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CINE, CULTURA Y HUMANIDAD
 
La riqueza mayor y de todos, de cada país y región, y de cada hombre en el mundo, en su país o en un país, en su región o en una región, es la cultura, ese mundo del espíritu, ese plano del ser en que se piensa y piensa, y en el que si no es aplastado o silenciado, de algún modo, se expresa, individualmente o entrelazando su ser y expresión a otros que pueden ser los muchos.


Alfredo Guevara | La Habana


La situación del mundo cambia vertiginosamente, cambia en ráfagas y, a veces, esas ráfagas son portadoras de metralla y de muerte. El asalto a Bagdad y su ocupación en clima más o menos de rendición, nada se sabe, fue precedido de una demostración de fuerza, en evidente voluntad de amedrentar y situar con claridad que el poderío del imperio norteamericano no podrá ser frenado por resistencia alguna, ni política ni militar. Un barrage de bombas destructoras, de muy sofisticadas armas y aviones que desde la distancia debían y sembraron destrucción e inenarrables sufrimientos; narrados, sin embargo, con frialdad monstruosa por las televisiones. Fragmentos de personas, sus vísceras, la piel, la carne desgarrada, niños desamparados entre ruinas y sangre, una vez más el pueblo victimado inmisericordemente. Nada importa, son imágenes, si el resorte del botón mueves se esfumará sin consecuencias. Puedes juzgar horrorizado, indiferente, complaciente o con indignación que pueda inspirar la protesta; ésa, la convicción que armó protestas, que protagonizaron millones y millones y millones, sin que los que deciden se inmutaran. La guerra es espectáculo y metáfora, más importa la advertencia, no sólo dirigida a los pobres de la tierra, a aquellos que pudieran ser las próximas víctimas, también a las potencias que, aún si nucleares, a plazo largo o medio o corto plazo son llamadas a doblar la cerviz y someterse. Sólo hay un Jefe, dicen sus personeros con armas, teoría, cinismo suficiente, la ley de los matones, más fundamentalistas en su imperial designio que el religioso fundamentalismo que dicen combatir, y con el que forjan alianzas tácticas y financieras, militares y de cualquier otro orden si se trata de compartir o dominar la energía, el petróleo.

Ése es el mundo real, aquel que debemos tomar por entorno obligado en este período de la historia en que nos toca vivir. Período cuyo advenimiento precipitado, en su manifestación más aguda, en sus rasgos más peligrosos y amenazantes, venía preparándose en el curso de no pocos decenios. Si la Segunda Guerra Mundial, a su término, dejó una estela de dolor, millones de vidas sacrificadas en combates cruentos; y otros millones, muchos convertidos en ceniza por hombres y mujeres que dejaron de ser humanos, convertidos en bestias; millones de judíos, comunistas, socialistas, homosexuales, creyentes, resistentes, gitanos, fueron exterminados dando lugar al Holocausto. Si tanto dolor quedó en el alma, vergüenza de saber que tanto horror es posible. Que es concebible aunque el hombre invente ideologías capaces de adormilar su conciencia hasta llevarla, envenenada por el odio y la intolerancia, al crimen. Sin embargo, también aquel fin de la Segunda Guerra Mundial y la experiencia del nazi-fascismo, el costo que tuvo para Europa y el Oriente lejano y también en el Norte de África, y como impresionante manifestación de inhumanidad el Holocausto, llevaron a los pueblos del mundo, a aquellas generaciones tras tamaña experiencia, a proclamar su voluntad de que no pudieran repetirse ni las circunstancias que fueron acumulando tensiones, ni las tolerancias que permitieron que fuera posible que se desencadenaran del modo en que resultó: guerras de ocupación, expansionismo tolerado, discriminaciones asesinas, limpiezas étnicas enmascaradas primero y, más tarde, en desenfreno. Las generaciones que protagonizamos aquellos días, años, vivíamos la euforia de la esperanza. Y un lema que hoy renace anidaba en nuestros corazones: ¡Nunca más!

Así surgieron las Naciones Unidas, y en Cuba, en mi patria, el lugar en que me tocó nacer, porque diré con José Martí, nuestra inspiración, “Patria es humanidad”, un jovenzuelo, ése que es hoy el que les habla, fundó, transido de ideales humanísticos, la Asociación Juvenil Cubana de las Naciones Unidas, adscrita a la Asociación Cubana de las Naciones Unidas, la ACNU, propagadora, defensora, afirmadora de aquel sueño. No en Cuba, sede de este Congreso, por todo el globo terráqueo, y por esa, la otra patria cercana, patria múltiple que es América Latina, el sueño de lograr paz y tolerancia, compresión y diálogo humanístico, fin de la discriminación racial y del colonialismo, y otras formas de discriminación y opresiones, de libertades auténticas, reales y no sólo verbales, de derechos humanos, igualmente reales; ese sueño todo lo impugnaba.

