La Jiribilla | Nro. 115             
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NOTAS AL FASCISMO
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

DE ALTO CEDRO VOY PARA MARCANé
 
Si viene un ciclón y me dicen que se va a llevar todos mis números, ¿cuál salvaría? “Chan Chan”, porque se ha hecho acreedor del mundo. Y hasta aquí en Cuba, cuando paso por cualquier escuela, los niños empiezan: "De Alto Cedro voy para Marcané”... Eso es... iEeecha...!


Lino Betancourt | La Habana

 

Santiago de Cuba está  situada al sur de la región oriental de la isla de Cuba, y junto a la bahía del mismo nombre, coronada por el castillo de San Pedro del Morro. De sus pobladores se sabe que se destacaron por su participación en las hazañas bélicas de la historia patria del país, y por su amor a la trova, al son y a las congas.(1)

En Santiago nació el primer músico cubano, Miguel Velázquez —emparentado con Diego Velázquez—, mestizo, hijo de español con india, quien luego de cursar estudios en España regresó a ejercer cátedra de músico en su ciudad natal. Allí también desarrolló su vocación musical otra figura notable, el habanero Esteban Salas (1725–1803), cuyos restos descansan al pie del altar de una iglesia santiaguera.

A principios del siglo XX, Santiago de Cuba era la ciudad cabecera de su término municipal, de su partido judicial, de su zona fiscal y capital de la entonces provincia de Oriente. Sus habitantes sobrepasaban algo más de los cien mil, distribuidos en el casco central y los barrios extremos. Todavía circulaban por las calles estrechas y empinadas, los típicos carretones tirados por bueyes y mulos, transportando pasajeros y mercancías.

Santiago de Cuba es una de las villas más antiguas de la Isla: había sido fundada en 1515, después de Baracoa. Cuando el adelantado Diego Velázquez notó que por la posición del lugar era el sitio idóneo para comunicarse con la vecina isla de Santo Domingo, residencia del gobierno de Indias, llamó a sus familiares y amigos más estimados, que vivían en Baracoa, para que se asentaran en la naciente villa. Bernardino de Velásquez, Gonzalo de Guzmán, Hernán Cortés, Pánfilo de Narváez, Pedro de Paz, Pedro de Barba y Amador de Lares, fueron los primeros pobladores de Santiago, además del propio Adelantado, quien fijó allí su residencia. Sin demora se iniciaría el trazado de los solares y comenzaron los planes para construir la iglesia y las viviendas. En ese mismo año de 1515 se terminó el Ayuntamiento, el segundo de toda América.

Pronto Santiago de Cuba deviene capital de la Isla, sustituyendo a Baracoa. En 1522 le fue otorgado el título de ciudad, Y su iglesia se convirtió en Catedral de la Isla, con obispado, por bula del Papa Alejandro VII. Luego sus pobladores vivieron años de zozobra constante debido a los incendios, temblores de tierra y asaltos de piratas.

Los pocos habitantes de la ciudad, acompañados por sus indios, contemplaron curiosos en 1521, el desembarco de trescientos negros esclavos procedentes de la inmediata isla de Santo Domingo. Se iniciaba así la esclavitud africana en Cuba.

Con el traslado de la capital a La Habana, la ciudad quedó prácticamente desguarnecida y de esta infeliz circunstancia se aprovechó una escuadra de cuatro buques corsarios franceses que en 1583 se apoderó, durante un mes, de la ciudad.

Ya a fines del siglo XVIII, Santiago de Cuba recibió a los emigrados de la Revolución haitiana. Los franceses, que llegaron con sus esclavos, pronto cubrieron las fértiles lomas cercanas con extensos cafetales, algodonales e ingenios para la fabricación de azúcar de caña.

Aquellos franceses que se establecieron en la ciudad; dejarían su huella en la cultura de la zona, principalmente en 10 que respecta a la música. Fundaron un teatro en lo alto de la Loma del Intendente, llamada también Loma Hueca, al que pusieron nostálgicamente por nombre El Tivolí. Además, trajeron compañías de ópera, y por primera vez los santiagueros pobres, asomados a las ventanas del teatro, escucharon cantar arias operáticas y dúos de una soprano con una mezzo, o de un tenor con un barítono.

También introdujeron en la ciudad instrumentos de cuerdas, y no pasaría mucho tiempo cuando las guitarras empezarían a fabricarse en los barrios santiagueros por negros y mulatos amantes de la música, quienes encontraron en ese instrumento el ideal para acompañarse en sus interminables canturías, fiestas y serenatas. Tocaban una música retozona, picaresca y alegre, a la que jocosamente llamaron bolero bailable, en remembranza a un baile del mismo nombre creado en 1780 por el bailarín español Sebastián Lorenzo Cerezo, que se popularizó rápidamente en España y sus colonias en América. Era un baile español en compás ternario, que parece derivar de las seguidillas.

Luego, aquellos “boleros” que se bailaban en Santiago de Cuba dieron lugar al género que se conoce hoy en compás binario (2 x 4).

Al finalizar la Guerra de 1895, convocada e iniciada por el Héroe Nacional de Cuba José Martí, Santiago de Cuba se hallaba devastada por aquella contienda bélica, la cual, tras la intervención norteamericana, concluyó en esa región cubana con el aniquilamiento de la Escuadra Naval española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de julio de 1898, el general norteamericano William Shatter recibía la espada de los vencidos.

Muy cercano a la ciudad de Santiago de Cuba existe un caserío que se denomina con el vocablo indígena de Siboney. Este se ubica en el entonces barrio Daiquirí del término municipal El Caney, situado junto a la costa meridional.

Los santiagueros afirman que Siboney es la mejor playa de toda su costa. Por este sitio, entre los días 24 y 30 de junio de 1898, desembarcaron las fuerzas norteamericanas que intervinieron en la guerra que se libraba entre cubanos y españoles. Luego el caserío fue quemado por los propios norteamericanos porque, según afirmaron, aparecieron allí enfermedades contagiosas.

Hasta principios del siglo XX, todavía se conservaban los primitivos establecimientos, viviendas y maquinarias de las minas de Daiquirí y Firmeza. Y es más, incluso el pequeño monumento que se había levantado en recordación del desembarco de las tropas norteamericanas.

Allí, en Siboney, en esos primeros años de la centuria, una locomotora iba y venía desde Santiago de Cuba llevando y trayendo pasajeros y mercancías.

Los habitantes de Siboney solían llamarse, unos a otros, compay, a los hombres, y comay, a las mujeres, diminutivos de compadre y comadre, respectivamente. Esta costumbre provenía de la religión católica imperante en Cuba en aquellos tiempos. Se consideraban “herejes” a los niños que no habían recibido el bautizo, y los curas se preocupaban mucha por que en la región bajo su cuidado no existieran “herejes”. En ocasión de las festividades del Santo Patrón del pueblo, bautizaban en masa a todos los menores. Como eran escasos los habitantes de Siboney, al cabo de poco tiempo, todos los residentes del lugar se llamaban entre ellos compay y comay. Resultaba muy difícil encontrar vecinos que no estuvieran comprometidos con otros por ese vínculo eclesiástico. Además, como la prole solía ser numerosa, era preciso acudir a estos para que bautizaran a los hijos, y se daba el caso de que una misma persona podía ser padrino o madrina de varios de ellos.

