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LA PATRIA, UNA RELIGIÓN
 
Las guerras preventivas, reales, teorizadas, legalizadas virtualmente, recorren nuestros días provocando autodefensas que igualmente previenen o lo intentan. Se anuncia de este modo, si la marea de horror no se detiene, si la conciencia del mundo no despierta y moviliza, irrefrenable renacer de la bestialización del hombre. Quien en el alma, en la espiritualidad del ser sienta vibrar su ser, su espiritualidad, sabrá igualmente a qué atenerse.


Alfredo Guevara| La Habana


I. El Alma

Encerrada en el cuerpo, el alma desespera en su lugar secreto. ¿Será que el cuerpo humano en su quehacer diario va tejiendo entresijos, construyendo en telares que nadie ve, invisibles, la tela que es el alma; será que se construye un sistema divino, tan complejo y tan tenue, profundo, indescifrado, que emanando de sí, se convierte en su doble, entrelazada siempre al ser que la cobija?

No sé si fueron muchos, o tan solo Spinoza, quienes inventando cielos, afinando saetas, nos limita así al sueño de eternidad que el alma, de otro modo pensada, nos ofrece en sistemas que irradian poesía, que escapan al pesado, farragoso legado, de tesis, contra-tesis, escolios, falsas dudas, que sirven a afirmar lo que ya está afirmado. Jorge Luis Borges lo refiere, "... asiduo manuscrito. Aguarda ya cargado de infinito. Alguien construye a Dios en la penumbra. Un hombre engendra a Dios... El hechicero insiste y labra a Dios con geometría delicada... Sigue erigiendo a Dios con la palabra. El más pródigo amor le fue otorgado, el amor que no espera ser amado”. Hay algo que, sin embargo, conmueve y va más lejos, y que si bien parte de afirmaciones que siempre da por válidas convence de inmediato y es su proposición XLVII, ya que antes de desarrollar demostración, corolario o escolio —ese horror razonante, se hace portador de ese entusiasmo diré que poético que en el ser estalla, tras saber de sí, de su propio existir, al abrirse al exterior. “El alma humana tiene un conocimiento adecuado de la eterna e infinita esencia de Dios.” Y más tarde, “El alma humana tiene ideas en cuya virtud se percibe a sí misma, a su cuerpo, y a los cuerpos exteriores como existentes en acto y de este modo tiene un conocimiento adecuado de la esencia eterna e infinita de Dios”. Preferiría siempre, sin embargo, abordar desde una reflexión menos spinoziana el mismo tema. No porque rechace el esfuerzo cognoscitivo, sino porque la irrupción del método enturbia a menudo la voluntad de aprehensión esclarecedora en la construcción de un sistema que tiene ya objetivo preconcebido. Es lo que Borges con ternura e ironía, subraya. Prefiero pensar el alma, si es que fuese, desde el ser, desde Parménides, que no por lejano fue menos certero, que no por poeta abordara con menos precisión lo más indeterminado. El ser, he dicho el ser que en existir, estar, se descubre y sabe desde el pensar primero, aquel que no sucede. Dación de la conciencia, intuición instantánea, el ser se revela a sí mismo en ese estar ahí, en ser, presente en ser. Es el principio. El asombro le invade, ese misterio del pensar que se piensa y se descubre, que hombre es, dice, también lo será cada uno, otro, otros. Abierto el ser al Ser, del ser en sí y por sí; abierto al universo, al infinito. Tocar el Infinito es algo inesperado, privilegio de místicos y a veces de poetas, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Sor Juana, seguramente otros; no lo parece tan obvia o claramente, pero Walt Whitman, Rimbaud, y mejor Mallarmé, y José Martí, Rilke y Hölderlin; diré que seguramente Neruda aunque parezca blasfemia acercarlo a los místicos y no por panteísta, y sin posible blasfemia García Lorca. No contaron a Dios, pero comulgan con sus rostros, con los rostros del Ser, del Ser Uno que todo lo contiene. Si ese Infinito es Uno, tan largo, tan extenso, ilímite, será su cualidad o mejor su textura, emanación de sí, sin fin y sin principio. Y entonces, qué diremos del hombre que asombrado tanto de su existir como de su pensar que se piensa, descubre ese quehacer que es el hacer la vida, vivir en el entorno de la Naturaleza, de la Sociedad-Ciudad, no importa si minúscula o gigante, y entonces con su símil otro, los otros, que como él, los muchos, habrá de preguntarse del ser, del existir, y tal vez si la muerte es un no-ser, la nada, si la Nada es posible, si es que pensarla puede.

Retorno a Parménides, que con rotundidad afirma, “El ser es y es imposible que no sea”, y es que “El no-ser no es y no hay modo de a él referirnos”. Por eso Hegel en sus Lecciones, publicadas al menos en español como Historia, subraya que aunque se tratase de un comienzo turbio y vago, sin que resulte posible explicar qué es ese ser de modo más concreto, ser que lleva dentro de sí su íntima esencia, es, sin embargo, en ese afirmarse, donde reside precisamente el inicio de la filosofía, el punto de partida de su desarrollo. Y es que Parménides, igualmente, nos dice “que solo la necesidad, el ser, es lo verdadero”. Por supuesto que me sirvo de las citas que afirman las ideas que vienen mejor a ese rechazo de la Nada por impensable, y, que, si bien no conduce a la afirmación de un algo inmaterial o de otra materia-energía que pudiera cuando menos inquietar, permite en cambio situar interrogantes que desbordan el pensamiento de la Antigüedad pagana, clásica y anticipadora, para mí fascinante, con Pitágoras y en Platón, que afirmaba el alma y el eterno retorno, acaso inspirándose o portadora de más antiguas afirmaciones o creencias, anticipaciones o revelaciones. Para la Cristiandad esa Antigüedad, aun si pagana, resultó fuente de valores y aproximaciones en la transición neoplatónica y, en particular, plotiniana.