Para que lentamente, a veces con premura, todo se esfumara, llegó la guerra fría; guerra caliente a veces, y ante nuestros ojos, la lenta corrupción de la experiencia socialista, que a los ojos de algunos de nosotros, y es mi caso, era otro motivo de esperanza. Aquel ensayo, que se hizo maravilloso, enfrentado al nazi-fascismo y derrotándolo, fue desmoronándose; porque no hay modo de andar vivos cuando en el alma se cristalizan las ideas, cuando se impulsa desde el poder esa cristalización, todo cuanto detenga esa marcha auto-enriquecedora que ha de estar siempre creando, enriqueciéndose, purificándose en rectificaciones, y avizorando horizontes nuevos; todo lo que se detenga, se pudre. Y el desplome que habría que explicar, referido a situaciones, nombres, circunstancias, y que suele encontrar esas formulaciones,  pero que puede ser explicado de aquel otro modo más sustancial y claro, se pudrió en lo esencial y quedó destrozado desde dentro.

Las termitas ideológico-fundamentalistas, el comején, como por aquí decimos, tienen esa función y, si impunes, la ejercen.

Estos decenios últimos son igualmente los de la dominación de los llamados medios de comunicación masiva, que lo han sido de dominación por ya más de medio siglo, de dominación de la información. En los años 80, se libró en el seno de la UNESCO una batalla, que habría que estudiar y que algún día será sometida a análisis por investigadores, que descubrirán en teorías, maniobras y tergiversaciones, y en la participación de organizaciones que se dicen de derechos humanos y otras autotituladas defensoras de la libertad de información, como el imperialismo norteamericano manipula, y sabe manipular como hábil jugador de ajedrez, sus piezas y lo que es más peligroso, no ya los medios de información sino también el lenguaje. Los conceptos pueden encontrar otros significados cuando, con reiteración infatigable, son utilizados indebidamente y sujetos a tergiversación por la prensa, la radio y la TV. El Congreso de Políticas Culturales que, patrocinado por la UNESCO, tuvo lugar en la Ciudad de México, fue escenario mayor de ese combate por la información en dos direcciones, una, que trataba de impulsar una deontología fundamentada en la ética y, para serlo, en la verdad, y la otra, promover caminos que permitieran a los informados pasivos, devenir activos, y a su vez hacer sentir su versión o interpretación de lo que se informa.

En nuestra época, como en todas, el ser, el hombre, el sujeto, su conciencia, tendría que ser, es su derecho, ser protagonista del pensamiento, que no puede ejercerse sino desde la información, información del acto, de la memoria o de su interpretación, del acumulado de la experiencia histórica; o sea, desde la cultura, que es todo eso. La riqueza mayor y de todos, de cada país y región, y de cada hombre en el mundo, en su país o en un país, en su región o en una región, es la cultura, ese mundo del espíritu, ese plano del ser en que se piensa y piensa, y en el que si no es aplastado o silenciado, de algún modo, se expresa, individualmente o entrelazando su ser y expresión a otros que pueden ser los muchos.

Los medios de comunicación e información han alcanzado con las nuevas tecnologías un poder que lo desborda todo; y son sus soportes y rectores los que trasmiten ideología, ideas, concepciones, conceptos, los que de ellos se sirven, los que pueden deformarlos, tergiversarlos, situarlos al servicio del poder omnímodo que los domina, virtual, real y potencial, pero siempre y sin excepción, imperial y oligárquico según la escala en que se ejerza.