Así las cosas, era muy común escuchar en los caminos la expresión “¡Saludo, compay!”, al encontrarse dos vecinos, o que al llegar a una casa lo recibiera la dueña con un alegre “¡Adelante, compay!” y seguidamente preguntara: “¿Cómo está la comay?” Se vivía entonces en la santa inocencia de una fraternal amistad unida por los lazos sacramentales de la religión.

En ese ámbito, el 18 de noviembre de 1907 vio la luz primera un varón al que pusieron por nombre Máximo Francisco Repilado Muñoz.

“Cuando nací los vecinos decían: ‘¡Manuna parió un fenómeno!’ porque tenía la cabeza muy grande.” Así cuenta su llegada al mundo ese fabuloso músico conocido mundialmente con el sobrenombre de Compay Segundo.
 

Su padre era ferroviario, Francisco Repilado, apodado Panchín, y su mamá, Margarita Muñoz, conocida por Manuna.

En Santiago de Cuba y sus alrededores, aún persiste la costumbre de no llamar a nadie por su nombre verdadero. Este, generalmente, es sustituido por un apodo, y se dan casos de personas que han perdido completamente su identidad por llamarlas desde pequeñas de otra manera a como fueron bautizadas.

“En Siboney hice mi vida. A los ocho o nueve años jugaba con los otros muchachos de mi edad. Nos íbamos al basurero, donde los gallegos tiraban sus alpargatas usadas, cogíamos las soguitas con que las ataban, y con ellas amarrábamos a los cangrejos... ese era el juguete de nosotros. Nos pasábamos las mañanas agarrando cangrejos, después les poníamos laticas vacías de sardinas, y cuando los cangrejos ya estaban medio muertos, decíamos: ‘Va la carne al carnicero’. Muchas veces los cangrejos nos mordían, y quiero decirte que en Siboney eso era cangrejos nada más, pero cuando me mordían, yo les desbarataba las muelas.”

En esa época había muchos españoles trabajando en las minas de manganeso, mineral muy explotado durante la Primera Guerra Mundial. Es preciso aclarar que en Cuba solía llamárseles “gallegos” a todos los españoles, ya fueran asturianos, vascos o catalanes.

El papá de Francisco Repilado era maquinista de un tren que acarreaba mineral desde las minas de Firmeza y Daiquirí hasta Santiago de Cuba. Los trenes iban al muelle, donde se encontraban los barcos, y por un canal depositaban su carga directamente a las bodegas.

“Mi papá trabajaba coma maquinista de trenes cotidianamente, y cuando no había tiro, trabajaba en los talleres, o en las bombas.”

Francisco Repilado es el quinto hermano de una prole de ocho, entre varones y hembras.

“El mayor se llamaba Roberto, el segundo Juan, la tercera Felicia, la cuarta Felipa, que también tocaba tres y guitarra; el quinto yo, el sexto Vidal, los últimos eran Aracelia y Aida. Nació otro, pero murió de meses. Mi hermano Vidal fue quien llevó a la casa el tres y la guitarra. Aprendimos porque salíamos a ver a los guitarristas, y cuando tomaban posiciones, nosotros mirábamos; al llegar a la casa, le ‘caíamos’ hasta que aprendimos a tocar... Así aprendimos.”

“Pero terminó la Primera Guerra Mundial y Panchín Repilado se quedó sin empleo. Cerraron los talleres de Daiquirí, Firmeza y Siboney: el mineral había dejado de ser necesario para la industria bélica. Al papá de Compay Segundo le prometieron empleo en los ferrocarriles de Santiago de Cuba, y hacia esa ciudad se trasladó con su familia. Todos se fueron menos Máximo Francisco.”

“Yo me tuve que quedar en Siboney más tiempo que mis demás hermanos, porque mi abuela Ma’ Regina decía: ‘Hasta que me muera, este nieto no me lo separan.’ Y me quedé en Siboney con mi abuela hasta que murió.”

“Ma’ Regina era una esclava liberta que vivió ciento quince años, y quería entrañablemente a su nieto Francisquito, como le llamaba. En cambio la mamá de Francisco, Manuna, siempre estuvo de acuerdo en mudarse para Santiago.”

“Mi mamá decía: ‘Las muchachitas están creciendo y tienen que aprender a coser; y los varones, un oficio’.”

“En aquellos tiempos, las mujeres estaban relegadas al hogar. Coser, lavar, planchar y cocinar era su destino. Los jóvenes, desde muy temprana edad, se colocaban coma aprendices en algún taller donde comenzaban a adiestrarse en un oficio. Panadero, barbero, sastre, torcedor de tabacos, eran los ‘oficios menores a los cuales podían aspirar los mulatos con algún desenvolvimiento económico. El papá de Compay Segundo ya tenía un buen empleo; por consiguiente, sus hijos podrían educarse en alguna escuela, o en un taller como aprendices. Compay Segundo tendría once años cuando la familia se traslada a Santiago de Cuba.”

“Ya después de muerta mi abuela, me voy para Santiago de Cuba, a vivir con mis hermanos y mis padres. Nos mudamos para una casita de la calle Santa Rosa y Tres Cruces... ahí está todavía la casa. El mismo día que llegué, estoy parado en un escalón de la casa, y veo un aeroplano: ¿y eso?, me pregunté, sorprendido. Toda la gente, todo el barrio lo miraba con asombro. Nunca habíamos visto un aeroplano. Se veía hasta el que lo manejaba arriba, era el aviador Rosillo, y entonces los treseros le sacaron aquel son que decía:
 

Ya voló, ya voló

Rosillo en su monoplano

Ya voló...

“Me acuerdo que la gente corría para la playita, allí donde se jugaba pelota, allí jugaban Cueto y el hermano, que eran peloteros... Nos fuimos corriendo todos para allá, porque decían que iba a aterrizar allí, y aterrizó... Cuando todo terminó, y la gente vio el aeroplano y a Rosillo, nos fuimos.”

“Mi casa estaba en Tres Cruces, cerca de la llamada Carretera de Comas, y eso hacía como un delta; como yo había venido por Tres Cruces, y no conocía bien la ciudad porque nunca antes había vivido en Santiago, cuando toda la gente cogió por la Carretera de Comas, yo creí que esa era mi calle, y seguí por ahí, pero al llegar a San Agustín y Santa Rita, vi una carpintería. ‘Estoy perdido, me dije y empecé a llorar. Y ¿tú sabes de quién era la carpintería? De Olivares, el papá de don Pancracio. Yo seguía llorando, y la gente me decía: ‘Pero di algo, muchacho.’ Entonces pude responderles: ‘Bueno, yo sé que cerca de mi casa hay algo que le dicen La Beneficencia’. ‘iAh! La Beneficencia, eso es ahí delante. Mira, por ahí arriba; sigue, que por ahí está La Beneficencia.’ Seguí por aquel camino, pero como no sabía dónde estaba, lloraba y lloraba. Se me acercó entonces una vecina y me preguntó: ‘¿Por qué tú lloras, muchacho?’ ‘Es que estoy perdido.’ Me preguntó de dónde yo era y quién era mi mamá. ‘Es Manuna’, le respondí, y ella exclamó: ‘iAh!, Manuna, mira, es ahí mismo.’ Me puse contento porque pude llegar a mi casa otra vez... ¡pero con un susto del diablo!’”