Es María Zambrano, que llegó a Cuba para dejar la huella del matiz, la sutileza, la originalidad de un pensamiento de hondura impar, la que, por los caminos de la poesía, descubre esa relación que hace del ser abierto al otro, del ser que al ser llega, que en ejercicio de amor encuentra, en sí mismo, la presencia del Ser, esta vez mayusculado y prolongándole. Ésa pudiera ser su eternidad acaso y, porque ser en el Ser, diverso y uno, expresión de esa textura a que hice referencia, diversidad del Universo. El poema de Parménides quedó sujeto a interpretaciones más o menos polémicas, a veces muy contradictorias, ya en la Antigüedad, y por fuerza sujeto a más oscuridad mientras más estudios y polémicas se sucedían. Por eso he tomado los fragmentos citados, que me parecen incontrovertibles y que completaré con los que siguen. “Todo está pleno de ser”, claro, es que el Ser es, pleno de sí, de ser. Y retomando directamente al filósofo en su texto “... sin el ser, en el Ser deviene palabra, no sería posible el pensar”. Preferiría otra formulación que si bien no respeta la traducción exacta del griego, no creo que la traicione esencialmente y permite como quien juega con aproximaciones reveladoras, decir que “... sin el ser, estallido de luz, presencia de el Ser que se hace Verbo, no sería posible el pensar”.

Solo queda recordar sus orígenes pitagóricos, para subrayar que no está nada probada la supuesta contradicción con el pensamiento heraclitiano, en relación con el fragmento que nos da la imagen del movimiento.

Si el soplo de la vida, ese misterio, que transita de formas tan diversas el Universo todo, llenando su vacío, si lo fuera, y si llena de variedad fecunda los espacios, resultará en realidad una nueva lección de la riqueza, que haría o hace del Universo todo, de esa maravillosa infinitud del Infinito que Dios pudiera ser, explicación, intuición, testimonio de que lo Uno es mil, billones de billones, que lo Uno es amor de lo diverso, de lo diverso amándose sin tregua. “El amor es hambre de engendrar la belleza y cumplido queda cuando engendra, física o intelectualmente, creando un cuerpo o un conocimiento.” Es un pensamiento, y mejor un principio de Platón. Y si a desarrollarlo me atreviese, nos llevaría seguramente a probar la unidad de Verdad, Bondad y Belleza. Hacia esa cierta perfección; tal vez no perfectible en términos de absoluto, es decir, alcanzable en la realidad, parece todo dirigirse.

El soplo de la vida, si transita ese río que minuto a minuto, en cada instante, es otro; si es también movimiento incesante, partícula que insiste en desplazar la otra, desplazada ella misma por la que es futuro, no lograra jamás significante ser si no creara, si es que tan solo fuese movimiento.

Henri Bergson se ha encargado de ahondar este principio, la evolución creadora, no me refiero a Darwin, ese caudal de vida, de misterio, se adentra en cada ser como si fuese, presencia que fecunda y se fecunda, siempre inventando el ser uno, uno a uno diverso y, sin embargo, símil, rodeado de disímiles su entorno. Entonces sí es la vida plenamente, y esa diversidad creciente no cesa de crearse. Solo queda un misterio que no alcanza a explicarnos, es esa mano o poder que apresa sin fatiga, y ordena y reordena como artista que enloquecido, quiero decir que fascinado, queda ante tanta posibilidad ilímite, ante tanta belleza.

Me sirvo de Bergson, me inspiro en reflexiones que no he tomado con exacto respeto, pero retorno al texto. Si nos preguntásemos, “qué sentido preciso da nuestra conciencia a la palabra existir, y hallamos que, para un ser consciente existir consiste en cambiar; y que cambiar es madurar; y madurar crearse indefinidamente a sí mismo”, acaso en ese siempre crear reside la respuesta.

No podremos abarcar las tesis bergsonianas más allá de lo que aquí nos concierne, pero si el existir fuese como creemos incesante cambio, y busca serlo esquivando el caos, construyendo, construyéndose, creando, convendría recoger otras líneas que selecciono al azar. “Sentimos —es Bergson quien lo afirma— que nuestro ser, o al menos nuestra inteligencia, que es quien la guía, se ha formado en él por una especie de solidificación local. La Filosofía entonces no podría ser sino un esfuerzo para volver a fundirse en el Todo”; “la coincidencia de la conciencia humana con el principio viviente del que emana, resulta así una toma de contacto con el esfuerzo creador. Es la profundización del devenir en general, el verdadero evolucionismo y, por consiguiente, la verdadera prolongación de la ciencia”; “... si por ciencia se entiende un conjunto de verdades comprobadas y demostradas...”

