicaciones que aquí existieron, de las temáticas de creación que han predominado en todo este tiempo; pero esto no es suficiente. Faltan explicaciones, algunos porqués de las cosas. Algo así como las características generales y peculiares del género en ciertos períodos en lo formal-conceptual y en su relación directa con el periodismo y el arte. Y quizás lo más significativo: la concurrencia del mayor número posible de obras de los caricaturistas cubanos en un gran volumen, luego de que estas fueran localizadas en los disímiles periódicos y revistas que han existido aquí con el transcurso de los años. Esto supondría además, la selección de las mejores caricaturas por creador.

Si en la década del sesenta se hubiese publicado el libro de Juan David sobre la historia del humor gráfico de esta Isla,(1) seguramente en la actualidad tendríamos más elementos informativos y un variado complemento visual que nos habría ejemplificado distintos períodos del curso de nuestra caricatura. Por vez primera una selección de este tipo, sin antecedente alguno en forma de libro (2) y debida a un caricaturista, hubiese posibilitado una necesaria visión retrospectiva de esta variante gráfico-artística. Y todavía hoy, carecemos de esa visión abarcadora y diversa, porque nos falta la antología humorística que fuera capaz de destinar la búsqueda exquisita en las publicaciones periódicas al limitado público de los investigadores y conocedores del tema. Como esta obra no existe —ni existirá en un buen tiempo— toda ansia por verificar con ojos propios los antecedentes de la caricatura insular se limita a la consulta de los materiales que cierto día difundieron el entramado gráfico e ideológico de algún caricaturista. Y esto, siempre y cuando sea posible realizarlo, porque muchas veces el estado de conservación de estos fragmentos de la prensa nacional impide la revisión. Cada vez que suceda algo así el futuro recuento histórico será más epidérmico.


Juan David (1911-1981), la figura más destacada de la caricatura personal en Cuba, caricaturizado por Luis Wilson (1930), en ocasión de su cumpleaños 70.

Una cosa es la narración de hechos y la explicación de situaciones disímiles que ubiquen en un contexto sociohistórico el accionar del humorismo gráfico y, otra muy distinta y complementaria, la apoyatura visual que de este se tenga. Ambas tienen el mismo valor y jerarquía, cual de las dos es más importante. Pero de nada sirve una disertación a manera de artículo o de ensayo sin un grupo de ilustraciones. Sencillamente, la imagen sin imagen no es.

La aparición en los años 70 de la primera antología de la caricatura política cubana (3) posibilitó tener una visión de conjunto de la trayectoria aproximada suya a través de algunos de los humoristas que la emplearon como cualidad noticiosa para una realidad pasada. Independientemente de las ausencias que pudieran disputársele, hasta ahora esta edición constituye la mejor muestra de nuestros antecedentes humorísticos en su vertiente política y, con ella se dejó establecido el punto de partida de la caricatura cubana, con la localización en el Archivo Nacional de Cuba de una copia del volante anónimo distribuido en 1848 en el Teatro Tacón.(4) Pero a pesar de ser  la caricatura política la iniciadora del género en Cuba y de contar con varias décadas de existencia sabemos que esta no ha sido la única variante empleada aquí por los caricaturistas. Este elemento limita en algo todo el mayor valor que pudiera tener este libro, el cual sería el primero y el único en haber agrupado una mayor parte de nuestra historia caricaturesca de manera gráfica. Siendo lo que es no pudo distanciarse del relativismo de toda antología y, esto se aprecia además, en la ausencia del criterio empleado por Heriberto Portell Vilá, referente a « (...) la primera caricatura antimperialista hecha en Cuba, por un artista cubano y en favor de Cuba (...)».(5) En este material no aparece recogida la obra de Jesús Castellanos que contenía un mensaje en contra del gobierno interventor norteamericano encabezado por Leonardo Wood y que fuera publicada el 5 de abril de 1901 en La Discusión. Al Castellanos de 22 años debemos la caricatura que lo hizo estar en prisión, y a ser el autor de un singular instante histórico, que más tarde le valdría el calificativo por Juan David de «(c) uando la caricatura fue por primera vez cubana».(6)