Los hijos de Panchín Repilado fueron a la escuela. Al menos, aprendieron a leer y escribir. Compay Segundo recibió también la enseñanza primaria y nociones de música.

“Había una escuela al lado de mi casa; era de Guillermo Toro. Como mi mamá asistía mucho a la mujer de Guillermo, que no sabía bien el manejo de la casa, Guillermo le dijo: ‘Bueno, todos los muchachos vengan para el colegio, que no les voy a cobrar nada.’ Y allí tuvimos un principio de colegio. Yo tenía entonces catorce años. Fue allí también donde conocí a Noemí Toro, la hija de Guillermo; teníamos, más o menos, la misma edad. Ella tocaba el violín, y la mandolina. Un día, mientras tocaba el violín, me pidió que trajera la guitarra —porque ya yo tocaba algo, había aprendido solo, oyendo—. Al primero que escuché fue a Sindo Garay, en Siboney. La muchacha, al ver que yo tocaba la guitarra, me preguntó: ‘¿Cómo puedes acompañarme si no sabes música?’ ‘Porque sé lo que estás haciendo’, le respondí. ‘¡Qué lastima que no sepas música!’ ‘Si tú me enseñas, aprenderé’, le contesté, y ella se ofreció para darme clases de solfeo. Entonces me compré el Método de Solfeo, de Hilarión Eslava, muy bueno, completo, y con eso di clases hasta la mitad del libro. Cuando llegué a la mitad me dijo Noemí: ‘Ya puedes escoger un instrumento y aprender a tocar con música.’ Le comenté que me gustaba el clarinete por el sonido tan tierno que tiene, no es estridente, me gustaba ese sonido tan bonito. Entonces me sugirió: ‘El director de la Banda Municipal, Enrique Bueno, admite discípulos, ¿por qué tú no vas?’ Y fui a verlo. Él vivía en San Carlos y Reloj, con su hijo Mario y otra hija. ‘Cuando tengas el instrumento, vienes a dar clases’, fue la respuesta de Enrique.”

“Supe entonces que Ernesto Toujares, que tocaba el clarinete, se había metido en el negocio del tabaco, tenía un chinchal con dos o tres tabaqueras. Fui a verlo y le propuse que me vendiera el clarinete, yo se lo pagaría torciendo tabacos, y así fue. Yo le decía tanta cantidad, y tú me das el método del clarinete y el clarinete. Yo tenía dieciséis o diecisiete año; pero ya trabajaba. Pues así, haciendo tabacos, le pagué el método y el clarinete.”

“Así que fui a dar clases con Enrique Bueno, que me cobraba siete cincuenta semanal. Después que pasé el método de clarinete, por la mitad, me dijo: ‘Puedes comenzar en la Banda, pero tienes que empezar de educando’.”

“En 1928 ingresé en la Banda. Los ensayos eran los miércoles y jueves. Me presentó a Máximo, que era clarinetista coma yo. Enrique le dijo: ‘Este muchacho es discípulo mío, ponlo ahí para que entienda bien la música’. Me hice amigo de atril de Máximo. Después vino un concurso de bandas. Eso fue por el año 1929; Arnáez era entonces el alcalde. Él le pidió a Enrique Bueno, el director, la lista de todos los músicos para mandarles a hacer dos trajes. Enrique me incluyó y me dijo: ‘Te salvaste porque ya tienes uniforme y puedes tocar con la Banda’. Con él vine a La Habana, al Concurso Nacional de Bandas que se celebró en el teatro Payret, que entonces era de madera. La cárcel estaba en Prado, creo que hay una calle que así se llama, Cárcel…, había un monumento a los estudiantes que estaba en el patio...”

“En 1929 la Banda Municipal de Santiago de Cuba, bajo la dirección del profesor Enrique Bueno, participa en un concurso en el teatro Payret. Señala el musicógrafo Ezequiel Rodríguez en su libro Trío Matamoros. Treinta y cinco años de música popular cubana, que la Banda incluyó como parte suya al Trío Matamoros para interpretar dos obras que serían vocalizadas.”

La obra de concierto designada por el jurado para ser ejecutada por todas las bandas que participaban en dicho evento fue Poeta y aldeano, además de otra obra de libre elección.

Continúa Ezequiel Rodríguez apuntando que entre las bandas que concursaban, se encontraba la Banda de la ciudad de Cienfuegos, bajo la batuta del maestro Garcés. La obra escogida libremente por los cienfuegueros fue Tanhauser, que interpretaron con sin igual maestría. La Banda de Santiago escogió una obra de carácter popular, El cocoyé, escrita en el siglo pasado, en cuya parte vocal se presentó el Trío Matamoros;…

“Yo vine con la pieza obligada de la Banda, que era Oberón, una obertura. La Banda quedó muy bien, el que cometía un error quedaba descalificado, pero tocamos muy bien. Tú sabes que todos los tiempos tienen hora; si esa pieza dura veinte minutos y la haces en veinticinco es que no has interpretado los aires como son, y te dicen que no llevaste bien los allegros ni los andantes, porque te pasaste tantos minutos.”

“Nosotros cogimos el primer premio, por eso tuvimos derecho al desfile por Prado. El maestro Bueno montó una marcha muy bonita donde iban los bajos y la batería y los cincuenta músicos chiflando la pieza por todo Prado. Eso gustó a mucha a la gente, aplaudían mucho. Después la Banda ganadora del primer premio era la que izaba la bandera en la inauguración del Capitolio Nacional, el 20 de mayo de 1929; toqué allí el Himno Nacional con clarinete. El Trío Matamoros cantó en el teatro Payret una pieza que .se llamaba ‘El gran patriota’. Machado era presidente y le sacaron esa pieza. Invitados por Machado, fuimos al patio del Palacio Presidencial; él, desde arriba, le tiró una notica al director, donde le pedía “La negra carabalí”, que dice:


Soy negro, muy negro

Y bailo mi baile sin descansar;

Porque bailando hasta me olvido

De trabajar...”

“Eso lo cantamos en el teatro Payret y Machado lo pidió. Matamoros intervino en el Payret, porque en la inauguración del Capitolio solo tocaron las Bandas.”