Verdades comprobadas y demostradas, aquí me veré obligado a decir, apostillando, que esto solo será posible en tanto el área de la realidad a que esas verdades corresponda no resulte superado en ese proceso de permanente abordaje que busca ampliar el conocimiento, y que no negando sino enriqueciendo, somete cada parcela a la mirada, ese escrutar a partir de todo cuanto el hombre ya sabe y organiza. Mirar será entonces de luz, inundar algo; reducir la tiniebla.

Étienne Gilson que ha sido capaz de pensar, desde apertura intelectual inigualada, la unidad de la experiencia filosófica, y por tanto la presencia del ser, el ser, inquietud que en relación con su resistencia en el tiempo, recorre estas páginas, se pregunta si se trata de reducir “¿el ser al pensamiento o el pensamiento al ser?”; y sigue, “En otras palabras, ¿incluiremos el todo en una de sus partes o una de sus partes en el todo?” (...) “El hombre no es una inteligencia que piensa, sino un ser que conoce otros seres en cuanto verdaderos, los ama en cuanto buenos y los goza en cuanto bellos. Porque todo lo que es, hasta la más humilde forma de existencia, presenta los inseparables privilegios del ser, que son la verdad, la bondad y la belleza.” No tengo que subrayar que tales privilegios, los privilegios inspiradores del humanismo, fueron esenciales al pensamiento de Platón y del platonismo neoplatónico que, en y desde Plotino, inspira esa transición fascinante que va de la iluminante cultura espiritual del paganismo a la igualmente civilizante del Cristianismo; en otra dirección, desde otro presupuesto, pero aun si crítica y desgarradoramente, entrelazándose. Me permitiré decir que salvadoramente.

Y es que toda búsqueda de la verdad primera, la del ser, y de toda verdad, tendría que estar inspirada —como también señala Étienne Gilson—, “en una investigación siempre abierta, cuyas conclusiones serán, a la vez, siempre las mismas y siempre nuevas, realizadas bajo la guía de principios inmutables que ni agotan jamás la experiencia ni son agotados por ella. Y es que, aunque por un imposible, conociésemos todo lo que existe, la existencia misma seguiría siendo un misterio”. ¿Por qué, se preguntaba Leibniz, “es el ser más bien que la nada?”

¿Será acaso que el Dios que todo puede, no entienda que el vacío ocupe espacio; que la Nada se atreva en sus dominios?

¿Será que aquel que piensa y sufre, y busca atormentado, el hombre, no descubre que lleva en cada aguja, herida, espina, zarza, en la amargura de una perdida lágrima, en el amor que le estremece en goce o le lacera, el encuentro fugaz con lo más hondo, con su ser, con el Ser, que en ese instante, pudiera rebelarle si tremante y sobre sí volcado, que es débil, que es humano, que es la obra, sin embargo, y por eso, más bella y la mejor lograda de esa invisible mano, de esos sagrados dedos que han forjado la vida, el soplo de la vida? ¿Dios acaso, será el Azar en el Caos modelando, un Artista Universo que crea y que recrea, Infinito, tan infinito verdadero que quiere y que no puede descubrirse el origen, y ni siquiera alcanzar a morderse la cola; Naturaleza dueña de sí o perversamente libre, y tanto, que ni el amor alcanza a regalarle un límite o frontera? ¿Qué importa?

Solo sé que en el tramo que nos toca, un empeño ancestral, irrefrenable, acerca a quien es ser a otro ser; y a cuanto ser, ser sea. Que el átomo danzante enlaza el otro átomo, que la célula busca enlazarse a su hermana, que la materia se presenta siempre concertada y aspirando a salirse de sí misma irradiada en acto, en energía.

Solo sé que las estrellas todas se abrazan y se expulsan, buscando en otro abrazo destinos y caminos; encuentros en que estallan por millones de años, irradiaciones, luces, mensajes que rebelan, con su solo existir, leyes irrelevantes o tal vez trascendentes; goces que acaso no sean otros que infinitos placeres celestiales de los que nada sabemos.

Aunque nada comprenda, con respuesta o sin ella, sé que la vida es dación que en sí y por sí es ya, como obra de arte, expresión de ilímite complejidad, deslumbramiento. El ser, ese que por ser presencia es ya persona, la potencialidad de alma aunque no fuera, me hace cuando menos soñar, para no decir pensar, con Jacques Maritain, que es esa “inmaterialidad más dura que las cosas”.

Es Dante Alighieri el que inventa Paraíso e Infierno, y convierte en imágenes candentes y no las otras frías, sino más bien sublimes, oposiciones que no son tan claras, nebulosas que flotan en esenciales valores, no por etéreos menos materiales, en tanto representación metafórica. Y allí, por todas partes, encontramos almas que, en Paraíso o en Infierno, acaso en Purgatorio, mas siempre en cautiverio, dialogan.

Diálogo impar aquel que el Poeta sostiene, y que insistente atrae al Poeta cautivo; cautivo y trascendido por una extraña culpa y portador de belleza, de la excelsa belleza de la Sabiduría. Se trata de Virgilio. Tal vez Infierno y Paraíso residen en el hombre, y solo como potencialidad en su ser. Es en su ser que se construyen; donde pueden estar realmente más allá de la metáfora, por alta y lograda que esta sea. Dante, que la regla de oro de la Divina Comedia tendrá que respetar, respetará igualmente al Poeta, que introduce cautivo de la propia estructura de su pensar pagano, inagotable fuente, también, de Verdad y Belleza.