Desconocemos si en el proyectado libro de Heriberto Portell Vilá sobre la historia de la caricatura cubana él tenía pensado incluirle una parte gráfica. De no haber sido así, el dato proporcionado por este caricaturista devenido investigador del género en Cuba —nuestro Ares ha hecho algo parecido— se habría privado de su parte visual. En la actualidad consultar la edición señalada de La Discusión es bastante difícil por el alto grado de deterioro que presenta la colección casi completa de este periódico. ¿El que no se incluyera la primera caricatura antimperialista cubana en Cuba cien años de humor político, y en su segunda edición titulada Más de cien años de humor político, significa que estamos privados de conocerla en términos gráficos? ¿Cómo sería esa caricatura en cuanto a su nivel de composición o apariencia visual? De ella se tienen descripciones con sus explicaciones respectivas de lo dibujado, pero lógicamente, estas no son suficientes. Falta la posible mirada personal para completar los datos. Es muy probable que si Juan David no la llega a incluir en un artículo suyo aparecido en Bohemia,(7) se habría perdido para siempre el testimonio visual de esta caricatura que en nada se le parece en nivel de creación a las caricaturas personales que Jesús Castellanos incluyese en su Cabezas de estudio(8): verdadera anticipación de osadía gráfica a la que años posteriores realizara Rafael Blanco, quien alcanzó un sello renovador y valioso en la caricatura después de 1906.(9)


Caricatura de Ares.

Si en los primeros años de la década del sesenta Évora Tamayo realizaba sus primeros contactos con el periodismo, de modo parecido le sucedía al alma femenina de nuestra antología de humor político, con el tema de la caricatura. Aquellas primeras motivaciones suyas, si bien es cierto que habían sido inducidas por el director en aquel tiempo de Palante y Palante(10) para hacer una historia del humorismo cubano, derivaron en otro aporte como el del comportamiento del género en el siglo XIX —de manera secundaria— a través de algunas de las publicaciones satíricas. Este estudio priorizó más bien lo que hoy llamaríamos la línea editorial de una publicación periódica y es una lástima que su límite temático llegase hasta ese siglo,(11) pues el referido proyecto historiográfico de nuestra caricatura, contaba con una parte dedicada a la república Neocolonial, la cual nunca llegó a escribirse.(12)

Por estos años también Edmundo Desnoes proporcionaba al mundo de la caricatura uno de los textos más integradores de juicios y visión histórica del fenómeno en Cuba. Sin lugar a dudas, uno de los más completos que hasta ahora han sido escritos.(13)

Casi dos décadas después la profesora Adelaida de Juan daba a conocer su Caricatura de la República,(14) seguramente la obra más importante luego del triunfo de la Revolución, ya no solo por su contribución sobre tres períodos de la caricatura cubana, sino también al hecho de servir como modelo, estímulo y fuente de referencia necesaria para posteriores investigaciones dentro y fuera de las aulas universitarias.(15) A esto habría que añadirle que era la primera vez en la historia de Cuba que desde los estudios académicos y de la Historia del Arte se le daba un justo valor a esta manifestación artística dentro del ámbito cultural nacional. Este libro delineaba otra manera para enfocar a la caricatura más allá del reportaje, la crónica y la entrevista testimoniantes de siempre: muy útiles en cuanto a información para ese estudio que tenemos aún pendiente, en el cual deberán agruparse orgánicamente lo histórico en sus múltiples variantes y lo artístico, lo periodístico y lo visual ejemplificante, para así poder acabar de (re)conocer y asumir la historia integral de la caricatura de Cuba que ni tan siquiera sospechamos y tanto necesitamos. Si con el pasado más lejano o inmediato la situación es un poco peculiar, con el presente actual no hay muchas diferencias.

Todas estas obras son continuadoras de aquel esfuerzo primero en forma de libro que el periodista y crítico cubano Bernardo G. Barros publicara posterior a la primera mitad de la década del siglo XX.(16) Un libro de historia de la caricatura internacional de aquel momento en dos tomos y con solo una pequeña parte dedicada a Cuba. Las razones expuestas allí sobre la Isla son conocidas y asumidas; sin embargo, no siempre se sabe que estas provienen del primer intento historiográfico de la caricatura cubana, coincidente justamente, con uno de los mejores momentos de esta. Lo que en algo pudo ser testimonio, valoración crítica y pretexto informativo sin ningún tipo de complemento visual, ahora resulta ser un dato agradecido que siluetea una época del pasado.(17)

Notas:

1 Juan David dijo en una entrevista que se le hiciera en cierta ocasión: «La Historia la editará en breve el Consejo Nacional de Cultura. Llevará más de 200 láminas, algunas curiosísimas, verdaderas primicias gráficas». Véase de Darío Carmona: «Un caricaturista con historia historia la caricatura», Cuba. Año III, No. 23, marzo, 1964, p. 46. Sin embargo, la obra nunca llegó a publicarse. Eduardo David, el hermano del caricaturista, me comentó que Juan solía decir que su libro sobre la historia de la caricatura cubana estaba terminado, y no era tan así, pues siempre encontraba algo nuevo que era de su interés y se lo agregaba a este.
El titulado Historia de la caricatura cubana entró en la gran lista de espera propia de toda editorial. Cuando Juan David falleció a su hermano le entregaron la copia que estaba prevista para ser publicada en algún momento. De no haberse efectuado la devolución se habría perdido para siempre el esfuerzo de un caricaturista por historiar el género propio de su país. Finalmente,  Eduardo David decidió que el libro debía publicarse, aunque fuese un homenaje póstumo para el gran caricaturista que fue David y una obra atrasada y desfasada en términos temporales. El Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau se ha encargado de su edición y cuando sea publicado se titulará La caricatura: tiempos y hombres, pues los tópicos no se limitan solo al contexto cubano. Estará ilustrado, pero ya no con la cifra de más de 200 obras. Algunas partes de este libro Juan David las publicó a manera de artículos en la revista Bohemia.

 
Para cuando ocurra esta edición, posiblemente ya haya sido publicado el tomo correspondiente a Cuba de la colección «Historia del humor gráfico» en Iberoamérica, en 17 volúmenes, de la Editorial Milenio con la colaboración de la fundación General de la Universidad de Alcalá de Henares. Otros detalles de este proyecto cultural son analizados por el periodista Hernán Casciari en: «La historia del humor al alcance de la mano», Quevedos. Revista de información de humor gráfico de la  Fundación General de la Universidad de Alcalá. No. 14, octubre 2002, p. 8.


2 Una experiencia parecida sería realizada en el Museo de Bellas Artes en junio de 1955 con una exposición de caricaturas. La muestra constituiría un recuento de la trayectoria del humorismo gráfico cubano «desde la expresión humorística más remota hasta la más reciente de 1950». En ella estarían representadas «las más conpiscuas sátiras gráficas de la colonia, como las de «El Moro Muza», junto a Torrientes (sic), Sirio, Castellanos, Blanco, etc., por riguroso orden cronológico y con textos explicativos (...)». Véase «La caricatura en la Galería Permanente», Cartón. Órgano [oficial] de la Asociación de Caricaturistas [de Cuba]. Año IV, No. 26, mayo 1955, p. 4.

3  Esta antología tiene dos ediciones que difieren en pequeños matices más que en información. Se hace necesario la revisión de las dos ediciones —1971, 1984: 2 tomos— para tener una aproximación de este género artístico en su variante política. Cfr. Cuba cien años de humor político. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971.
De Évora Tamayo; Juan Blas Rodríguez y Oscar Hurtado. Más de cien años de humor político, segunda edición, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1984, T. 1. Y de Évora Tamayo y Juan Blas Rodríguez: Más de cien años de humor político, [segunda edición], Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1984, T. 2.

4 Esta caricatura se dio a conocer con la publicación de las dos ediciones de la antología de la caricatura política cubana. Posterior a este hecho, una de las personas responsabilizadas con su hallazgo modificó el tono probabilístico sobre la autoría de este grabado, distribuido en una hoja suelta, hacia una posición de seguridad probada. Aquí mantenemos su carácter de anónimo, a pesar de que Cirilo Villaverde pudiese ser su autor.
Véase, por ejemplo, de Évora Tamayo: «Humor cubano», en Breve muestra de humorismo gráfico cubano. Editorial Pablo de la Torriente Brau, 1993, p. 8.