Gerardo Machado Morales se inició como presidente de la República el 20 de mayo de 1925. Algunos historiadores dividen su gobierno en dos etapas: la primera hasta 1927, caracterizada por un gobierno ‘blando’ y que realizó numerosas e importantes obras para el país, entre las que sobresalen la Carretera Central y el Capitolio Nacional; la otra etapa fue la de un gobierno dictatorial, destructivo. Lo cierto es que el gobierno machadista no cambió en ningún momento. Conocido es que en agosto de 1925 ordenó el asesinato del periodista y legislador, comandante Armando André, y que el 27 de noviembre se produjeron manifestaciones estudiantiles con la detención del líder Julio Antonio Mella que se declaró en huelga de hambre. Asimismo, se ilegalizó la Federación Estudiantil Universitaria y se cometieron numerosos atropellos, como un terrible preludio de los años que se avecinaban y sumieran al país en el caos con su secuela de crímenes por toda la Isla.

“La Banda no vino sola a La Habana. En el Payret actuaron muchos cantantes de Santiago: venía el Cocoye, Gabriel Tremble, un locutor que cantaba muy bien, Tirso y Ángel Martínez, el chino Cornelio... Toda esa gente venía para el popurrí formando parte de la Banda, pues primero se tocaba música sinfónica, pero se iba cambiando hasta caer en la guitarra y el bongó. Ese era el momento en que la Banda se entregaba a las cantantes y empezaba, organizadamente, el popurrí. La gente decía: ‘¡Eh!, los santiagueros se sacaron el caramelo de la boca...’ El público era muy respetuoso, pues cuando los trombones tocaban, parecía que empezaba el Himno Nacional y se levantaban de los asientos, pero era otra pieza. La gente se reía mucho, porque con los primeros acordes se paraban, pero después seguíamos con otra cosa y se sentaban otra vez. La gente se reía mucho...”

Luego de concluida la Guerra de 1895, comenzó la época de oro de la trova. Esta manifestación musical renació con fuerza y los trovadores recomenzaron su labor coma cantantes populares. Se organizaron dúos, tríos, cuartetos, quintetos y estudiantinas, y en cada barrio ensayaban, o daban serenatas hasta el amanecer. Resultaba difícil caminar por las noches en Santiago de Cuba sin escuchar a grupos trovadorescos entonando sus canciones. Hubo barriadas santiagueras que se destacaron más que otras en este quehacer cultural: San Agustín, Los Hoyos y El Tivolí fueron los sitios donde la trova alcanzó mayor desarrollo. Por allí se paseó en sus años mozos Compay Segundo, y trabó amistad con muchos de los grandes trovadores.

“Ya en Santiago conocí a Juan, el Cartero, que tocaba en La Ronda Lírica; al viejo Almenares, el padre de Angelito; a Melesio, uno que era albañil. Melesio tenía mucho genio, tenía muchos amigos, eso sí, pero ellos decían que tenía mucho genio. Por ejemplo, si estaba en un lugar y venía uno y lo empujaba, ya él se buscaba la bronca. Por un empujoncito, formaba un alboroto tremendo. Él decía: ‘Mira, muchacho, te doy una nalgada y te mueres de a bobo.’ Conocí a Vale, le decían el Inglesito, y su hermano, que cantaba muy bonito; a Che Tejeda, que vivía en San Indalecio y Clarín. A Valeriano Daugherty, con ese apellido afrancesado, también lo conocí, y a Juan de Dios Hechavarria y a su hijo Juancho; a Manuel y Carlos Manuel Delgado; a Manuelico Cardona, que le decían Manuelico Dos Cabezas, que vivía al lado de mi casa, al doblar. Él vivía en Princesa entre Carnicería y Calvario; Pepe Pedralles vivía en Tres Cruces, a cuadra y media de mi casa, era albañil, sacó una gran canción, ‘Descripción de un sueño’, que yo la he grabado. Conocí a Ramón Dilú; a Pepe Banderas. Yo era fanático de Pepe, pero él siempre andaba solo. No he visto a nadie tocar guitarra con el gusto de Pepe; tenía muchas composiciones buenas: tenía una canción muy linda, ‘Eres mi diosa’; y otra que se titulaba ‘María’. Yo siempre recuerdo esas canciones por el gusto romántico que tenían. Había una que decía:
 

Si algún día el gran Dios por sus antojos

Hace desaparecer los moldes rojos

De tu boca sutil conque enajenas

Para teñir tus labios, prenda mía,

Hasta quedar sin vida te daría

Toda la sangre roja de mis venas...

“Eso es bárbaro, compay. También conocí a Toronto. Aprendí el oficio de tabaquero con el papá de Toronto, se llamaba Francisco Griñán, pero le decían Pancho Perico, aunque a él no se le podía llamar así. Yo vivía frente al chinchalito de él, tenía como siete tabaqueros y ahí fui yo a aprender por mi propia voluntad. Me gustaba porque oía a los tabaqueros cantando, pero cuando me puso la tarea de limpiar una montaña de palitos, como no me gustó, no fui más.”

“Un día mi madre me dijo: ‘Ven acá, ¿tú no estabas en la tabaquería aprendiendo?’ ‘Sí, pero me puso a limpiar una lama de palitos y me fui’, le respondí. Entonces ella me dijo: ‘Pues ahora yo soy la que te voy a poner a hacerlo.’ Me agarro por la mano, y como estábamos frente al chinchalito, pregunto: ‘¿Dónde está Pancho Perico?’ Y los tabaqueros empezaron a reírse mientras ella seguía preguntando. Entonces él exclamó: ‘¡Eh!, ¿de qué se ríen?’ ‘Es que mi hijo empezó aquí y hace dos o tres días que no viene’, le contó ella, ‘y ahora se lo pongo yo para que me lo haga un hombre.’ Y me empujo para dentro...”

“Eusebio Moreno trabajaba en la fábrica de ron Castillo y tocaba guitarra en la estudiantina La Arrolladora. Él llevaba ron para su casa en una pipita y los sábados se reunían a tocar allí. Le decían a su casa “El Conservatorio de la Trova”. Moreno era guitarrista junto con Felipe Valverde, el papá de José Caridad, el boxeador... Narciso era tresero y tabaquero, le decían Narciso Guayabita, y mi hermano, Juan Repilado, era el tres segundo. Randiche, un trompe­ta, y Chivirico, el güiro, todos en la estudiantina La Arrolladora. Me acuerdo también de la barbería que estaba por Los Hoyos, don­de se reunían muchos trovadores.”

“Recuerdo el café que estaba en Calvario y Martí, el Baltabarín, al lado de una tienda llamada El Aviador, que se quemó. Por cierto, ahí había un bache muy grande. Una vez el que manejaba el carro de la lechuza, ¿ustedes saben lo que es el carro de la lechuza? Bien, cuando yo era muchacho, hubo una epidemia muy grande de dengue. La gente conversando se caían muertos, decían que se combatía con cocimientos y ron, pero bien, el que manejaba el carro de la lechuza, al pasar por Calvario y Martí, cogió el bache, y la caja del muerto se salió por detrás y se abrió, y salió el muerto caminando... Sí, señor. El hombre no estaba muerto. Hubo casos en que dicen que encontraron cajas arañadas, que la gente no estaba muerta. Eso fue cuando el dengue.”