No podía evitarlo, Dante quiso hacer de la Divina Comedia síntesis poética; y lo logró, parece, convirtiendo al poeta, convirtiéndose, en teólogo, juez y parte; síntesis, para serlo de la vida espiritual de una época, de su cultura, desde compleja erudición que todo abarca, bebiendo en otras fuentes, otras síntesis, tal y cual, en la Eneida, Virgilio.

Sé en qué ámbito estoy —de especialistas, ámbito, que a Dios y el alma piensan—; desde lo que por siglos se tomó por centro de los sentimientos, ese otro modo de que el ser se sirve para llegar a la verdad o buscarla, el ser que ansía el Ser, que lo busca en los Cielos, y que su propio ser alcanzar puede en lo más hondo del corazón, de la conciencia hoy diremos.

El alma, el corazón, espíritu, conciencia, Ser en sí, el existir, el infinito, lo Infinito, el Cielo, el Universo, el Todo, el Uno, la unidad suprema, el cosmos, cosmogónico, armonía, la Nada que amenaza desde el No-ser y ser no-ser no puede. El lenguaje impreciso o mi ignorancia, las versiones diversas del concepto, me harán decir más tarde espiritualidad y, en ella, encerrar la cultura, la búsqueda en el arte y en el refinamiento espiritual, la posibilidad, tal vez última, de salvar y de fundar valores.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes—interlocutor en que aprecio ese saber sutil que enlaza cultura y sencillez, la precisión y el genio— me rectifica a veces con delicadeza este servirme del concepto; algunos que pueden confundir o prestarse a no ser recibidos con la exactitud que él supone, quisiera. Pese al respeto y admiración que Monseñor me inspira, no voy a detenerme en sus observaciones, no sabría, salvo para decir que subyace en mi incompleto ser, en mi existir, en el tremor más hondo, ese saber que no tengo respuestas, que paso por la vida haciéndome preguntas; que es que pregunta soy, buscando las respuestas, pregunta soy, tan solo soy pregunta.

Jean Guitton, en Une recherche de Dieu, refiriéndose al alma, describe qué sería, es para él, “aquello que es inmortal, y que sobrevivirá a la catástrofe llamada muerte, muchos nombres existen —continúa— le surmoi, la conciencia, el espíritu, la inteligencia, el entendimiento, etcétera”. “Cada una de esas palabras tiene un sentido particular que las diferencia de las otras. El alma, que viene del latín anima, será aquello que nos anima interiormente, y generalmente, sobre todo antes del Concilio de Vaticano II, se empleaba mucho para designar la parte inmortal de nuestro ser, y así nos referíamos a la inmortalidad del alma. Pero es una palabra que no se sigue empleando, o apenas, y que ha sido reemplazada por otras palabras.” La palabra espíritu viene del latín spiritus que quiere decir soplo, hálito, aliento —como voy traduciendo de corrido, como se dice, el texto, trato en este caso, de acercarme redundando en lo que souffle trata de decir-sugerir en este caso—, “es una palabra muy interesante —insiste Jean Guitton—, palabra muy bella, que designa la parte intelectual de nuestro ser, y la compara a lo más inmaterial en el cosmos, en las cosas creadas: el soplo”. El que inicial las crea, ese halo, el acto inmaterial que las hace surgir. Y tras éste, mi ligero paréntesis, el pensador afirma: “Espíritu y materia nombran, de este modo, toda la creación.” (...) “Después, hay otras palabras, por ejemplo inteligencia, entendimiento, que en el alma designan el yo, el espíritu, la parte propiamente intelectual, que no tiene por principal función amar sino comprender. El hombre tiene dos capacidades primordiales: una, que se centra en comprender, la inteligencia; la otra, que es ante todo amar, es decir, pasión, amor, ternura.”

Como podrá apreciarse, me sirvo del filósofo para ganar licencia en el uso de ciertos términos como conviene a la inquietud que resumo y a los objetivos de esta exposición, pero también para apropiarme de una idea iluminante, ya que considera que el trabajo intelectual tendría que ser como una plegaria, y al cristiano recomienda abordarlo como camino de elevación. Por eso, llegó a confesar que, cuando debía publicar, se esforzaba por llevar al texto “su pensamiento-plegaria, en especie de indecible murmullo estrechamente ligado al sentimiento de la existencia”. Y por ello, por esa transparencia y pureza, expresión de autenticidad.

Ese partir de la conciencia, ese tocar lo más en lo más hondo, y solo entonces, solamente entonces pronunciarse y ser, y abrirse al mundo, a los otros, y al como ser del otro, no es lo que al hombre de hoy resulta más factible y a veces ni posible, aprisionado entre desquiciamiento, artificio, barullo hecho naturalidad, banalidad legitimada y simple algarabía.