El sátrapa y su imperio, el lacayo o sus bufones, así se arbitra el ejercicio de los mandos. La revista Fortune, publicada en USA, clasifica cada cierto tiempo los más grandes ingresos de las más grandes corporaciones y que resume así billones, no llama, con la desfachatez más desenvuelta a las industrias de la cultura, a sus apoyos por este nombre, que seguramente le parece demasiado, exquisito. Tal referencia se hace denominándolas industrias del entretenimiento. Y en realidad de eso se trata, no de cultivar el alma, de entregar al espectador curioso o hambriento de saber y belleza, o de esparcimiento y calma, aquello que pueda darle lo mejor, más elaborado y complejo, o de más fácil recepción delicada o sutilmente situado en el refinamiento, aprovechando todo recurso posible, sofisticado o no, para humanizar al hombre. Ése no es el objetivo. El objetivo es otro: vaciarlo; convertir su ser, la persona, en un simple receptor sin vibración activa, alguien que sumiso se entregue no a la risa o el goce que provocan el ingenio o la caricia, sino, aquellos que resultan de la cosquilla o la imagen portadora de vulgar lascivia, e impuesta desde una ventana que irrumpe en la casa impuesta por la costumbre y la pasividad, extendida por una aceptación que sólo podría ser evitada con la renuncia a esos medios. Y no parece razonable ser llevado a ese extremo.

Estamos ante el problema más arduo en nuestro terreno específico. Cuando Walter Benjamín, en su ensayo Las artes en la época de su reproducción técnica, abordó el problema subyacente de la accesibilidad a la expresión de este carácter y, de hecho, su democratización, no calculó nunca que las tecnologías alcanzaran la precisión y posibilidades, no importa en qué soporte, que la memoria digital, la digitalización, supone, y tampoco el desarrollo que ha alcanzado la electrónica. Pero sí hay en sus reflexiones un elemento a destacar y que resulta un área que tiene en Cuba, en el marco de nuestras posibilidades, dos presencias. Esas tecnologías que acrecientan el poder ya despótico del imperialismo y de su imperio, pueden ser fuente, si comprendidas y utilizadas adecuadamente, de libertad y de democratización, ésa es una, y está siendo llevada a la práctica; la otra, y de esa acción se desprende la constatación de la voluntad política de asegurar, a toda costa, la información válida y el acceso a todas las formas y manifestaciones del saber, es decir, de la cultura, es decir, de toda esa armazón que hace de la conciencia, conciencia autónoma, es decir, pensante. Me refiero a los planes que desde hace un tiempo vienen desarrollándose para la formación de instructores de arte, extender a toda la población y todas las regiones la red de escuelas y museos, la atención al desarrollo intelectual desde los primeros años de la vida, cuidando de la formación biológica del cerebro infantil; ampliando incesantemente el acceso a las nuevas tecnologías, a la informática y a sus aplicaciones creativas o de apoyo a la educación, etcétera.

Es por eso que desde el ICAIC primero, desde el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano siempre, y con la preocupación infatigada por evitar que la dispersión de esfuerzos pueda debilitar la urgencia de que ese probado foro de constatación, reflexión, encuentro y diálogo incesante, conserve su ámbito natural y siga irradiando apertura, innovación y conciencia de todo lo que el cine puede, y de todo lo que la aprehensión del conocimiento, del dominio de las nuevas tecnologías aporta en su práctica. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano ha cumplido esa tarea concientizadora, acercando a los realizadores, llevando al debate sus concepciones, mostrándolas, para evaluación respetuosa y fraterna, entre amigos, entre aliados, entre cómplices, y evaluando en ese clima cuanto hacemos, las virtudes y fragilidades de este Nuevo Cine, y su situación en cada instante.

Este año, en el 2003 del Nuevo Siglo, tendrá lugar el Aniversario 25 del Festival. Lo organizamos ya ante innumerables dificultades de orden financiero, y tal vez otras. El imperio quiere cercar a Cuba, país sede, y logra algunas medidas que pueden dañarnos si el Llamado de los Intelectuales Cubanos y el del grupo que encabezaron intelectuales mexicanos de mucha valía y mayor coraje, no diera lugar a una reacción en cadena que denuncie con éxito cada vez mayor y mayor resonancia, ese renacimiento del nazi-fascismo, que anida en el Imperio, que se expresa en sus acciones militares, dirigidas a fijar posiciones estratégicas que debiliten el surgimiento de otra potencia, la Unión Europea, y hagan menos peligrosa, para el poder hoy hegemónico, la presencia del Euro como nueva moneda internacional, y a acallar la existencia de otras concepciones de la vida, de la sociedad, de las relaciones entre los seres humanos, y, principalmente, de aquellas, como la nuestra, que convencida de que otro mundo es posible, defiende nuestra soberanía y autonomía político-intelectual, y la construcción de su futuro de justicia, salud y saber para nuestras jóvenes generaciones.