“De allí de Los Hoyos era Pepe Partes, le decían Pepe el Cubana, y Pepe Figuerola, que formó un trío con un hermano mío. Era tenor, buen prima, muy expresivo. Una vez empezó a tocar en el teatro Aguilera. Los amigos le advirtieron: ‘Pepe, tú tienes la manía de empezar a arreglarte la cintura (por no decir otra cosa), tú tienes una mala costumbre, así que ten cuidado y no lo hagas cuando estés frente al público.’ Pero ¡qué va!, cuando empezaba a cantar lo hacía, y la gente decía: ‘Mira, se está levantando los...”

“De Los Hoyos también eran Angelito Palacios, los hermanos Toronto, Tomás Castellanos, los hermanos Sierra, el China Cornelio, Manuel Bisbé, que tocó con el trío Oriental de Miguel Matamoros. Yo vi formar el Trío Matamoros, eran Siro, Cueto y Miguel. Un agente de la RCA Victor, que buscaba jóvenes talentos, fue a Santiago y le presentaron al Trío Matamoros, pero antes Miguel tenía un trío con Manuel Bisbé y Alfonso del Río, teniente de la policía, prima de Miguel. Sobre Matamoros hablaré más adelante.”

“En El Tivolí estaban Eusebio Premian y el Congo Pérez y Callís, y Ezequiel Caraballo, Castillo, Pepe Banderas, Alberto Aroche, Ramón Dilú, Virgilio Palais, que vivía en Santa Rosa y Virgen. Más abajo vivía la novia de Miguel Matamoros. En El Tivolí estaba el café El Japón, que era de Longino Alonso, el padre de Pacho Alonso, en Santa Rosa y Rabí; y el café El Reguilete, la tienda La Rosita y el Café de Pajarito, en Moncada y Los Hoyos...”

“De San Agustín era Eulalio Limonta, pero eso era muy anterior a mi época. Recuerdo a Quintín Sánchez y Guillermo, que era sastre; también a Juan Chacón, el Cartero, que tocaba guitarra...; a Chemi Amat, que cantaba muy bonito y le corrió la novia a Miguel Matamoros; y a Paquito Portela que también vivía por allí, en calle Primera entre Trocha y Fuerte. Además de carpintera ebanista, era bajo y compositor. Estaban los hermanos Poveda, Rafael y Manuel: eran como mis hermanos. Manuel cantaba muy bonito y pertenecía al Conjunto Matamoros. Era voz prima y timbalero. Ensayaban en casa de Virgilio Palais.”

“En San Agustín estaba la panadería Paredes, y al lado, Nata, la que freía bacalao; también el café La Confronta. Otro café, Le Bon Calite, estaba en Callejón de Gata y Santa Rita. Eso era un sitio muy criollo porque tenía bancos, y ya a la una de la madrugada se llenaba de gente que venía en automóviles. A la una era cuando aquello se ponía bueno. En Le Bon Calite se reunían a comer macho asado abogados, magistrados, gente rica, gente gorda. Era un lugar muy bohemio. También por esa época estaba el café El Cisne Blanco, de Paquito Portela, por Santa Úrsula.”

“La primera agrupación a la que pertenecí fue a la estudiantina. En La Arrolladora no me dejaron entrar porque todavía tenía pantalones cortos. Yo tocaba mucha guitarra, pero no podía entrar porque trabajaban en casa de Amada, una casa de prostitución muy famosa en aquella época, y como yo era niño... A mi hermano, que era mayor, sí lo dejaban. Yo toqué en la estudiantina de Ventura et Sordo, en la de Miro, la de Yayo Corales, el abuelo de Coralito, que estaba fabricando una casa en el barrio de Los Olmos y yo veía cómo la construían...”

“Después de la estudiantina toqué con el cuarteto de Aníbal Carrillo, en la emisora CMKD... Cuando aquello ya había inventado el armónico. Luego toqué con Ñico Saquito, en el quinteto Cuban Star. Eso fue accidental, porque él tenía su cuarteto, pero el guitarrista Guillermo Mozo, que dominaba la guitarra clásica, quería tocar como yo el armónico y se mandó a hacer uno. Un día Ñico me dice: Ve por allí a tocar el armónico.” Ese instrumento me lo había fabricado mi hermano Vidal, que era un gran tresero y se dedicaba a hacer guitarras por docenas para la casa Gallart.”

“Bueno, Ñico me oyó tocar el armónico, me invitó a los ensayos y me pidió que lo tocara. Le gustó como sonaba el cuarteto, así que me invitó a venir a La Habana pero, como yo estaba en la Banda, me dijo que pidiera un permiso. Lo pedí y vine. En esa agrupación estábamos Ñico como prima; Ramón Dilú, segundo; guitarra, Guillermo Mozo; Cañizares era el representante, y yo el armónico, que además de ser cantor prima tocaba la guitarra. Con ese cuarteto vine a La Habana, eso fue en 1934. Después estuve en el trío Relámpago, duré poco. Éramos Elías García, Lolo Hierrezuelo y yo.”

“Posteriormente, empecé a tocar el clarinete con Matamoros... A él le gustaba el clarinete. Eso fue por el treinta y pico, ya en La Habana. Estuve con el Conjunto Matamoros durante doce anos. Ahí conocí a Benny Moré en 1945.”

“Ya yo había ido a México, pero la altura me hacía daño, me quitaba el apetito. Estuve allá seis meses con el Hatuey: con Evelio Machín, hermano de Antonio; Florecita, el trompeta; Armando Dulfo, el guitarra, y yo con el cuatro. Eso fue en 1938, con Lázaro Cárdenas de presidente. Tocamos en el Teatro de Bellas Artes, que se estaba hundiendo: muy lindo, de mármol y bronce. Ese fue mi primer viaje a México... Aquí actuamos en dos películas: Tierra brava, dirigida por Ramón Pereda y México lindo, de René Cardona. Cuando regresé Evelio Machín se fue con un trío, con Maximiliano Sánchez, Bimbi, para Puerto Rico, pero vino enfermó y murió.”

“Después de eso, toqué en el Conjunto Matamoros, fue cuando hice el dúo Los Compadres. Eso fue en 1942. Por ahí se han publicado dos versiones de cómo funda Los Compadres: una dice que yo pelaba a Lorenzo y le propuse hacer un dúo...; otros dicen que Lorenzo estaba tocando con María Teresa, pero ella se enfermó y él me mandó a buscar. El dúo Los Compadres se funda cuando yo tocaba con el Conjunto Matamoros y Lorenzo, con María Teresa. Un día, mientras la pelaba, le dije: ‘Oye, vamos a coger tú y yo una estación y sacar un poco de sones, de esos orientales’, y él aceptó. Entonces fuimos a La Habana Vieja, a la estación de Rumbau, que ahora es Cadena Habana. Le explicamos que teníamos un dúo y queríamos que nos diera media hora. Nos dijo: ‘Bueno, se la voy a dar, pero tienen que venir todos los días, además yo no les voy a pagar porque yo no pago’. Le dije: ‘Está bien, vamos a venir todos los días.’ ‘Si se vende el programa les pagaré...’, nos dijo. La cogimos y empezamos:
 

Chivirico, Sarandonga

Chivirico, chivirico,

óyelo cantar

Yo vi a Liduvino en el Paraná...”