II. El mundo de hoy

Hace ya más de medio siglo, la generación de que soy parte leía a George Orwell, y a José Ortega y Gasset, y a Max Scheler, a Albert Einstein, Nietzche, Carlos Marx, Bakunin, Bertrand Roussell, Pitaluga, a Jorge Mañach, a Roig de Leuchsenring a Jacques Maritain y Miguel de Unamuno, y siempre como inspiración primera a José Martí. Y es que ya andaba aquella generación inquieta por un futuro que se anunciaba, debo suponer que como todo futuro, esperanzador y problemático; esperanzador, porque pensado como tiempo de rectificación y humanismo, porque nacían las Naciones Unidas y andaban inicialmente en alianza las dos grandes corrientes; problemático, porque si fuerzas ciegas retornaron al mundo arrastrando demonios, y si nos tocó por una parte disfrutar la derrota del nazi-fascismo, también resultó experiencia desgarrante comprender que hombres de nuestra época, si humanos merecieron llamarse, fueron capaces de hornos crematorios, de exterminar a su hermano semejante y fundar la vergüenza imborrable del Holocausto, de esa gran humareda, exterminio hermanado de judíos, comunistas, socialistas, resistentes, homosexuales y gitanos. Problemático, porque la ciencia no parecía siempre conciencia. Problemático, porque no resultaba dilucidado el enigma; si masa era la conjunción que hace de la conciencia fuerza cuando los más se unen, o simplemente muchedumbre. Problemático, porque todavía no se iniciaba o avizora el proceso de descolonización. Problemático futuro, porque si la esperanza de un mundo más justo y más humano quedaba abierta como posibilidad y ungida por grandes palabras, que daban nuevo brío a aquellas a las que había hecho nacer y dado signo la Revolución Francesa, era demasiada la pobreza visible, la discriminación racial, la ignorancia, la esclavitud aún presente, el abandono a la suerte peor de millones de niños, la inferiorización forzosa de la mujer y la marginación de ancianos, y de aquellos que, por diferentes, debían ser empujados hacia nuevos ghettos.

No se trata de retrotraernos al desastre inicial, nueva confrontación y guerra fría o a la sucesión de acontecimientos que recorren las diversas formas, unas sangrientas, otras menos, de la descolonización; la insurrección triunfante de los negros norteamericanos discriminados brutalmente; o de los avatares de un socialismo que no logró realización plena, que fue su negación y terminó en desplome; o del desarrollo de un capitalismo cada vez más brutal, recolonizante y salvaje, que no se detiene ante nada bordeando actitudes neo-nazis y adoptándolas cada vez más abiertamente.

Martianos hasta la médula, los jóvenes de aquella generación, formados o no en la religión o en una, teníamos la nuestra y podía convivir con cualquier otra. Esa religión era la Patria. Éramos habaneros, y planeábamos nuestro propio destino. Narraré algún día, si el tiempo me alcanza, cuán complejo fue el proceso que nos fue conduciendo hacia él, a partir de múltiples influencias, algunas desconocidas, olvidadas o sujetas a tergiversación, o simplemente barridas de la historia —por ahora— por una mano que fue maestra en arrimar la brasa a su sardina, o sardinilla, y subrayo esa minúscula dimensión porque me refiero a un personajillo que en su día quedará reducido a su intrínseca intrascendencia. La formación de la conciencia revolucionaria de la juventud estudiantil habanera de aquellos años y de la pléyade de los que llegaban de todo el país, y que, separados de sus familias e influencia, se educaban en la capital, nada tiene que ver con las simplificaciones esquemáticas de repetidor de cartillas de segunda clase, por mucho, y hábilmente, que haya saqueado las tesis y aciertos de Ramiro Guerra.

En cambio hay que subrayar ya desde ahora, rescatando la verdad que pensadores de combate como Raúl Roa y Emilio Roig de Leuchsenring, Fernando Ortiz, Elías Entralgo, y en línea menos audaz y no radical, pero igualmente rigurosa, Jorge Mañach, y siempre con ellos, la sombra solar de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau; influyeron nuestra generación en el pensar, y en esa relación siempre probada entre el ser, el pensamiento y la acción, el accionar sobre la realidad y a todo precio.

Sombra solar, extraña sombra. Será que recuerdo un texto que puede ser de las Sendas Perdidas de Heidegger o de su Qué es el pensar. De memoria cito, expuesto a que sea cita de cita, pues el autor comentaba en ciertos párrafos a Hölderlin, poeta-filósofo. “El alba es esa luz que de la noche llega y que no es noche o de la noche, pues viene de más lejos. Del porvenir arriba el alba y, de ese modo, siempre igual a sí misma, se desliza y esfuma.” Es así que se forjan futuros en presentes.

Pero, cómo puede hoy un joven, un ciudadano, accionar sobre la realidad, si de otro modo, y pese a cuanto he dicho, la Nada que he negado, el Vacío, que no puede existir, el No-ser que por No-ser no es, todo lo llenan. No es que haya perdido la razón. Lo aseguro. No es solo Cuba,
La Habana, es Roma, es París, New York, Madrid, Miami, es Moscú, de mil locales zares; ¡es el mundo! La letra impresa, si de información letrada o de imagen se tratara, la imagen que asalta a toda hora desde esa ventana, que se adentra en mi —y en la tuya y en cada— casa; percusión que sin fatiga dice que somos africanos, saxofones y flautas, baterías, melódicos aullidos que se afirman, afirman, que de sajones y anglos somos o su reproducción exacta.

