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En defensa de la historia
 
Rolando Rodríguez | La Habana

Desde hace tiempo resulta fácil observar los trabajos, con vistas a tergiversar, desmontar, destruir, las bases más firmes, esenciales y a la vez sensibles, de la historia de Cuba, que vienen desarrollándose en el exterior. 

Una muestra importante de esa línea de acción envilecedora, aunque no muy reciente, fue la presentación que hizo José María Aznar, de la antología del pensamiento liberal preparada por Carlos Alberto Montaner, un personaje siniestro y conocido agente de la CIA. Aznar planteó que las guerras de independencia cubanas fueron meras guerras civiles. Ese punto de vista tenía la intención de restarle el carácter de guerras de liberación nacional. 

Después han venido los tópicos sobados de que la revolución del 59 fue innecesaria. Cuba estaba al borde del desarrollo. Sus indicadores de todo tipo eran de los mejores de América. El número de la revista Encuentro, que se edita en Madrid, con financiamiento encubierto de la CIA, dedicado a la república neocolonial, es desvergonzadamente apologético en todos los planos en torno a las "maravillas" de la sociedad cubana de entonces.  

A todas estas vinieron los trabajos contra el "endiosamiento" de Martí. Antes los enemigos del proceso cubano argumentaban que no éramos martianos. Después han descubierto que ese es el problema, que lo somos. Por tanto, de lo que se trata es de destruir a Martí. El primero en lanzarse a la tarea de tratar de horadar ese horcón de nuestra historia, fue un escritor de origen cubano, residente hace mucho en el exterior, que quiso hacer ver que el Maestro, en un arrebato hijo de la frustración, de la desilusión, utópico, irreal, como todo revolucionario, terminó como debía terminar, con una búsqueda deliberada de la muerte a cuenta de su lirismo y, según dice, todo lo que de él queda es su prosa.

En la misma cuerda de destruir a Martí vinieron otros. En pos de ese anhelo malévolo, aunque sin dudas pueril, está el libro de Rafael Rojas Martí: La invención de Cuba, publicado por Editorial Colibrí, de Madrid, o el artículo “El abrigo de Martí”, de Antonio José Ponte, en Encuentro, reproducido en Cuba junto con una crítica de Fidel Díaz, en la revista Temas. Ambos son paradigmáticos en cuanto a los intentos de demolición. 

Otro aspecto en que han incursionado se trata el Movimiento de los Independientes de Color, mediante un libro de Rafael Fermoselle, también de Colibrí, de Madrid. Según su análisis, nosotros resultaríamos racistas. 

Otra faceta  más de mucho relieve actual de esta operación maligna, es tratar de levantar el autonomismo contra el independentismo. El alabardero de tanto intento grotesco, el inefable Rafael Rojas, con sus escritos repletos de retórica campanuda y citas rebuscadas y a veces ajenas al contexto pero a los incautos pueden dar la sensación de una ilustración sesuda y grave había abierto el fuego hace un tiempo. Ahora se han puesto en movimiento en relación con el tema toda una caterva de historiadores de más o menos nivel en el exterior; entre ellos, el ex comunista reciclado Antonio Elorza, Consuelo Naranjo Orovio, Inés Roldán o Marta Bizcarrondo, por citar solo algunos. Todos aúpan el autonomismo, como la corriente sensata que a la larga hubiera traído la independencia sin traumas, y no el atroz movimiento independentista, que era en el fondo anexionista. Por lo menos la guerra de los Diez Años lo era, y la de Independencia terminaría en algo de eso. Elorza y Bizcarrondo tienen un libro sobre el autonomismo cubano y, ahora, en una colección de artículos, de Cuadernos de Historia Latinoamericana,  de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos Europeos, "Visitando la Isla. Temas de Historia de Cuba", se alaba a ex puertas la corriente autonomista. Un botón de muestra de esta postura lo constituyó no hace mucho, un artículo de un tal Rafael Tarragó, personaje muy citado en esa publicación. Para conocer sus puntos de vista basta leer un artículo suyo que apareció el 27 de marzo de 2003, en El Nuevo Herald, de Miami. Echarle una ojeada vale más que mil explicaciones sobre el intento de erosionar la historia cubana. Espigo algunas de sus afirmaciones: las reformas de Abarzuza habían hecho innecesaria la guerra de Martí; en 1895 Cuba gozaba ya de todas  las  libertades civiles, y la guerra de Martí cambió todo esto; los desmanes de los mambises en su invasión a occidente causaron la reconcentración.   

En cuanto a la Guerra Hispano-cubano-estadounidense, ni qué decir. Se precisa que la única verdad que se reconoce es la de historiadores, como el estadounidense David F. Trask, quien postula, entre otras perlas cultivadas, que los cubanos debemos dar las gracias a las tropas de Estados Unidos ya que detuvieron la matanza que se llevaba a cabo en Cuba. 

Por cierto, también resultan las "verdaderas" verdades sobre la historia de Cuba, las emitidas por algunos saqueadores que nos han visitado y a los cuales, con la mayor ingenuidad y, a veces a cuenta de nuestras dificultades, les hemos cambiado pepitas de oro por cuentecitas de cristal.   

Ahora ha entrado en el ruedo Olga Cabrera, que trabaja en la Universidad de Goias, Brasil, quien acaba de publicar en México un libro sobre Mella por cierto con su característico lenguaje inextricable y plagado de términos impropiamente usados, en el que plantea que este era realmente nacionalista y no comunista. Incluso, contra la inscripción de nacimiento de Mella y el testimonio de la madre,  se aparece con que posiblemente nació en Nueva York. Es decir, ni cubano era. 

Pero el desmontaje también opera en el interior. Hay quien es capaz de plegarse al chantaje de editoriales del exterior que,  para publicarles, les exigen o les inducen, a hacer críticas a la Revolución. De esa manera escriben obras de literatura de trasfondo histórico, en las cuales mediante códigos ambiguos la atacan. También hay quien resulta sorprendido, y dice que "la literatura es literatura". Es decir, ya han logrado comenzar a desarmar los juicios ideológicos en esta materia. Aunque no solo sucede en el terreno de la literatura, porque hay profesores de Historia que demostrando muy poco rigor de juicio y retrocediendo al liberalismo, han planteado que la historia es ciencia y no hay que mezclar en ella la ideología. Válgame el cielo.  

Otra operación que está en funciones, para descalificar a los historiadores revolucionarios o que sencillamente están en Cuba, resulta llamarlos historiadores oficiales y a la historia que escriben historia oficial. Sobre Cuba solo valen las obras escritas en el exterior.      

En fin, no creo que podemos seguir ocultándonos la labor del enemigo en este plano o seguir a la defensiva. 

Ante esta operación, ante la necesidad de defender nuestras posiciones, de dar a conocer nuestra historia, de luchar contra el silencio que se nos quiere imponer, de desvirtuar tanta falsedad, tanta superchería, debemos y podemos actuar, tanto dentro como fuera de Cuba. A esto debemos convocarnos los historiadores cubanos.

Intervención especial en el V Congreso de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba, 4 de julio de 2003.
 

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