“Toda esa bobería fue pegando, pegando, hasta que nos dijo Rumbau: ‘He recibido sesenta cartas para ustedes, les tengo que pagar porque otra estación se los va a llevar, y ustedes son de aquí...’ Después grabamos con la firma disquera Panart y hasta actuamos en la película Cuba canta y baila.

“El nombre de Los Compadres nace por la característica esa que tenemos los orientales de decir: ‘Oiga, compay, ¿a dónde tú vas, compay?’ ‘¡Oiga, compay! es un dicharacho, y como los dos somos de Siboney y conocía a toda la familia, menos a él, que lo conocí aquí en La Habana, entonces hicimos el dúo...”

Compay Segundo se ha caracterizado como trovador y sonero. Se entiende por ‘sonero’ aquel que canta, ejecuta un instrumento para interpretar un son o compone sones. El vocablo ‘son’ abarca un concepto genérico muy amplio, tanto en Cuba como en otras partes de América. En México, Centroamérica y Venezuela, se denomina son a una amplia gama de bailes populares. En Cuba este concepto ha tenido variaciones según las épocas. En el siglo XIX, en Santiago de Cuba, se conocía por son a toda la música ejecutada por pequeñas agrupaciones y que servía para bailar a la gente pobre, humilde, que no tenía acceso a otras diversiones, y mucho menos acudía a salas de baile donde las orquestas ejecutaban danzas y contradanzas.

A principios del siglo XX, en La Habana, se designaba son a cualquier agrupación musical formada por cinco o seis músicos, e igualmente son era la música que ellos ejecutaban, de cualquier genera bailable, aunque se tratara de un danzón. También se le llamaba son a una fiesta. “Vamos a un son” equivalía a decir: “Vamos a una fiesta”.

La primera noticia que se tenia acerca de la existencia del son, la encontramos en el siglo XVI, con el famoso “Son de la Ma´Teodora”. Pero verdaderamente se sitúa el origen, o más bien, se conoce que la existencia del son montuno data de finales del siglo XIX, y es su cuna la región suroriental de la isla de Cuba, concretamente, las montañas de Baracoa, Guantánamo, Santiago de Cuba y Manzanillo.

Viejos soneros entrevistados por este autor mencionaban a un fabuloso personaje conocido por Nene Manfugás, como un género procedente de Guantánamo, que apareció en Santiago de Cuba durante los carnavales de 1893. Nene Manfugás también llevaba como instrumento musical un tres construido por él. El tresero santiaguero Rafael Pillo Ortega le cantó al musicógrafo Alberto Muguercia que ese tres “era una caja de madera grande, de las que se utilizaban para envasar bacalao, de tabla más fuerte el brazo, y como cuerdas tenía solo tres, de curricán encerado”.

El son llega a La Habana en 1909. Lo trasladaron tres guardias rurales procedentes de Santiago de Cuba llamados Sergio Danger (tres), Emiliano Difull (guitarra) y Mariano Mena (bongoes). Aquí el son no haría vida pública hasta 1920. Se le tenía como “música de negros y de gente baja”, pero la popularidad del Sexteto Habanero hizo que fueran venciéndose los prejuicios raciales y sociales de la época, hasta que se impuso el son como música bailable en todos los salones de la capital, incluso en los de la alta burguesía, que poco a poco comenzó a disfrutar de este ritmo.

A partir de ese memento, La Habana se inundó de sones. La empresa Victor contrata al Sexteto Habanero para grabar sones en 1924. Más tarde, grabaron también, siempre en Estados Unidos, el Sexteto Occidente, dirigido por la extraordinaria trovadora María Teresa Vera, para la firma Columbia. Le siguen los integrantes del Sexteto Nacional, con relevantes soneros, entre ellos Ignacio Piñeiro, Abelardo Barroso, Juan de la Cruz y Bienvenido Lean. Y en 1928, tres mulatos santiagueros agrupados en el cubanísimo Trío Matamoros, darán a conocer al mundo una forma novedosa de interpretar el son al más puro estilo oriental. Miguel Matamoros, Siro Rodríguez y Rafael Cueto marcan un hito en la historiografía musical del son. Con solamente dos guitarras, claves y maracas, ellos harán bailar a cientos de miles de personas en todo el orbe al compás del son, el bolero–son y de una amplia gama de géneros musicales cubanos, interpretados con la inigualable gracia que solamente poseen los nativos de la región oriental cubana.
 

El primer dúo Los Compadres, integrado por Lorenzo Hierrezuelo, a la izquierda, y Francisco Repilado, a la derecha

“En el dúo Los Compadres, lo que tocábamos Lolo y yo era son, el son-montuno que aprendimos en Santiago de Cuba. Después de un viaje a Santa Domingo se disuelven Los Compadres, eso fue por el 1955. Entonces Walfrido Guevara me dice: ‘Me enteré que se desbarataron Los Compadres, ahora ponle Compay Segundo y sus Muchachos.”

“Mi primer grupo se forma con Rafael García, un guitarrista que tocaba en las guaguas cuando aquello de ‘Coopere con el artista cubano’. Era blanco, delgadito, tocaba bien, ya murió. Zabala era el contrabajo, vivía por aquí por Salud; Cavada en el bajo; Carlos Embale, voz prima; el guajiro de Holguín era trompeta y yo en el armónico. Ese lo oyó la Panart. Bebo, que era quien trabajaba allí, me dijo: ‘Oye, te estoy oyendo en Radio Mambí’. Si le pones al ‘Juramento’ otro número, te voy a hacer un disco. Y me hizo mi primer disco ahí en la Panart. Cantamos ‘Juramento’ y le gustó, porque sonaba bonito.”

Compadres, constituido por los dos hermanos, se fueron para Santo Domingo, pero cuando llegan, el público, que conocía a Compay Segundo, y la guitarra y las canciones mías, comenzó a pedir números de Los Compadres, del primer dúo Los Compadres: “Oigan, toquen Liduvino en et Paraná...”, y ellos decían: “Mañana...”; “oigan, toquen esto y aquello”, y ellos: “Mañana...”, hasta que la gente descubrió que no era el dúo original.

“Después yo fui con mi grupo, ya era Compay Segundo y sus Muchachos. El locutor Cuzán recibió el mensaje de mi llegada y me preguntó: ‘Mira, si le hacen la oferta de recorrer todo el país, ¿qué van a contestar?’ Yo le respondí que pusieran las condiciones. Entonces me propuso: ‘Van a recorrer el país, tienen tanto diario, pasaje de ida y vuelta’, y lo acepté. Mandaron los cuatro pasajes para la Pan American que estaba ahí en la calle 23, y un telegrama donde me comunicaban que tenía cuatro pasajes para ir a Santo Domingo. Les avisé a los muchachos. Cuando llegamos al aeropuerto de Santo Domingo nos estaban esperando con un carro descapotado y un magnavoz decía: ‘Aquí está el otro que faltaba de Los Compadres.’ Yo los saludaba y la gente exclamaba: ‘Mira, ese es Compay Segundo.’ Di mi función en el teatro Julia y por la noche, cuando terminamos, nos invitaron al lado a tomar. Uno empezó a hacer cuentos y comentó: ‘Aquí estuvieron Los Compadres y dijeron que ustedes no tocaban más, que usted toma mucho ron...’ Le contesté: ‘No, yo no tomo ron.’ Y después recorrí todo el país.”