La acción ideológica y la presión militar y política del Imperio está dirigida a unificar el pensamiento en lo que se da en llamar “modelo norteamericano” o “cultura de masas”, y es parte de ese llenado que se empeña en imponer a partir del vaciado que resulta de la banalización de la cultura auténtica hasta convertirla, como ha logrado hacerlo parcialmente, en puro y superficial entretenimiento. Es el mundo de la lisura en cuya trampa caen tantos ingenuos, a veces incluso desde la más comprometida militancia y funciones.

Hay aliados del Imperio que, a veces, no saben que lo son factualmente. La rutina y la consigna que no tiene peso, a esa lisura mayor contribuye, porque sin ingenio, cultura, técnica adecuada, no hay modo de enfrentar el mensaje tecnocolorizado que trasmite el enemigo. Rebatiéndole con tan poca hondura, sin estudios psicosociales adecuados, ignorando la realidad o edulcorándola, sólo alcanzan a asegurar que el mensaje resbale o provoque rechazo, o aburridas reacciones de inatención por bloqueo intelectual, o simplemente, inatención.

Y debo subrayar algo más. Las relaciones culturales entre los países de América Latina, a veces de cierto peso, otras nulas o caóticas, o lastimadas por situaciones intergubernamentales que resultan de posiciones políticas, a veces, no siempre, de sometimiento, o el reflejo de presiones imperiales, y que por todo ello, por lo menos y por lo más, encuentran su prueba de autenticidad y firmeza en tales dificultades. Así, por paradoja, se confirman cuan fuertes, irreductibles, resultan los lazos que nos unen. Dicen mucho de las subterráneas corrientes que, en la diversidad deseable y que debemos afirmar y cultivar, nos hacen uno. No serán demagogos emperchados o campechanos, lacayos o mercenarios, ni el imperialismo ni sus opios y muros, los que puedan impedir que guatemaltecos y paraguayos, que no tienen cinematografías de algún desarrollo, ni venezolanos, mexicanos, brasileños, argentinos o cubanos, o costarricenses, puertorriqueños, peruanos, ecuatorianos, bolivianos, colombianos, chilenos o latinos de USA, nos miremos, cara a cara, y en la pantalla, como hermanos. Ése es y será, el marco permanente de las cinematografías y cineastas del Nuevo Cine Latinoamericano, que encuentra, en su Festival anual, ocasión de expresarse y proyectarse al mundo.

No logrará separarnos o enturbiar relaciones el ALCA. Y ese ALCA, aun si tratan de construirlo paso a paso, país a país, como una tela de araña, no podrá ahogarnos. Es que el ALCA es claramente otro intento de recolonización, que tiende a convertir de modo jurídico, América Latina en oscura trastienda del Imperio, y que pretende convertir al Nuevo Cine Latinoamericano en sombrita subsidiaria del cine menos valioso y menos valeroso de USA; porque debemos reconocer que anda por allá otro cine que es nuestro aliado y que ya sufre o comienza a sentir en su carne la presencia del neo-McCarthysmo que siempre acompaña a los fascismos.

Del ALCA, amenazando al Nuevo Cine, nos ocuparemos en nuestro próximo 25 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. No es el cine el que tendrá que enfrentarlo cuanto antes; y es todo el mundo del espíritu, de la cultura, el que está amenazado.

Quiero terminar diciendo, repitiendo /recordando tal vez/ un texto, que fijara criterio en los días primeros del ICAIC y que fue incorporado parcialmente a la ley fundadora:

El cine es un medio de expresión de incalculable poder ideológico, alcance universal e infinitas posibilidades de comunicación popular. Como medio de expresión ha constituido su propio lenguaje artístico, y es dueño aún de inexploradas posibilidades dramatúrgicas y poéticas aunque ya hoy constituye, y desde hace mucho, un instrumento de formación cultural, información y movilización intelectual y política de vital importancia. Estas particularidades hacen del arte del cine, en tanto que medio cultural de comunicación masiva y sostén lingüístico de otros medios igualmente culturales y masivos, protagonista y creador de cultura artística; es decir, una de sus formas de expresión, pero también recurso de extensión de la cultura y de otras expresiones artísticas y de educación masiva de la sensibilidad.

En América Latina se da esa circunstancia excepcional y multiplicadora en que la conciencia de la identidad agredida se enlaza con otras urgencias sociales inaplazables, haciendo del espíritu creador, que es revolucionario y de sus consecuencias en el hombre, el único modo auténtico de ser. Esta trascendente unidad encarna de modo sustancial en el artista. Y en su arte.

Intervención en el III Congreso Internacional Cultura y Desarrollo, La Habana, 10 de junio, 2003.

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