Novelas, novelitas y novelones, vidillas y vidillas y vidillas. No Thomas Mann, Cervantes, Goytisolo o Saramago o Marguerite Yourcenar o León Tolstoi o Miguel de Unamuno o Gabriel García Márquez, Lezama Lima, Julio Cortázar o, deslumbrante, Alejo Carpentier. Y por todas partes, hasta en la sopa, no importa si gallego caldo, ajiaco, caldosa o sopones, CNN, Fox y Walt Disney Productions. El pensamiento único, el más liso. Si para definir la época pidiera algún jerarca la síntesis mejor, la más lograda, propondría un Canto a la lisura; todo liso, lisísimo, lo liso, aséptico, naturalmente blanco, de tan blanco, que Malevicht, si viviera, repudiaría hasta la vanguardia. Pero no ser ingenuos. No tenemos derecho. Se trata de vaciar las mentes; de inermes dejarnos, indefensos, para llenarnos de sumisión, de indignidad, hacer que de rodillas nos sintamos felices adoradores de un nuevo soberano, convertidos en bestias, en gusanos, que con excrementos del amo se alimentan.

La revista Fortune ya clasifica, desde hace años, la cultura como entretenimiento. Se trata de dar circo con o sin leones, que si virtuales devoradores más se aplaude. El cinismo, la vulgaridad, lo fatuo, la indecencia, pornografía para familias tolerantes, “progres”; y, entre nosotros, la chusmería más populachera y burda, aceptada como criollez; cuando es precisamente la elegancia, casi aristocrática de la criollez, la que la niega. Esa criollez que puede ser elevación horizontal, elevación extendida del refinamiento espiritual y de la cultura.

No habrá, no habría modo de que el alma se salve entre rastrojos. No basta, sin embargo, afirmar, jurar, proclamar, rasgarse los vestidos, flagelarse o flagelar al prójimo predicando, alertando, que el alma de cada quien y también de la patria en el peligro andan. Hay que salvarlas. Para hacerlo, lo podrá quien lo quiera, si tiene de verdad la pureza, la transparencia y, en sí mismo, esa autenticidad —que recordando a Jean Guitton, traje a este texto—, la plegaria, un murmullo de tembloroso amor, un poco de ternura, de comprensión al menos, que tendría que llegar, para ser coherentes, a los que luchan y creen en la urgencia de salvar la dignidad, y cuidar la soberanía de su pueblo. Y aún si se equivocasen por alguna vertiente, no será el látigo, la indiferencia, el odio, la virtual cercanía a la crápula como opción de castigo, la que hará justo al que justo se diga o crea.

No importa si es Fortune u otro evaluador; la cultura, devenida entretenimiento, rinde fruto. Se encuentra entre las industrias más productivas en términos financieros. No siempre resulta explícitamente dañina o persigue conscientemente este objetivo; y condenar el entretenimiento de modo absoluto sería como aplicar juicio tan duro al juego, que puede ser, y es a menudo expansión de habilidades e ingenio, descanso e incitador de la imaginación y la creatividad, a veces tanta, que ejercitarlas, desgranarlas sin objetivo inmediato resulta gratificante. Pero no es el caso de la omnipresencia de la banalidad en las pantallas de televisión y la vida pública, social, actuando como contra-educación en la práctica, neutralizando la escuela y su tarea formadora, y destruyendo la estructura del lenguaje, que es la del pensar, hasta limitar sus posibilidades.

La educación en la violencia, y su aceptación, resulta en gran medida del carácter de los productos que ponen en circulación las industrias que debían ser de la cultura, sofisticada o no, y son del entretenimiento; confundiendo intencional y factualmente, la demanda y la demanda provocada. El ejercicio de la corrupción del espíritu como religión del mercado.

No sería exagerado afirmar que cuando llegan al poder personalidades educadas en el marco de una “cultura” que es “cultura”, es decir, sistema de ideas y tabla de valores, pese a su carácter corruptor, embrutecedor y de endeblez, pudiera resultar que se limiten a pensar el mundo desde una estrechez tal, que confundan la realidad con una pantalla en que desfilan no seres humanos sino sombras; y si a esas sombras primarias no se les da el valor que la vida tiene, fácil será que planeen destruirlas con mentalidad de “muñequitos”. Los nuevos protagonistas del pre-neo-nazismo ya en marcha parecen hijos de esos juegos perversos, en que ellos son los buenos y nosotros, todo el que no se le somete, los malos. Probablemente, así han sido educados y nos toca recoger envenenados frutos.

Ese asalto a Irak fue tan solo ayer, y ya olvidado, un espectáculo de televisión tan atractivo e inmoral como lo fue la Guerra del Golfo. La vida humana, los sufrimientos de seres inocentes, y los de los culpables de cualquier culpa, las vísceras dispersas, el colorido de la piel desgarrada, los miembros separados del cuerpo de que formaban parte; los asaltos reales, los rescates simulados, los héroes que saquean y permiten saquear, todo ese repugnante escenario, el bombardeo inmisericorde de algunas zonas y el cerco y ocupación de Bagdad en particular, son ante todo una demostración de poder militar irrestricto, de crueldad gratuita e impune, que debía servir y ha servido de advertencia en la que un nuevo Imperio, no un nuevo imperialismo, un nuevo Imperio, declara que nada le detendrá y para hacerlo da una doble prueba brutal: con la maquinaria militar aplasta y ocupa Irak, con lenguaje de matonería cinematográfica amenaza a otra potencia nuclear. En este ámbito todo es posible. Los sufrimientos a que fue sometido el pueblo de Irak, similares a los que debió soportar el de Afganistán, y subrayo sufrimientos para decir también sufrimientos inmorales, ejercidos sobre humanos seres, lluvia de plomo, de tecnología inmoralmente concebida, inmoralmente aplicada, y que tendría que recibir sin tregua la condenación del mundo, han dado lugar simple, y claramente, a la preparación del siguiente espectáculo. Es decir, del siguiente crimen.