“Cuando regresé a La Habana de ese viaje, formé otro grupo de Compay Segundo. Carlos Embale se fue para el Septeto Nacional y entró Pío Leyva como cantante. Luego, para los viajes a Europa, entró Julio Fernández... Después de Pío Leyva vino a cantar Zamora. Hicimos un recorrido: fuimos a total a Guantánamo, tocamos en una tienda llamada Le Baron. Joaquín García, que era un gran barítono de Guantánamo, estaba en Cueto y nos envió un telegrama: ‘Los espero aquí en Cueto y vamos a hacer una tourne por Antilla y toda la parte norte.’ Le dije que nos esperara. Eso fue por 1956. Nos encontramos con Joaquín, le decían el Zorzal Criollo porque cantaba muy bien los tangos, como Gardel, y entonces hicimos una tourne por esa parte norte de Oriente, por Antillas, Delicias, Cueto, Báguanos... Posteriormente hicimos el mismo recorrido hasta llegar de nuevo a Cueto. Luego Joaquín García se fue para Italia y allá murió.”

“Después de Joaquín, que era solista, le hice segundo aquí en La Habana a Evelio Machín. Fundamos un trío que se llamó Cuba y grabamos en la RCA Victor, que estaba en el hoyo de las calles Infanta y 23. Pero eso fue antes de Compay Segundo y sus Muchachos. Grabamos ese disco al año siguiente de la muerte de Pablo Quevedo. Quevedo no deja discos porque la RCA llega un año después de él morir. Ese fue el entierro más grande de La Habana.”

“Justa García vivía en la calle Salud. Con ella empezamos el Hatuey. Ella era un poco mayor y le costaba trabajo subir las escaleras, por eso vino Evelio Machín y Rapindey, Marcelino Guerra se llamaba, acabadito de llegar de Cienfuegos y entró en el Hatuey. Poco después se unió al Conjunto de Arsenio Rodríguez y años más tarde se fue para el Norte, por el cuarenta y pico.”
 

El cuarteto Hatuey, en 1936. De izq. a der.: Lorenzo Hierrezuelo, Francisco Repilado y Armando Dulfo

“Cuando terminé con Los Compadres y formé Compay Segundo y sus Muchachos, hubo un período de tiempo en que no canté. Como tengo mi oficio, que nunca he abandonado, trabajé durante dieciocho años en la fábrica de tabacos H. Upman. En aquel tiempo lo mismo me daba tocar que trabajar. En ocasiones me llamaban por teléfono a la tabaquería: ‘Oye, Pancho, a las tres en tal o más cual lugar’, y yo iba a tocar, pero seguía como torcedor de tabacos. También actuamos en hoteles, en el que está después del puente Almendares, en el Kholy, pero eso fue después de retirarme de la tabaquería en 1974. Trabajé dos años más de la edad, porque decía que me sentía bien, entonces ¿para qué retirarme? Cuando empecé en el hotel Kholy, incorporé a Julio Fernández. Dio unos viajes conmigo a Europa, creo que dos viajes, pero estaba afectado de la salud, úlcera creo, y entonces lo sustituí con otro cantante.

Corona para un rey

El renacimiento de mi música, que alcanzó la máxima de la fama en Europa, empezó en Canarias. En mi primer viaje a Canarias, saqué un número a la Virgen del Pino, que es del barrio del Teror, y fue un éxito. Allí tomé agua de los manantiales del Teror. Cuando la tome, dije: “Esta agua está ‘elaborada’, pica la garganta, parece efervescente y es natural del Teror.” En esa canción intervino Santiaguito Auserón, que es uno de los cantantes jóvenes famosos de España. Con Santiaguito Auserón, le dije a un público de más de quinientas personas: “Les traigo un número que saqué. Si les gusta, lo aplauden; si no, no, y dice:


Virgen del Pino

Que oyes mis ruegos

Lo que te pido

Frente a tu altar

Por esa dicha que me proporcionas

De rendirme a tu estampa

Y poderte cantar

Cuando terminé, la gente decía: “¡Eh..., eh!”, tanto que el Alcalde subió al escenario y me regaló un farolito muy típico de allí, del Teror. La gente se tiró en el suelo. Cuando volví el Alcalde me dijo: “Tremendo rollo que me busqué al regalarte un farolito, la gente decía que era una basura para regalar a Compay Segundo; tuve que disculparme por el periódico.” Yo le dije: “¿No me digas...?” Él es muy amigo mío, allí hice grabaciones, discos. En la Warner grabé Lo mejor de la vida. Ese disco, ¡por favor...!, en Francia me dijeron hace tiempo que estaba en el segundo lugar de ventas.

Y el Grammy..., ni qué decir. Recibí el Disco de Oro. Tuve un encuentro aquí en La Habana con el guitarrista Ry Cooder, cuando él vino a grabar ese disco. Le gusta hacer música cubana y le dijeron: “Ve a ver a Compay Segundo”, y vino aquí, a mi casa. Ese hombre es bueno, toca la música cubana..., es un bárbaro, él toca de todo. Es inteligentísimo, en la guitarra es un maestro, y me dice que yo soy un maestro. iAh, caray! Ese es el disco Buena Vista Social Club. Él fue el de la idea de ese disco donde yo tengo varias participaciones. Él dice: música tradicional, y yo le respondo: En el tronco de un árbol una niña. Ese número está grabado también por mí, yo lo canto primero de prima, y él me dijo: “Ponle ahora el segundo.” Así está ahí. También quiso llevar “Chan Chan”, y ahí está en el disco, y me dieron el Disco de Oro. Conmigo estuvieron Rubén González, el pianista, y ese gran cantante de Santiago de Cuba, lbrahim Ferrer, además de Eliades Ochoa, Manuel Licea (Puntillita), Omara Portuondo... Fue un disco muy bonito y por eso tuvo esa acogida, tuvo una venta millonaria y todavía se está vendiendo. Fue un éxito. Ry Cooder siempre sabe dónde estoy. Cuando estoy en Madrid siempre me manda ramos de flores.

Composiciones musicales

Mi primera composición es Yo vengo aquí / Yo vengo aquí para cantar... Eso era porque estaba enamorado de una chinita... China / Tú me has robado el corazón... Fue en Santiago cuando tenía como dieciséis años. Saqué muchos, muchos números. Cuando estaba en Los Compadres, todos los números los ponía asociado con Hierrezuelo: Yo canto en el llano, Liduvino en el Paraná, Sarandonga... Mira, la gente repite Sarandonga, pero no saben lo que quiere decir. Eso es por una muchacha que se llama Sara. El marido, que era medio borrachón, le decía: “Oye, Sarandonga, vamos a comernos un chivo a Puerto Boniato”.