Heriberto Portell Vilá: Fragmentos de un capítulo sobre «La caricatura cubana» (1,840-1,940) (sic), Cartón. Órgano oficial de la Asociación de caricaturistas de Cuba. Año I, No. 9 y 10, octubre-noviembre, 1951, p. 9.
Portell Vilá llegó a trabajar en la confección de un libro relacionado con la historia del humor gráfico de Cuba. Hasta donde hemos podido indagar, éste al parecer, no fue publicado íntegramente, mas sí partes suyas. Un ejemplo lo es «La historieta cómica por algunos de nuestros dibujantes y caricaturistas», Cartón. Órgano oficial de la Asociación de Caricaturistas de Cuba. Año II, No. 12, enero, 1952, pp. 6-8.
Quizás  «Caricatura y caricaturistas cubanos», Magazine Social, La Habana, Año V, No. 7, julio, 1949, pp. 15, 39, 45 formaba parte también de este libro. Aún en el año 1953 trabajaba en su libro, lo cual indica que hablar de su publicación era imposible. Véase de Rafael Soto Paz: «La caricatura y su efectividad
», Cartón. Órgano oficial de la Asociación de caricaturistas de Cuba. Año II, No. 22, septiembre 1953, p. 2.

6 Juan David: «Cuando la caricatura fue por primera vez cubana», Bohemia. Año 67, No. 38, 19 septiembre 1975, pp. 10-13. Este mismo artículo es el capítulo 6 de su libro todavía inédito
La caricatura: tiempos y hombres.

7
Ibídem, p. 11.


8 Jesús Castellanos: Cabezas de estudio. [ Imprenta Militar, La Habana, 1902 ]

El 4 de marzo de 1906 El Fígaro. Revista Universal Ilustrada le publicaba a Rafael Blanco su primera caricatura. Días después la propia publicación daba cuenta del debut del joven Blanco en el género de la caricatura (No. 12, 25 marzo 1906, p. 155). Todas las caricaturas de este año fueron firmadas con su apellido. Aún no había descubierto la firma sintética y algo asiática de sus obras posteriores.

10 Inicialmente se llamó así esta publicación.


11
Évora Tamayo: Apuntes sobre la prensa satírica habanera en el siglo XIX. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1979. Este material mucho le debe a uno anterior con fines similares: Joaquín Llaverías: Contribución a la historia de la prensa periódica. Prefacio por Emeterio S. Santovenia. Impreso en los talleres del Archivo Nacional de Cuba, La Habana, 1957.


12 Dato ofrecido por Évora Tamayo para la segunda parte —es de testimonios— del libro de José Seoane Gallo: Eduardo Abela cerca del cerco. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1986, p. 400.

13 Edmundo Desnoes: «El humorismo», Casa de las Américas. Año IV, No. 22-23, enero-abril, 1964, pp. 113-125.

14 Adelaida de Juan: Caricatura de la República. Editorial Letras Cubanas, 1982. Este libro tuvo una segunda edición en 1999 por Ediciones UNIÓN.

15  En la Universidad de La Habana habría que hablar de la realización de varias Tesis de diploma —fundamentalmente— sobre algún aspecto de la caricatura cubana del pasado o el presente. Estas, en su mayoría, se conservan en la biblioteca de la Facultad de Artes y Letras.

16  Bernardo G. Barros: La caricatura contemporánea. Editorial América, Madrid, (s.a), 2t.

17  Conrado W. Massaguer fue uno de los primeros beneficiados con este estudio. Así lo reconoció en público: «Con excepción del libro de Bernardo G. Barros, nada he hallado donde beber para preparar esta charla sobre la caricatura personal. Mis ideas por lo tanto no tienen mas (sic) mérito que el de la espontaneidad con que las presento» (p. 6). Estas palabras forman parte del mecanuscrito original que Massaguer preparara para una conferencia, la cual se conserva en el Fondo Conrado W. Massaguer del Archivo Nacional de Cuba, Expediente 12, Legajo1. Y aunque no está fechada es del año 1927. Lo confirman dos hechos: la alusión que él hace de la caricatura que Hernández Cárdenas (Hercar) le hiciera al caricaturista Pedro Valer fue publicada el 18 de mayo de 1927 en Social (V. XII. No. 5, p. 18), y su labor periodística de veinte años solo tendría esa cifra en 1927, pues en 1907 fue cuando la inició.
Con el título de «La taquigrafía del retrato», Social (V. XII, No. 11, noviembre 1927, pp. 25, 92-93, 97) publicó casi en su totalidad y con ligeras modificaciones la referida conferencia del caricaturista cubano. Un ejemplo de esto lo es la cita reproducida al inicio, la cual fue omitida en la versión publicada en esta revista. Años más tarde, Cartón la incluiría con el mismo nombre en uno de sus primeros números (Año I, No. 8, septiembre 1951, pp. 6-7), pero de manera sucinta.

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