Terminada la ocupación de Bagdad y el robo y dispersión a mano armada de sus tesoros patrimoniales arqueológicos y de otro carácter, y cuando había llegado la hora del reparto del botín, del petróleo ajeno, y de los puntos estratégicos militares, una cortina de humo fue tendida. Cortina más que de humo, porque el humo oculta la versatilidad en el dominio y uso de los medios. Estos con pasión avasallante, y muy abiertamente, concertada, volvieron, sin objetividad alguna, igualados, perversamente su atención hacia Cuba y su política de autodefensa, que acertada o equivocada, pero sin dudas bajo la presión acontecimientos y acciones reales quedó adoptada.

Es muy temprano para evaluaciones definitorias y aún más para que honestos confundidos reevalúen su contribución al gran plan de aislamiento que parece en marcha, y que tiene cada vez más cómplices. Lo que sí creo posible afirmar, es que la desproporción de la campaña, el silencio ante lo esencial de las respuestas y explicaciones, y la particularidad y parcialidad de las sensibilizaciones, resulten reveladoras de que en el plan maestro de los dominadores del mundo está debilitar no ya a la Revolución Cubana, sino al símbolo de resistencia y esperanza que ella proyecta. Ése es el fusilamiento, el que los cómplices, neutrales, distantes, exclusivos, exquisitos y silenciosos aceptan pese a no ser búdicos mirándose al ombligo.

Estoy contra la pena de muerte. Si fuese aún diputado, miembro del Comité Central o “algo”, llamaría, en el marco de respeto y admiración que me merece la Dirección de la Revolución, a considerar la posibilidad de abolirla. Y lo haría en nombre de reflexiones éticas y espirituales. No soy exactamente religioso, pero la vida humana, y aún la de otras criaturas, cobra en mí sagrado respeto. Entre eso y condenar las decisiones de esa Dirección, hay un buen tramo. La de la imagen de Bagdad bombardeada y su población sometida a sufrimientos inenarrables en su sustancia última, y vistos como espectáculo por millones, que convertidos en pasivos impotentes, deben aceptar el crimen, lamentarlo y callar. La de la imagen de La Habana, mi ciudad amada, sometida a iguales o similares atrocidades. La imparcialidad tolerante, o la complacencia no me parecen una virtud. Debo subrayar que, con indignación callada, las desprecio.

Nadie ha tenido la oportunidad de conocer el socialismo; y el más grande crimen cometido en la historia de la Unión Soviética, entre otros, y el más grave, es el de haber manchado un nobilísimo ideal condenándolo al que pudiese ser un largo retroceso. Soy socialista, creo en la posibilidad de un mundo otro, ése que ha permitido, que permite a millones, decir esperanzados que otro mundo es posible. Cuando fui invitado a dictar esta conferencia pensé servirme de ella para hacer una proposición teórica. Me había confesado en silencio, sin revelarlo a nadie, ni siquiera a los más cercanos, que la Iglesia Católica ejercía sobre mi persona una especial atracción. No de carácter religioso, como pudo haber sido. Y es que si aún desde el ángulo u óptica a que haré referencia, no puede afirmarse una continuidad sin rupturas, aprecio que el mensaje de Cristo y sus interpretaciones, los textos que forman el cuerpo de la Patrística y la historia de la afirmación del Cristianismo en Occidente, han tenido un papel de valor sustancial, de carácter civilizador. El Cristianismo ha contribuido, según aprecio, a humanizar al hombre; y para hacerlo supo integrar en el acervo de la cultura que le es propio, la riqueza inapreciable de la filosofía griega, cristianizándola; y mientras lo hacía, aceptando, de aquel saber primero, según ya he subrayado, no pocas reflexiones. No creo en el socialismo ritual, ni en las fórmulas ni en las formulaciones que corresponden a otros países, época y circunstancias. Es el socialismo, para mí, solidaridad humana, y en tanto que voluntad política, de organización de la solidaridad humana, para el humano ser, en busca de eficacia. Nuestro proyecto socialista no ha podido alcanzar realidad plena en las circunstancias que nos han tocado. Sin embargo, y pese a los problemas que no están resueltos, Fidel, con pasión y dedicación total, arrostrando tormentas que no tienen igual, dificultades que no me toca aquí y ahora abordar, desencadena proyectos que van precisamente en esa dirección, la de hacer carne la solidaridad humana, tomando en cuenta ante todo a los niños, su salud, los cuidados que favorezcan el desarrollo intelectual; el acceso al saber en un nivel superior para aquellos que viven en condiciones nada favorables, de hacinamiento y a veces de obligada promiscuidad. No voy a detenerme, naturalmente, en una exposición del carácter o desarrollo actual de esos planes, tan solo he querido enfatizar su carácter, su dimensión humana y ética, todos ellos volcados, reafirmo, sobre la solidaridad humana, referidos a la persona, una a una. Es ese un campo que une, acéptese o no, téngase o no conciencia de ello, el proyecto socialista y el carácter humanista del cristianismo, y sin ser un iniciado, diría que es el que debo suponer a la Iglesia. Y siempre me pregunto, esta vez también sin esperanza ya y sin verdadera respuesta, ¿si es tanto lo que nos une, qué será lo que nos separa? Escuché la conferencia del Cardenal Jaime Ortega hace varios días, y pude comprender que está bien definido que un humanismo y otro parecen condenados a recorrer muy distintas y bien definidas calzadas. Enfático, afirmativo, convencido de esa verdad, el Cardenal marcó los límites que la práctica acaso definirá aún mejor, y mejor tal vez no sea la expresión más exacta, mejor será que diga que con mayor claridad, para mí entendimiento.