Otra canción es “Macusa”. Macusa fue mi primera novia. La gente me pide mucho ese número. Ella se llama Micaela Penichet, vivía con los Poveda, frente a mi casa en Santiago. Ella era prima de los Poveda, éramos novios desde los doce años. Le saqué el número porque siempre me la ocultaban, me la llevaban de visita para casa de una comadre. No querían que yo fuera novio de ella, pero ella me mandaba carticas y yo sabía dónde estaba. Una vez me la mandaron para Los Hoyos, allá abajo, y me aparecí; otra vez la mandaron al Callejón de Sal Si Puedes, y allí estaba yo. Mi primer amor fue Macusa. Yo siempre voy a verla, la atiendo económicamente, la ayudo, porque ese número ha dado mucho.

Otro número que me piden mucho es “Chan Chan”. Juanica y Chan Chan, unos personajes del mil ochocientos. Todo el que comienza a tocar el tres lo primero que aprendía era eso: Juanica y Chan Chan / Cirniendo arena en la orilla del mar... Pero eso era en mil ochocientos. Ahora cogí los personajes y les puse el resto, lo que pasaba con eso de cernir arena. Decía: Como sacudía el jibe..., para sacudir el jibe hay que menearse. Como Juanica tenía unas nalgas muy grandes, Chan Chan, que era el marido, le decía: “Oye, Juanica, baja las nalgas esas, te estás meneando mucho...” Es de ahí que yo saco eso para darle carácter a Juanica y Chan Chan.

En 1987 compuse “Huellas del pasado”. El mensaje que saqué de eso fue el cementerio que es el jardín hermoso. El cementerio es lo más hermoso porque ahí enterramos a nuestros padres, a nuestros grandes amigos, a grandes personalidades. Así que ese es el jardín hermoso. Entonces “Huellas del pasado” es imaginativo, dice Recuerdos del pasado, porque ahí es donde conocí a una enamorada, pero no se portó bien conmigo, por eso digo:


Jardín hermoso, recuerdo del pasado

Cuna brillante de mi primer amor

Fuiste testigo de las viles palabras

De la mujer farsante que mancilló mi honor


Por eso te recuerdo y hoy vengo a visitarte

(porque tuvimos un hijo, todo eso es imaginativo)

Para enterrar el fruto de aquel funesto amor

Jamás podré olvidar que tú, jardín hermoso

Solo has sido el causante de todo mi dolor...

Eso lo grabé con Pablo Milanés, que también grabé “Macusa” y “Chan Chan”. Y sigo componiendo. Ya en España he hecho como tres números. “Al Toro” lo hice en Islas Canarias.
 

Junto a otros integrantes del Conjunto Matamoros: en la parte superior, Rafael Cueto, Ciro Rodríguez y Miguel Matamoros. Abajo, Lorenzo Hierrezuelo, Pepe y Francisco Repilado, Ramoncito, Canuto y Pedro Mena.

Miguel Matamoros

Toqué en el Conjunto Matamoros durante doce años; vi entrar a Benny Moré. Miguel lo oyó cantar en un café de La Habana Vieja, le gustó la voz de Benny y lo invitó a que tomara parte en el Conjunto. Cuando Miguel estaba en el ocaso, la primera novia de él, Merceditas, se lo llevó para Santiago, ya él estaba ciego. Recuerdo que una vez fui a Santiago de visita y me dije: “Déjame ir donde vive Matamoros”, viví en la calle Virgen. Cuando le tiré el chifladito, como nos chiflábamos en el Conjunto, exclamó: “Ese es Pancho..., Pancho...” y se levantó con las manos hacia adelante gritando: “Pancho... Pancho...”. Aquello me dio mucha lástima. Sentí ganas de llorar.

Encuentro con el Papa

Yo estaba en Milán con mi grupo y nos llamaron para ir a Roma porque el Papa quería que cantáramos. En el avión del Papa me llevaron al Vaticano. Eso fue el Día Internacional del Enfermo. Aquel Vaticano estaba lleno, había como veinte mil personas: los lisiados con carritos... ¡Qué de gente! El Papa estaba recibiendo arriba a los invitados y entonces pregunta: “¿Qué edad tiene Compay Segundo?”, y le dijeron: “Tiene noventa y dos años...” Entonces dice: “No lo traigan por la escalera, que venga por el ascensor.” Cuando me tocó el turno para saludarlo, porque había una cola, el Papa me dice: “Me alegra mucho que un cubano haya venido a saludarme.” Le respondí: “Tenía que ser así porque es usted el corazón de la humanidad y hay que saludarlo.” Él oyó el “Chan Chan” desde arriba..., lo oyó todo.
 

¿Volver al terruño?

¿Que si me gustaría volver a vivir en Santiago? Bueno, ese es mi origen, y no lo pierdo, ni el hablao. La gente dice: “Oye, tantos años que llevas fuera de Santiago y no dejas de hablar como santiaguero.” Y les respondo: “Yo tengo mi tonadita...”

En mis visitas a Siboney me meto en el mar con zapatos y todo, como cuando era chiquito, porque vivíamos a cuadra y media de la playa, y desnudos salíamos todos a bañarnos. Por eso ahora, cuando veo esa playa, me emociono y me echo al agua con ropa y todo.

Si viene un ciclón...

Si viene un ciclón y me dicen que se va a llevar todos mis números, ¿cuál salvaría? “Chan Chan”, porque se ha hecho acreedor del mundo, porque se lo oí cantar hasta a los japoneses, a un conjunto japonés en español. Eso fue en Santiago de Cuba, estaban allí, las muchachas tocaban flauta; esa gente tocó “Chan Chan” en Japón. Y hasta aquí en Cuba, cuando paso por cualquier escuela, los niños empiezan: "De Alto Cedro voy para Marcané”... Eso es... iEeecha...! Y la maestra: “Muchachos..., muchachos.”

¿La salsa?

Es el son que lo tocan más rápido, y le han puesto instrumentos de viento: trombones, trompetas. Como músico yo he recibido influencias de muchos países, de la música norteamericana como el blues, también del tango, yo toco música argentina.

La juventud de ahora se ha divorciado de la pareja en el baile, la mujer por allá y ellos por acá meneando la cintura. El baile es sabroso apretando a la dama, bailando, dándose un besito, sintiendo el calor de la dama. Una mujer que se ha comprado un vestido que le ha costado cien pesos ¡dando esos saltos...! Eso no es bonito. En mis tiempos, ¡cuidado que tú fueras a ponerle un pañuelo a una dama que no tuviera un buen perfume! Tenías que ponerle el pañuelo en la espalda a la dama cuando bailabas.

Notas
1- Este término musical así como otros vocablos y expresiones del habla popular cubana, se encuentran incluidos en el glosario que aparece en el presente libro. (N. del E.)

Tomado de: Compay Segundo, Editorial José Martí.

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600