En realidad el surgimiento y primer despliegue de un neo-nazi-fascismo de exportación, apoyado en un equipamiento militar que permite agresividad impune y provoca amedrentamiento y sumisión, obliga, es un modo de decirlo, a callar la expresión de lo que no fue más que un sueño. Encontrar ese camino que permitiría a la sociedad, con los recursos que tenga, atender las necesidades materiales e intelectuales de formación, y confiar a su modo el cuidado del alma, de la espiritualidad del ser que busca, si logra desasirse de la algarabía informe, barriotera o generalizada, el sentido más hondo de la vida, su compromiso ético con la patria y el prójimo cercano o nunca visto, y consigo mismo; ese saber qué se es, quién de veras, por qué, para qué; o que, y que cuando menos, permitiría ganar en densidad espiritual, inquiriendo. Esa posibilidad que creía factible compartir con las Iglesias, con el pensar religioso y con la Iglesia Católica, se esfuma en mi ser pequeñito, sin poder, pero que ejerce el del pensamiento.

No ignoro, claro, que son muchos, los feligreses y otros, los que logran acceso a esos planos de reflexión en tanto creyentes practicantes que comprenden. Otros, por otros caminos y denominaciones, recorren igual o similar experiencia.

Gracias, Excelentísimo Cardenal Jaime Ortega. Me ha salvado Usted de un desvarío que pudo ser imperdonable y, probablemente, nada bien visto por las instancias del Partido, por Caridad... No así por la Virgen, nuestra Caridad del Cobre, que ampara el destino final de todos los cubanos, según sus propias palabras. Gracias, sobre todo, porque en ese desvarío habría incursionado en un campo en el que no me corresponde hacerlo. Para el que ninguna autoridad tengo, ni real, ni ritual, como reconozco y mejor comprendo ahora. Otros saben andar mejor por tan sorpresivos ámbitos.

He titulado este capítulo o sección Cuba, en el mundo de hoy. La Comedia, la trama que aborda, es también Divina. Pero el Poder, a que he venido haciendo referencia, no tiene el mismo carácter que el que ejerció Dante diseñando poéticamente, y juzgando y condenando o salvando a diestra y siniestra. Éste es terreno, temporal y nada poético. Se ejerce en nombre de Dios y aterra, en su negación. Guardo la impresión que dejó el Papa en su visita a Cuba, esa humildad majestuosa, esa profunda devoción, con las que hace cuanto puede por convencer y extender el mensaje de Cristo. En nuestros días la sangre no brota, el fuego es solo ceniza. Según he leído, el Vaticano abolió la pena de muerte en el año 1967, y nadie ha sido objeto de esa condena, acaso de carácter simbólico desde esa fecha. Permaneció, en cambio, en la Constitución Vaticana hasta el 2001. Giordano Bruno ha sido redimido de culpa y, en el Campo dei Fiori, las flores irradian nueva e inefable fragancia. No creo que en Cuba tarde en ser abolida; es, me parece sentir, decisión subyacente, que encontrará forma más tarde que en el Vaticano, pero no tan lejos en términos históricos.

Amigos, espero que, sin violentar principios filosóficos, convicciones políticas o dictámenes teológicos de la más pura ortodoxia, si la patria es amada como lo es, seguro estoy de ello, en la misma trinchera de su defensa estaremos si fuese agredida; en la preventiva, no parecemos estar. Pudiera ser, sin embargo, que la visión me trastorne, es que estoy operado...

Las guerras preventivas, reales, teorizadas, legalizadas virtualmente, recorren nuestros días provocando autodefensas que igualmente previenen o lo intentan. Se anuncia de este modo, si la marea de horror no se detiene, si la conciencia del mundo no despierta y moviliza, irrefrenable renacer de la bestialización del hombre. Primero han dedicado esfuerzo por decenios a paralizar la humanidad del hombre, vaciándole; para después llenarle de indiferencia irresponsable y complicidad virtual.

Quien en el alma, en la espiritualidad del ser sienta vibrar su ser, su espiritualidad, sabrá igualmente a qué atenerse.

Este es el marco real, ya por extremo y excepcional, puedo decir que histórico, es un hito de nuestras vidas, el marco en que se estrechan y amplían todas las perspectivas. La más cruel, la más noble.

Muchas gracias.

Nota:
Conferencia de Alfredo Guevara, con el tema Algunas interrogantes en el proceso actual del pueblo cubano, Convento San Juan de Letrán, Aula Fray Bartolomé de las Casas

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